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domingo, 5 de enero de 2020

YUGURTA.



Yugurta, monarca africano que intentó unificar las diferentes tribus bereberes para oponerse a Roma y adueñarse del Norte de África. Intrigante e inteligente, estamos ante una de las personalidades más complejas del mundo antiguo. Guapo, vigoroso e inteligente, experimentado comandante de caballería, puso en aprietos a las legiones romanas hasta que fue derrotado por Cayo Mario tras una larga y costosa guerra.

viernes, 23 de agosto de 2019

EL PRIMER CHOQUE.




Alrededor del 1000 a. C., un grupo de tribus no civilizadas —formadas por hombres altos, de tez clara y que eran cazadores salvajes— vivía al norte y al sur de la entrada del marBáltico, regiones que hoy constituyen Dinamarca, el sur de Suecia, Noruega y el norte de Alemania. Nadie sabe de dónde provenían.
Su lengua era diferente de las lenguas habladas al este y al sur, razón por la cual agrupamos juntas a esas tribus.
Muchos siglos más tarde, los romanos encontraron una tribu que descendía de esas tribus primitivas (y que aún era bastante primitiva). Los miembros de esa tribu se llamaban a sí mismos con un nombre que a los romanos les sonaba como germani. Posteriormente, los romanos aplicaron ese nombre a todas las tribus que hablaban la lengua de los Germani, por lo cual las llamamos tribus germánicas.
Entre sus descendientes actuales, se cuentan los alemanes. Pero los alemanes se llaman a sí mismos «Deutsch» (de una antigua palabra que quizá significaba «gente») y a su nación«Deutschland».


Las tribus germánicas eran algunas de las que los libros de historia a menudo llaman «bárbaras».
Para los civilizados griegos y romanos del sur, todo el que no hablase griego o latín era considerado un bárbaro, es decir, les parecía que emitían sonidos ininteligibles, tales como«barbarbar». Esa palabra, pues, no tenía necesariamente un carácter insultante. Después de todo, los habitantes de Siria, Babilonia y Egipto también eran bárbaros en ese sentido, y eran tan cultos y sabios como los griegos y los romanos, y lo eran desde hacía más tiempo.
Los germanos eran bárbaros en este sentido, pero también eran incivilizados. En siglos posteriores, contribuyeron a destruir partes del Imperio Romano, y su falta de aprecio por la cultura y el saber dio a la palabra «bárbaro» su significado actual: persona sin educación e incivilizada.
La única importancia de las tribus germánicas para el resto del mundo en esa época primitiva residía en el hecho accidental de que a lo largo de las costas meridionales del mar Báltico, unos sesenta millones de años antes, habían existido enormes bosques de pinos. Esos bosques murieron mucho antes de que el hombre apareciese en la Tierra y esa variedad de pino se ha extinguido, pero mientras los árboles vivieron produjeron enormes cantidades de resina.


Trozos endurecidos de esa antigua resina pueden encontrarse en el suelo y son arrojados desde el mar por las tormentas. Es una sustancia transparente, de colores que van del amarillo al naranja y el marrón rojizo, de bello aspecto y suficientemente blanda como para poder darle hermosas formas. Ese material (ahora llamado ámbar) era muy valorado como ornamento.
El ámbar pasaba de mano en mano, y en la Europa del Sur, gente mucho más avanzada que los habitantes de los bosques septentrionales dio con algunas muestras de él y quiso tener más. Surgió una ruta comercial del ámbar, y los productos de la Europa meridional, cambiados por ámbar, llegaron al norte.
Probablemente como resultado del comercio del ámbar,en un principio los germanos tuvieron un oscuro conocimiento de que en alguna parte del lejano sur había regiones ricas
El conocimiento del norte bárbaro era igualmente oscuro para el sur civilizado. Hacia el 350 a. C., el explorador griego Piteas de Massilia (la moderna Marsella) se aventuró por el Atlántico y exploró las costas noroccidentales de Europa.Llevó de vuelta mucha información interesante para el público lector de libros, que entonces, como siempre, sólo era una pequeña parte de la población. Pero pronto iba a llegar el tiempo en que el conocimiento de los germanos se impondría al hombre medio de un modo mucho más directo.
En los siglos primitivos, las tribus germánicas no practicaban la agricultura, sino que vivían de la caza y la cría de ganado. Los bosques septentrionales no podían sustentar a mucha gente que viviera de este modo, y hasta cuando la población era muy escasa, según patrones modernos, esas tierras estaban ya superpobladas.
Las tribus luchaban unas contra otras por la tierra necesaria para sustentar a la población en crecimiento, y una de las partes, naturalmente, perdía. Los perdedores vagabundeaban en busca de mejores pastos y mayor caza, y así hubo un lento desplazamiento de tribus germánicas fuera de sus hogares originarios.


