jueves, 13 de octubre de 2016

WAMBA



Recesvinto acaba de morir y alrededor de su lecho se reúne la nobleza visigoda. Es necesario elegir a un nuevo monarca. La mayoría se decanta por Wamba, pero el veterano soldado se niega. Uno de los nobles desenvainó su espada y apoyó la punta sobre el abdomen del candidato forzado, mientras advertía, “de la sala mortuoria de Recesvinto saldrás convertido en rey o muerto”. Ante la funesta perspectiva Wamba aceptó.


Wamba se convirtió en rey a una edad avanzada y no se esperaba mucho de él (simplemente era un candidato de consenso). Sin embargo protagonizó un reinado enérgico, uno de los más brillantes de la historia visigoda. Lo primero que tuvo que hacer es enfrantarse a una revuelta de los vascones en el Valle del Ebro, y resolutivo, él mismo se puso al frente del ejército. Casi de inmediato también tuvo que afrontar una rebelión de los levantiscos nobles de las provincias del noreste liderados por el traidor Paulo.


Este monarca intentó aumentar el poder de la corona en detrimento de la nobleza y claro los señores se encabritaron. Uno de ellos urdió un inteligente plan. Le proporcionó a Wamba una bebida narcótica y el rey cayo en un profundo sueño. Rápidamente se anunció la inminente muerte del rey, se le realizó la extrema unción, se le colocaron los hábitos y fue tonsurado. Recuperada la conciencia Wamba comprendió que nunca podría volver a se rey, la ley visigoda prohibía reinar a cualquier persona que hubiese tomado los hábitos.


Resignado, el buen rey Wamba se retiró al monasterio de los Monjes Negros de Pampliega (Burgos) donde aún pudo disfrutar varios años de vida. Su muerte marcó el inicio de la decadencia del reino visigodo.


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