lunes, 23 de diciembre de 2019

OTÓN I EL GRANDE.



Nace Alemania. Camina en solitario y deja en el camino a Francia. Dos países (nacidos de la desmembración del Imperio Carolingio) que durante siglos no conocerán una paz duradera entre ellos. Otón era hijo de Enrique el Pajarero, aquel guerrero que detuvo a los peligrosos magiares e iniciador de la enérgica dinastía otónida.


A la muerte de su padre, Otón I fue coronado en Aquisgrán (capital espiritual de Alemania) por el arzobispo Hüdebrando, Rex et sacerdos. La idea de restaurar el Imperio Carolingio rondaba su cabeza cuando acudió a Italia en ayuda del Sumo Pontífice. En 962, en Roma, fue coronado emperador (Kaiser) por el papa Juan XII. La decadencia, de capa caída, que vivía Italia, llevó a Otón a considerarse el poder más sólido (y estable) de la Cristiandad. Nacía así, el Sacro Imperio Romano Germánico. Otón es conocido, con toda justicia, el Carlomagno de Alemania.

Otón I ejerció su dominio sobre buena parte de Europa Occidental y además en un solo año, 955, supo conjurar los peligros húngaro y eslavo en sendas batallas, Lechfeld y Recknitz. Desde el punto de vista de la cultura, y contando con el apoyo de su hermano Bruno, arzobispo de Colonia, el emperador se convirtió en auténtico mecenas y patrocinó el conocido como Renacimiento otoniano. Otón II, hijo tenido con su segunda esposa, Adelaida de Italia, se convirtió en su sucesor.


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