Gradualmente, los germanos se dirigieron al sur y al este, a lo largo de la costa del mar Negro. Por el 100 a. C., habían llegado al río Rin en el oeste y ocupado la mayor parte de lo que es hoy Alemania.
A su paso, empujaron o absorbieron a un grupo de pueblos que antaño habían dominado vastos tramos de Europa septentrional y occidental, y que hablaban un grupo de lenguas emparentadas entre sí llamadas célticas. Al oeste del Rin, por ejemplo, estaban las tribus celtas que habitaban una región llamada Gallia por los romanos y Galia por nosotros.
A medida que los germanos se desplazaban al oeste y al sur, deben de haber oído hablar cada vez más de las ricas y maravillosas tierras del sur. Por el 150 a. C., la gran civilización de los griegos estaba en decadencia, pero Italia estaba aumentando rápidamente en poder y riqueza. La ciudad de Roma, en Italia central, estaba imponiendo afanosamente su dominación sobre toda la región mediterránea.
El sur debe de haberles parecido incalculablemente rico a los germanos..., un maravilloso lugar para un posible botín. La atracción del sur se combinó con tiempos excepcionalmente duros en el norte, pues en lo que es ahora Dinamarca, la superpoblación crónica había empeorado a causa de los daños producidos por tormentas e inundaciones.
Hordas de hombres, mujeres y niños de las tribus empezaron a marchar hacia el sur en cantidades sin precedentes, en 115 a. C. Los romanos llamaron luego a esas hordas los cimbrios. (La península danesa que llamamos Jutlandia todavía lleva el nombre más antiguo de península Cimbria.)
En el curso de su migración hacia el sur, empezaron a unirse a los cimbrios otras tribus, llamadas los teutones por los romanos. Este nombre tribal particular más tarde fue aplicado a todos los germanos, por lo que podemos llamarlos los teutones o los pueblos teutónicos. También podemos hablar de las lenguas teutónicas, que incluyen a todas las habladas por aquellos antiguos germanos: el inglés es una de ellas.
(Dicho sea de paso, no es en modo alguno seguro que los cimbrios y los teutones —pese al nombre de éstos— fuesen realmente germanos. Aunque ésta es la creencia tradicional, muchos historiadores modernos piensan que eran celtas, en parte o hasta en su totalidad.)
No es muy probable que los cimbrios migrantes fueran en realidad una hueste formidable. Entre ellos escaseaba el metal, por lo que no llevaban armadura y tenían unas pocas espadas cortas. Sus armas eran muy inferiores a las romanas. Además, carecían de disciplina o de toda idea de una táctica ordenada.
Su única esperanza de vencer a los romanos era cogerlos por sorpresa y caer sobre ellos como el rayo con feroces alaridos, a la espera de que el primer choque los desorganizase y los hiciese echar a correr.
Esto ocurrió muy a menudo. En primer lugar, las tribus constituían una hueste numerosa, pues todos luchaban, mujeres y niños crecidos tanto como los hombres. Además, los germanos tenían un aspecto temible, con sus largos cabellos desgreñados y sus vestimentas primitivas. También eran altos, mucho más altos y fuertes, individualmente, que los hombres de las tierras mediterráneas.
Las tropas romanas podían haber vencido fácilmente a las hordas bárbaras, si se hubiesen mantenido firmes y conservado su sangre fría; pero muy a menudo rompían filas y echaban a correr al primer ataque. Entonces era fácil para las tribus eliminar uno a uno a los soldados que corrían y hacer una matanza con ellos.
Los rumores de la marcha hacia el sur de los cimbrios los precedieron y, como sucede casi siempre con los rumores, fueron exagerados al propagarse. Se decía que los cimbrios eran medio millón o más; su altura, su fuerza y su ferocidad eran descritas en términos superlativos. El ejército romano enviado al norte para enfrentarse con ellos del otro lado de los Alpes oyó esos cuentos y quedó aterrorizado y semiderrotado ya antes de tomar contacto con ellos.
Los cimbrios lucharon con ese ejército el 113 a. C. y lo destruyeron fácilmente. Ahora tenían ante ellos los Alpes, indefensos. Pero los hombres simples de las tribus no tenían ideas claras sobre geografía. ¿Para qué trepar por esos picos elevados, si podían virar hacia el oeste y bordear la cadena montañosa? Se dirigieron, entonces, a la Galia.


