jueves, 12 de junio de 2014

REGATEROS Y REGATERAS. ADALIDES DEL COMERCIO MEDIEVAL.



El comercio siempre ha sido el paraíso de los intermediarios, esos personajes carentes de escrúpulos, pero expertos en el arte de la palabra, que compran al productor y venden al consumidor o al tendero, y cuya mayor virtud es la capacidad para inflar los precios de las mercancías a su conveniencia. En la Edad Media recibían el nombre de regateros, o regatón, y por regla general este oficio estaba en manos de las mujeres.

La regatera pululaba por el mercado, enlazaba el campo con la ciudad. Negociando con los campesinos y los labriegos, compraban pequeños animales de corral, piezas de caza menor, huevos, leche, frutas, queso y hortalizas. Posteriormente los revendían en el interior de las ciudades, en sus plazas y mercados. 

Ingrata labor que hace merecedor de apelativos despectivos, como usurera o avariciosa, a aquellas personas que la desempeñaban. En la literatura de la época regateros y regateras aparecen retratadas como gente ociosa, mentirosa y que actúan de mala fe. Otros oficios como prestamistas, carniceros, sepultureros o herreros, también han sido mal considerados y las personas que los realizaban, objetos del escarnio popular. 

El florentino Antonio Pucci (s. XIV) dice de ellos lo siguiente: "Cree el regatón tener la razón y se muestra mal hablado y por un par de castañas en mal estado es capaz de llegar a las manos y a tratarte de puta".

En "Los oficios de París", una obrita del siglo XIV, se califca a las regateras como "las reinas del mercado". Y en Zamora, allá por el siglo XII, las venditrices fructuum dominaban todo lo que entraba y salía del mercado de la ciudad.

El campesino, a pesar de sentirse engañado y estafado, prefiere evitarse la molestia de trasladarse a la ciudad, y penetrar en un ambiente, que en muchas ocasiones, le supera. Pero en la ciudad consideran excesivas las ganancias del regatero para tan poco esfuerzo realizado. Siempre la envidia, sentimiento corrosivo que se pega a la fina piel que recubre el alma humana. 

En un sistema económico que padecía una deficiencia en las redes de mercados, el regatero se convierte en un agente fundamental para el desarrollo de la actividad mercantil durante la Edad Media, erigiéndose además en correa de transmisión entre el mundo rural y el urbano.

No obstante, y precisamente por este motivo, el regatero era responsable de los problemas de abastecimiento que padecía la ciudad y de la subida de los precios de las mercancías.

En determinadas ocasiones los Concejos y Gobiernos de Villas y Ciudades se vieron obligados a tomar medidas para evitar que cobraran precios abusivos, especialmente en los productos de primera necesidad.
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