jueves, 12 de enero de 2017

DINOSAUROIDE, REPTILES EVOLUCIONADOS, HUMANIZADOS E INTELIGENTES.



Saurios escamosos, erguidos y bípedos, ataviados con taparrabos y armados con lanzas, arcos y flechas para cazar. Organizados en pequeños grupos tribales, dominando el fuego y viviendo en cavernas. ¿Pudo llegar a ocurrir algo así? ¿Existirá un ignoto exoplaneta, que orbita alrededor de una lejana estrella situada a millones de años luz de la Tierra y habitado por seres reptilianos inteligentes? ¿Fue posible que la evolución hubiese engendrado este tipo de criaturas?. Algunos científicos (unos pocos) opinan que sí.


En el año 1982 (el mismo año que Naranjito se convirtió en símbolo de la apertura de España al mundo) el paleontólogo Dale Russell publicó un artículo en el que describía la reconstrucción de Stenonychosaurus – actualmente troodo – un dinosaurio que presentaba un destacado volumen craneal. En un alarde de creatividad y cierto atrevimiento inherentes a todo buen científico, Russell planteó una sugerente hipótesis. Imaginó la posible evolución de troodon se no se hubiese extinguido. Bautizó a su hipotético reptil dinosauroide, un dinosaurio con gran capacidad intelectual, que caminaba erguido y era capaz de fabricar herramientas e ideas tácticas útiles para garantizar su supervivencia. Una criatura que puebla tierras desconocidas y mundos imaginarios, como esos planetas que visitan los miembros de la tripulación del Enterprise.

Para plantear su hipótesis Russell partió del estudio anatómico del troodon y de su enorme volumen craneal. El dinosaurio habría seguido un proceso evolutivo paralelo al de los homínidos, aumentando el tamaño y la capacidad del cerebro, una circunstancia que le obligaría a adquirir posición erecta y acortar el cuello para soportar mejor el peso de la cabeza. Por lo demás, al igual que los homínidos, cambió la morfología del pie y liberó las manos, que ahora las podría utilizar para transportar útiles. Evidentemente, y como cabría esperar, esta hipótesis cuenta con una gran oposición entre la comunidad científica internacional. La hipótesis de Russell ha sido criticada. sobre todo, por haber explicado el desarrollo de su dinosauroide teniendo como referente exclusivo al ser humano; la antropomorfización del reptil.

Posteriormente un tal Conway Morris publicó un libro “Inevitable humans in a lonely Universe” en el que postula la convergencia evolutiva. Según esta teoría la evolución siempre repite las mismas soluciones para los problemas biológicos, de tal forma que los rasgos más perfectos se corresponderían con los de un bípedo inteligente. Algunos exobiólogos (entusiastas de la búsqueda de vida – a ser posible inteligente – en otros planetas) se apoyan en los esquemas de Morris para teorizar sobre la morfología de la vida inteligente extraterrestre. Desde el principio de los tiempos, desde las primeras manifestaciones artísticas y literarias tendemos a humanizar la naturaleza, observamos e interpretamos el mundo en clave humana ¿acaso puede ser de otra manera?.


El dinosauroide de Russell era un reptil bípedo, provisto de un gran cerebro y ojos enormes, manos de tres dedos y ausencia de genitales externos (como todos los reptiles). Un ser, sin duda, que nos traslada a la novela y al cine de ciencia ficción. La región reptiliana de nuestro cerebro nos pone en contacto con nuestro yo saurio.

Evolución ficción, una confrontación letal entre dinosauroides y neandertales, de la que se aprovechó sapiens para imponerse a ambas especies, extinguirlos y dominar el planeta.


En un alarde de imaginación sin límites, hay quien se aventura a pensar en una especie de dinosaurio inteligente, que hace varios millones de años fue capaz de desarrollar una tecnología que les permitió colonizar otros planetas. ¿Quién no recuerda la serie V?.

La catástrofe que acabó con los grandes dinosaurios también borró las huellas de esta civilización. Al fin y al cabo ¿qué quedará de la especia humana en la Tierra dentro de 70 millones de años?. Si hacemos un pequeño esfuerzo podemos visualizar a un barbudo Charlton Heston horrorizado al aterrizar en un lugar yermo y devastado y descubrir que se encuentra en “el Planeta de los Dinosaurios”.


Isaac Asimov, Edgar Rice Burroughs, Ray Bradbury, Arthur C. Clarke o Jules Verne, maestros de la ciencia ficción nos ha enseñado a soñar con lo imposible. Más ficción que ciencia, pesa más la ilusión que el empirismo, la fantasía que la física, pero no obstante, las leyes de la evolución ni son lineales, ni son aceptadas por todos. La ciencia ficción, un terrero abonado para la especulación filosófica, elucubramos sobre sociedades utópicas o distópicas, desarrolladas en este planeta o en una galaxia muy, muy lejana.


Escribiendo este post he tenido una regresión a mi infancia y he revivido mir primer contacto con la ciencia ficción, la serie animada “Érase una vez el espacio”.



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