Tres batallas distintas entre los cimbrios y los romanos tuvieron lugar en la Galia, y los romanos las perdieron todas. En 105 a. C., toda Roma era presa absoluta del pánico. En las heroicas guerras de los dos siglos anteriores, habían derrotado casi a todas las naciones importantes que rodeaban al Mediterráneo, pero ante esos bárbaros mal armados parecían inermes.
Indudablemente, si los cimbrios hubiesen marchado entonces sobre Italia, hubiesen obtenido un botín que habría superado sus más alocados sueños y podía haber cambiado la historia del mundo. Pero, nuevamente, una dirección les parecía lo mismo que otra y, afortunadamente para los romanos, avanzaron más al oeste y penetraron en España, donde combatieron con pueblos celtas que no eran mucho menos primitivos que ellos.
Esto dio tiempo a Roma, y apareció el hombre apropiado para la ocasión. Era un soldado rudo y prácticamente analfabeto llamado Cayo Mario. Se convirtió de hecho en dictador de Roma y se puso a trabajar a fin de forjar un ejército y prepararlo para que resistiese con firmeza el embate de los bárbaros
En 102 a. C., cuando los bárbaros retornaron de España y finalmente parecían dispuestos a invadir Italia, Mario estaba preparado para enfrentarse a ellos. Los bárbaros avanzaron en dos contingentes, uno de los cuales fue exterminado casi hasta el último hombre en el sur de la Galia. El otro logró abrirse camino hasta Italia, pero en el 101 a. C. fue aniquilado en el valle del Po.
La amenaza desapareció totalmente y Roma experimentó una espasmódica alegría. Por el momento, Mario fue su niño mimado. Quizá nadie por entonces podía prever que esas batallas entre romanos y bárbaros sólo fueran el primerepisodio de una guerra que duraría muchos siglos.
Isaac Asimov. La Alta Edad Media.



domingo, 11 de agosto de 2019

MARIO CELEBRA EL TRIUNFO SOBRE YUGURTA.




Llegó Mario de África con su ejército en las mismas calendas de enero, que es el día en que los Romanos comienzan su año, y en él tomó posesión de Consulado, y celebró su triunfo, dando a los Romanos el increíble espectáculo de conducir cautivo a Yugurta, pues nadie esperaba que vivo él pudiera su ejército ser vencido: ¡de tal manera sabía doblarse a todas las mudanzas de fortuna, y tan diestro era en mezclar la astucia con la fortaleza! Mas llevado en la pompa perdió, según dicen, el sentido, y puesto en la cárcel después del triunfo, mientras unos le despojaban por fuerza de la túnica y otros procuraban quitarle las arracadas de oro, juntamente con ellas le arrancaron el lóbulo de la oreja. Luego que le dejaron desnudo lo arrojaron a un calabozo, donde, desesperado e inquieto: “¡Por Júpiter- exclamó-, que está muy frío vuestro baño!” Allí mismo, luchando por seis días con el hambre, y suspirando hasta la última hora por alargar la vida, pagó la pena que merecían sus impiedades. Cuéntase que se trajeron a este triunfo y fueron llevadas en él tres mil siete libras de oro, de plata no acuñada cinco mil setecientas setenta y cinco, y en dinero diez y siete mil y veintiocho dracmas. Reunió Mario el Senado después del triunfo en el Capitolio, entrando en él, o por olvido, o por hacer orgullosa ostentación de su fortuna, con las ropas triunfales; pero percibiendo al punto que el Senado no lo llevaba a bien, se levantó, y quitándose la púrpura volvió a ocupar su puesto.
PLUTARCO. VIDAS PARALELAS. MARIO.

martes, 31 de marzo de 2015

LUCIO CORNELIO SILA



Ojos fríos, mirada altiva, cabellos dorados, corazón orgulloso. Vividor, militar y político. Miembro de una notable familia patricia venida a menos, Sila vivió una juventud de crápula, alternando con truhanes, gladiadores y meretrices, y consiguió aquello que John Voight anhelaba en Cowboy de Medianoche, una mujer que lo mantuviese. Una ramera griega algo mayor que él a la que maltrató sin remordimiento. 

Salió de la inmundicia para enrolarse en el ejército (única salida para los desechos sociales). Sirvió como cuestor en el ejército de Cayo Mario durante la guerra de Yugurta, interviniendo de forma crucial en la traición que posibilitó la captura del rey numida.

Vuelto a la decadencia de Roma se lanzó a la política para poder pagar vicios y sus numerosas deudas, y rápidamente se enfrentó abiertamente a su antiguo general. Los optimates (ricos y poderosos) vieron en Sila, al hombre capaz de derrotar al bando popular acaudillado por Mario. 

Hombre capaz y talentoso, pero un político contradictorio hasta la temeridad. Por un lado pretendía mantener vigente la legalidad, pero sus acciones marcaron el comienzo del fin de la República. En un alarde de prepotencia e irresponsabilidad acampó a sus hombres en el foro, siendo el primer general en lanzar un ejército romano contra la propia Roma, sentando un peligroso precedente. 

