jueves, 1 de septiembre de 2016

ROBERTO GUISCARDO "EL ZORRO NORMANDO"



Roberto I, apodado Guiscardo - “el zorro” - debido a su astucia e inteligencia, partió de su Normandía natal en busca de aventuras, fortuna, éxito y gloria, acompañado por cinco caballeros montados y una treintena de infantes. Aprovechó la inestabilidad tradicional de todos contra todos (lombardos, terratenientes, nobleza, bizantinos, sarracenos, Papa, emperador) que enraizó (al principio de los tiempos históricos) en el suelo italiano para hacerse con un importante estado territorial. Ana Conmeno, princesa bizantina e historiadora escribió sobre él: “tenía pensamientos propios de un tirano, un temperamento astuto y una fuerza considerable”.

Con esta reducida mesnada se personó en Lombardía y pronto se hizo un nombre a base de certeros mandobles. Hijo de un noble normando menor llamado Tancredo de Hauteville (que se casó dos veces y tuvo más de diez hijos), sus hermanos Guillermo Brazo de Hierro, Drogo y Hunifredo ya habían hecho fortuna en el sur de Italia, y ya disponían de algunos feudos en tierras calabresas y apulias.

Asustado por la fuerte presencia normanda en la península, el papa León IX organizó una coalición para expulsarlos de Italia, pero en la batalla de Civitate (1053), los hermanos Hauteville propinaron una buena paliza a las huestes papales. Ese día Roberto comandó una de las alas del ejército y demostró sus cualidades militares siendo decisivo en la victoria final.

Su influencia iba creciendo (tanto como su ambición) y pronto (a la muerte de Hunifredo) se convirtió en el auténtico padrino del clan Hauteville en Italia. Por ese tiempo se divorció de su primera esposa y contrajo matrimonio con Sichelgaita, una princesa y amazona lombarda. Una mujer de armas tomas, envidiada por las valquirias, y arrolladora personalidad. La media naranja ideal para Roberto.

Más tarde el papa Nicolás II, ante la tesitura en que se encontraba la Santa Sede enfrascada de lleno en la Querella de las Investiduras y enfrentada abiertamente a la levanticas aristocracia romana, pensó atraerse el favor y la ayuda del bravo zorro normando. En el sínodo de Melfi (1059) Nicolás II otorga a Roberto Guiscardo el título “por la gracia de Dios y de San Pedro duque de Apulia y de Calabria, y con la ayuda de los dos, futuro duque de Sicilia”. Es decir las conquistas presentes y futuras que consiguiese el normando. A cambio Roberto se declaró defensor de la iglesia y vasallo del papa

Completó la conquista de Apulia y de Calabria y como un comandante supremo delegaba en sus familiares, así que encargó a su hermano pequeño, Roger, la conquista de Sicilia, para lo que tuvo que emplearse a fondo, pues los sarrecenos opusieron una dura resistencia. Con el asalto de la ciudad de Bari (1071) se puso fin a la presencia bizantina en Italia. Pero el indomable jefe normando quería más, y puso sus ojos en Iliria, y hasta allí dirigió sus tropas, contando con el beneplácito papal. Los poderosos venecianos, aliados de Bizancio, vencieron, con cierta facilidad, a la flota normanda, pero en tierra Roberto prosigue su marcha triunfal hasta tomar la ciudad de Dirraquio (una ciudad que ha sido griega, romana, iliria, bizantina, normanda, veneciana, otomana y albanesa)

Pero las obligaciones, pactos y lealtades mandan, y Roberto tuvo que volver apresuradamente a Roma a socorrer al papa Gregorio VII asediado en el castillo de Sant Angelo por las tropas del emperador Enrique IV. Las experimentadas torpas normandas forzaron la retirada del ejército agresor y de paso saqueron Roma. Roberto cumplió con lo pactado, liberó al Papa y lo puso a salvo de los tumultos capitalinos, escoltándolo hasta Salerno. Su hijo Bohemundo se quedó al frente de las operaciones en Grecia, aunque no pudo evitar que los venecianos recuperasen Dirraquio.



Su personalidad inquieta y peleona, anima a Roberto a volver a oriente para prestar ayuda a su hijo, allí contrajo unas fiebres tifoideas que lo arrastraron a la tumba cuando ya había sobrepasado los setenta años. La sangre escandinava que corría por sus venas lo empujan a combatir, combatir y combatir. El típico (y tópico) espíritu pionero vikingo impulsan el ánimo del joven Roberto que partió de Normandía en busca de la gloria eterna y un asiento junto a Odín en el Walhalla.
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