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miércoles, 16 de octubre de 2019

LA VIRGEN NEGRA DE LE PUY EN VELAY.




Mucho se ha escrito en los últimos cien años sobre las Vírgenes Negras, su simbolismo y su significa. Después de leer concienzudamente decenas de artículos y haber contemplado en vivo algunas de ellas, me siguen fascinando. Eso sí, reconozco que no he sido capaz de desentrañar sus secretos.


Estas tallas de madera, oscurecidas por el tiempo, se han vinculado (con más imaginación que documentos) con los templarios, con la sempiterna diosa Isis y con cultos ancestrales que fueron olvidados hace centurias. La virgen negra de Le Puy es una copia del siglo XVI de la figura original que trajo a Francia el rey Luis IX cuando regresó de las cruzadas. Muchas de estas tallas se han relacionado directamente con los caballeros templarios.


Algunos eruditos franceses coinciden en afirmar que las vírgenes negras fueron talladas en madera procedente de árboles que habían sido atacados por un rayo, de modo que estas figuras gozarían de una carga energética procede de una fuerza natural
Los templarios y las vírgenes negras.
Jesús Ávila Granados


El altar mayor de la catedral de Le Puy, un templo fundamental en el Camino de Santiago en Francia, es el lugar donde está entronizada esta venerada imagen, esculpida en madera de castaño o de cedro oscuro.


Según expertos en esoterismo, parapsicología y ciencias ocultas el templo de Le Puy en Velay está situado en un centro de energías telúricas, enclavado además en la Auvernia, una región famosa precisamente por su tradicional vinculación con la magia y las fuerzas sobrenaturales. El investigador de fuerzas naturales y energías telúricas Jean Pierre Chevalier defiende que la catedral fue construida encima de un antiguo dólmen.


En una capilla próxima se encuentra la piedra de las fiebres. Pero eso es otra historia que contaré (a quién quiera leer) en otra ocasión.

martes, 5 de junio de 2018

OSIRIS.



La escritura egipcia nos contó la historia del dios Osiris y de su hermana Isis. Osiris fue asesinado en alguno de esos líos de familia frecuentes en la tierra y en el cielo, y fue descuartizado y se perdió en las profundidades del Nilo.

Isis, su hermana, su amante, se sumergió y recogió sus pedacitos, y uno por uno los fue pegando con barro, y de barro modeló lo que faltaba. Y cuando el cuerpo estuvo completo, lo acostó en la orilla.

Ese barro, revuelto por el Nilo, tenía granos de cebada y otras plantas.
El cuerpo de Osiris, cuerpo brotado, se alzó y caminó.

Eduardo Galeano Espejos.

Una historia casi universal

viernes, 23 de junio de 2017

CARACTERÍSTICAS DE LOS ASTROS ERRANTES.



Las estrellas, que señalamos que están errantes clavadas en el cielo, no nos están asignadas a cada uno de nosotros, como se cree vulgarmente, ni son brillantes para los ricos, mas pequeñas para los pobres, oscuras para los desafortunados, ni relucen según la suerte de cada cual, dado que no nacen y mueren con la persona correspondiente, ni cuando declinan significan que alguien se este extinguiendo. No es tan estrecha nuestra relación con el cielo como para que el resplandor de los astros sea, incluso en el, mortal por culpa de nuestro destino. Esas estrellas, cuando parece que caen, es que vomitan con una fuerte llamarada la sobrecarga del humor acumulado por exceso de alimentación, como también notamos entre nosotros que ocurre con el aceite al encender las lamparas.


En realidad, la naturaleza de los objetos celestes es eterna, ya que forman el entramado del universo y están determinados por su entramado, si bien afecta fundamentalmente a la tierra el influjo de las estrellas. Estas se pudieron conocer con tanto detalle a causa de sus efectos, su claridad y su tamaño, como demostraremos en el lugar correspondiente. Asimismo, la teoría de los círculos del cielo se expondrá con mas propiedad a propósito de la tierra, ya que se refiere enteramente a ella, aunque sin posponer mas los descubrimientos sobre el Zodiaco. Es tradición que Anaximandro de Mileto fue el primero que percibió su inclinación, osea el que abrió las puertas de la naturaleza en la Olimpiada quincuagésima octava; posteriormente Cleostrato descubrió sus signos, empezando por Aries y Sagitario, y mucho antes Atlante descubrió la propia esfera.