Embriagado de sí mismo, se proclamó cónsul vitalicio y organizó una auténtica masacre con los seguidores y simpatizantes de Mario, sembrando de muerte una agonizante república. Sila dispuso del mayor poder personal que existió en toda la historia de Roma, hasta la irrupción de César. Un Julio César al que precisamente Sila perdonó la vida, al tiempo que mascullaba entre dientes "cometo una tontería, pues hay muchos Marios en ese muchacho". Con esta decisión permitió al joven Julio labrarse un futuro más que prometedor. 

Cansado de la diplomacia de los políticos, la parsimonia de los chupatintas, asqueado del ejercicio del poder y aburrido de una existencia insulsa, un día decidió abdicar, y retirarse a una villa rural en la fértil Campania, cerquita de Nápoles. A partir de entonces vivió como un Padrino de la Cosa Nostra retirado de los negocios, rodeado de sus aduladores veteranos, enfrascado en interminables conversaciones sobre filosofía, dulcificando el día a día con el vino de la región y fornicando como un adolescente con su bella y joven esposa Valeria.

Antes de morir rubricó su intensa vida con un epitafio de su propia cosecha, "he correspondido con creces a los amigos que me hicieron favores y a los enemigos que me ofendieron". 

sábado, 23 de febrero de 2013

SERTORIO Vidas Paralelas - Primera Parte


I. No es maravilla quizá que en un tiempo indeterminado, inclinándose ora a una parte y ora a otra la fortuna, los acontecimientos vuelvan a repetirse muchas veces con las mismas circunstancias. Porque si hay una muchedumbre infinita de accidentes, la fortuna tiene un poderoso artífice de la semejanza de los sucesos en lo indefinido de la materia, y si los acontecimientos están contraídos a un número prefijado, es necesario también que muchas veces los mismos efectos sean producidos por las mismas causas. Hay algunos, por tanto, que, complaciéndose en cotejar lo que han leído u oído de esta clase de accidentes, forman una colección de los que parecen hechos de intento y con meditado discurso, como, por ejemplo, que habiendo habido dos Atis, personajes ilustres, el uno Siro y el otro Arcade, ambos fueron muertos por jabalíes. De dos Acteones, el uno fue despedazado por sus perros, y el otro, por sus amadores. De dos Escipiones, por el uno fueron primero vencidos los Cartagineses, y por el otro fueron después arruinados del todo. Troya fue tomada por Heracles, a causa de los caballos de Laomedonte; por Agamenón, mediante el caballo llamado de madera, y tercera vez, por Caridemo, a causa del accidente de haberse caído un caballo en las puertas y no haber podido los Troyanos cerrarlos prontamente. De dos ciudades que tienen nombres de dos plantas de suavísimo olor, Ío y Esmirna, en la una se dice haber nacido el poeta Homero y haber muerto en la otra. Ea, pues, añadamos a estos acasos el que entre los grandes generales, los más guerreros y que más grandes cosas acabaron por la astucia y la sagacidad todos fueron tuertos: Filipo, Antígono, Aníbal y éste de quien ahora escribimos, Sertorio; el cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos, más humano que Aníbal con los contrarios, y, no habiendo sido inferior a ninguno en la prudencia, fue muy inferior a todos en la fortuna, la que siempre le fue más adversa que sus más poderosos enemigos, y, sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado caudillo de unos bárbaros, fue digno competidor de la pericia de Metelo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de Sila y de todo el poder de los Romanos. A éste, el que encontramos más semejante entre los Griegos es el Cardiano Éumenes: ambos eran nacidos para mandar ejércitos; ambos eran fecundos en estratagemas; ambos, arrojados de su país, fueron caudillos de gentes extrañas, y a ambos, finalmente, fue en su muerte muy dura y violenta la fortuna, porque perecieron traidoramente a manos de aquellos mismos con quienes habían vencido a los enemigos.

II.- Nació Quinto Sertorio en la ciudad de Nursia, país de los Sabinos, de oscuro linaje. Criado con esmero por su madre, viuda, habiendo quedado huérfano de padre, parece que fue con extremo amante de aquella, de la cual se dice haber tenido por nombre el de Rea. Ejercitóse en las causas con bastante aplauso, y siendo aún joven llegó, según es fama, a adquirir cierto poder en Roma por su elegancia en el decir; pero su sobresaliente mérito y sus hazañas en la milicia llamaron hacia esta parte su ambición.

