sábado, 20 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (II)



4     Me adhiero a la opinión de que los pueblos de Germania, al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma. De aquí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capaces sólo para el esfuerzo momentáneo, no aguantan lo mismo la fatiga y el trabajo prolongado, y mucho menos la sed y el calor fuerte, sí están acostumbrados al frío y al hambre por el tipo de clima y de territorio en los que se desenvuelven.

5     La tierra, aunque variada un tanto en su aspecto, está, en general, erizada de selvas y echada a perder por los pantanos, más húmeda por donde mira a las Galias, más ventosa hacia el Nórico y la Panonia. Bastante fértil, muy poco apta para árboles frutales; abundante en ganado menor, pero de poco tamaño en su mayor parte. Tampoco el ganado mayor tiene su estampa habitual o su hermosa cornamenta: se dan por satisfechos con la cantidad, y éste es su único y muy apreciado recurso. Los dioses, no sé si propicios o airados, les negaron la plata y el oro, y, sin embargo, no me atrevería a asegurar que no hay en Germania yacimientos de ambos metales, pues ¿quién ha intentado buscarlos?. Su posesión y uso no les afecta como a otros: es cosa de ver el que las vasijas de plata dadas como regalos a sus embajadores y jefes, son tenidas en las misma poca estimación que las hechas de tierra. Aunque los más cercanos a nosotros, y debido al tráfico comercial, tienen aprecio al oro y la plata, y conocen y prefieren ciertos tipos de nuestra moneda, los del interior utilizan sistema más sencillo y antiguo de la permuta de mercancías. Les gusta la moneda vieja y ya conocida, como nuestros denarios dentados y los que llevan grabada una briga. Por otra parte, prefieren la plata al oro, no porque les atraiga, sino porque su mayor abundancia la hace más práctica para comprar mercancías corrientes y de poco valor. 

6     Tampoco les sobra el hierro, como se deduce del tipo de sus armas ofensivas. Pocos son los que utilizan espadas y lanzas grandes; portan unas picas, en su lengua "frameas", con un hierro estrecho y corto, pero tan afilado y manejable que con la misma arma luchan cuerpo a cuerpo o a distancia, según la ocasión lo exija. Mientras el jinete se limita al escudo y la "framea", los infantes, desnudos o con un ligero sayo, lanzan a gran distancia armas arrojadizas, algunos gran cantidad de ellas. Ninguna presunción en su aspecto: adornan sólo los escudos con colores llamativos; pocos tienen cotas; alguno que otro, casco de metal o de cuero. Los caballos no sobresalen ni por su estampa ni por velocidad, ni se les enseña, al modo nuestro, a realizar variados caracoleos; los llevan en línea recta o con un solo giro a la derecha, formando un círculo tan conjuntado que nadie se queda atrás. En términos generales, hay más fuerza en el infante y por eso luchan mezclados y, al ser la velocidad de los infantes apropiada y apta para la lucha ecuestre, se los coloca en vanguardia: guerreros escogidos de toda la juventud; está fijado también el número: hay cien de cada uno de los poblados y entre los suyos reciben este mismo nombre, así que lo que al principio fue un número, ha pasado de ser una distinción de honor.

La línea de combate se forma por grupos en cuña; retroceder, con tal que se vuelva a atacar, lo juzgan más prudencia que miedo. Retiran los cuerpos de los suyos, incluso en los combates comprometidos. El haber abandonado el escudo es la principal vergüenza, y al que ha cometido tal afrenta no se le permite asistir a los actos religiosos ni participar en las asambleas: muchos supervivientes de las guerras pusieron fin a su infamia ahorcándose. 


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