viernes, 10 de abril de 2015

BLANCA DE EVREUX. DISCRECIÓN HERMOSA Y ARTES OSCURAS.



Creemos caminar por el borde de un mundo maniqueo, a un lado la luz, el día y el bien, al otro la oscuridad, la noche y el mal. En realidad ese límite no es tal, es mera ilusión. Luz y Oscuridad, Masculino y Femenino, Cielo y Tierra se funden, se entremezclan, y es humanamente imposible (al menos en términos absolutos) discernir donde acaba lo uno, y donde empieza lo otro.

Con la Historia y sus personajes ocurre lo mismo. Hay una historia real y verídica, iluminada por los documentos, concretada mediante datos, y otra historia velada, y hasta cierto punto imaginada, sustentada en leyendas, ancestrales creencias y tradiciones orales. Y amigos míos, al igual que no es concebible (ni cognoscible) el Yin sin el Yang, no pude existir la historia sin la leyenda, no podemos aprehender la esencia humana (individual y colectiva) si no tenemos en cuenta el mito. Nadie vibra ni se apasiona con el estudio de fríos datos, fechas, estadísticas o listas de nombres sin sentido. Los que buceamos en el pasado lo hacemos con la esperanza segura de encontrar la hazaña, la pasión, la tragedia, la belleza y la magia. Sin estos elementos el pasado se borra y la memoria olvida.

Blanca de Evraux fue una reputada dama, hija de la reina Juana II de Navarra y Felipe de Evraux , y reina consorte de Francia, sin embargo, su fama actual está vinculada a episodios algo más fantasiosos. Dos historias, dos caras. Una real y documentada, otra legendaria y fantástica. La primera la estudia la historia académica. De la otra se hacen eco los círculos más heterodoxos del conocimiento.

Al principio de su vida, Blanca parecía destinada a jugar un importante papel en las difíciles relaciones entre Navarra y Castilla. Sus mayores decidieron entregarla en matrimonio al infante Pedro (futuro Pedro I) hijo de Alfonso XI. El enlace buscaba forjar de una vez por todas una alianza favorable a Castilla, y a Francia. Los franceses no se inmiscuirían en los asuntos castellanos y apoyarían en su particular reconquista, mientras que Castilla auxiliaría a los franceses en la Guerra de los Cien Años. La boda estaba prevista cuando la niña cumpliese quince años, pero ni la alianza fraguó, ni la ceremonio se celebró. A Blanca le esperaba otro rey.

A la muerte de sus padres, Blanca quedó bajo la tutela de su hermano Carlos, a la sazón nuevo rey de Navarra (Carlos II). Como buen hermano (y político) Carlos intentó buscar a Blanca un buen marido, y pensó en otro joven heredero, el delfín Juan (futuro Jean Le Bon), hijo del rey francés Felipe VI.

Desde muy joven la princesa despertó la admiración de propios y extraños por su belleza e inteligencia, de tal forma que una crónica de la época la define como "Bella Sagesse" (Discreción Hermosa). Si hacemos casos de los documentos Blanca era un dechado de virtudes, un modelo a seguir como dama virtuosa y fiel siempre a los intereses de su linaje. La hija de Juana representaba el ideal de la mujer noble del siglo XIV. Tal fue la repercusión de la infanta Blanca, que recientes estudios han identificado a Blanca de Evreux con la heroína protagonista del "Roman de la Dame a la Licorne et du biau chevalier au lion" compuesto hacia 1350.

El rey Felipe VI acaba de enviudar y debía andar el hombre un poco melancólico, pero cuando vio en persona a Blanca, famosa en toda Europa por su belleza y cuarenta años más joven, se enamoró locamente de ella. El rey le dijo a su hijo Juan "que naranjas de la China", que Blanca ya no iba a ser su esposa, sino su madrastra.

