miércoles, 18 de febrero de 2026

MAUSOLEO DE GALA PLACIDIA.

 



Rávena es un enorme joyero, y  el mausoleo de Gala Placidia su gema más coqueta y sencilla. Atravesar su portal, penetrar en su interior y dejarse maravillar por sus mosaicos, los más antiguos de la ciudad. 

 


En ningún lugar de la Tierra la bóveda celeste está tan cerca de nuestras cabezas.

 



Gala Placidia, una mujer estrechamente vinculada con el poder. Hija de Teodosio, medio hermana de Arcadio y Honorio, esposa y consorte de Constancio III y madre del emperador Valentiniano III. También estuvo casada con Ataúlfo, cuñado y sucesor de Alarico.

 


Originalmente el mausoleo estaba unido a una iglesia erigida por la propia Gala. La planta cruciforme concuerda con la recomendación de San Ambrosio, obispo de Milán y reputado teólogo de su tiempo, como la ideal para los templos debido a su simbolismo. 

 


Los tres sarcófagos depositados en el interior se atribuyen a Gala Placidia, a su esposo Constancio III, y a su hijo Valentiniano III (aunque también a su hermano Honorio). Como suele suceder en estos enterramientos tan antiguos, no es segura la identidad de los sepultados. 

 


 

El sarcófago atribuido a Constancio III, obra tosca y casi sin ornamento, está datado en torno a finales del siglo V y principios del siglo VI. Se piensa que es una obra no finalizada, puesto que el lado diestro y la parte posterior no presentan decoración. 

 


El sarcófago de Valentiniano III (o tal vez de Honorio) presenta un estilo refinado y minucioso. Datado en los inicios del siglo VI. La decoración en relieve corresponde con la simbología cristiana de época bizantina. La pieza más delicada de todo el conjunto funerario.

 



 

Según la tradición, este sarcófago de mármol griego y reflejo de la tradición pagana del siglo III, contenía los restos de la emperatriz, aunque probablemente Gala Placidia fuese sepultada en Roma, ciudad en la que falleció en noviembre del 450. 

 


Un Cristo joven, sin barba, con el cabello ondulado y rodeado por su rebaño. Encima de la entrada nos recibe, y bendice, el Buen Pastor, mosaico en forma de luneto, de reminiscencias pompeyanas. 

 


El autor, o autores del mosaico, trabajaron la perspectiva de la escena por medio de los escorzos de los corderos, la torsión en la postura del Pastor, y la palidez del cielo, que suavemente se oscurece hacia el cénit. 

 


Si elevamos la mirada contemplamos la bóveda celeste transformada en una maravillosa noche estrellada. En pleno centro de la creacion, titila una cruz dorada, símbolo del eterno reino celestial. 

 



Y en cada esquina del firmamento uno de los tetramorfos, símbolos de cada uno de los Evangelistas. 

El León de San Marco omnipresente en toda la orilla del mar Adriático. 

 


Uno de los mosaicos más destacados, que llama poderosamente la atención del visitante, es San Lorenzo, que aparece dispuesto a ser inmolado en la parrilla. 

 


Nada más trascendente para un cristiano que morir sufriendo martirio. ¿Cuántos de ellos lo hubiesen elegido libremente?.

 



En la misma escena aparece una modesta biblioteca que exhibe ejemplares de los cuatro evangelios. Es el triunfo definitivo de la Nueva Iglesia Cristiana que abandona las penumbras de las catacumbas y emerge a un mundo brillante y luminoso. 

 



Los apóstoles también aparecen representados, acompañados de la figura simbólica de las palomas bebiendo de una vasija.

 


Pequeños venados representan el mundo natural. 

 


Y siempre el crismón, símbolo griego  de Cristo. 

 


Estos mosaicos marcan la transición entre el arte paleocristiano y el bizantino. Pasito a pasito avanzan hacia el Medievo, el románico y más tarde, el gótico. 

 

Contemplando la arquitectura tosca y simple del edificio, uno no puede imaginarse las maravillas que aguardan en su interior y las sensaciones que experimentamos al contemplarlas, por más que vengamos informados y hayamos visto mil veces los mosaicos en los libros de arte.

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