III.- En primer lugar, cuando los Cimbros y los Teutones invadieron la Galia, militó con Cepión, y habiendo los Romanos peleado débilmente y entregádose a la fuga, no obstante haber perdido su caballo y hallarse herido, pasó el Ródano a nado, costándole mucho el vencer, embarazado con la coraza y el escudo, la contraria corriente: ¡tan fuerte y robusto era su cuerpo, y tan sufridor del trabajo en fuerza del ejercicio! En segundo lugar, cargando aquellos con numerosísimo ejército y terribles amenazas, de manera que se reputaba por cosa extraordinaria que un Romano se mantuviera en formación y obedeciera al general, fue enviado por Mario en observación de los enemigos. Vistióse el traje de los Galos, y, aprendiendo lo más común del idioma para poder contestar oportunamente, se metió entre los bárbaros; de donde, habiendo visto por sí unas cosas y preguntado otras a los que tenía a mano, regresó al campamento. Concediósele entonces el prez del valor, y habiendo dado durante toda la expedición muchas pruebas de prudencia y de arrojo, adquirió fama y se ganó la confianza del general. Después de esta guerra de los Cimbros y Teutones fue enviado a España de tribuno con el pretor Didio, y se hallaba en cuarteles de invierno en Cazlona, ciudad de los Celtíberos. Sucedió que, insolentes los soldados con la abundancia, y dados a la embriaguez, incurrieron en el desprecio de los bárbaros, los cuales enviaron a llamar a sus vecinos de Orisia; éstos, yendo de casa en casa, acabaron con ellos; pudo, sin embargo, Sertorio evadirse con unos pocos, y recogiendo a otros que también huían dio la vuelta en rededor a la ciudad, y hallando abierta la puerta por donde los bárbaros habían entrado secretamente, no cayó en el error de éstos, sino que, poniendo guardias y tomando todas las avenidas, dio muerte a todos los que estaban en edad de llevar armas. Ejecutado esto, mandó a todos los soldados que dejaran sus propias armas y vestidos y adornándose con los de los bárbaros le siguieran a otra ciudad, de donde salieron los que en la noche los habían sorprendido. Con la vista de las armas logró que estos otros se engañaran, y hallando abierta la puerta se le vinieron a las manos gran número de habitantes, que creían salir a recibir a sus amigos y conciudadanos, que volvían después de conseguido su intento; así fue que muchos recibieron la muerte en la misma puerta, y otros que se entregaron fueron vendidos como esclavos.

IV.- Hízose con esto Sertorio muy celebrado en España; apenas volvió a Roma, fue nombrado cuestor de la Galia Cispadana, en ocasión de urgencia; amenazando, en efecto, la Guerra Mársica, se le dio el encargo de levantar tropas y de reunir armas, y como hubiese puesto mano a la obra con una diligencia y prontitud muy diferente de la pesadez y delicadeza de los demás jóvenes, adquirió fama de hombre activo y eficaz. Mas no por haber sido promovido a la dignidad de caudillo aflojó en el denuedo militar, sino que, ejecutando brillantes hazañas, y arrojándose sin tener cuenta de su persona a los peligros, quedó privado de un ojo, habiéndoselo sacado en un encuentro. De esta pérdida hizo después vanidad toda la vida, diciendo que los demás no llevaban siempre consigo el testimonio de los premios alcanzados, siéndoles forzoso dejar los collares, las lanzas y las coronas, cuando él tenía siempre consigo las señales de su valor; y los que eran espectadores de su infortunio lo eran al mismo tiempo de su virtud. Tributóle también el pueblo el honor que le era debido: porque al verle entrar en el teatro le recibieron con aplausos y con expresiones de elogio, distinción de que con dificultad gozaban aun los más provectos en edad y más recomendados por sus méritos. Pidió el tribunado de la plebe; pero, oponiéndosele la facción de Sila, quedó desairado; por lo que parece fue desde entonces enemigo de éste. Después, cuando Mario, vencido por Sila, tuvo que huir, y éste se ausentó para hacer la guerra a Mitridates, como uno de los cónsules, Octavio, mantuviese el partido de Sila, y Cina, que aspiraba a cosas nuevas, tratase de suscitar la facción vencida de Mario, arrimóse a éste Sertorio; y más viendo que el mismo Octavio estaba fluctuante y solo no se atrevía a fiarse de los amigos de Mario. Trabóse una acción reñida en la plaza entre ambos cónsules, en la que quedó vencedor Octavio, y Cina y Sertorio, que habían perdido poco menos de diez mil hombres, huyeron; pero como hubiesen podido reunir con sus persuasiones la mayor parte de las tropas esparcidas por la Italia, volvieron muy pronto en estado de poder medir las armas con Octavio.

