jueves, 25 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (IX)



27    Ninguna pompa en sus funerales: procuran sólo que los cuerpos de los hombres ilustres se quemen con leña de una determinada clases. No hacinan vestidos ni perfumes sobre el montón de la pira; cada cadáver conserva sus armas; a las llamas de algunos se le añade también su caballo. Un cúmulo de césped forma el sepulcro. Rechazan el adorno laboriosamente trabajado de los monumentos, por considerarlo una carga pesada para el difunto. Abandonan pronto los lamentos y las lágrimas no así el dolor y la tristeza. Para las mujeres es decoroso llorar, para los hombres, mantener el recuerdo.

Éstos son los datos de tipo general que hemos recogido sobre el origen y las costumbres del conjunto de los germanos. A continuación trataré de referir las instituciones y los usos de cada nación, en la medida en que difieran unos de otros, y qué pueblos, procedentes de Germania, han emigrado a las Galias. 

28     El divino Julio, la máxima autoridad, nos transmite que los galos fueron más fuertes en otra época, y por ello se puede creer que penetraron incluso en Germania, pues ¡cuán poco era un río para impedir que cualquier nación, si se encontraba con fuerzas, ocupase y cambiase de unos asentamientos hasta entonces comunes y sin separar por ningún poder soberano¡.

Así pues, los helvecios ocuparon el territorio que hay entre la selva Hercinia y los ríos Rin y Meno, y el de más allá, los boios, pueblos ambos de la Galia. El nombre de bohemios subsiste y atestigua la vieja tradición del lugar, aunque los habitantes sean otros. 

Pero si los araviscos emigraron a Panonia desde el territorio de los osos, nación germana, o los osos desde el de los araviscos a Germania, si tenemos en cuenta que poseen aún la misma lengua, instituciones y costumbres, no puede saberse a ciencia cierta, puesto que antiguamente lo bueno y lo malo de ambas orillas era común a causa de una pobreza y libertad similares.

Los tréveros y los nervios son excesivamente vanidosos en su pretensiones de un origen germano, como si intentaran evadirse de su semejanza con los indolentes galos mediante esta gloria genealógica. Pueblos germanos sin duda alguna habitan en la misma orilla del Rin: vangiones, tribocos y nemetes.  

Ni siquiera los ubios, aunque alcanzaron la dignidad de ser colonia romana y prefieren que se les llame agripinenses, del nombre de su fundador, se avergüenzan de su origen, habiendo pasado el río en otro tiempo y siendo instalados sobre la misma orilla del Rin para poner a prueba su fidelidad y con el fin de defender aquella, no para ser vigilado.  

miércoles, 24 de octubre de 2012

HIMYARIES



La Arabia preislámica aparece dividida en tres grandes zonas; el Norte, en estrecho contacto con el Mediterráneo y el Creciente Fértil; el Centro, Tierra de Beduinos y el Sur o Arabia Félix.

El sur de la península arábiga aparece denominado en la geografía de Ptolomeo como Arabia Félix, debido a la riqueza de sus habitantes, fruto de la próspera actividad comercial del lugar. La Arabia Félix, en contacto directo con el Océano Índico, se convirtió en un importante enclave estratégico para el comercio entre la India y Egipto; mercado para productos de lujo tales como el marfil, las especies, el incienso o la mirra, demandados a ambos lados del Atlántico.

Entre los siglos VII a.C. y el III d.C., los nómadas del desierto crearon estados sedentarios, concretamente en el sur, amparados por este comercio. En ese sentido, el sur de Arabia estaba mucho más desarrollado que el Norte o el Centro. 




A partir del siglo II a.C., los himyaríes, descendientes de Himyar, que vivió tres mil años antes que Mahoma, van a dominar este sur tan desarrollado, desde la región de Aden, llegando a destruir a su predecesor reino de Qataban, a principios del siglo I d.C. A pesar del sedentarismo, estos pueblos seguían manteniendo estructuras sociales de carácter tribal. Para los griegos y romanos, estos himyaries, eran conocidos como homeritas.

La arqueología, fuente casi imprescindible en este lugar para esta época - debido a la carencia de testimonios escritos -, nos ha revelado un importante sistema de regadíos, con diques y canales, que permitió a estas poblaciones cultivar cereales, como el trigo, el sorgo o la cebada. Otra muestra más de la prosperidad de la Arabia Felix.

Desde el siglo III d.C. los himyaries comenzaron una etapa de expansión que les llevó a dominar toda Arabia meridional, alcanzando incluso Nayran, al sur de La Meca.

Los himyaríes a partir del siglo IV abrazaron el monoteísmo - influidos quizás por poblaciones judías -  e iniciaron el culto a un único dios "Rahman-an el Misericordioso.

Pero pronto, el estado himyarita empezaría a tener problemas con sus vecinos. Abu Kariba se convirtió al judaismo, y su hijo, y sucesor Yusuf Dhu Nuwas, comenzó a perseguir a los cristianos de Nayran, lo que le granjeó la enemistad de los etíopes. Najashi, rey de Etiopía, envió un gran ejército al Yemen y derrotó a Dhu Nuwas, al que no quedó más remedio que huir.

