viernes, 16 de diciembre de 2016

FORMOSO Y EL CONCILIO CADAVÉRICO.



Formoso fue el papa número 111 de la Iglesia Católica durante una época convulsa (y repulsiva) caracterizada por incesantes y violentas luchas por el poder político en la Italia del siglo IX. Para tratar de estabilizar la situación Formoso llamó a Arnulfo de Carintia y le mostró su apoyo en contra de un poderoso señor, Lamberto de Spoleto. En el 896 murió Formoso y el clan de los Spoleto eligió rápidamente a un nuevo papa, Esteban VI.

El esperpento sobrevino un año después con la celebración del Concilio Cadavérico. En 897 se inició un proceso legal cotra Formoso, acusado de haber ceñido la tiara papal siendo obispo de Oporto. La ley (esa misma ley que se pasan por el forro cuando interesa) prohibía a un obispo abandonar su sede para convertirse en Papa, es decir, obispo de Roma.

La tumba fue profanada y el esqueleto agusanado de Formoso presentado a juicio celebrado en la basílica de San Juan de Letrán, auténtica catedral de la Ciudad Eterna. En un alarde de cinismo, acompañado de altas dosis de estupidez divina y unas pinceladas de surrealismo gótico, Esteban VI formuló las pertinentes preguntas, para las que no obtuvo respuesta, y finalmente dictó sentencia: ¡culpable!.

Como condena Formoso fue depuesto post morten, y todos aquellos obispos nombrados durante su pontificado tuvieron que ser consagrados de nuevo. Pero no acabó aquí el delirio. Concluído el sínodo macabro, le cortaron tres dedos de la mano derecha, precisamente aquellos que utilizaba para bendecir, le cercenaron la cabeza, y entre injurias lanzadas por una aleccionada plebe, arrojaron al Tíber, sus míseros despojos.


Al cabo de unos días, los restos de Formoso fueron hallados (milagrosamente) por unos bienintencionados pescadores, que dedicieron devolverlos a la tumba. Cuando las reliquias cruzaron el umbral de la basílica de San Pedro, las imágenes de los santos se inclinaron en señal de reverencia, aceptación y respeto.  
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