V.- Habiendo regresado Mario del África, y puéstose a las órdenes de Cina, como correspondía lo hiciese un particular respecto de un cónsul, los demás eran de opinión de que convenía recibirle; pero Sertorio se opuso, bien fuera por creer que Cina le atendería menos luego que tuviese cerca de sí a un militar de más nombre, o bien por la dureza de Mario, no fuera que lo echara todo a perder, abandonándose a una ira que pasaba todos los términos de lo justo cuando quedaba superior. Decía, pues, que era muy poco lo que les quedaba que hacer hallándose ya vencedores, y que si recibían a Mario éste se arrogaría toda la gloria y todo el poder, siendo hombre desabrido y muy poco de fiar para la comunión de mando. Respondiále Cina que discurría con acierto; pero que él estaba entre avergonzado y dudoso para alejar a Mario, a quien él mismo había llamado a tener parte en la empresa; a lo que le repuso Sertorio: “Pues yo, en el concepto de que Mario había venido a Italia por impulso propio, reflexionaba sobre el partido que convendría tomar; pero tú no has debido conferenciar sobre este negocio cuando llega el que tú deseabas que viniese, sino admitirle y valerte de él, pues que la palabra empeñada no debe dejar lugar a reflexiones”. Resolvióse, por tanto, Cina a llamar a Mario, y, habiendo repartido las tropas en tres divisiones, las mandaron los tres. Terminóse la guerra; y entregados Cina y Mario a toda crueldad e injusticia, tanto que a los Romanos les parecían ya oro los males de la guerra, se dice que sólo Sertorio no quitó a nadie la vida, por aversión, ni se ensoberbeció con la victoria, sino que antes se mostró irritado de la conducta de Mario; y hablando a solas a Cina e intercediendo con él logró ablandarlo. Finalmente, como a los esclavos que tuvo Mario por camaradas en la guerra, y de quienes se valió después como ministros de tiranía, les hubiese dado éste más soltura y poder de lo que convenía, concediéndoles o mandándoles unas cosas, y propasándose ellos a otras con la mayor injusticia, dando muerte a sus amos, solicitando a sus amas y usando de toda violencia con los hijos, no pudo Sertorio llevarlo en paciencia, y hallándose reunidos en un mismo campamento los hizo asaetar a todos, que no bajaban de cuatro mil.

VI.- Falleció luego Mario; Cina fue muerto de allí a poco, y Mario el joven se arrogó, contra la voluntad de Sertorio y con quebrantamiento de las leyes, el consulado; los Carbones, los Norbanos y los Escipiones hacían tibiamente la guerra a Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por cobardía y desidia de los generales y otras por traición se malograban. En este estado era inútil su presencia para unos negocios enteramente desesperados, por el poco tino de los que tenían en sus manos el poder. Por colmo de desorden, Sila, que tenía su campo al frente del de Escipión y hacía correr la voz de que se gozaría de paz, corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno y advirtió a Escipión, no pudo hacérselo entender. Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para España, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y remuneraciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; mas él, no poniendo atención en lo que a éstos les parecía una vergüenza, “Lo que compro - les respondio- es la ocasión, que es lo que más suele escasear a los que intentan cosas grandes”; así continuó ganando a los bárbaros con dádivas, y apresurándose ocupó, la España. Halló en ella una juventud floreciente en el número y en la edad; pero como la viese mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando, a causa de la codicia y malos tratamientos de los Pretores que les habían cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales, y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo que principalmente se hizo estimar fue con librarlos de las molestias de los alojamientos. Obligó, en efecto, a los soldados a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Sin embargo, no se debió todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo armado de los Romanos allí domiciliados a los que estaban en edad de tomar las armas, y habiendo construído naves y máquinas de todas especies, de este modo tuvo sujetas a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo temible a los enemigos con sus prevenciones de guerra.

VII.- Habiéndole llegado noticia de que Sila dominaba en Roma, y la facción de Mario y Carbón había sido arruinada, al punto receló que el ejército vencedor iba a venir contra él con algunos de los caudillos, y se propuso cerrar el paso de los montes Pirineos por medio de Julio Salinátor, que mandaba seis mil infantes. Fue, en efecto, enviado de allí a poco por Sila Gayo Anio, el cual, viendo que la posición de Julio era inexpugnable, se quedó en la falda, sin saber qué hacerse; pero habiendo muerto a traición a Julio un tal Calpurnio, dicho por sobrenombre Lanario, y abandonando los soldados las cumbres del Pirineo, seguía su marcha Anio con grandes fuerzas, arrollando los obstáculos. Considerábase Sertorio muy desigual, y retirándose con tres mil hombres a Cartagena, allí se embarcó, y atravesando el Mediterráneo aportó al África por la parte de la Mauritania. Sorprendieron los bárbaros a sus soldados, mientras, sin haber puesto centinelas, se proveían de agua, y habiendo perdido bastante gente se dirigía otra vez a España; vióse, no obstante, apartado de ella, por haber tenido la desgracia de dar con unos piratas de Cilicia, y arribó a la isla Pitiusa, donde desembarcó, habiendo desalojado la guarnición que allí tenía Anio. Acudió este bien pronto con gran número de naves y cinco mil hombres de infanteria; Sertorio se preparaba a pelear con él en combate naval, aunque sus buques eran de poca resistencia, y dispuestos más bien para la ligereza que para la fuerza; pero, alborotado el mar con un violento céfiro, perdió la mayor parte de ellos, estrellados en las rocas por su falta de peso, y con sólo unos pocos, arrojado del mar por la tempestad y de la tierra por los enemigos, anduvo fluctuando por espacio de diez días; y luchando contra las olas y contra tan deshecha borrasca se vio en mil apuros para no perecer.

