viernes, 24 de febrero de 2017

SUBIDA AL CEBREIRO.



Para tratar, siquiera mínimamente, de alcanzar a conocer los arcanos jacobeos, hay que subir a pie al Cebreiro y dejar que tu piel sea azotada por su vientos. Susurros uranios que tratan de seducir a Gaia, si ella, Madre Tierra, señora eterna, sucumbe a sus encantos, como resistir el alma infantil e inocente de un sencillo peregrino. Me entrego convencido a tu magia, invento mi propio sortilegio, bebo del brebaje de esta tierra, me lleno de tu vitalidad, hincho mis pulmones con tu bruma, las criaturas que moran aquí me señalan el camino.


Al pisar el mítico monte me enamoré del lugar, la vista abrumaba mi alma y sus pallozas evocaban mis sueños de historiador celta. Durante el ascenso me maravillaba con los paisajes, sufriendo el desnivel e llenando el corazón de real y auténtica libertad. Un triunfo personal, un reto para mi cuerpo y un desafío para mi mente. Una vez arriba, regocijo del espíritu y una ilusión cumplida, descubrir una aldea enigmática y mágica, en el sentido absoluto de la palabra. Uno de esos días en que uno se siente plenamente vivo y está agradecido de haber nacido.


El Sol reposa en otro lado del planeta, mientras Selene, Emperatriz de los Cielos, desordena corazones y mentes, los arranca de la falsa realidad cotidiana y los conduce por el camino del autoconocimiento, que nos ha de llevar, en definitiva, al único objetivo cierto, alcanzar la felicidad del alma y del cuerpo, aquí volví a abrir los ojos tras una oscura época de sombras, aquí volví a ilusionarme como un niño . . .


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