jueves, 9 de junio de 2016

SILVESTRE II "EL PAPA MAGO".



A Silvestre II le tocó comandar la Santa Iglesia Católica durante los largos meses del simbólico, fatídico y apocalíptico año mil, una circunstancia, que unida a su interés por la astronomía, las ciencias y conocimiento en general, han servido para tejer a su alrededor una tupida maraña en la que se entremezclan datos reales, con exageraciones y fabulaciones sin fundamento.

Gerberto de Aurillac, que así se llamaba el muchacho antes de lucir mitra, nació en el seno de una humilde familia e inició su educación en el humilde monasterio de Aurillac. Más tarde pasó por Reims y estudió matemáticas y árabe en Cataluña bajo la protección del conde de Barcelona Borrell II. Una vez en la península Ibérica entró en contacto con maestros árabes en Córdoba y Sevilla, grandes centros urbanos y culturales de la época. De estas relaciones, y siempre según la leyenda, el futuro pontífice accedería al conocimiento del misticismo árabe, e incluso sería iniciado en los secretos de la magia oriental.

Llegó a Roma acompañado de su amigo y protector Otón III el emperador, que movió los hilos necesarios para sentar a Geberto en el trono de San Pedro. El nuevo papa, que adoptó el nombre de Silvestre II, se encontró con una nueva Gomorra, una ciudad asolada por las luchas entre facciones rivales, donde la inmoralidad, la inmundicia y los asesinatos eran moneda corriente. Aficionado (y quizás experto) en astronomía, a Silvestre II (primer papa francés) le gustaba observar el cielo nocturno desde la archibasílica de San Juan de Letrán, que era entonces la sede pontificia, deleitándose con la Luna y las estrellas.


Silvestre II no tuvo un pontificado tranquilo, y en el año 1001 tuvo que abandonar Roma en compañía de su protector. Ambos murieron en un lapso temporal de apenas un año. A pesar de las dificultades este pontífice combatió la corrupción que apestaba a la Iglesia y luchó con denuedo contra la simonía. Lo más destacado quizá fue la forja de dos alianzas (cuasi) eternas, pues intervino de forma directa en la evangelización de Polonia y de Hungría, dos reinos que siempre defendieron a la iglesia católica.

En la biografía de Silvestre II se entremezclan los real y lo fantástico, su faceta de incipiente científico se confunde con la práctica de la magia. Se cuenta incluso que selló un pacto con el mismísimo diablo. Aún hoy se le atribuye el poder de profetizar la muerte del vicario de Cristo en la Tierra; su sepulcro destila agua o sus huesos producen ruidos en el interior de la tumba, cuando la muerte del Pontífice es inminente.


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