VIII.- Habiendo por fin cedido el viento, aportó a unas islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que hubo de partir; y pasando por el Estrecho Gaditano, dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de España, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Atlántico, dando nombre a la parte que baña de esta región. Diéronle allí noticia unos marineros, con quienes habló de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Éstas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan del África diez mil estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio van decayendo y pierden su fuerza; y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasas, por lo común, con una serenidad humectante es con la que refrigeran y con la que mantienen las plantas, de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los Campos Elisios, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero.

IX.- Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis, hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra, y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros, a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que, muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles, y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron muchas gentes del África, por tener a sus órdenes un ejército griego, compuesto de los que fueron allí trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había menester, y aun esto por pura dádiva.

Plutarco

miércoles, 26 de diciembre de 2012

SERTORIO EL LIBERTADOR DE LOS HISPANOS (I)


Sertorio, general romano que se enfrentó a la República contando con la ayuda de los gentes de Iberia.
Quinto Sertorio nació a finales del siglo II a.C., año 121, en Sabina, y gracias a su valentía y éxitos militares, pronto conseguirá un ascenso en la sociedad romana. Destacada fue su actuación en la batalla de Aquae Sextae, bajo el mando de Cayo Mario contra los teutones y sus aliados ambrones. Sertorio se disfrazó de germano, penetró en el campamento enemigo y descubrió los planes de los teutones, lo que valió la victoria del ejército romano.

“Después de la guerra de los cimbrios y teutones Sertorio fue enviado a Iberia en calidad de tribuno militar bajo el mando de Didio y pasó el invierno en la ciudad de Cástulo, entre los celtíberos”
Plutarco. Sertorio 3.

A pesar de todo, Sertorio era un “homo novis”, un advenedizo recién llegado y por tanto nunca contará con la aprobación de los optimates, cuya facción estaba encabezada por Sila, rival político de Mario.

A estos optimates el poder les viene por su nacimiento y riquezas, eran una aristocracia de abolengo, mientras que los populares habían conseguido alcanzar su privilegiado estatus social gracias a su talento y sus méritos. En ocasiones, los populares eran optimates que habían desertado, por diversos motivos, de dicha facción. Como su propio nombre indica, los populares buscaban el apoyo del pueblo para conseguir sus objetivos políticos.
Cayo Mario uno de los más insignes militares de la Historia de Roma
El líder popular Cayo Mario se va a enfrentar al optimate Sila, en una sangrienta guerra civil que finalizará con la victoria total de Sila. Tras derrotar a Mario, se inicia en Roma la persecución y represión de todos sus partidarios. En estos momentos, Sertorio no tiene más remedio que huir de Roma para salvar el pellejo, y se va a refugiar en la Península Ibérica.

“El último de los trabajos causados por Sila fue la guerra de Sertorio, de ocho años de duración, nada fácil ni ligera para los romanos, quienes no tenían que luchar contra los iberos, sino contra conciudadanos suyos y contra Sertorio”
Apiano. Guerras Civiles. 1, 108.

Varios fueron los motivos que llevaron a Quinto Sertorio utilizar la Península Ibérica como teatro de operaciones. En el año 91 a.C. Sertorio había sido cuestor en Hispania, por tanto conocía de primera mano el territorio, la situación política y socioeconómica, y lo que resultó más determinante, la idiosincracia de sus gentes.

El conocer la Península Ibérica le abre a Sertorio todo un abanico de posibilidades. Tendría al alcance de la mano el poder contar con los famosos mercenarios lusitanos y celtíberos, rodearse de clientelas políticas y militares que le apoyasen en su causa y obtener los importantes recursos económicos de Iberia. Además, el proceso de romanización ya había comenzado, por tanto, se trata de un territorio afín a la cultura romana. Por último, señalar la privilegiada situación estratégica de la península, con Italia y la propia Roma a un tiro de piedra por si se viera en la necesidad de regresar rápidamente.

Quinto Sertorio llega a la península mal pertrechado, cruzando los Pirineos con un pequeño ejército de unos 3000 hombres, perseguidos por los 40000 legionarios del ejército optimate dirigido por Anio Lusco. Los territorios que tuvo que atravesar estaban poblados por tribus hostiles, a las que tuvo que pagar para poder cruzarlos. A pesar de esta inferioridad numérica y las condiciones adversas, Sertorio, con la inestimable ayuda de los hispanos, fue capaz de mantener una guerra contra Roma durante una década.