Dejando por ahora la configuración del mundo en si mismo, trataremos de los elementos restantes entre el cielo y las tierras. Es evidente que el astro mas elevado es el que denominan Saturno y por esta razón se ve muy pequeño. Recorre la órbita mayor y retorna a los treinta anos al punto inicial de su posición. Asimismo, la traslación de todos los astros errantes, y la del sol y la luna entre ellos, describe un curso inverso al del mundo, o sea, a la izquierda, y el de este, siempre en dirección a la derecha. Así, aunque con su rotación incesante de inconmensurable rapidez se eleven por encima del ocaso y se precipiten hacia el, sin embargo van en sentido opuesto, cada cual por su órbita. De este modo ocurre que el aire, al no estar concentrado en la misma dirección por el eterno torbellino del universo, no permanece inmóvil en forma de un globo inerte, sino que se difunde expandiéndose y distribuyéndose en virtud del impulso opuesto de los astros.


Pues bien, Saturno es de naturaleza gélida y rígida. La órbita de Júpiter esta muy por debajo de el y de ahí que la recorra con un movimiento mas acelerado en doce anos. El tercero es Marte, que algunos llaman Hércules, ardiente en llamas por la proximidad del sol; recorre su órbita aproximadamente en dos años y, por eso, por el calor excesivo de este y por el frío de Saturno, Júpiter al estar en medio de ambos se templa por la acción de los dos y resulta mas saludable. Por ultimo, el recorrido del sol es, por supuesto, de trescientos sesenta grados, pero para que su sombra coincida exactamente con las marcas, se añaden al ano cinco días mas la cuarta parte de otro. Por esta razón, cada cuatro años se intercala un día, para que la división de las estaciones concuerde con el curso del sol.


Gira por debajo del sol un astro inmenso llamado Venus que se mueve en dirección alterna y que, de acuerdo con sus propios sobrenombres, es rival del sol y de la luna. Asi que cuando sale temprano y aparece antes del amanecer recibe el nombre de Lucifero, ya que anticipa el día como otro sol; a la inversa, cuando resplandece por el poniente, se le llama Vespertino como si prolongara el día e hiciera las veces de la luna. Fue Pitagoras de Samos el primero que descubrió esta característica suya, aproximadamente en la cuadragésima segunda Olimpiada, que fue el ano 142 de la ciudad de Roma. Ademas, por su tamaño, esta por encima de todos los demás astros y tiene tanta luminosidad que los rayos de esta estrella son los únicos que producen sombra. También por eso figura con una amplia serie de nombres, pues unos la llamaron Juno, otros Isis y otros Madre de los Dioses. Por acción de su naturaleza se originan todas las criaturas en las tierras, ya que al impregnarse del rocío genital en sus dos nacimientos no solo da fecundidad a la tierra sino que ademas estimula la de todos los seres vivos. Recorre el curso del Zodiaco en trescientos cuarenta y ocho días sin separarse nunca del sol mas allá de cuarenta y seis grados, como opina Timeo.


Por un motivo similar, aunque no por su tamaño ni por su influjo, el mas próximo a el es Mercurio, denominado por algunos Apolo, que se desplaza por una órbita inferior en un curso nueve días mas rápido, brillando ya antes de la salida del sol o ya después del ocaso, pero nunca a mas de veintidós grados de el, como ensenan Cidenas y Sosigenes. Por lo tanto, esta característica es peculiar de estos astros y no es compartida con los anteriormente mencionados, pues estos no solo se ve que están distantes del sol a una tercera y a una cuarta parte del firmamento sino que también se ven muchas veces enfrente de el. Ademas, todos ellos juntos dan otras vueltas mayores de giro completo, de las que se hablara a propósito del Gran Año.
Plinio el Viejo. Historia Natural II, 8.


miércoles, 21 de octubre de 2015

HATHOR, DIOSA DEL AMOR.



Fértil como la “tierra negra” la mente egipcia imaginó diosas capaces de adoptar variados aspectos y adoradas como deidades protectoras y auténticos símbolos cósmicos. Hathor, etimológicamente “la casa de Horus”, era representada con aspecto de vaca o con cuerpo de mujer y cuernos y orejas de vaca. Entre los cuernos, un disco solar.