Decidido a recuperar el poder, Yusuf Dhu Nuwas, se enfrentó en 524 a una poderosa alianza tripartita, formada por el Imperio Bizantino, el reino Aksum de Etiopía y los cristianos de Nayrán. Estos combates finalizaron con la predecible derrota (lo que suele ocurrir cuando te buscas demasiados enemigos) himyarí; Dhu Nuwas se suicidó, o quizás fue asesinado, lo único seguro es que con él murió la dinastía de los himyaríes. 

GERMANIA DE TÁCITO (VIII)




22   Se lavan nada más salir del sueño, que prolongan hasta bien entrado el día; por lo regular, lo hacen con agua caliente, cosa lógica entre quienes dura mucho el invierno. Ya lavados, toman el alimento; cada cual tiene un sitio distinto y su propia mesa. Acto seguido acuden armados a sus asuntos, y de la misma guisa con no menor frecuencia a los banquetes. Para nadie es vergonzoso pasar el día y la noche bebiendo continuamente. Las riñas, como es natural entre gente muy dada a la bebida, concluyen pocas veces con insultos y más a menudo con muertes y heridas. Pero en los banquetes también deliberan sobre la reconciliación de los enemigos, sobre la paz y la guerra, porque en ninguna otra ocasión está el ánimo más abierto para los pensamientos sinceros o más enardecido para los más trascendentes. Gente nada astuta y sin doblez, abre todavía más los secretos de su corazón por el ambiente relajado que proporciona el lugar; la mente de todos permanece franca y sin velos. Se continúa al día siguiente y las pautas generales de cada momento quedan a salvo; deliberan cuando no saben fingir, deciden cuando no pueden errar.

23     Beben un líquido que obtienen de la cebada o del trigo que, al fermentar, adquiere cierta semejanza con el vino. Los ribereños compran también vino. Su alimentación es sencilla: frutos silvestres, carne fresca de caza o leche cuajada; se quitan el hambre sin complicaciones ni refinamientos. Frente a la sed, no mantienen igual moderación; si favoreces su embriaguez suministrándoles cuanto deseen, se les venderá por sus vicios no menos fácilmente que con las armas. 

24    El tipo de espectáculos es uno sólo y el mismo en todas las reuniones: jóvenes desnudos, para quienes esto constituye una diversión, se arrojan de un brinco entre espadas y amenazadoras frameas. La práctica les ha proporcionado técnica; la técnica, belleza; pero no los mueve el lucro o la recompensa: el placer de los espectadores es el premio a su juego por peligrosos que sea. Sobrios y formales, practican los juegos de azar con tanta temeridad a la hora de ganar o perder que, cuando ya no les queda nada, se juegan su libertad y su persona en un desesperado y definitivo envito. El vencido afronta una esclavitud voluntaria; por más joven y fuerte que sea, se deja atar y vender; tal es su obstinación en este lamentable asunto. Pero ellos lo consideran fidelidad a su compromisos. Se deshacen de los esclavos de esta condición vendiéndolos, y así se libran al mismo tiempo del bochorno de tal victoria.

25     No utilizan a los demás esclavos encomendándoles funciones domésticas concretas, como hacemos nosotros. Cada cual lleva su casa y sus penates. El señor impone la entrega de cierta cantidad de trigo o de ganado o de tela, como si fuera un colono, y el esclavo acata estas condiciones. La mujer y los hijos realizan las restantes tareas de la casa. Es poco frecuente azotar al esclavo y someterlo a cadenas y a trabajos penosos. Suelen matarlos no para dar ejemplo de disciplina y muestra de rigor, sino en un acceso de ira, como si se tratase de un enemigo, aunque en este caso el homicidio queda impune.

Los libertos no están muy por encima de los esclavos; es raro que tengan influencia en la casa; nunca en la vida pública, excepto en las naciones de régimen monárquico: allí se remontan por encima de los ciudadanos libres y de los nobles; en los demás pueblos, la condición inferior de los libertos es prueba de su libertad.

26   Desconocen el ejercer el préstamo y el aumentarlo hasta la usura, y así se mantiene tal situación mejor que si estuviesen prohibidos. Van ocupando todos por turnos la superficie cultivable, según el número de agricultores, y se la reparten de acuerdo con su condición social. La gran extensión de sus campiñas facilita tal reparto. Cambian anualmente de terreno y aún sobra campo. Por este motivo, su esfuerzo no está a la altura de la riqueza y abundancia del suelo; así que no plantan árboles frutales, ni reservan espacios para prados, ni riegan huertas; sólo exigen a la tierra sus mies. De ahí que nos distingan en el año los cambios que corresponden a nuestras divisiones: el invierno, la primavera y el verano tienen para ellos un significado y un vocablo; del otoño ignoran tanto el nombre como sus dones.  

martes, 23 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (VII)



