miércoles, 5 de octubre de 2016

EL CORAZÓN DEL TROVADOR



Los guapos seductores con pico de oro nunca acaban bien, especialmente aquellos aficionados a enamorar y retozar con mujeres ajenas. Guillem de Cabestany es protagonista de una truculenta leyenda digna de una película gore o de un relato macabro relato de Edgar Alan Poe.

Este trovador nacido en el Rosellón (una tierra secularmente disputada por franceses y catalanes) amó con locura (y hasta la extenuación) a una joven dama de su comarca llamada Saurimonda. Para desgracia de ambos, estaba casada con un poderoso y riquísimo señor. Felices y ajenos a la maldición que pendía sobre sus cabezas, los amantes buscaban cualquier rincón lejos de miradas curiosas para hablar de amor, y entre besos y susurros, abrazos y arrumacos dar rienda suelta a los instintos del bajo vientre.

Enterado de la traición, el marido cornudo preso de los celos y dominado por la ira, buscó, encontró y dio muerte al trovador. No satisfecho con haber acabado con su vida, obsesionado por el deshonor que supone el adulterio y corroído por un insoportable sentimiento de venganza, decapitó al cadáver y con sus propias manos extrajo, aún caliente, el corazón de su pecho.

Regresó a casa (aquel lugar donde vivía nunca fue un hogar), ordenó al servicio que cocinaran el corazón del desdichado y con toda la frialdad de la que era capaz, se lo ofreció a su esposa para la cena. Cuando Saurimonda terminó el último bocado, el inpaciente marido, al que le salían los ojos de las órbitas y le palpitaba la vena del cuello, preguntó: “¿sabéis que es esta carne que habéis comido?”. Ella respondió con sinceridad: “No tengo ni idea, lo único que se, es que se trata de una vianda exquisita”.

Encolerizado, fuera de sí y con la mandíbula desencajada por una sonrisa maléfica de triunfo, el esposo mostró orgulloso la cabeza de Guillem y dijo: “el sabroso manjar que habéis disfrutado era el corazón de este bravucón”. Al finalizar la frase pensó: Se ha hecho justicia.

Saurimonda, los ojos llenos de lágrimas mas una mueca de triunfo en su rostro, gritó “nunca jamás comeré otra carne, mis labios no podrían probar alguna mejor”, y como alma que lleva el diablo corrió hasta el balcón, saltó y arrojó al vacío su cuerpo.


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