Hathor amamanta al faraón y se encarga de recibir a los difuntos cuando hacen su entrada (triunfal) en el enigmático Más Allá. En algunos mitos Hathor que tiene un templo consagrado en Dendera, comparte familia y leyendas con Isis.


viernes, 5 de junio de 2015

LOS SÍMBOLOS ESENCIALES.



El hombre en su infrenable lucha por la supervivencia de su identidad ha establecido o identificado diversos símbolos. Algunos, como el Cielo y la Tierra, se remontan a al antigüedad. El Génesis comienza diciendo: "Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra". Así pues la división entre Cielo y Tierra, Arriba y Abajo es remotamente ancestral y parece asociada a la propia realidad física del hombre.

El más antiguo de estos conceptos opuestos que tenemos noticias fue la visión de una Gran Madre, de cuya fertilidad dependía el hombre. Su opuesto y consorte era el Padre Celestial, cuyos poderes ostentados eran el sol y el trueno que proporcionaban el calor y la lluvia, necesarios para la fertilización y crecimiento de la Madre Tierra.

El Cielo es el gran Macho Universal, principio masculino, estimulador de la construcción y de la evolución: el Padre. Y la Tierra es la gran Hembra Universal, el principio femenino constructora de forma: la Madre. El Padre es dador de vida, la Madre de la Muerte puesto que su vientre es la puerta de ingreso en la materia, y a través de ella la vida se anima en la forma, entrando en la mecánica temporal, y por tanto con principio y final.

La figura del Padre, y no del varón virgen que debe demostrar su virilidad, se corresponde con el lingam de Siva, el falo de las bacantes y el menhir simbólico. Pero no ha sido entendido como una sublimación sino como esencia dinámica y positiva: la fuerza masculina que implanta la vida el óvulo y transforma su latencia en construcción. El Padre es omnipotente, pero no puede dar a luz, por ello necesita la Madre.

A la Gran Madre se la ha asociado con el mar y la tierra, es la madre de todo lo que vive. Es el vientre arquetípico a través del cual es posible la manifestación. La madre es omnipotencial pero inerte; precisa del Padre. Las diosas madres son así ambiguamente percibidas: capaces de dar y tomar, personifican la tierra, creadoras de animales y vegetación, son diosas del amor, del matrimonio y de la maternidad, de la vida....y de la muerte. Aparecen con alguna o con todas esas características ostentando diversos nombres. Recordemos algunos: Kalia (India), Innana (Sumeria), Ishtar (Babilonia), Astarté (Fenicia), Cibeles (Anatolia, Frigia y Roma), Afrodita, Demeter, Artemisa (Grecia), Venus, Ceres, Diana (Roma), Isis (Egipto), Ma (Anatolia), Freya (Escandinavia), Marcha (Irlanda), María, Santa Ana (Cristianismo).

La Madre constituye en fin la fuente de vida, medio de purificación, centro de regeneración. Es por tanto iniciadora, puerta de la sabiduría, y receptáculo de los secretos.

Estas dos fuerzas simbólicas esenciales constituyen los dos paradigmas o patrones básicos que tiñen cualquier acción trascendente de los humanos. Así es. Padre y Madre, Cielo y Tierra son los dos polos de manifestación de lo sutil. Constituyen propuestas diferentes. Dos vías de alcanzar aquello que está más allá de la consciencia ordinaria. Pero no han tenido ambas igual fortuna.

La mayor parte de culturas que se ha extendido en época alguna sobre el orbe han inclinado su preferencia hacia el Cielo. Diversas son las causas, algunas de la cuales podemos establecer aquí.

Nacer para morir. Extraña paradoja. No parece haber escapado este fenómeno a los primeros hombres con capacidad para discernir. Aquello que comienza acaba. Y las hembras son las culpables; responsables de parir, de poblar este "valle de lágrimas". Culpables además de seducir con sus encantos a los mejores machos de la especia, que riñan hasta la muerte entre ellos, en pos de nos bellos senos. Tan inculpable como misteriosa: poseída por el don de la fecundidad.

