martes, 23 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (VII)



18  Sin embargo, el matrimonio es allí muy respetado y no podría alabarse más otro aspecto de sus costumbres. En efecto, son casi los únicos bárbaros que se contentan con una sola mujer, excepto unos pocos, quienes, no por su ardor amoroso, se ven solicitados para muchas uniones por su condición de nobles.
La mujer no aporta la dote al marido, sino el marido a aquélla. Intervienen en la ceremonia los padres y parientes y dan su aprobación a los presentes dotales, regalos que no tienen como fin el deleite femenino ni su uso como adorno para la recién casada, sino que consiste en bueyes, un caballo embridado y escudo con una framea y una espada. A cambio de estos presentes es aceptada la mujer, quien a su vez, regala a su hombre algunas armas; a su juicio, éste es el mejor vínculo, éstos los misterios sagrados, éstos los dioses del matrimonio. Para que la mujer no se considere ajena al valor militar y a los avatares de la guerra, bajo los auspicios del incipiente matrimonio se le advierte que pasa a ser compañera de penalidades y peligros; que ha de soportar y arriesgarse a lo mismo, tanto en paz como en guerra: esto es lo que significan los bueyes, el caballo preparado y las armas entregadas; así han de vivir, así han de llevar el papel de madres: lo que reciben han de entregarlo intacto y sin menoscabo a sus hijos, para que lo reciban sus nueras y vaya a parar más tarde a sus nietos

19   Viven, pues, envueltas en su recato, sin echarse a perder por ningún atractivo de los espectáculos ni por las provocaciones que suscitan los banquetes. Hombres y mujeres desconocen por igual los intercambios de cartas a escondidas. Para ser un pueblo tan numeroso, los adulterios son escasos; su castigo es inmediato y queda en manos de los maridos: en presencia de los parientes, expulsan del hogar a la culpable, desnuda y con el caballo cortado, y la conducen a latigazos por todo el poblado. No hay ningún perdón para la honestidad corrompida; no podrá encontrar marido ni valiéndose de su hermosura, juventud y riqueza. Nadie ríe allí los vicios, y al corromper o ser corrompido no se le llama "vivir con los tiempos". Mejores aún son aquellas tribus en las que sólo las vírgenes se casan y se cumple de una vez por todas con la esperanza y el deseo de ser esposa. Reciben un solo marido, a la par que un solo cuerpo y una sola vida, a fin de que no haya lugar para otros pensamientos ni para caprichos tardíos, y lo amen no como a un marido, sino como al matrimonio. Limitar el número de hijos o matar a un agnado se considera un oprobio, y más fuerza tienen allí las buenas costumbres que en otros lugares las buenas leyes.   

20     En todas las casas crecen desnudos y sucios, hasta alcanzar esos miembros y contextura que nos causan admiración. Cada madre cría a su hijo a sus pechos y no lo deja en manos de esclavas o nodrizas. No puedes distinguir al amo del criado por las exquisiteces de su crianza. Viven entre los mismos animales y en el mismo suelo hasta que la edad separa a los hombres libres y su valía los distingue.
El deseo sexual es tardío en los jóvenes, y de ahí que su primera virilidad quede intacta. Tampoco es muy precoz en las doncellas; la misma lozanía y semejante desarrollo. De la misma edad y vigor que el hombre con el que se casan, y los hijos reproducen la robustez de sus progenitores. Los hijos de las hermanas gozan de la misma consideración ante su tío que ante su propio padre. Algunos estiman este lazo de sangre más sagrado y estrecho y lo prefieren a la hora de recibir rehenes, pensando que ata con más fuerza el ánimo y afecta a más miembros de la familia. Sin embargo, los herederos y sucesores son los respectivos hijos y no hay testamento. Si no hay hijos, los grados inmediatos en la sucesión son los hermanos, tíos paternos y maternos. Su vejez está tanto mejor atendida cuanto mayor es el número de parientes consanguíneos y afines; la falta de descendencia no ofrece ninguna ventaja.   

21      Es obligatorio asumir tanto las enemistades como las amistades del padre o del pariente. Pero no permanecen implacables, pues incluso el homicidio se purga con un cierto número de cabezas de ganado mayor y menor, y toda la familia se da por satisfecha, con provecho público, puesto que las enemistades son más peligrosas en un clima de libertad.
Ningún otro pueblo se entrega con mayor pasión a convites y a relaciones de hospedaje. Se tiene como impiedad el negar albergue a cualquier ser humano. Cada cual acoge con la mesa dispuesta según sus posibilidades; cuando éstas se agotan, el que ha dado albergue acompaña al otro y le muestra un nuevo hospedaje. Se encaminan a la casa más cercana, sin estar invitados. No importa. Son acogidos con igual generosidad. En lo tocante al hospedaje nadie hace distinción entre el conocido y el extraño. Es costumbre conceder lo que pida al que se va y, viceversa, la misma posibilidad hay de exigirle cualquier cosa. Les gustan los regalos, pero no tienen muy en cuenta los que dan ni quedan obligados por los que reciben.    
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