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lunes, 30 de diciembre de 2019

ESENCIA RECUPERADA (O REINVENTADA).




Entre los dudosos logros del capitalismo se encuentra la uniformidad de las formas arquitectónicas, el mismo modelo urbano podemos encontrarlo en Uruguay, China, Rusia o Alemania. La personlidad (y la esencia) de pueblos y ciudades se detuvo en el siglo XIX. Las fábricas y la industria primero, los residenciales y centros comerciales (y de ocio) después, implantaron una forma de organizar el espacio urbano exportada, sin contemplaciones, a los cincos continentes.


Ahora, en los albores del Tercer Milenio, muchas poblaciones europeas (alejadas de circuitos comerciales y situadas en la periferia industrial) intentan conservar y restaurar esas señas de identidad que se fraguaron entre finales del siglo III y principios de la Era Industrial, esa larga Edad Media de la que hablaba el medievalista francés Jacques Le Goff.


Las urbes costeras y situadas en la llanura crecieron como Cabeza de Goliat, y es en las regiones más apartadas, aisladas e inaccesibles donde perduró esa esencia. En los tiempos que corren son tomadas como modelos auténticos de lo que debe ser Baviera, Bretaña, Andalucía o Transilvania. No obstante un peligroso enemigo las acecha y amenaza; el implacable turismo de masas.


lunes, 7 de septiembre de 2015

LA LEYENDA DE MAMAIA.



Mamaia es a Rumanía, lo que Ibiza a España, aunque su fisonomía es más similar a la Manga del mar Menor. A orillas del mar Negro, situada varios kilómetros al norte de la histórica Constanza, Mamaia es un moderno complejo turístico de primer nivel, con playa, hoteles, casinos, varios campings, discotecas y parques acuáticos, y toda las estructuras necesarias para el ocio y la diversión, sin ningún género de dudas, un lugar muy apetecible para veranear. Una antigua leyenda cuenta el origen de su nombre.



Hace mucho tiempo, en época de la dominación otomana, un oficial del ejército turco que visitaba con frecuencia Constanza, solía parar habitualmente en una pequeña taberna a orillas del mar. En uno de esos viajes, el hijo del oficial quedó prendado de la hermosura y sencillez de la hija del tabernero, enamorándose locamente de ella. La religión, siempre la religión, con ella cristiana y él musulmán, prohibía el amor e imposibilitaba esa unión. El joven turco, audaz y decidido, raptó a la bella tabernera y se hizo a la mar en un pequeño bajel. La cristiana cautiva pedía auxilio, llamaba a su madre y clamaba a voz en grito: “¡Mamaia, mamaia!”. Entre gritos, lágrimas y sollozos, la desafortunada cayó al agua y murió ahogada. El enamorado turco, con el alma rota en mil pedazos y el cuerpo de su amada en brazos, decide quitarse la vida, poniendo punto y final a la trágica e incompleta historia de amor. Desde aquel fatídico día el pequeño pueblo marinero donde estaba la taberna empezó a ser conocido como Mamaia.  
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