De la generosidad de la Madre Tierra depende el hombre primitivo - y aquellos que no somos tan altivos sabemos que eso no lo cambia la tecnología -. De la fertilidad de la madre, de los frutos que florezcan depende la supervivencia de nuestros ancestros. Es por tanto imprescindible atenderla. Toscas diosas de la fecundidad son después de las pinturas rupestres animalistas, la primera manifestación artística conocida del hombre. En los oscuros bosques de la Dordoña tiempo ha que están olvidados los viejos cultos. Aquellos primeros ritos de los que apenas nos queda la sospecha en forma de piedra, los bloques en alto relieve de Laussel, y su famosa Venus del cuerno.

Pero la Madre Tierra pese a sus misterios y encantos es oscura y fría. La luz, el calor, la misma lluvia que necesitamos para beber viene del cielo. El hombre mira hacia arriba con esperanza. Su vista no alcanza límite alguno. La luz del sol durante el día. La tenue luz de las estrellas y de la luna en la vigilia. Siguen ciclos prácticamente invariables. Es posible medir el tiempo y establecer calendarios.

El Sol, la luz significa seguridad. Con el amanecer la mayor parte de la vida animal despierta tras sobrevivir a los peligros de la noche. El hombre se pregunta sober la eterna seguridad. Alcanzar al Padre. La Madre, aunque seductora implica riesgo, incertidumbre. Hay que esperar, implorar que la tierra ofrezca sin retraso sus frutos siguiendo el desarrollo de las estaciones. Se hacen ritos propiciatorios, pero aparece inequívocamente la noción de Paraíso, donde nunca hace frío, abunda la comida, y jamás aparecen las tinieblas. Es un rechazo a la Madre. Alcanzar al lejano Padre que está arriba. La Madre Tierra, nos es bien conocida, está a nuestros pies, la pisamos cada día, y nos resulta excesivamente contingente. Las cavernas, tumbas, pozos y abismos son demasiado oscuros. Ni siquiera el invento de las lámparas con combustible animal hace 40.000 años consiguió que el hombre realmente habitara en el interior de las cavidades. Solamente usaba como refugio los primeros metros, y las partes más profundas, salvo sucesos aislados, se reservaron, cuando se usaron, para extraños ritos a la Madre. Y los abismos marinos resultan aun hoy casi insondables.

Fuera por estas causas, fuera por otras, el hombre se ha orientado hacia el padre. En su pretensión de elevarses, de volverse sutil como el aire, de renunciar a su forma material, vil y temporal, ha establecido un conjunto de ritos y mitos que premian este ascenso y que castigan el descenso. Es el triunfo de las aves (palomas) sobre los reptiles (serpientes). En muchas culturas, y la cristiana es para nosotros el mejor ejemplo, la Gran Madre se ha convertido en emblema de todos los vicios y corrupciones: negación del mundo espiritual, sutil, ajeno a la realidad material transitoria pero satisfactoria: "el imperio de los sentidos". Es también Maia, el mundo de la ilusión del hinduismo.

Para otras culturas, no tan deseosas de reprimir los placeres de la carne, establecen una morada más abajo. Es el Hades, el infierno cristiano o musulmán. Claro que para reconfortarse, estos últimos a sabiendas de que "del dicho al hecho hay un trecho", establecieron un habitat temporal intermadio para lo que no son demasiado malos. Es decir, para una inmensa mayoría de anodinos humanos. Así existen conceptos como el de Purgatorio, infiernos temporales y El-araf.

Pero no es posible renunciar completamente a ese sentimiento y valor que aporta la Gran Madre. El mismo cristianismo, vaciándolo eso sí de toda denotación relacionada con el mundo de los sentidos, ha prestado gran atención a María, la Virgen, que en sus innumerables advocaciones ha recogido la mayor parte de esa tradición. Porque la tradición va ligada a los sentimientos, a la propia vida del hombre, y no es fruto de una especulación intelectual más o menos esotérica. Es curioso observar que la consolidación del cristianismo como sentimiento real en la población significara que - amén de las nuevas doctrinas oficiales de Roma - , a partir del siglo XI, las apariciones marianas superaran por abrumadora mayoría a cualquier otro personaje sagrado. Con anterioridad habían sido prácticamente inexistentes.

