Felipe II encontró a Dios y le ofreció como tributo un vasto imperio donde nunca se ponía el Sol. Una generación antes el Papa Borgia, Alejandro VI, regaló a los Reyes Católicos las tierras allende los mares. La iglesia católica, la mejor aliada de monarcas, emperadores y dictadores. Aunque también hubo dictadores, de otro color, que renegaron de ella.
Un edificio mastodóntico, como el Imperio Hispánico, pero frío e inerte, como el rey que ordenó su construcción. Si Keops levantó la Gran Pirámide, Felipe II erigió San Lorenzo de El Escorial. Estableció su capital, y centro de la administración en Madrid y diseñó una tumba monumental rodeado de las montañas de la Sierra de Guadarrama. Desde este lugar se gestionaba el inmenso Imperio de los Habsburgo.
El Escorial fue la cabeza del Imperio Hispánico. La cabeza, porque corazón no hubo. El negro riguroso de sus ropajes para disimular el color carmesí de la sangre derramada, la propia y la ajena. Así se forjan los imperios, todos sin excepción.
Keops levantó la Gran Pirámide, Qi Shi Huangti la Gran Muralla y una mastodóntico mausoleo, y Felipe II el complejo monástico de El Escorial. Felipe II pensaba en una monarquía más universal que española, y por ese motivo se ignoran los recuerdos locales. Esta idea explica también su colosalismo, símbolo del gigantesco imperio territorial símbolo del gigantesco imperio territorial y de una monarquía hegemónica que está a punto de alcanzar su cénit.

"Sacros, altos, dorados capiteles,
que a las nubes borráis sus arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles,
y el cielo por gigantes más crueles.
Depón tus rayos, Júpiter; no celes
los tuyos, Sol; de un templo son faroles,
que al mayor mártir de los españoles
erigió el mayor rey de los fieles;
religiosa grandeza del Monarca
cuya diestra real al Nuevo Mundo
abrevia, y el Oriente se le humilla.
Perdone el tiempo, lisonjee la Parca
la beldad desta Octava Maravilla,
los años deste Salomón segundo".
Luis de Góngora
El Escorial, un conjunto arquitectónico que compendia, de alguna manera, la ideología de su fundador, un monarca ultracatólico y autosuficiente, Dios es suyo, y se enfrentó a la Iglesia y al Papado cuando lo consideró necesario. Felipe II, el rey Prudente, embebido en el misticismo católico de la época, llegó a creer que estaba construyendo un nuevo Templo de Jerusalén. El rey Felipe II eligió este enclave a los pies de la sierra para construir aquí la cabeza pensante de su imperio. Aquí encontró la paz y el refugio, y dio rienda suelta a todas sus obsesiones.
La armonía que reina entre las diferentes piezas que componen este recinto, una basílica, un panteón real, un convento, una biblioteca y un palacio, su austeridad y belleza, lo convierten en un monumento imprescindible de la arquitectura española.
En el siglo XX el general Francisco Franco, después de vencer en la Guerra Civil, implantó un régimen que fue definido como nacionalcatolicismo, y ordeno construir cerca del monasterio el Valle de los Caídos, quedando patente la ideología que orientó su actuación política. El dictador quiso ser enterrado cerca de Felipe II y del resto de monarcas, aunque simbólicamente separado de ellos.
El emperador Carlos V cambió de idea en el último momento. No se siente parte de los Trastámara, a pesar de la sangre que corre por sus venas, ya no deseaba reposar en la Capilla Real de Granada junto a sus padres y a sus abuelos maternos. Esos mismos que le legaron la Corona de Castilla, la de Aragón y todas las tierras de ultramar. El imperio lo había conquistado gracias a sus dotes como militar, pero también con el oro y la plata de Castilla. De todas formas, el rey Carlos, se desligó de la Reconquista.
Es posible que no pudiese soportar la idea de que su tumba ocupase una posición secundaria con respecto a sus antepasados, convencido que su dinastía superaría con creces a castellanos y aragoneses al haber sigo ungido con la suprema dignidad del Imperio. Él era el César Carlos, más poderoso que Carlomagno y Augusto juntos. Ni siquiera el Santo Padre podía cuestionar su autoridad.
Felipe II compartía los deseos de su admirado padre, la Casa de Habsburgo necesitaba un nuevo panteón que proclamara a los cuatro vientos la gloria de la Corona Hispánica. El rey quiso añadir a la tumba y su iglesia, un convento y un palacio.
El rey Felipe pretendía instaurar un complicado ceremonial litúrgico de forma regular a las cenizas de los monarcas fallecidos, lo que exigía un nutrido elenco de sacerdotes y nada mejor que proveer al lugar de su propia comunidad religiosa. Por otro lado, estos reyes castellanos y austríacos siempre tuvieron debilidad (y cierta fijación) por los recintos de meditación , y era un buen momento para levantar uno nuevo en las mismas entrañas de Castilla.
