Los espejos reflejan con fidelidad lo que se sitúa frente a ellos, y devuelven una imagen, una reproducción, y reinterpretación, de la realidad. De un lado una dama lujosamente vestida, rodeada de perfumes, joyas y afeites. Del otro lado un esqueleto vestido con ropa hecha jirones, un cementerio y un paisaje desolador. Óleo sobre tela firmado por Tomás Mondragón en 1856.
Sobre la cabeza, unas manos con unas tijeras, un hilo y las manos, suponemos, de alguna de las Parcas. El hilo que separa dos esferas, dos mundos, las dos mitades del cuadro.



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