domingo, 9 de febrero de 2014

UN CAMINO INICIÁTICO.



Nuestra brújula señala hacia el Poniente, el lugar donde muere el Sol, el Finisterrae, donde todo fenece y por ello, enclave propicio (y propiciatorio) para honrar a los difuntos y venerar a los dioses, para celebrar un atávico culto a los muertos, cuando no a la misma muerte. La Compaña camina por inmemoriales caminos gallegos, buscando almas (incautas) errantes, para dirigirlas ante su gran señora; la Parca.

Caminar es de iniciados, el cuerpo fatigado, asfixiado y dolorido deja vía libre a la mente, que en esta circunstancia, una vez derrotada la carne, vislumbra más allá de engañosas visiones y pomposos cantos de sirena, y se alza por encima de toda realidad cotidiana y es capaz de descubrir la verdadera esencia de la existencia.


El caminante rompe las cadenas sensoriales que lo aprisionan, como un reo sin condena, a los recios barrotes de la cotidianeidad; su espíritu se libera y la mente se eleva por encima de la banalidad. Entonces, ya está preparado para acceder al más importante de los dones; el autoconocimiento. El cuerpo deber morir, para renacer y comprender. El aspirante pasaba la noche velando armas antes de ser, mediante toque de espada, armado caballero. Muchas religiones orientales basan la meditación en un prolongado ayuno. Todos coinciden en el mismo camino; apartar las sensaciones físicas para ceder todo el protagonismo a las mentales.  
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