18  Sin embargo, el matrimonio es allí muy respetado y no podría alabarse más otro aspecto de sus costumbres. En efecto, son casi los únicos bárbaros que se contentan con una sola mujer, excepto unos pocos, quienes, no por su ardor amoroso, se ven solicitados para muchas uniones por su condición de nobles.
La mujer no aporta la dote al marido, sino el marido a aquélla. Intervienen en la ceremonia los padres y parientes y dan su aprobación a los presentes dotales, regalos que no tienen como fin el deleite femenino ni su uso como adorno para la recién casada, sino que consiste en bueyes, un caballo embridado y escudo con una framea y una espada. A cambio de estos presentes es aceptada la mujer, quien a su vez, regala a su hombre algunas armas; a su juicio, éste es el mejor vínculo, éstos los misterios sagrados, éstos los dioses del matrimonio. Para que la mujer no se considere ajena al valor militar y a los avatares de la guerra, bajo los auspicios del incipiente matrimonio se le advierte que pasa a ser compañera de penalidades y peligros; que ha de soportar y arriesgarse a lo mismo, tanto en paz como en guerra: esto es lo que significan los bueyes, el caballo preparado y las armas entregadas; así han de vivir, así han de llevar el papel de madres: lo que reciben han de entregarlo intacto y sin menoscabo a sus hijos, para que lo reciban sus nueras y vaya a parar más tarde a sus nietos. 

19   Viven, pues, envueltas en su recato, sin echarse a perder por ningún atractivo de los espectáculos ni por las provocaciones que suscitan los banquetes. Hombres y mujeres desconocen por igual los intercambios de cartas a escondidas. Para ser un pueblo tan numeroso, los adulterios son escasos; su castigo es inmediato y queda en manos de los maridos: en presencia de los parientes, expulsan del hogar a la culpable, desnuda y con el caballo cortado, y la conducen a latigazos por todo el poblado. No hay ningún perdón para la honestidad corrompida; no podrá encontrar marido ni valiéndose de su hermosura, juventud y riqueza. Nadie ríe allí los vicios, y al corromper o ser corrompido no se le llama "vivir con los tiempos". Mejores aún son aquellas tribus en las que sólo las vírgenes se casan y se cumple de una vez por todas con la esperanza y el deseo de ser esposa. Reciben un solo marido, a la par que un solo cuerpo y una sola vida, a fin de que no haya lugar para otros pensamientos ni para caprichos tardíos, y lo amen no como a un marido, sino como al matrimonio. Limitar el número de hijos o matar a un agnado se considera un oprobio, y más fuerza tienen allí las buenas costumbres que en otros lugares las buenas leyes.   

20     En todas las casas crecen desnudos y sucios, hasta alcanzar esos miembros y contextura que nos causan admiración. Cada madre cría a su hijo a sus pechos y no lo deja en manos de esclavas o nodrizas. No puedes distinguir al amo del criado por las exquisiteces de su crianza. Viven entre los mismos animales y en el mismo suelo hasta que la edad separa a los hombres libres y su valía los distingue.
El deseo sexual es tardío en los jóvenes, y de ahí que su primera virilidad quede intacta. Tampoco es muy precoz en las doncellas; la misma lozanía y semejante desarrollo. De la misma edad y vigor que el hombre con el que se casan, y los hijos reproducen la robustez de sus progenitores. Los hijos de las hermanas gozan de la misma consideración ante su tío que ante su propio padre. Algunos estiman este lazo de sangre más sagrado y estrecho y lo prefieren a la hora de recibir rehenes, pensando que ata con más fuerza el ánimo y afecta a más miembros de la familia. Sin embargo, los herederos y sucesores son los respectivos hijos y no hay testamento. Si no hay hijos, los grados inmediatos en la sucesión son los hermanos, tíos paternos y maternos. Su vejez está tanto mejor atendida cuanto mayor es el número de parientes consanguíneos y afines; la falta de descendencia no ofrece ninguna ventaja.   

21      Es obligatorio asumir tanto las enemistades como las amistades del padre o del pariente. Pero no permanecen implacables, pues incluso el homicidio se purga con un cierto número de cabezas de ganado mayor y menor, y toda la familia se da por satisfecha, con provecho público, puesto que las enemistades son más peligrosas en un clima de libertad.
Ningún otro pueblo se entrega con mayor pasión a convites y a relaciones de hospedaje. Se tiene como impiedad el negar albergue a cualquier ser humano. Cada cual acoge con la mesa dispuesta según sus posibilidades; cuando éstas se agotan, el que ha dado albergue acompaña al otro y le muestra un nuevo hospedaje. Se encaminan a la casa más cercana, sin estar invitados. No importa. Son acogidos con igual generosidad. En lo tocante al hospedaje nadie hace distinción entre el conocido y el extraño. Es costumbre conceder lo que pida al que se va y, viceversa, la misma posibilidad hay de exigirle cualquier cosa. Les gustan los regalos, pero no tienen muy en cuenta los que dan ni quedan obligados por los que reciben.    

FRINOS



Pueblo chino,asentado en la cuenca del Tarim y dominados por el Reino Bactriano, hacia el año 170 a.C.

