martes, 6 de junio de 2017

EL NACIMIENTO DE RUSIA.



De la explosiva mezcla entre vikingos y eslavos surgió el pueblo ruso. Los eslavos ocupaban las tierras esteparias y los bosques de Europa Central y Oriental, extendiéndose desde el mar Báltico hasta el mar Negro. Un pueblo de pacíficos campesinos sedentarios, divididos en numerosos linajes y clanes que se organizaban en principados y confederaciones sin llegar a constituir un estado unitario. Hacia el siglo VIII los escandinavos, principalmente suecos, comenzaron a visitar estas tierras. Aventureros, buenos navegantes y terribles guerreros, los vikingos terminaron por dominar a los pueblos eslavos establecidos en la amplia llanura del Dnieper.


Los rus, nombre que le dieron los eslavos a estos vikingos, establecieron enclaves comerciales permanentes en las inmediaciones del lago Ladoga y en los estuarios de los ríos que vertían sus aguas en el Báltico. Durante los meses más fríos del año se refugiaban en estas colonias y con la llegada de la primavera remontaban los ríos y penetraban tierra adentro. Estas expediciones iban parando de aldea en aldea para cobrar tributos a cambio de proteger a sus pobladores. Los varegos dinamizaron el comercio y las ciudades florecieron en torno al gran eje mercantil que unía Constantinopla con el mar Bático.


Desde el lago Ladoga partían dos rutas fluviales hacia la gran Rusia. Algunos comerciantes navegaban hacia el este a lo largo del Volga. En las ciudades comerciales que jalonaban el camino, como Bulgar o Itil, podían intercambiar pieles y esclavos por plata árabe. Avanzando más hacia el sur era posible cruzar el Caspio y llegar a Bagdad. Otros mercaderes descendían por el Dnieper hacia el sur, y a través del mar Negro alcanzaban Bizancio. Los barcos vikingos usaban velas y en ocasiones también remos para navegar. A veces era necesario echar pie a tierra y cargar los livianos barcos sobre los hombros para salvar obstáculos. Para protegerse navegaban formando pequeñas flotillas.


Cuenta la tradición que los eslavos, hartos de luchas intestinas y de interminables conflictos con los fineses, pidieron a los jefes varegos que los gobernaran, de esta manera, Riurik creó un reino alrededor de la ciudad de Novgorod. Un sucesor de Riurik, Oleg, amplió su esfera de influencia, se apoderó de Kiev, eliminó a los jefes locales y estableció una suerte de principado. 


En palabras de John Haywood “Oleg se trasladó de Novgorod a Kiev y lo convirtió en la capital del Estado rus. Los rusos han visto tradicionalmente la fundación del Estado rus de Kiev como el punto inicial del moderno Estado ruso”. Los siguientes soberanos, Ígor, Olga, Sviatoslav I, Vladimir I y Yaroslav el Sabio, consolidaron el principado. Con el paso del tiempo la fusión entre ambos mundos fue total, pero aún quedaba un último elemento para amalgamar al futuro pueblo ruso; la religión ortodoxa.


Constantinopla era una golosina demasiado apetecible para obviarla, y los sucesivos señores de las llanuras mostraron interés por ella. Igor y Sviatoslav intentaron en vano conquistarla por las armas pero sería la inteligencia y la diplomacia las que lograrían el triunfo. En la segunda mitad del siglo X, Vladimir, que mantenía excelentes relaciones con el emperador Basilio II, se casó con una de sus hermanas y se convirtió al cristianismo. Junto al príncipe se bautizaron varios miles de soldados en Kiev, en las aguas del Dnieper. El hijo de Vladimir, Yaroslav, que ha pasado a la historia como el Sabio, consiguió afirmar la identidad rusa, llevando a cabo una política totalmente independiente de los emperadores bizantinos y configurando una iglesia nacional.


Durante el reinado de Yaroslav Rusia se convirtió en un país próspero, donde artesanía y comercio experimentaron un desarrollo espectacular, se pusieron por escrito las antiguas costumbres locales y se codificó la legislación rusa, una combinación de leyes bizantinas y derecho consuetudinario eslavo. Tras el deceso de Yaroslav las tierras rusas se disgregaron en varios principados, y aunque esta es otra historia, los rusos habían adoptado el cristianismo y el concepto de poder bizantinos, un hecho que iba a permitir a Moscú, varios siglos más tarde, reclamar para sí el título honorífico de Tercera Roma.




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