El monarca se decidió por la Sierra de Guadarrama por su cercanía a Madrid y sus ventajas físicas y escenográficas. En palabras de J.J. Martín González, “El Escorial rima perfectamente con el paisaje; sus masas graníticas son bloques ciclópeos arrancados de la inmediata sierra”.
El Monasterio de El Escorial tiene su precedente, e incluso inspiración, en un modesto edificio, el monasterio de Yuste. Monasterio de los jerónimos, enclavado en un lugar apartado, y juntaba el palacio con la iglesia, de manera que un agotado emperador Carlos V, podía oír piadosa misa desde la cama. Todas estas circunstancias se repiten en El Escorial. Todo eso se explica por que fray Antonio de Villacastín, que tanto ayudó en la obra, había trabajado en Yuste y especialmente, por que el rey Felipe II, había heredado los gustos y tendencias de su padre. En el Escorial, sin embargo, aparece algo nuevo: el panteón.
Las obras se iniciaron en 1563. Felipe II había encargado los planos a Juan Bautista de Toledo que se puso al frente del proyecto. Tras su fallecimiento en 1567, fue sustituido por Juan de Herrera, que hasta ese momento había actuado como su ayudante. Bajo la dirección de Juan de Herrera se fue definiendo como monasterio e iglesia, pero también como residencia real y centro de cultura. Con Herrera la arquitectura fue evolucionando desde el plateresco, lleno de detalles, hacia una arquitectura que valora por encima de todo el conjunto, donde del detalle, que apenas se tiene en cuenta, va perdiendo importancia.
La construcción de El Escorial es la materialización de la gran capacidad técnica, administrativa y jerárquica del estado. Una empresa oficial, desarrollada a escala universal que necesitó de una coordinación titánica tanto en la planificación como con los recursos materiales. El rey, autor de la idea se preocupa de su financiación, de que los planes se lleven a cabo y se cumplan los plazos. Era frecuente la presencia de Felipe II en el monasterio, en el que residía durante largas temporadas, dando instrucciones, cuando lo consideraba oportuno, al propio arquitecto. Los ojos del rey en la obra eran los de Fray Antonio de Villacastín, el supervisor de los trabajos, de la llegada de recursos, de los almacenes y encargado de vigilar de cerca al personal.
Todo el conjunto nació , se organizó y fue creciendo alrededor de la basílica, el templo funerario que acoge los restos de Carlos V y Felipe II, con sus respectivas familias y que desde ese momento se convirtió en Panteón de los Reyes. El templo, localizado en el eje de simetría, cuyos volúmenes dominan todo el edificio, es el auténtico corazón del entramado monástico.
La cúpula es el símbolo monástico por antonomasia, y su volumen, dominante y jerarquizador, manifiesta absolutamente el carácter funerario de El Escorial.
Fachada de la Real Basílica de San Lorenzo de El Escorial , concebida como el centro del enorme conjunto monacal y lugar de conmemoración de los reyes difuntos de España. En la fachada, dos torres aisladas. Los arquitectos, inspirados por la nueva mentalidad, van a utilizar elementos racionales y matemático, como cuadrados, rectángulos, esferas. La geometría y la armonía ganan la partida a la pasión arrebatadora y la belleza irracional.
El rey David con el arpa y Salomón con un libro. Los reyes cristianos tomaron a los homónimos del Antiguo Testamento, como modelos de monarcas virtuosos.
Martirio de San Lorenzo en el Altar Mayor de la basílica de El Escorial. Obra del artista italiano Pellegrino Tibaldi.
El Rey Felipe II decidió la construcción del monasterio tras la victoria en San Quintín en 1557, acaecida el 1O de agosto, festividad de San Lorenzo. La posteridad no olvidaría la derrota de Francia, odiada enemiga, siempre dispuesta a conspirar contra la monarquía hispánica.
Los Tercios Viejos se emplearon a fondo para derrotar al francés en la célebre batalla de San Quintín. Estamos a 10 de agosto de 1557. Un Felipe II exultante escribe a su padre, el emperador Carlos, que se había retirado a Yuste.
El altar mayor de jaspes policromos está presidido por la custodia eucarística ejecutada por el milanés Jacopo da Trezzo.
Adorando perpetuamente el Santísimo Sacramente, flanqueando el Altar Mayor, los grupos orantes de Carlos V y Felipe II.
En el altar mayor todo es simbolismo, unión perpetua entre el Trono y el Altar. Carlos y Felipe, el emperador soldado y el rey burócrata, el padre y el hijo postrados ante el Creador. Solo falta el Espíritu Santo.
