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sábado, 25 de noviembre de 2017

GOSLAR, SEDE DEL SACRO IMPERIO.



La sede del antiguo palacio del Kaiser es una pequeña ciudad de la Baja Sajonia, donde en cada rincón te asalta un detalle. Mundo alemán, tan diferente (en apariencia) al nuestro, en que cada ciudad muestra toda la belleza que es capaz de producir este laborioso pueblo, escudos gremiales, tejados bien cuidados, marcos dorados, cenefas en edificios públicos, hoteles, restaurantes y viviendas, forman un todo armónico.


Sobre un núcleo urbano medieval, se van superponiendo edificios románicos, góticos, renacentistas y barrocos. En medio de la plaza del mercado se levanta un gallo dorado ¿algún símbolo de la ciudad? sobre una pequeña fuente. Y todo regado con abundante cerveza: oscura, tostada, rubia, negra y con mucha espuma.


Enrique I el Pajarero fundó la ciudad atraído por la riqueza minera de la región, explotada desde el siglo X hasta el año 1988. El emperador Enrique II el Santo, decidió construir el palacio, que fue ampliado sucesivamente por Conrado II y Enrique III el Negro.


Iglesia del Mercado, construida en el siglo XII, presenta fachada tipo Westwerk.


Goslar fue durante unos siglos la corte regia del emperador, que se protegía aquí de los problemas continuo que preocupaban a las diferentes regiones imperiales. Con el cambio de dinastía los emperadores abandonaron Goslar, la dieta imperial dejó de reunirse aquí y el edificio tristemente fue quedando en ruinas.


Durante el revival del siglo XIX el palacio fue restaurado (o reconstruido) y fue utilizado por el recién proclamado emperador de la Alemania unificada Guillermo I.


Un unicornio ¿escudo gremial?.


Cultura al alcance de la mano. 




Paseando por Goslar compruebo que se me agotan las ideas para describir esta ciudad, me quedo sin adjetivos. Vi el palacio en fotografías que busqué en Internet, y ese fue el motivo de decidir visitar la ciudad, pero la belleza de los edificios supera con creces las espectativas; hay que venir.




jueves, 16 de noviembre de 2017

PENSAMIENTOS DEL EMPERADOR FEDERICO BARBARROJA.



Sentado a los pies de la estatua ecuestre, el emperador (y cruzado) me susurra al oído una melancólica letanía: “la nación alemana me tiene confundido. Este palacio es un orgullo, accesible a todo el pueblo, sin embargo, la emprenden a balonazos contra sus muros. El Sacro Imperio fue un intento de unificar la civilización clásica, con la libertad y el potencial inherente a las tribus de Germania. Pero cuando la civilización falla, reaparece la barbarie, y así sembramos de cadáveres el continente europeo. Sucesivamente nos enfrentamos al Imperio Hispánico de Carlos V, a los turcos de Solimán, al Reino de Francia, a Napoleón y a las Democracias Occidentales, y jamás conseguimos el objetivo que nos propusimos. Nuestros intentos de gloria militar ensombrecieron los logros de nuestra cultura; la imprenta, la Reforma, la Ilustración, cuyo punto culminante fue Inmanuel Kant, la sublimación de la música con Beethoven, Mozar y Wagner, la creación del espíritu romántico. La aportación alemana al arte, en todas sus facetas, ha sido mucho más determinante para Europa que sus intentos fallidos de dominio político”. Aturullado por tanta palabrería me alejo lentamente mientras Barbarroja llora lágrimas de sangre al contemplar a la juventud germana y el futuro que les espera.  

martes, 28 de junio de 2016

BENÓN DE MEISSEN



Al margen de ideología y creencias, las sociedades tienden a valorar, recordar y respetar sus símbolos. En el ayuntamiento de Munich (capital del estado de Baviera), junto a duques y reyes históricos, encontramos la figura de Benón de Meissen, patrón de la ciudad (y creo que de toda Baviera).

Monje alemán, capellán de Goslar, obispo de Messen, por deseo expreso del emperador Enrique IV, y patrónde los pescadores. A pesar de su vinculación con el emperador, Benón era defensor de una iglesia unidad, y mostró su apoyo a Gregorio VII durante la Querella de las Investiduras. Consecuencia: el emperador lo expulsó de su diócesis. Cuenta una leyenda, que antes de abandonar su sede episcopal, lanzó las llaves de la catedral al río Elba. Lo extraordinario sucedió cuatro años más tarde. Una mañana Benón fue al mercado, compró un pez y cuando lo limpiaba para cocinarlo, encontró las llaves entre sus tripas.

Más tarde se reconcilió con el emperador, apoyó (quizás a regañadientes) al antipapa Clemente III (cuyo nombramiento fue otro tejemaneje de Enrique IV) y hacia 1097 reconoció a Urbano II como papa legítimo. Benón trabajó activamente en su diócesis, introduciendo reformas según el modelo de Hildebrando.

La iconografía lo representa vestido de obispo, sin barba, con mitra, báculo, un pez y unos clavos. Después de su muerte, y tras ser venerado durante un timpo en la catedral de Messen, sus restos sufrieron diversos avatares, llegando a mediados del siglo XVI a la Catedral de Nuestra Señora en Munich.


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