miércoles, 2 de marzo de 2016

BUITRAGO DEL LOZOYA



En la sierra norte madrileña, en las estribaciones meridionales de Guadarrama, a orillas del Lozoya (un afluente del Jarama), encontró refugio, tal vez inspiración el Marqués de Santillana. Los miembros de su familia, los Mendoza, fueron uno de los más poderosos e influyentes clanes nobiliarios de la Corona de Castilla. Un linaje cercano a los Trastámara de Castilla y el ejercicio del poder, los Mendoza movían ficha, apoyaban a los monarcas a fin de mantener su posición y los suculentos privilegios que esto les reportaba.


Si hacemos caso a Plinio el Viejo, los romanos conquistaron un lugar llamado Litabrum, que se ha identificado con Buitrago. A pesar de su larga historia existen pocos documentos fiables de estos tiempos lejanos. La presencia musulmana queda atestiguada con la existencia del amurallamiento medieval que encierra el precioso recinto medieval.


La muralla de origen musulmán, cuyos primeros tramos fueron levantados entre los siglos IX y XI, formaba parte de un entramado defensivo erigido en el corazón de la Península Ibérica para deterner las avanzadillas cristianas y asegurar la destacada plaza de Toledo. No obstante lo que vemos en la actualidad es el resultado de sucesivas ampliaciones.


La verdadera historia de Buitrago comienza en el año 1083, cuando la plaza fue conquistada por el rey Alfonso VI, que concede derecho de repoblación. Juana de Orozco contrajo matrimonio con Gonzalo Yañez de Mendoza (montero mayor de Alfonso XI) y como dote llevó Buitrago y también Hita. De esta unión nació Pedro Gónzalez de Mendoza. En 1368 Pedro Gónzalez de Mendoza apoyó a Enrique II de Trastámara en la guerra civil contra su hermano Pedro I. La victoria de Enrique II significó la entronización de los Trastámara en Castilla. Desde estos momentos los Mendoza estuvieron estrechamente vinculados a la Sierra Norte Madrileña. Este Gónzalez de Mendoza fundó, con el beneplácito de Juan I de Castilla, el mayorazgo de Buitrago en 1380.


Los Mendoza, originarios de Álava, se convirtieron en un de los más poderosos y prestigiosos apellidos nobiliarios de España, y el Señorío de Buitrago se mantuvo, con todas sus servidumbres, hasta el siglo XIX con el desarrollo del liberalismo. Miembro destacado de esta familia fue Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana. El noble y poeta buscó inspiración más de una vez a orillas del Lozoya, y tan fuerte fue su vínculo con Buitrago, que acometió importantes obras arquitectónicas, como el alcázar, encajado en el antiguo recinto amurallado.


El castillo construido por el Marqués es singular por tres motivos: por estar edificado sobre la muralla urbana preexistente, por no seguir los modelos clásicos al carecer de torre del homenaje y por utilizar un estilo mudéjar con predominio del ladrillo. El alcázar aprovecha una de las esquinas del recinto árabe, construyendo dos muros que miran al interior de la villa y cierran el nuevo edificio. De la misma forma que los Mendoza ejercen su poder sobre Buitrago, la residencia fortificada se superpone a la antigua muralla. Un foso y una barrera protegen el alcázar, tanto de las tropas enemigas como de posibles revueltas internas.


En el año 1467 el patriarca de los Mendoza, Iñigo López de Mendoza y Figueroa, custodió aquí a la infanta doña Juana, mientras Enrique IV intentaba controlar a los inquietos magnates y clamar los crispados ánimos de la nobleza castellana. Un año más tarde, la reina de Castilla Juana de Avis, se reunió aquí con su hija.


La coracha, segmento de muralla que desciende hacia el río, fortifica el vado, protege el puente y controla el tráfico fluvial. No podemos olvidar que hasta la irrupción del caballo de hierro y las más modernas carreteras asfaltadas, los ríos constituían la más importante vía de comunicación. El puente fue privatizado por el marqués para conectar el castillo con su coto de caza situado a la otra orilla.


El Marqués de Santillana fundó en la primera mitad del siglo XV el Hospital de San Salvador (destruído durante la Guerra Civil) y la iglesia de Santa María del Castillo. Esta iglesia, construida en silleria y que presenta una torre en estilo mudéjar, se alza frente a la entrada de la muralla. Es la única superviviente de las cuatro parroquias que llegaron a existir en la villa.


El escudo de armas de la ciudad, concedido por Alfonso VI, presenta una res, una encina y la leyenda “Ad alenda pecora” (para el sustento del ganado).


Situada en una de las principales rutas que conectan las dos Castillas, a lo largo de las centurias, Buitrago se consolidó como cabeza de una comarca que vivía del ganado y basaba su riqueza en la lana. La población vivió su etapa de apogeo en el siglo XVI con el inicio del Renacimiento.


Enrique de Mesa en “Andanzas Serranas” (1910) nos deleita con unas palabras sobre Buitrago: “Esta es la famosa villa de Buitrago, pétrea reliquia de la España épica y fuerte, que alza a orillas del Lozoya la ruinosa senectud de sus muros. Hijas de los neveros son las aguas que ciñen el tajado risco en que se asienta; aires de frescura y aroma serranos son los que silban en sus almenas rotas. Para lo poeta, sus piedras milenarias guardan fragancia de poseía, que no en balde fue su señor y dueño aquel viril y dulce marqués de Santillana”.


Buitrago bebe de las gélidas aguas del Lozoya, casi en la falda misma de Somosierra, es una preciosa villa cercada por muros almenados guarnecidos por altos torreones, y fue durante centurias una preciada posesión del influyente linaje de los Mendoza.




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