"Y, además, extendieron su dominio (los bactrianos) hasta el territorio de los seros y el de los frinos"
                                                  Estrabón XI, 11, 1

lunes, 22 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (VI)



15 Cuando no guerrean, se dedican algo a la caza, pero pasan la mayor parte del tiempo sin ocuparse de nada, entregados al sueño y a la comida. Los más valientes y belicosos entregan el cuidado de la casa, el hogar y los campos a las mujeres, ancianos y a los más débiles de la familia, mientras ellos languidecen: sorprendente versatilidad de carácter, que hace que los mismos hombres gusten así de la ociosidad y odien la paz.
Las comunidades tienen la costumbre de llevar a sus jefes, voluntaria e individualmente, algún animal o producto del campo, lo que, recibido como homenaje, ayuda de paso a sus necesidades. Sobre todo les gustan los regalos de los pueblos vecinos, que les son enviados no sólo por cada individuo, sino incluso a título oficial: caballos escogidos, excelentes armas, jaeces y collares. Actualmente les hemos enseñado también a recibir dinero.
16   Es de sobra conocido el que los pueblos germanos no habitan en ciudades; ni siquiera soportan que sus casas estén agrupadas. Dispersos y separados, viven donde les haya complacido una fuente, un campo o una arboleda.
No levantan sus aldeas como nosotros, con edificaciones juntas y apoyándose unas en otras; cada cual deja un espacio libre en torno a su casa, bien como remedio frente al peligro de incendio, bien por desconocer la técnica de la costrucción. Ni existe en ellos el uso de la mampostería o de las tejas: utilizan para todo un material tosco, sin pretensiones estéticas u ornamentales. Cubren algunos lugares con un estuco tan fino y brillante que semeja pintura y dibujo de colores.
Tienen la costumbre de abrir cuevas subterráneas y ponen encima gran cantidad de estiércol: refugio para el invierno y almacén para las cosechas; este tipo de lugares suaviza el rigor de los fríos y, si alguna vez llega el enemigo, saquea lo que está al descubierto, pero lo oculto y enterrado les pasa desapercibido, o bien precisamente el tener que buscarlo impide su descubrimiento.  
17      Su vestimenta habitual es un sayo, sujeto con una hebilla, o, en su defecto, con una púa; sin más abrigo, se pasan todos los días a cubierto, junto al fuego del hogar. Los más ricos se distinguen por su vestidura, no flotante, como la de los sármatas y partos, sino ajustada y que deja adivinar todos su miembros. Llevan también pieles de animales, sin cuidado los ribereños, con más esmero los del interior, porque la falta de relaciones comerciales no les da otra posibilidad de atavío. Eligen animales y entremezclan las pieles que les quitan con pieles de otros que produce el Océano exterior y sus desconocidas aguas.
La indumentaria de las mujeres no difiere de la masculina excepto en que aquellas van cubiertas más a menudo con mantos de lino adornados con franjas de púrpura; la parte superior del vestido no termina en mangas, dejando al descubierto el antebrazo, los brazos y la parte contigua del pecho. 
 

GERMANIA DE TÁCITO (V)



12   En la asamblea pueden también acusar y promover juicios sobre delitos capitales. La diferencia de las penas proviene de los delitos: cuelgan de los árboles a los traidores y desertores; a los cobardes, malos guerreros y a los que cometieron deshonestidades los sumergen en el fango de pantanos y les echan encima cañizo. La diversidad del suplicio tiene por mira la conveniencia de mostrar a todos los crímenes mientras son expiados y de ocultar, en cambio, ciertos actos vergonzosos. Pero también para los delitos más leves hay un castigo adecuado; los culpables son sancionados con la entrega de cierta cantidad de caballos o de cabezas de ganado menor. Parte de la multa va a parar al rey o a la comunidad; parte, al demandante o a sus parientes.

En las mismas asambleas se eligen ciertos dignatarios, que imparten justicia por distritos y aldeas; a cada uno de ellos les asisten con su consejo y prestigio cien hombres del pueblo.

13    Llevan a cabo todos sus asuntos públicos y privados sin despojarse de las armas. Pero tienen la costumbre de que nadie las tome antes de que la ciudad lo haya considerado apto para llevarlas. Entonces, en la misma asamblea, alguno de los jefes, o el padre o los parientes arman al joven con el escudo y la framea: ésta es para ellos su toga, éste el principal ornato de su juventud. Hasta ese momento se les considera parte de la familia; a partir de ahora, parte de la Ciudad.  

La condición noble de la familia o los grandes méritos de los padres confieren, incluso a los más jóvenes, la estima del jefe; se unen a otros más fornidos y de larga experiencia y no se avergüenzan de que los vean entre sus acompañantes. Este mismo séquito tiene también sus grados, de acuerdo con el juicio de aquel al que secundan. Hay una gran rivalidad entre los gregarios por conseguir el primer lugar ante el jefe, y los jefes pugnan por obtener el séquito más numeroso y esforzado. Ésta es su dignidad y su fuerza: el estar siempre rodeado por un gran número de jóvenes escogidos, lo que constituye una honra en la paz y una protección en la guerra. Y esta gloria y hombradía del que sobresale por el número y valor de su comitiva no sólo las mantiene entre su propio pueblo, sino en los estados vecinos. Se les solicita para las embajadas y se les honra con presentes; y con frecuencia deciden el resultado de las guerras con su sola fama.

14      En el campo  de batalla es vergonzoso para el jefe verse superado en valor y vergonzoso para la comitiva no igualar el valor de su jefe. Pero lo infame y deshonroso para toda la vida es haberse retirado de la batalla sobreviviendo al propio jefe; el principal deber de fidelidad consiste en defender a aquel, protegerlo y añadir a su gloria las propias gestas: los jefes luchan por la victoria; sus compañeros, por el jefe. 

