sábado, 23 de julio de 2016

PRAÇA DO COMERCIO.



Praça do Comercio, porticada como las plazas castellanas, pero abierta al mar, al mágico lugar donde el Tajo fenece en el interminable océano, centro del comercio con las Indias Orientales, África y Brasil.


Viandantes europeos, africanos y americanos confluyen en este hermoso lugar, refrescado por el viento marino, emblema de una Lisboa cosmopolita, hermosa, entrañable espacio de ensoñación, con el cielo sobre nuestras cabezas, donde la vista se pierde en el horizonte azul, donde despedimos a los aventureros, futuros descubridores, navegantes intrépidos que en un momento determinado de la historia quisieron agrandar el mundo.


Este espacio estuvo ocupada a lo largo de doscientos años por el Palacio Real que fue destruido en el devastador terremoto de 1755. La plaza actual fue proyectada por el Marqués de Pombal.






Viriato, Nuno Álvares Pereira, Vasco da Gama y el propio Marqués de Pombal, coronan el arco por el que la Rúa Augusta desemboca en la Praça do Comercio.


La Praça do Comercio se abre al océano Atlántico, de la misma manera que San Marcos vive a orillas de la Laguna. Mientras los venecianos abandonaban Constantinopla a su suerte, los marineros del infante don Enrique buscaban nuevas rutas para llegar a las Indias, las maravillosas tierras desde las que llegaban a Europa la seda y las especias. Medio siglo antes que Cristobal Colón, los aventureros y exploradores portugueses comenzaron las Era de los Descubrimientos. Lisboa se convirtió en un puerto internacional al que arribaban naves procedentes de todos los mundos posibles: América, Asia y África. El café, la pimienta, el cacao o el tabaco comenzaron a llenar almacenes y tiendas ultramarinos. De aquella época quedan algunos platos en la cocina portuguesa, como las samosas, y especialmente el gusto por el buen café; sus famosas bicas.


Hoy día la Plaza de Comercio, en la orilla del Tajo, entre el Castillo y el Bairro Alto, la Catedral y las ruinas del Monasterio do Carmo, con melodías de fado y brisa marinera, siempre bulliciosos y alegre, recuerda ricamente el esplendor comercial de Lisboa.


Un lugar que empieza a ser cotidiano para mí.




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