miércoles, 5 de febrero de 2014

VINO Y PEREGRINO



El vino debe ser el inseparable amigo y compañero del peregrino que va a Santiago.

Acompaña durante las solitarias veladas,
calienta el alma las noches frías,
espolea las piernas las duras jornadas
estrecha vínculos entre compañeros de fatiga
y aunque Santiago no aparezca, el nunca nos abandona.

La sangre de Cristo se torna imprescindible para todo aquel que sale al camino, no es posible alcanzar el destino si se deja de lado la botella de vino. La sangre de Cristo, como no podía ser de otra forma, alimenta el alma y enaltece el espíritu del caminante, del incansable e infatigable peregrino. Cristo dio su sangre por nosotros, pero la transformó en uva. Cada año, durante la vendimia, un remedo de la Semana Santa, los cristianos reviven la Pasión y sacrifican la uva para redención de la Humanidad, por eso el buen peregrino nunca abandonará su botella de vino. El cristiano pasó de la transubstanciación y bebió sus amores del fruto de la vida. Alimenta más que la sangre de Cristo.  
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