Si la ciudad en la que nacieron comienza a embotarse por la paz y la inacción, la mayoría de los jóvenes nobles buscan voluntariamente otros pueblos que se encuentren en guerra, porque para esta raza la tranquilidad es enojosa y destacan con mayor facilidad entre peligros, aparte de que no se puede mantener un gran séquito sino con acciones violentas y guerras. En efecto, obtienen de la liberalidad del jefe aquel famoso caballo de guerra o bien aquella conocida "framea" ensangrentada y vencedora. Y es que las comidas abundantes (aunque mal preparadas) constituyen su soldada. La fuente de su generosidad puede subsistir gracias a las guerras y saqueos. No se les puede convencer para que aren la tierra o esperen la cosecha tan fácilmente como para que provoquen al enemigo o se expongan a las heridas: es más, les parece de apocados y cobardes adquirir con sudor lo que puede lograrse con sangre.  

domingo, 21 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (IV)



10   Nadie les supera en observancia de auspicios y oráculos. El procedimiento de sus oráculos es sencillo: arrancan una rama a un árbol frutal, la cortan en trozos, y, tras señalarlos con ciertas marcas, los esparcen al azar, según caen, sobre una tela blanca. En seguida el sacerdote de la ciudad, si se consulta oficialmente, o el propio padre de familia si en privado, tras invocar a los dioses y mirando al cielo, cogen tres trozos, de uno en uno, y los interpretan conforme a la marca que se les ha hecho previamente. Si la respuesta es desfavorable, ya no se hace ninguna consulta sobre el mismo asunto en el resto del día; si es favorable, se exige la confirmación de los auspicios.

  También aquí es conocido el examinar los sonidos y el vuelo de las aves. Pero también es peculiar de este pueblo recurrir a los presagios y admoniciones de los caballaos. Están cuidados a expensas públicas en los mismos bosques y arboledas, blancos y no alcanzados por ningún trabajo profano. El sacerdote y el rey o príncipe de la ciudad los acompañan tras uncirlos a un carro sagrado y observan sus relinchos y su piafar. No hay otro auspicio con mayor crédito no sólo para la plebe, sino también entre la nobleza y los sacerdotes; piensan que, si ellos son los ministros de los dioses, aquellos son sus confidentes.

Hay otro procedimiento para los auspicios, con el que intentan averiguar el resultado de las guerras importantes: cogen por cualquier medio a un guerrero del pueblo con el que luchan y le hacen combatir con otro escogido de entre ellos mismos, cada uno con las armas patrias; la victoria de uno o de otro se interpreta como una premonición.

11    Los jefes deciden sobre los asuntos de menor entidad y todo el pueblo sobre los de mayor trascendencia, aunque los jefes deben tratar con antelación incluso lo que es competencia de la plebe.

  Si no acaece nada fortuito ni imprevisto, se reúnen en días fijos, en novilunio o plenilunio: creen que éste es el momento más propicio para acometer sus empresas. No llevan el cómputo del tiempo por el número de días, como nosotros, sino por el de las noches, y así fijan y arreglan sus citas, como si la noche precediera al día. 

    Por la libertad de que gozan tienen el inconveniente de que no se reúnen todos al mismo tiempo ni cuando se les convoca, sino que pierden dos y hasta tres días por el retraso de los que van a reunirse. Cuando el pueblo quiere, se congregan con sus armas. El sacerdote, que entonces tiene también poder coercitivo, impone silencio. A continuación, el rey o el príncipe, de acuerdo con su edad, nobleza, prestigio guerrero y elocuencia, se hace oír, más por su ascendiente para persuadir que por su poder para mandar. Si sus palabras no agradan, las rechazan con gritos. Si agradan, agitan sus frameas: el elogio con las armas es su mejor consenso. 

GERMANIA DE TÁCITO (III)



7     Eligen a los reyes de entre la nobleza y a los jefes por su valor. El poder para los reyes no es ilimitado ni arbitrario; los jefes, más con el ejemplo que con autoridad, si actúan prestos, se dejan notar y van en vanguardia, ejercen el mando por la admiración que producen. Pero no está permitido castigar, ni atar, ni golpear; sólo pueden hacerlo los sacerdotes, y no como castigo, no por mandato del jefe, sino porque lo manda la divinidad, que, así lo creen, les asiste cuando combaten. Llevan a la batalla ciertas efigies e insignias sacadas de los bosques sagrados. Y tienen algo que es el principal incentivo de su valentía: no es la casualidad ni una agrupación fortuita la que forma el escuadrón o los pelotones, sino la familia y el parentesco. Tienen a su lado a sus seres queridos y pueden oír el ulular de sus mujeres y los llantos de los niños; éstos son los testigos más sagrados para cada cual, éstos son los que más les alaban. Acuden con sus heridas ante sus madres y esposas; ellas las repasan y examinan sin atemorizarse y llevan a los combatientes alimentos y ánimos. 