Como se ha dicho más arriba la Madre es fuente de vida, un medio de purificación, centro de regeneración (vida y muerte, principio y fin); iniciadora, puerta de la sabiduría, u receptáculo de los secretos. Pero se la ha considerado solamente un vehículo, una puerta para acceder al espíritu, al padre. Una puerta peligrosa, puesto que si en el laberinto oscuro de la Madre se perdía el referente luminosa del resplandor que procede del lado diurno del portal, significaba la muerte física, o lo que se estima peor, la corrupción, el mal - pero también el éxito material -, según el sistema iniciático empleado.

Por tanto, se ha empleado a la Madre como purificación, óbito simbólico, retorno a las fuentes, al Padre. Sumergirse en las aguas o enterrarse para salir de nuevo sin disolverse en ella, enlace entre lo humano y lo Inefable. Por ello es a pesar de no ser la meta a alcanzar, el símbolo al que más doctrinas, sistemas mágicos, leyendas, amores, esperanzas y devociones se le dedica.

Gran parte de los rituales de iniciación de las más diversas culturas implican una muerte ritual, un tránsito a los umbrales de la Gran Madre. Una muerte que significa purificación, y romper con el pasado (la niñez en los ritos de tránsito, la virginidad en las doncellas que son desposadas, la oscuridad en el neófito que es iniciado....)

En estos momentos el lector debe haber entendido que existen dos formas de trascendencia diferentes. Una la vía, la de la derecha, diestra, paterna, celestial y transparente. En ascenso a las alturas, la energía divina, y luminosa: el albor.

La otra es la vía de la izquierda, siniestra, materna, terrenal y opaca. El descenso a las moradas interiores, la energía tónica. Tomada por perversa o simplemente peligrosa o insegura. Por ello en tantas ocasiones maldita.

Ambos paradigmas han establecido dos formas diferentes de percibir los demás símbolos y mitos. Aun existe más riqueza, puesto que la mayor parte de sistemas de creencias aun siendo predominantemente celestiales han bebido en la leche de los senos maternos.

Jordi Ardanuy 
Mitos, ritos y arquetipos.


lunes, 1 de septiembre de 2014

EGIPTO EN EL MUSEO DE HISTORIA DEL ARTE DE VIENA.



Viena es una ciudad de arte y cultura. Muchos de los visitantes aprovechan para acercarse a alguno de sus museos. Y sin lugar a dudas cuando hablamos de arte, Egipto ocupa un lugar de privilegio. El Museo de Historia del Arte cuenta con una preciosa colección de antiguedades egipcias que hará las delicias de sus visitantes.  



Sacmet nos da la bienvenida.


Columnas papiriformes sostienen las cubiertas de las salas del museo, que sumergen al hombre actual en la magia del antiguo Egipto. 


Máscara de momia de la época Ptolemaica. 


Sarcófagos para momias. 


Mirada desde el más allá. Mirada desde el lejano pasado de exóticas tierras. Desde que el incansable viajero Heródoto recorrió Egipto, el país del Nilo ha espoleado el imaginario de Occidente. 


La rica y variada fauna avícola del Nilo era objeto de caza y también de veneración. 



Momia de Penbes adornada con una red de cuentas engastadas que conforman diversos motivos y dibujos.



Ushebtis, los que responden, eran los servidores para el más allá. Se elaboraban en piedra, madera, fayenza y lapislázuli. 


Ushebti de Sen - nedjem, de la dinastía XIX. Las fórmulas de los Textos de los Sarcófagos y los versos del Libro de los Muertos, inscritos en las figurillas, obraban el milagro. El ushebti volvía a la vida y presto se ponía al servicio del difunto.


Estela de Mer-bast-it. 


Estatuilla de un dios con cabeza de buitre. En ambos hombres, aparece en rojo, el disco solar. 


Estela funeraria del sacerdote Hahat de la dinastía XXVI. 


Orfebrería de alta calidad. Brazalete, pectoral y corona para realzar la belleza de una poderosa dama. 


Hipopótamo de fayenza. Estas esculturas fueron muy habituales en el país del Nilo. 


Venda preparada para momificar al difunto. La cultura egipcia, al menos en gran parte, giraba en torno a la preparación para la muerte. 


Amuleto fálico de Osiris. 


