lunes, 4 de diciembre de 2017

DE LOS TREINTA LORENSES Y DEL MUERTO A QUIEN EL APÓSTOL LLEVÓ EN UNA NOCHE DESDE LOS PUERTOS DE CIZE HASTA SU MONASTERIO.



En el presente milagro del bienaventurado Santiago el de Zebedeo apóstol de Galicia, se demuestra que es verdad lo que atestigua la Escritura: Mejor es no hacer votos que después de hacerlos volverse atrás. Pues se cuenta que treinta caballeros en tierras de Lorena hicieron propósito por piadosa devoción de visitar el sepulcro de Santiago en la región de Galicia el año mil ochenta de la encarnacion del Señor. Mas como la mente humana cambia a veces cuando se promete mucho, se dieron entre sí palabra de ayuda mutua y pactaron obligació común de guardarse fidelidad. Sin embargo, uno de dicho número no quiso ligarse con tal juramento. Por fin todos ellos habiendo emprendido el viaje proyectado, llegaron sin daño hasta la ciudad de Gascuña llamada Porta Clusa. Pero allí uno de ellos cayó enfermo y de nigún modo podía caminar. Sus compañeros en virtud de la fe prometida le llevaron con gran trabajo en los caballos o con sus manos durante quince días hasta los puertos de Cize, cuando este trecho suele hacerse en cinco días por los expeditos.

Finalmente cansados y aburridos, posponiendo la fe pactada, abandonaron al enfermo. Mas solo aquel que no le había dado palabra le dió prueba de lealtad y piedad no abandonándole, y a la noche siguiente veló junto a él en la aldea de San Miguel al pie del puerto mencionado. Por la mañana dijo el enfermo a su compañero que tratase de subir al puerto, si quería aprovechar para sí mismo sano el auxilio de sus fuerzas. Pero él respondió que no le abandonaría nunca hasta la muerte. Así, pues, habiendo subido juntos a la cima, se cerró el día, el alma bienaventurada del enfermo salió de este vano mundo y fué puesta por méritos en el descanso del paraíso, llevada por Santiago. Viendo esto el vivo, muy asustado por la soledad del lugar, la oscuridad de la noche, la presencia del muerto y el horror de la bárbara gente de los vascos impíos que habita cerca de los puertos, tomó gran miedo.

Como ni en sí mismo ni en hombre alguno hallaba auxilio, dirigiendo al Señor su pensamiento, pidió protección a Santiago con suplicante corazón y el Señor, fuente de piedad, que no abandona a los que en él esperan, se dignó visitar por medio de su Apóstol al desamparado. Efectivamente, Santiago como soldado a caballo se le presentó en medio de su angustia. Y le dijo: ¿Qué haces aquí, hermano ? Señor, contestó él, ante todo deseo enterrar este compañero, mas no tengo medio de enterrarle en este desierto. Entonces el Apóstol le replicó: Alárgame acá ese muerto y tú monta en el caballo detrás de mí hasta que lleguemos al lugar de la sepultura. Y así se hizo. El apostol tomó diligente al difunto en sus brazos delante de sí e hizo montar al vivo a caballo a la grupa. ¡ Maravilloso poder de Dios, maravillosa clemencia de Cristo, maravilloso auxilio de Santiago! Recorrida aquella noche la distancia de doce días de camino, antes de salir el sol, a menos de un milla de su catedral en el Monte del Gozo, bajó del cabllo el Apóstol a los que había traído y mandó al vivo que invitase a los canónigos de dicha basílica a dar sepultura al peregrino de Santiago.

Después añadió: Cuando hayas visto cumplidas dignamente las exequias de tu difunto y tras haber pasado una noche en oración completa, según costumbre, vayas de regreso, en la ciudad llamada León te encontrarás con tus compañeros. Y les dirás: Puesto que habéis obrado deslealmente con vuestro compañero abandonándole, el santo Apóstol os anuncia por mí que vuestras oraciones y peregrinación le desagradan profundamente hasta la debida penitencia. Al oír esto entendió al fin que éste era el Apóstol de Cristo y quiso caer a sus pies, mas el soldado de Dios no le fué visible por más tiempo. Cumplido, pues, todo aquello, al regreso encontró a sus compañeros en la mencionada ciudad y les contó exactamente todo lo que le había ocurrido desde su separación de ellos y cuántas y cuán grandes amenazas había hecho el Apóstol para la falta de cumplimiento de la fidelidad al compañero. Oído todo ello, se admiraron más de lo que puede decirse y acabaron el camino de su peregrinación. Esto fué realizado por el Señor y es admirable a nuestro ver. Porque estas son cosas que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos por ellas. Ciertamente en este milagro se demuestra que todo lo que se ofrece a Dios debe cumplirse con alegría, para que haciendo votos dignos cconsigamos del Señor su perdón. El cual se digne concedernos Jesus nuestro Señor que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina Dios por los infinitos siglos de los siglos. Así sea.
Códex Calixtino Libro II. 
Libro de los Milagros.

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