8      Se conserva en el recuerdo que algunos ejércitos, cediendo ya y a punto de desfallecer,  se rehicieron gracias a las mujeres, por la insistencia de sus ruegos y por la exhibición de sus pechos, mostrándoles el inminente cautiverio; lo temen mucho más por la suerte de sus mujeres, hasta el punto de que se obtiene una lealtad más eficaz en las ciudades a las que se exige muchachas nobles entre los rehenes. Es más, piensan que hay en ellas algo santo y profético, por lo que no desprecian sus consejos ni desdeñan sus respuestas. Vimos, en el reinado divino de Vespasiano, a Veleda, considerada por muchos como una deidad, y en otro tiempo veneraron a Aurinia y a muchas otras, no por adulación ni por divinizarlas. 

9     De los dioses, honran sobre todo a Mercurio, a quien consideran lícito hacer sacrificios con víctimas humanas en días fijos. Aplacan a Hércules y Marte con animales permitidos. Parte de los suevos sacrifican también a Isis. La causa y el origen de tal culto extranjero no los sé a ciencia cierta, salvo que la propia imagen con figura de nave liburna da a entender que se trata de una religión importada. Por otra parte, no consideran digno de la grandeza de los dioses encerrarlos entre paredes ni presentarlos bajo forma humana; les consagran bosques y arboledas y dan nombres de dioses a ese algo misterioso al que sólo ven con los ojos de su veneración. 

sábado, 20 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (II)



4     Me adhiero a la opinión de que los pueblos de Germania, al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma. De aquí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capaces sólo para el esfuerzo momentáneo, no aguantan lo mismo la fatiga y el trabajo prolongado, y mucho menos la sed y el calor fuerte, sí están acostumbrados al frío y al hambre por el tipo de clima y de territorio en los que se desenvuelven.

5     La tierra, aunque variada un tanto en su aspecto, está, en general, erizada de selvas y echada a perder por los pantanos, más húmeda por donde mira a las Galias, más ventosa hacia el Nórico y la Panonia. Bastante fértil, muy poco apta para árboles frutales; abundante en ganado menor, pero de poco tamaño en su mayor parte. Tampoco el ganado mayor tiene su estampa habitual o su hermosa cornamenta: se dan por satisfechos con la cantidad, y éste es su único y muy apreciado recurso. Los dioses, no sé si propicios o airados, les negaron la plata y el oro, y, sin embargo, no me atrevería a asegurar que no hay en Germania yacimientos de ambos metales, pues ¿quién ha intentado buscarlos?. Su posesión y uso no les afecta como a otros: es cosa de ver el que las vasijas de plata dadas como regalos a sus embajadores y jefes, son tenidas en las misma poca estimación que las hechas de tierra. Aunque los más cercanos a nosotros, y debido al tráfico comercial, tienen aprecio al oro y la plata, y conocen y prefieren ciertos tipos de nuestra moneda, los del interior utilizan sistema más sencillo y antiguo de la permuta de mercancías. Les gusta la moneda vieja y ya conocida, como nuestros denarios dentados y los que llevan grabada una briga. Por otra parte, prefieren la plata al oro, no porque les atraiga, sino porque su mayor abundancia la hace más práctica para comprar mercancías corrientes y de poco valor. 

6     Tampoco les sobra el hierro, como se deduce del tipo de sus armas ofensivas. Pocos son los que utilizan espadas y lanzas grandes; portan unas picas, en su lengua "frameas", con un hierro estrecho y corto, pero tan afilado y manejable que con la misma arma luchan cuerpo a cuerpo o a distancia, según la ocasión lo exija. Mientras el jinete se limita al escudo y la "framea", los infantes, desnudos o con un ligero sayo, lanzan a gran distancia armas arrojadizas, algunos gran cantidad de ellas. Ninguna presunción en su aspecto: adornan sólo los escudos con colores llamativos; pocos tienen cotas; alguno que otro, casco de metal o de cuero. Los caballos no sobresalen ni por su estampa ni por velocidad, ni se les enseña, al modo nuestro, a realizar variados caracoleos; los llevan en línea recta o con un solo giro a la derecha, formando un círculo tan conjuntado que nadie se queda atrás. En términos generales, hay más fuerza en el infante y por eso luchan mezclados y, al ser la velocidad de los infantes apropiada y apta para la lucha ecuestre, se los coloca en vanguardia: guerreros escogidos de toda la juventud; está fijado también el número: hay cien de cada uno de los poblados y entre los suyos reciben este mismo nombre, así que lo que al principio fue un número, ha pasado de ser una distinción de honor.

La línea de combate se forma por grupos en cuña; retroceder, con tal que se vuelva a atacar, lo juzgan más prudencia que miedo. Retiran los cuerpos de los suyos, incluso en los combates comprometidos. El haber abandonado el escudo es la principal vergüenza, y al que ha cometido tal afrenta no se le permite asistir a los actos religiosos ni participar en las asambleas: muchos supervivientes de las guerras pusieron fin a su infamia ahorcándose. 


