lunes, 14 de marzo de 2016

DRAGOSH VODA Y LA CAZA DEL URO



El enorme y poderoso bóvido arremete contra la montura y el jinete. Su fuerte testuz no puede detener el hachazo mortífero de Dragosh. Mircea Eliade me contó esta historia y Rumanía – en la plaza mayor de Campulung Moldovenesc – me la mostró. Aunque ya no quedan uros en Europa. Tampoco vovivodas.

El uro primigenio. El animal totémico. Desde los ignotos confines occidentales hasta la montañosa Moldavia. Dragosh Voda, a través de bosques impenetrables persiguió al uro, lo alcanzó en Campulung – Campo Largo – y le dio muerte. Aquí fundó el principado de Moldavia. Un sacrificio para una fundación, un viejo axioma atávico. Los magiares siguieron al mítico Turul, y los futuros moldavos a un uro.

Las leyendas alimentan el alma de un pueblo, que se identifica con ellas. Se aferran a estas historias en los momentos más complicados, cuando la propia supervivencia (y la identidad misma) está en juego. Cuando la idea de comunidad está a punto de perecer buscamos los orígenes, aquello que nos unifica, y recordamos memorables hazañas que sucedieron en un momento atemporal. Asismismo, identificándonos con un símbolo nos desligamos del molesto vecino. El uro diferencia a moldavos de valacos y transilvanos (y también de los húngaros), tres pequeños estados condenados de entenderse en un época en que aún pastaban uros en el continente.

Las crónicas escritas, imaginadas y redactadas muy a posteriori dicen que Dragosh llegó de Maramures siguiendo a un uro (tal vez un bisonte), atravesó montes y bosques carpáticos, hasta que le dio alcance. Desmontó de su caballo a orillas del río Moldava, y este hecho, fechado en el año 1359, marcó la fundación del principado de Moldavia.




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