jueves, 13 de julio de 2017

LA CAMARGA.



Rudos vaqueros que cabalgan bajo el sol estival por un duro terreno salino. Resistentes caballos de pequeño tamaño que nacen de cualquier color y que los años pintan de blanco. Toros, más grises que bravos, con largos cuernos en la parte alta de la cabeza. Ruidosas chicharras y cigarras cantarinas. Humedad salina. Tierra seca y dura. 


Flamencos, gaviotas y un miríada de aves más.



Leí por vez primera sobra la Camarga, una zona húmeda que se extiende entre dos de los brazos del delta del Ródano, hace dos o tres veranos cuando visitamos Arlés. Hoy la he visto y la he sentido en mi piel. Viñedos, arrozales y pinares. Naturaleza y cultura, el ser humano adaptado a un entorno muy complicado, alejado de la comodidad (relativa) de la ciudad.



La barcaza penetra suavemente entre los cañaverales, aquí todo es silencio, volvemos al origen, el hombre y la tierra luchando codo con codo por la supervivencia absoluta.



La poderosa (y alta) torre maestra (donjón o torre del homenaje) de Aigües Mortes es visible prácticamente desde cualquier punto de las marismas de la Camarga. Esa es su función, entiendo, controlar todo el territorio circundante.


El camargués, una especie en peligro de extinción como el saami o el pasiego. Arañar renglones, sacar la historia humana de la región. ¿Desde cuando se pesca, se extrae sal, se cultivan viñedos y se crían vacas y toros?.



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