GERMANIA DE TÁCITO



1       El conjunto de la Germania está separado de los galos, los retos y los panonios por los ríos Rin y Danubio; de los sármatas y dacios, por el recíproco miedo o por montañas; el resto los ciñe el Océano, que forma grandes penínsulas y abarca enormes extensiones de islas. Son conocidos desde hace poco algunos de sus pueblos y reyes, con los que nos ha puesto en contacto la guerra. El Rin, que nace en un pico escarpado e inaccesible de los Alpes Réticos, tras desviarse suavemente hacia el oeste, une sus aguas con el Mar del Norte. El Danubio se difunde a partir de una altura de poca elevación y perfil suave del monte Abnoba y recorre muchos pueblos, hasta que rompe en el Mar Póntico por seis bocas; una séptima queda absorbida por lagunas. 

2      Estoy casi convencido de que los germanos son indígenas y que de ningún modo están mezclados con otros pueblos, bien como resultado de emigraciones, bien por pactos de hospitalidad, pues quienes en otros tiempos querían cambiar de lugar, no lo hacían por tierra, sino por mar, y desde nuestro mundo son escasas las naves que se adentran en un Océano inmenso y, por así decirlo, hostil. Además, aparte del peligro de un mar temible y desconocido, ¿quién va a dejar Asia, África e Italia para marchar a Germania, con un terreno difícil, un clima duro, triste de habitar y contemplar si no es su patria?.

Mediante antiguos cánticos, única forma de crónica e historia que hay entre ellos, conmemoran al dios Tuistón, nacido de la tierra; le atribuyen un hijo, Manno, origen de la raza, y, como fundadores, otros tres a Manno, de cuyos nombres provienen los ingevones, que son los más próximos al Océano, hermiones los de la zona central e istevones los restantes. Algunos, amparados en la libertad que da lo antiguo, afirman que fueron más los nacidos del dios y añaden más nombres de pueblos: marsos, gambrivios, suevos, vandilios; afirman que éstos son los nombres auténticos y antiguos; que, por el contrario, el de Germania es reciente y su empleo es nuevo, puesto que a los primeros que, tras atravesar el Rin, expulsaron a los galos y ahora se llaman tungros, antes se les conocía como germanos; que, por tanto, el nombre de un pueblo, no de toda la nación, era el que había llegado a imponerse de tal manera que todos se llamaron germanos con un nombre prestado, tomado primero por el vencedor para infundir miedo y utilizado después de ellos mismos.

3      Hablan de que entre ellos hubo también un Hércules y, cuando van a entrar en combate, lo ensalzan en sus cantos como el más valiente entre los valientes. Tienen también otros, con cuya entonación, que llaman "baritum", enardecen los ánimos, y con el mismo canto predicen la suerte de la próxima lucha, pues causan terror o se atemorizan según el griterío de los guerreros, y parece aquel no tanto armonía de voces como de valor. Se busca, sobre todo, aspereza de sonido y ruido entrecortado, colocando los escudos junto a la boca para que la voz, repercutida, aumente y salga más grave y más llena. 

Por otra parte, algunos opinan que también Ulises, arrojado hasta este Océano en aquel largo y legendario vagar suyo, fue a parar a las tierras de Germania y fundó y dio nombre a Asciburgio, situada a orillas del Rin y habitada aún hoy; insisten en que se encontró tiempo ha un altar consagrado a Ulises en el mismo lugar, con el nombre de su padre Alertes, y que todavía existen ciertos monumentos y túmulos con inscripciones en caracteres griegos en los confines de la Recia y la Germania. No está en mi ánimo el confirmar con argumentos ni refutar todo esto; que cada cual le quite o dé crédito según su criterio. 

LA DESTRUCCIÓN DE NUMANCIA

EN LAS HISTORIAS DE OROSIO.

De la opresión y destrucción final de la belicosísima ciudad de Numancia, de la Hispania Citerior, a manos del ya Cónsul Escipión Africano, operación que llevó a cabo, sin embargo, con gran esfuerzo y perjuicio para el Estado.




En el año 620 de la fundación de la ciudad, cuando, a raíz del tratado firmado en Numancia, una infamia casi mayor que la sufrida en otro tiempo en las Horcas Caudinas aumentó la vergüenza en el rostro de los romanos; fue nombrado cónsul Escipión Africano con el acuerdo de todas las tribus; y fue enviado con el ejército para tomar Numancia al asalto.

Numancia, por su parte, ciudad de la Hispania Citerior, situada no lejos de los vacceos y cántabros en la frontera con Galicia, fue la última ciudad de los celtíberos. Ella, con cuatro mil soldados, no sólo contuvo durante catorce años a cuarenta mil romanos, sino que incluso los venció y obligó a vergonzosas alianzas.

Pues bien, Escipión Africano, entrando en Hispania, no se lanzó inmediatamente contra el enemigo para cogerlo, por así decir, desprevenido, por cuanto sabía que este tipo de gente no se entregaba ni corporal ni anímicamente al ocio hasta que no superaban con su forma física habitual el momento óptimo de los demás; Escipión lo que hizo fue ejercitar a sus soldados en los campamentos como se de escuelas se tratase. Y a pesar de que pasó parte del verano y todo el invierno sin ni siquiera intentar la lucha, aun con esta táctica, muy poco consiguió. Efectivamente, cuando llegó el momento de la batalla, el ejército romano, oprimido por el empuje de los numantinos, se dio a la fuga; sin embargo, ante las voces y amenazas del cónsul que se puso en medio y los sujetaba con las manos, el ejército volvió por fin, aunque de mala gana, contra el enemigo, y obligó a huir a quien les había puesto a ellos en fuga. Es difícil creer lo que se cuenta: los romanos pusieron en fuga a los numantinos y los vieron huir. 