Carlos V acompañado por la emperatriz Isabel, sus hermanas María de Hungría y Leonor y su hija la emperatriz María.

Felipe II aparece representado con tres de sus cuatro esposas, María Manuela de Portugal, Isabel de Valois y Ana de Austria.
Felipe II aparece representado con tres de sus cuatro esposas, María Manuela de Portugal, Isabel de Valois y Ana de Austria.
Los conjuntos escultóricos en bronce dorado fueron fundidos por Pompeo Leoni y sus colaboradores de Milán. Para acelerar la obra se ordenó instalar un taller en Madrid.
Durante las ceremonias el monarca se situaba junto al presbiterio, invisible para los demás. Podía asistir a los actos del culto desde su propia alcoba.
El triunfo de la Casa de Austria, obra del napolitano Luca Giordano en la bóveda que cubre la escalera principal. En el centro Carlos V y Felipe II inspirados en La Gloria de Tiziano.
¿Y qué sería del Renacimiento español sin El Greco?. El martirio de San Mauricio.
La austeridad y la insensibilidad del monarca quedan reflejadas en la frialdad del Panteón Real y el propio conjunto monástico. No existe ornamentación, es pura arquitectura, desnuda y sin aditivos. Un lugar frío (y no porque estemos a 3º C) y sin alma.
Heraldo , custodio de aquellos que duermen el sueño eterno en la cripta del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Carlos V, Felipe II, Felipe II, Felipe IV, la Monarquía Hispánica. El centro de un inmenso imperio en el que nunca se ponía el Sol. Pero para la Parca, todos somos iguales, nunca ha dejado de visitar a uno de sus hijos.
Y en un lugar de privilegio en el Panteón Real la sepultura de don Juan de Austria, hermanastro y mano derecha (y armada) del rey Felipe II.
La luz de la razón humana, el amor puro por el conocimiento, la personificación femenina de la Filosofía, rodeada y agasajada por cuatro grandes pensadores, pilares de la Cultura Clásica; Sócrates, Platón, Aristóteles y Séneca. El Escorial como centro de conocimiento y cultura.
Tito Livio, autor de la monumental obra, Ab urbe condita (Desde la fundación de la ciudad) dedicada a la historia de Roma. Real Biblioteca del Escorial.
Plinio el Viejo escribió Historia Natural, un compendio del conocimiento de tintes enciclopédicos, el ser humano ante la Naturaleza.
El conjunto escurialente puede ser concebido como una gigantesca enciclopedia que compendia todo tipo de saberes, un depósito de conocimiento, donde se complica, se archiva y se cuida el pasado. El monasterio funciona además como un dinámico laboratorio donde trabajan y estudian maestros de múltiples disciplinas y realizan experimentos químicos y farmaceúticos.
Alrededor del Monasterio se fue desarrollando un núcleo de población castizo. Las Cocheras del Rey, situadas en San Lorenzo de El Escorial, fueron mandadas construir por Carlos III, el monarca ilustrado. Durante un siglo estuvieron al servicio de la Casa Real, ocupándose del transporte de personas y equipajes.
El otoño, cuando los monarcas se trasladaban al Escorial, era la época de mayor actividad y ajetreo.
Durante el siglo XVIII, con los Borbones bien asentados en el trono de España, El Escorial se convirtió en una etapa más en el itinerario anual de los monarcas. Los reyes arrastraban tras de si una numerosa corte, mayoritariamente bufones y aduladores, toda una calaña experta en el noble arte de vivir del cuento. Y una comitiva aún mayor de sirvientes, chupatintas y funcionarios de todo pelaje.
Esta avalancha demográfica provocó que la población adyacente de San Lorenzo de El Escorial creciera rápidamente a lo largo de la centuria. De esta manera se rompía la soledad y el aislamiento que había provocado el fundador del monasterio, el rey Felipe II.
Y cada año, entre finales de Diciembre y principios de Enero, se acerca la comitiva del rey Baltasar, con su exotismo y todo el boato de las cortes orientales.
El Escorial era la cabeza de Felipe II, y por extensión del Imperio Hispánico. Basílica, monasterio, palacio y colegio forman una compacta unidad, equilibrada y simétrica como mandaban los cánones. Para Felipe II la política, la religión y la ciencia eran una misma cosa. Un edificio colosal, cargado de simbolismo y hermetismo. El Escorial pretende recrear el templo de Salomón, la arquitectura sagrada, y su artífice, el rey Felipe II es el “Salomón Español”. Las montañas acarician el cielo, desde aquí es posible acceder a la Jerusalén Celeste.




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