martes, 11 de febrero de 2014

PEREGRINO ES EL QUE VA A SANTIAGO



Desde que el hombre es hombre camina, se mueve y se dirige a ciertos lugares sacros. A partir de la implantación en Europa de una religión basada en la divinidad, y enseñanzas, de Jesús de Nazaret, se puso de moda visitar lugares donde yacían, o se decía que lo hacían, los restos y las reliquias de hombres y mujeres importantes, que ellos llamaban santos (o santas). 

Muy pronto, comenzaron a proliferar centros donde se custodiaban huesos de hombres y mujeres que habían dado su vida – quizás inútilmente – defendiendo la nueva fe; se construyeron iglesias, ermitas y suntuosas basílicas martiriales. El culto a las reliquias, lease fetichismo, no había hecho más que comenzar.

Durante la Edad Media tres eran, y en cierta forma hoy día lo siguen siendo, los principales centros de peregrinación, Tierra Santa, Roma y Santiago de Compostela. Dante Aligheri en la “Vita Nueva” nos cuenta: “Se llaman palmeros aquellos que viajan a ultramar – Santos Lugares – donde frecuentemente reciben las palmas; se llaman peregrinos los que van a la casa de Galicia, dado que la tumba de Santiago se encuentra más lejos de su patria que la de cualquier otro Apóstol; se llaman romeros aquellos que van a Roma”.
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