Isis alada en su función de deidad protectora. 


El babuino es otro de los animales típicos del Egipto faraónico.


Cabeza de carnero que representa la gran dios Amón. Dinastía XIX/XX.


Diosa Isis con Horus niño en su faceta de Diosa Madre. Parece claro donde debemos buscar el origen de las representaciones de la Virgen María y el niño Jesús. 


Cabeza del buey Apis con el disco solar colocado entre los cuernos. 


Tot, el dios de los escribas, en su forma de elegante Ibis, habitante de las fértiles orillas del Nilo. Los ibis eran venerados por los egipcios, incluso momificados, por eso muchas veces se fabricaban esculturas votivas como esta. Plata, madera, yeso y vidrio son los materiales que dan forma a este precioso ejemplar. 


Sandalias confeccionadas con juncos. Varias capas de juncos se superponían y se cosían unas a otras. 


Utillaje variado, confeccionado y utilizado por los propios campesinos. 


Collar de cuentas.


Espejo de la Baja Época.



Collares, pulseras, ungüentarios, anillos, pendientes y otros objetos de tocador. 


Anillos de lapislázuli.


Estatua de Kai-pu- Ptah y su esposa Ipep. 


Escultura de Ba - baef. 



Cabeza de una estatua de Ba-baef, un alto funcionario de la corte de un rey de la Dinastía V. Esta posición le permitía tener una serie de estatuas a su disposición. 


Estatua de Snefru nefer, un importante y opulento cortesano, cantante, compositor y jefe de mantenimiento de palacio, durante (posiblemente) la Dinastía V. 


Cabeza de la esfinge del faraón Sesostris III.


Estela de Haya. En el registro superior el dios Osiris entronizado con flagelo en la mano es cortejado por Isis y Horus.


Estela de Amen- mose. El dios momificado Osiris sentado en el trono, domina el centro alto de la paleta, y delante de él una mesa de ofrendas con panes, carnes y frutas.


Estatua de Imhotep sedente sujetando un papiro con ambas manos. 


Cabeza colosal de una estatua regia. Sus facciones son típicas de la época ptolemaica. 


Busto de un ¿joven rey?.


Elefante de época ptolemaica. 


León mordiendo a su presa.


Estatua cubo de Nimlot. Nimlot fue hijo de Sheshonq I, el fundador de la dinastía XXII.



Estela de Amenhotep II. Originaria de Elefantina, narra las victorias del faraón en Siria y las dedicatorias, de botín y prisioneros de guerra, al templo de Khnum en Elefantina. El propio Amenhotep aparece representado en compañía de algunos disos como Amón, Anubis....



Busto de mujer, posiblemente una joven princesa. El estilo sugiere que esta escultura podemos datarla durante el reinado de Tutmosis III. 






Estatuas de la diosa Sacmet, la terrible leona guerrera. Una de ellas sostiene en una mano la llave de la vida o Ankh. 



Parte superior de una escultura idealizada del rey Tutmosis III. La identificación se hace por comparación con otras estatuas de dicho rey.



Babuino con un rey ¿Amenofis II (o Amenhotep II)?. Dinastía XVIII. 



Hermoso torso femenino de época ptolemaica. Posiblemente una mujer de la familia real. 




Sarcófago del sacerdote Pa-nehem-Isis. Notable ejemplo de la época ptolemaica, con un gran rostro e imágenes y textos cubriendo toda la superficie basáltica. 



Grupo escultórico del dios Horus y el rey Horemheb. 



Estatua de un dios semidesconocido, Imi Khent Wer, según una inscripción de la propia estatua. 



Triada de Meri-Ptah, Kafi y Sa-Isis.



Escultura de Sebek-em-saf, el heraldo de Tebas, un personaje que no pertenece a la realeza. El mandil anudado bajo el pecho es el vestido típico de los altos funcionarios. 



Estela de Senbef e Ipta. Un gran signo ankh encuadrado en una ventana rectangular domina la estela. A ambos lados de la ventana dos momias masculinas. Los textos hacen referencia a la calle procesional de los misterios de Osiris, lo que indica la procedencia; Abydos.



Pataikos. Amuleto de fayenza con forma de enano desnudo.


Escultura de portaestandarte del Imperio Nuevo.

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