viernes, 11 de abril de 2014

ALBARRACÍN. DE TAIFA A SEÑORÍO.




Albarracín, uno de los pueblos más bonitos de España, enclavado en la sierra del mismo nombre, encaramado a un risco, rodeado y protegido por el río Guadalaviar, aúna siglos de apasionante historia, una maravilloso entorno natural y una arquitectura urbana que encaja entre ambas.

La Sierra de Albarracín fue modelada por gigantes. De otra manera no es posible explicar la perfección del foso que protege Albarracín, por donde discurren las frías aguas del río Guadalaviar.

Viajando desde la provincia de Cuenca hacia la de Teruel uno queda asombrado por el paisaje que forma Gea. La Tierra ofrece su escenario y el ser humano (tramoyista) se encarga del atrezzo, construido con piedras y ladrillos sobre unas tablas que sobrevuelan terrenos serranos. Albarracín es el escenario de un teatro donde los seres humanos representan el más antiguo drama de la historia, la lucha por la supervivencia y la adpatación al medio. Una localidad que se funde con entorno y termina formando parte de esta bella naturaleza salvaje.



Una tierra de frontera y de guerra. Primero entre musulmanes y cristianos, más tarde entre Aragón y Castilla. Los continuos conflictos marcaron la fisionomía e idiosincracia política, económica y social de la región.

El caso antiguo e histórico de Albarracín se encarama sobre un enorme peñón rodeado casi en su totalidad por el río Guadalaviar.



LA TAIFA DE LOS BANU RAZIN.
La fitna de 1009 deshizo el poderoso Califato de Córdoba en un sinnúmero de pequeños reinos de taifas independientes entre sí. En la abrupta serranía de Teruel surge la taifa de Aben Razín. Y del patronímico de esta familia le viene su nombre actual Al Banu Razín (los hijos de Razón). El núcleo de la taifa era la población de Albarracín, que además controlaba el territorio circundante.

“[Los reyes de taifas] convirtieron regiones en sus feudos, se repartieron entre sí las grandes ciudades, recabaron impuestos de distritos y ciudades, fundaron ejércitos, nombraron jueves, y adoptaron títulos. Distinguidos autores escribieron acerca de ellos, y los poetas los alabaron. Archivaron sus colecciones de poesía. Se hicieron testamentos otorgándoles el poder de gobernar. Los eruditos esperaron a sus puertas, y los sabios buscaron sus favores.”
Ibn al-Jatib, Alam.



Los Banu Razín eran una familia bereber que llegó a la Península Ibérica siguiendo a Tariq, y que se asentaron en Córdoba en el siglo VIII en la corte emiral. Posteriormente, el linaje de los Banu Razín, como muchas familias bereberes, carne de cañón y fuerza de choque de los ejércitos musulmanes que se apoderaron de la península, tuvieron que conformarse con tierras más inhóspitas y menos productivas, mientras que la nobleza árabe se asentaba en las más fértiles, se trasladó más al norte.

Concretamente a la Sierra de Albarracín en los Montes Universales. En esta zona establecen un señorío que no siempre estuvo sometido al poder emiral o califal. Lo difícil e inaccesible del terreno, lo alejado del núcleo cordobés y la imposibilidad que tenía el gobierno andalusí para controlar la región, posibilitó, que desde el principio, y según épocas, el Señorío de los Banu Razín, vivió de manera autónoma.

En el siglo VIII, las arrolladoras fuerzas musulmanas conquistan las agrestes tierras de Teruel. De esta temprana época datan la Torre del Andador, el Alcázar y la Torre del Agua.

Los primeros tiempos son parcos en noticias, aunque podemos decir que los grupos bereberes se asentaron en una pequeña población hispanovisigoda que vivía en torno a una iglesia que rendía culto a Santa María.



Alcázar, Castillo, o mejor dicho lo que queda de él. Aparece asentado sobre un enorme promontorio rocoso de complicado acceso que domina el río Guadalaviar, rodeado de murallas (prácticamente lo único que se conserva) y aseguraba la defensa de toda la ciudad. La fortaleza era protegida por la Torre de la Muela (desaparecida) y la Torre del Andador.



La Torre del Andador, de aparejo musulmán, construida durante los siglos X y XI. Más tarde fue reforzada con un pequeño recinto rectangular.



El cañón del río, el castillo, las murallas y las torres hacen de Albarracín una fortaleza muy difícil de asaltar.

En el siglo XI, con Hudayl ibn Razín, Albarracín se afianza como taifa independiente. Hudayl y sus descendientes, los Banu Razín, dominaron la pequeña taifa hasta que dejó de existir como tal. Los primeros tiempos fueron difíciles, ya que tuvieron que hacer frente a las ambiciones territoriales de la poderosa taifa de Saraqusa (Zaragoza) que pretendía anexionarse el pequeño reino serrano.

Durante treinta años la taifa de Albarracín se asentó sobre las arenas movedizas de una complicada encrucijada geopolítica, entre las más destacadas taifas de Zaragoza y Toledo, y cerca, y muy bien relacionada, con la taifa levantina de Valencia.



Visitando la bella localidad de Albarracín, no podemos dejar de pensar, que en la actualidad, podría seguir siendo una taifa.

Hasta 1104 se suceden en el gobierno Hudayl, Abd al Malik, que fue sometido a tributos por el Cid Campeador, y Yahya. De esta época (siglo XI) datan las murallas de la ciudad, que fueron reconstruídas (y reforzadas) durante el siglo XIV.