Se celebró la boda, Blanca se convirtió en Reina de Francia y Luis encontró un nuevo motivo de alegría. Bromas crueles del destino, el infortunado rey poco pudo disfrutar de su lozana esposa, pues las Moiras decidieron cortar los hilos seis meses después del enlace. Las lenguas malintencionadas (o bienintencionadas, según se mire) atribuyen la muerte del monarca al agotamiento sexual, lo que hablaría bien a las claras de las dotes amatorias de la princesa navarra. No obstante, la fogosidad del rey le permitió engendrar una hija, que fue bautizada como Juana (onomástica recurrente en la dinastía franconavarra).

La reina viuda, con un velo blanco sobre el rostro, símbolo del luto, abandonó la corte y se retiró a las posesiones que su marido le había legado, concretamente a Neaufles Saint Martin cerca de Gisors. Aunque hubo un intento de casarla con Pedro IV de Aragón, la Reina Blanca se negó, argumentando que por tradición las reinas viudas de Francia no volvían a casarse. Otra interpretación sostiene que a Carlos II, el rey navarro, le interesaba que su hermana se mantuviese como reina viuda de Francia, y no romper el entendimiento que se había alcanzado entre ambas coronas tras el matrimonio.

Durante sus años de viudedad, mantuvo una estrecha relación con su hermano, al que ayudó siempre que pudo, y con los asuntos de gobierno en Navarra. Además a Blanca tampoco le temblaba el pulso cuando tenía que actuar, en 1364 defendió Vernon frente a las tropas de du Gesclin . Tal era la confianza que Carlos II había depositado en su hermana que no dudó en nombrarla en su testamento, como tutora de su hijo, el futuro Carlos III el Noble.

Blanca murió en 1398, recibió sepultura en la abadía de Saint Denis y nunca dejó de ser considerada la Reina viuda de Francia. Hasta aquí la historia oficial.

La historia incómoda, extraoficial y heterodoxa, cuenta que en su retiro Blanca se dedicó a la práctica de la alquimia y al estudio de las artes oscuras. Esta historia heterodoxa está llena de intuiciones y de tópicos, que a pesar de todo, puede ser que escondan algo de verdad. Se cuenta que en los sótanos de su castillo hizo construir un laboratorio para llevar a cabo sus experimentos de alquimia y que pasaba horas leyendo y estudiando nigromancia y otras artes oscuras. Mientras escribo estas líneas no puedo dejar de pensar en Erzebeth Bathory, devota de la sangre.

Sus castillos de Neuphe y de Gisors estaban comunicados mediante un túnel secreto, que como todos estos túneles secretos no han podido ser descubiertos. La tradición cuenta que en su biblioteca - era una ávida lectora - poseía una obra alquímica de valor incalculable producida en el Languedoc durante el siglo XIV, pero basada en manuscritos de seiscientos años atrás.

Esta princesa atípica mantuvo una estrecha relación de amistad y mecenazgo con Nicolás Flamel , acaso el alquimista más popular de su tiempo. La última vuelta de tuerca de esta esotérica historia hace de Blanca una de los Grandes Maestres del supuesto Priorato de Sion, la enigmática orden de la Dan Brown escribe en el Código da Vinci. Además el mismo Flamel sucedió a Blanca en dicho maestrazgo. ¿Dónde termina la realidad?.

Y si hablamos de una joven reina, guapa e inteligente, que vive en castidad, apartada del mundo, no puede faltar una amante. Si no lo hay, se inventa. Durante su retiro, la Reina Blanca disfrutó de la pasión amorosa de un enigmático caballero del que poco o nada se sabe, que alguien aha bautizado (no se bien con que criterio) como Poulain, y que visitaba a la princesa nigromante en las largas noches invernales para ofrecer su ardor amoroso.


Alquimia y nigromancia, el arte de la luz y la ciencia de la oscuridad, doctrinas esotéricas que provocan los más encontrados sentimientos de atracción y repulsión en el alma humana. ¿Qué tienen de auténtico?. Difícil precisarlo. A lo largo de la historia vivieron hombres y mujeres empeñados en desentrañar los secretos y misterios de la Naturaleza, y en el fondo no es, ni más ni menos, que la eterna y continua búsqueda del conocimiento, una pulsión que responde a la innata e inevitable curiosidad humana.  
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