A raíz de ello Escipión, aunque se alegró y se glorió porque los resultados fueron más allá de lo que se esperaba, confesó, sin embargo, que nunca más se debería intentar hacer la guerra a éstos. Por ello, consideró que se debía buscar el éxito en sucesos inesperados, asedió la propia ciudad y la rodeó incluso con una fosa: la anchura de la fosa fue de diez pies y su profundidad de veinte. Fortificó después con torres, cercanas unas a otras, la empalizada que construyó con estacas para, de esta forma, si el enemigo intentaba un ataque contra él saliendo de la ciudad, luchar no como un sitiador con un sitiado, sino cambiando los papeles, como un sitiado con un sitiador.

En lo que se refiere a Numancia, situada en un montículo no lejos del río Duero, estaba ceñida por un muro que la rodeaba en una extensión de tres mil pasos, aunque algunos afirman que ocupaba un pequeño trozo de terreno y sin muros. Por ello, lo más razonable es pensar que habían cercado el espacio de terreno citado con el fin de alimentar y cuidar su ganado y para comodidad en el cultivo del campo cuando fuesen atacados militarmente, mientras que ellos mismos ocuparían sólo una pequeña fortaleza naturalmente fortificada. Por otro lado, parece lógico pensar que tan pequeño número de hombres debería dejar más bien abierto, y no fortificar, tan gran espacio urbano. Lo cierto es que los numantinos, largo tiempo cercados y deshechos por el hambre, ofrecieron su rendición con tal de que se les ordenasen cosas que se pudiesen aguantar, pidiendo también con insistencia que se les concediera la oportunidad de luchar en igualdad de condiciones para poder así morir como hombre. Finalmente, salieron todos de pronto por dos puertas tras haber bebido antes gran cantidad no de vino, por cuanto aquel lugar no lo produce, sino de un jugo de trigo de confección artesana, al que llaman "celia" porque se produce por calentamiento; en efecto, con fuego engordan el tamaño del grano de trigo húmedo, después lo secan y luego, convertido en harina, lo mezclan con un jugo dulce; la fermentación consigue un producto de sabor áspero y que produce el calor de la embriaguez. Pues bien, reanimados tras el largo tiempo de hambre por esta bebida, se entregaron a la lucha. El enfrentamiento fue atroz durante largo tiempo e incluso peligroso para los romanos, y de nuevo éstos hubieran probado que su forma de lucha con los numantinos era la huida, si no hubiesen estado bajo el mando de Escipión. Los numantinos, tras morir los más valientes de los suyos, se retiran de la lucha, aunque vuelven a la ciudad con sus filas en orden y no como si huyeran; y no quisieron aceptar los cadáveres de los muertos que les fueron ofrecidos para sepultarlos. Abocados ya todos a la muerte, con la última esperanza de los desesperados, prenden fuego ellos mismos por dentro a la ciudad cerrada y todos juntos perecieron bajo las armas, el veneno y el fuego. Los romanos no consiguieron con la derrota de los numantinos absolutamente nada, salvo su propia seguridad; en efecto, una vez destruida Numancia, ni siquiera consideraron que fueron ellos los vencedores, sino más bien que fueron los numantinos los que se escaparon. La cadena del vencedor no ató a un solo numantino; Roma no vio razón para conceder el triunfo; oro y plata, que podría haber escapado al fuego, no había en este pueblo que era pobre; las armas y los vestidos los consumió el fuego.
Orosio V, 8

jueves, 18 de octubre de 2012

TUMBA DE LOS LEOPARDOS


En la necrópolis de Tarquinia, encontramos, oculta, en el interior de la tierra, bajo una cúpula tumular, la Tumba de los Leopardos.


La tumba recibe su nombre de las pinturas que la adornan, que datan aproximadamente del 450 a.C., pues representan a este hermoso felino.



 Reproducen un exquisito banquete, acompañado de músicos y danzantes, con la intención de que el fallecido comience su nueva vida con alegría. Desde mi modesto punto de vista, esta forma de adornar la morada eterna, es muy significativa, de la concepción vitalista que tenía el pueblo etrusco sobre la existencia, tanto la terrena, como la ultraterrena.

Un enorme y festivo banquete para celebrar que se ha vivido.



La combinación de unas figuras en movimiento, con otras en actitud de reposo, otorgan a estos frescos un bello dinamismo.

Sumergirse en las entrañas de la tierra, sentir las fuerzas telúricas y maravillarse con estos vitalistas y detallados frescos. Una visita muy recomendable.

VÁRDULOS


Los várdulos habitaban las actuales provincias de Guipúzcoa y la parte oriental de Álava, entre Cántabros y Vascones, en época prerromana. Su lengua era de origen indoeuropeo, y posiblemente celta. El "bizco" Estrabón indica que su nombre antiguo (para nosotros, su nombre muchísimo más antiguo), era bardietas.

"[...los berones...]...son también vecinos de los bardietas, a los que los contemporáneos denominan várdulos"
Estrabón III, 4.12.
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