La ciudad musulmana estaba protegida por murallas y defendida por el alcázar. Al pie de esas murallas se extendía la medina.


Las murallas escalan la ladera, erizan la montaña, forman una inflanqueable cresta defensiva. Los ejércitos enemigos son vencidos ante su sola visión.

Las taifas a menudo se enfrentaban y competían entre sí, y debían, además, soportar la presión de los crecientes reinos cristianos, lo que terminó por debilitarlas y extenuarlas. Esta situación fue aprovechada por otra dinastía bereber, los almorávides, que acabaron por hacerse con todo el control.

En 1104 los almorávides de Valencia derrocaron al gobernador de Albarracín que perdería su independencia. Los restos de la familia Banu Razín se trasladaron a la propia Valencia.



EL SEÑORÍO DE LOS AZAGRA.
Con el debilitamiento del poder almorávide, se producen importantes avances cristianos. En es contexto, Alfonso II de Aragón “el Casto” ocupó Teruel en 1169. Este territorio recién conquistado se constituyó en la auténtica punta de lanza frente al reino musulmán de Valencia.



Ese mismo año de 1169 se materializa el cambio de poder en Albarracín. Muhammad ibn Mardanis, más conocido como el Rey Lobo, que había sometido toda la zona levantina, traspasó el territorio de Albarracín, como pago por la ayuda militar prestada, al señor de Estella, Pedro Ruíz de Azagra. En estos momentos nace el Señorío de Santa María de Aben Razín, un territorio soberano encajado entre el Reino de Castilla y el Reino de Aragón, pero en manos de un feudatario del Reino de Navarra.

Otra versión más prosaica, sostiene que la cesión no tuvo lugar, sino que la incorporación de Albarracín a una dinastía navarra fue fruto de un acuerdo. Sancho VI de Navarra y Alfonso II de Aragón, pactaron que el navarro tenía las manos libres para conquistar y anexionar el emplazamiento. La fábula de la donación fue una invención posterior para legitimar la posesión del señorío ante Castilla y Aragón.


La actual Iglesia de Santa María data del siglo XVI.
Según la tradición, Pedro Ruiz de Azagra, donó su espada a la Iglesia de Santa María en un solemne acto de devoción, declarándose “vasallo de Santa María y Señor de Albarracín”.



El linaje de Ruiz de Azagra mantuvo la autonomía un siglo, contando incluso con obispado propio desde 1172, siendo consagrada la Catedral en 1176.

A partir del último tercio del siglo XII (1170) la repoblación de tierras de Teruel recibirá importantes contingentes de inmigración navarra. La economía de la comarca se centrará en la ganadería, mientras que Teruel y Albarracín se convertirán en centros emisores de paños de lana, forjas y armas.

La actividad económica se encontraba fuertemente condicionada por la severa climatología, un hábitat muy complicado para animales y plantas. Una agricultura poco productiva y una ganadería que aseguró el sustento de las familias.



En cuanto a la manufactura lanera, sorprende que ya en la Edad Media, los habitantes de la Sierra eran capaces de exportar lanas y tejidos a diversos lugares de Europa, como Flandes, Italia o Francia.

La gentes que habitaba estas tierras boscosas y montañosas, en estrecho contacto con la naturaleza, creían en la existencia de criaturas que procedían de las mismas entrañas de la tierra, como el licántropo. Existe referencias, al menos desde la Baja Edad Media, de casos en que los vecinos de la Sierra de Albarracín han visto, e incluso han atrapado, a un hombre lobo.

La repoblación de Teruel y Albarracín entrañaban la concesión de fueros propios. Esta situación de independencia y autonomía fue progresivamente restringiéndose a medida que se fortalecía y afianza la autoridad de la monarquía.



La Torre Blanca data del siglo XIII, es un enorme y compacto cubo defensivo que cierra Albarracín por uno de sus brazos, instalada en el extremo del enorme espolón. Según la creencia popular en la torre habita el fantasma de una joven infanta de Aragón muerta en su interior de melancolía.



Desde lejos la alcazaba es una cresta que se alarga sobre la montaña.

En 1220 en la revuelta nobiliaria contra Jaime I, protagonizada por Rodrigo de Lizana, contó con el apoyo de Pedro Fernández de Azagra, señor de Albarracín. Como represalia el rey aragonés puso sitio a la ciudad, pero se vio obligado a levantar el asedio al no contar con apoyos suficientes. Más tarde, los Azagra ayudarán a Jaime I en la conquista de Valencia, lo que sirvió a la familia para redimirse ante la Corona.

Los reyes aragoneses intentaron en varias ocasiones hacerse con el control de Albarracín, pero tuvieron que esperar hasta 1284.



Juan Nuñez I de Lara, que había heredado mediante matrimonio la titularidad del Señorío de Albarracín, se enfrentó abiertamente a Pedro III. Y finalmente, en 1284, tras un largo asedio, narrado con profusión detalles, por el cronista Desclot, Pedro III de Aragón, el Grande, acabó rindiendo la ciudad por hambre, que había sido valientemente defendida por 200 caballeros.

Tras la victoria encomienda la plaza fuerte a Lope Jiménez de Heredia con veinte escuderos.



En 1300, el rey Jaime II integra el señorío en la Corona de Aragón y concede a Albarracín el título de Ciudad.


Una ciudad que es un auténtico monumento histórico-artístico-natural. Cuando cae la noche, la oscuridad y la soledad de sus empinadas calles, le confieren un sublime aspecto de teatro de los fantasmas.  
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