lunes, 25 de diciembre de 2017

EL LABORATORIO LEGENDARIO.



Con su cortejo de misterio y de desconocido, bajo su velo de iluminismo y de maravilloso, la alquimia evoca todo un pasado de historias lejanas, de narraciones miríficas y de testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus extrañas recetas, la secular nombradía de sus grandes maestros, las apasionadas controversias que suscitó, el favor de que gozó en la Edad Media y su literatura oscura, enigmática y paradójica nos parecen desprender hoy el tufo del moho y del aire rarificado que adquieren, al correr de los años, los sepulcros vacíos, las flores marchitas, las viviendas abandonadas y los pergaminos amarillentos.
¿El alquimista? Un anciano meditabundo, de frente grave y coronada de cabellos blancos, de silueta pálida y achacosa, personaje original de una Humanidad desaparecida y de un mundo olvidado; un recluso testarudo, encorvado por el estudio, las vigilias, la investigación perseverante y el desciframiento obstinado de los enigmas de la alta ciencia. Tal es el filósofo a quien la imaginación del poeta y el pincel del artista se han complacido en presentarnos.
Su laboratorio - sótano, celda o cripta antigua - apenas se ilumina con una luz triste que ayuda a difundir las múltiples telarañas polvorientas. Sin embargo, ahí, en medio del silencio, se consuma el prodigio poco a poco. La infatigable Naturaleza, mejor que en sus abismos rocosos. se afana bajo la prudente vigilancia del hombre, con el socorro de los astros y por la gracia de Dios. ¡Labor oculta, tarea ingrata y ciclópea, de una amplitud de pesadilla! En el centro de este in pace, un ser, un sabio para quien ninguna otra cosa existe ya, vigila, atento y paciente, las fases sucesivas de la Gran Obra...
A medida que nuestros ojos se habitúan mil cosas salen de la penumbra, nacen y se precisan. ¿Dónde estamos, Señor? ¿Tal vez en el antro de Polifemo o acaso en la caverna de Vulcano?
Cerca de nosotros hay una fragua apagada cubierta de polvo y de virutas de forja, y la bigornia, el martillo, las
pinzas, las tijeras y las tenazas; moldes oxidados y los útiles rudos y poderosos del metalúrgico han ido a caer allá.
En un rincón, gruesos libros pesadamente herrados -como antifonarios - con cintas selladas con plomos vetustos; manuscritos cenizosos y grimorios amontonados mezclados unos con otros; volúmenes cubiertos de notas y de fórmulas, maculados desde el incipit al explicit. Redomas ventrudas corno buenos monjes y repletas de emulsiones opalescentes, de líquidos glaucos herrumbrosos o encarnadinos exhalan esos relentes ácidos cuya aspereza anuda la garganta y pica en la nariz.
En la campana del horno se alinean curiosas vasijas oblongas, de cuello corto, selladas y encapuchadas con cera; matraces de esferas irisadas por los depósitos metálicos estiran sus cuellos unas veces delgados y cilíndricos, y otras abocinados o hinchados; las cucúrbitas verdosas, y las retortas de cerámica aparecen junto a los crisoles de tierra roja y llameada. Al fondo, colocados en sus montones de paja a lo largo de una cornisa de piedra, unos huevos filosóficos hialinos y e elegantes contrastan con la maciza y abultada calabaza, praegnans cucurbita.
¡Condenación! He aquí ahora piezas anatómicas, fragmentos esqueléticos: cráneos ennegrecidos, desdentados y repugnantes en su rictus de ultratumba; fetos humanos suspendidos, desecados y encogidos, miserables desechos que ofrecen a la mirada su cuerpo minúsculo, su cabeza apergaminada, desdeñable y lastimosa. Esos ojos redondos, vidriosos y dorados son los de una lechuza de plumaje marchito, que tiene por vecino a un cocodrilo, salamandra gigante, otro símbolo importante de la práctica. El espantoso reptil emerge de un rincón oscuro, tiende la cadena de sus vértebras sobre sus patas rechonchas y dirige hacia las arcadas la sima ósea de sus temibles maxilares. Esparcidos sin orden, al azar de las necesidades, en la placa del horno, se ven botes vitrificados, alúdeles o sublimatorios; pelicanos de paredes espesas; infiernos semejantes a grandes huevos de los que se viera una de las chalazas; recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena, contra el atanor de humaredas ligeras que ascienden hacia la bóveda ojival. Aquí está el alambique de cobre -homo galeatus-, maculado de babas verdes; allá, los descensores y los dos hermanos o gemelos de la cohobación; recipientes con serpentines; pesados morteros de fundición o de mármol; un ancho fuelle de flancos de cuero raído junto a un montón de garruchas, de tejas, de copelas, de evaporatorios...
¡Amasijo caótico de instrumentos arcaicos, de materiales extraños y de utensilios caducos, almoneda de todas las ciencias, batiburrillo de faunas impresionantes! Y planeando sobre ese desorden, fijo en la clave de bóveda, como pendiente con las alas desplegadas, el gran cuervo, jeroglífico de la muerte material y de sus descomposiciones, emblema misterioso de misteriosas operaciones.
Curiosa también la muralla o, al menos, lo que de ella queda. Inscripciones de sentido místico llenan los vacíos: Hic lapis est subtus te, supra te, erga te et circa te; versos mnemónicos se hacen un lío, grabados al capricho del estilete en la piedra blanda; predomina uno de ellos, trazado en cursiva gótica: Azoth et ignis tibi sufficiunt, caracteres hebraicos; círculos cortados por triángulos, entremezclados con cuadriláteros a la manera de las signaturas gnósticas. Aquí, un pensamiento, fundado sobre el dogma de la unidad, resume toda una filosofía: Omnia ab uno et in unum omnia. Aparte, la imagen de la hoz, emblema del decimotercer arcano y de la casa natural; la estrella de Salomón; el símbolo del Cangrejo, obsecración del mal espíritu; algunos pasajes de Zoroastro, testimonios de la alta antigüedad de las ciencias malditas. Finalmente, situado en el campo luminoso del tragaluz, y más legible en ese dédalo de imprevisiones, el ternario hermético: Sal, Sulphur, Mercurius...
Tal es el cuadro legendario del alquimista y de su laboratorio. Visión fantástica, desprovista de veracidad, salida de la imaginación popular y reproducida en los viejos almanaques, tesoros del cotilleo.
¿Sopladores, magistas, brujos, astrólogos, nigromantes?
-¡Anatema y maldición!.


Fulcanelli, Las Moradas Filosofales.
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