Los hispanos enfrentados al Senado de Roma, hartos de abusos, injusticias y despropósitos, ven en Sertorio una posibilidad de vencer, y por este motivo se van a unir a él. En ese sentido Sertorio parece convertirse, al menos durante algún tiempo, en un auténtico Libertador de los Hispanos.

Una vez en Hispania, lo primero que va hacer Sertorio es atraerse a los indígenas, diciéndoles lo que quieren oír, y haciendo promesas que luego no va a cumplir. Vamos, como cualquier político de nuestro tiempo.
Aristócrata ibero.
Sertorio busca la energía de la juventud, se atrae a los caudillos y élites indígenas, que en su mayoría está descontenta con Roma. Les va a liberar de los tributos y del alojamiento y manutención del ejército.

“Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para Hispania, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y exacciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; más él, no poniendo la atención en lo que a estos les parecía una vergüenza, les contestó: Lo que compro es la ocasión, que es lo que más suele escasear a los que intentan cosas grandes; así continuó ganando a los bárbaros con regalos, y apresurándose, ocupó Hispania. Halló en ella una juventud floreciente en el número y en la edad; pero como la viese mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando a causa de la codicia y los malos tratamientos de los pretores que les habían cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales, y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo que sobre todo se hizo estimar, fue con librarlos de las molestias de los alojamientos. Obligó a sus soldados a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Mas, sin embargo, no se debió todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo armado de los romanos allí domiciliados a los que estaban en edad de tomar las armas, y habiendo construido naves y máquinas de todas especies de este modo tuvo sujetas a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo temible a los enemigos con sus prevenciones”
Plutarco. Sertorio 6

Los primeros éxitos militares de Sertorio se deben a la habilidad para atraerse a los indígenas hispanos. Su verdadero plan consistía en ganar la guerra desde la península, para luego marchar sobre Roma. De ninguna manera pensaba en liberar a los hispanos.

“De la grandeza de ánimo de Sertorio son pruebas, primero el haber denominado Senado a los senadores que, huídos de Roma, estaban con él, y el elegir entre ellos a los cuestores y pretores, procediendo en todo de acuerdo con las leyes patrias. En segundo lugar, el que, a pesar de valerse de las armas, las riquezas y las ciudades de los españoles, no les concedía la más mínima participación en el poder supremo, imponiéndoles a los romanos por generales y magistrados, como si quisiese restablecer a éstos en su libertad, no hacer prosperar a aquéllos a costa de los romanos. Era muy amante de la patria y tenía un gran deseo de volver a ella, pero, siendo maltratado, se mostraba hombre de valor, aunque nada indigno hizo nunca contra los enemigos, y después de obtener una victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba dispuesto a dejar las armas y vivir como un particular si obtenía la restitución, pues antes prefería ser en Roma el más insignificante de los ciudadanos que, desterrado de ella, ser proclamado rey de todos los demás. Dícese que no menos que la patria echaba de menos a su madre, porque, siendo huérfano, había sido cuidado por ella, y en todo la obedecía. Y, llamándole sus amigos para ocupar el mando en Hispania, al saber la muerte de su madre, por poco pierde la vida por el dolor; pues siete días estuvo tendido sin dar la señal a los soldados, ni dejarse de ver por ningún amigo, y con trabajo pudieron los generales y gente de autoridad, rodeando su tiendo, obligarle a presentarse a los soldados y ocuparse de los negocios que prosperaban. Por lo que creen muchos que por naturaleza era benigno e inclinado a la tranquilidad, pero que las circunstancias le llevaron a tener que usar de los mandos militares; y no encontrando seguridad en otra parte, sus enemigos le forzaron a lanzarse a la guerra, buscando en las armas sus seguridad personal”.
Plutarco. Sertorio, 22


Entre los años 81 y 79 a.C. hostigado continuamente por el ejército de los optimates, Sertorio nomadea de acá para allá; Ibiza, la Bética, Mauritania, para finalmente acabar en Lusitania.

“Y así Sertorio, dejando una ligera guarnición en la Mauritania, aprovechando una noche oscura, a favor de la corriente intentó pasar sin combate, o furtivamente o por su rapidez”
Salustio. Historias. 1, 104.

En todo este periplo, es posible que pisara suelo canario. Según se desprende del texto de Plutarco, Sertorio llegaría a desembarcar en las Islas Afortunadas.

“Habiendo por fin cedido el viento arribó a unas islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que hubo de partir; y pasando por el estrecho gaditano, dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de Hispania, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Exterior, dando nombre a la parte que baña esta región. Diéronle allí noticias unos marineros, con quienes habló de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Estas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan de África 10.000 estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio, van decayendo y pierden su fuerza; y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasos, por lo común, con una serenidad humectante, es con la que refrigeran y con la que mantienen las plantas; de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los Campos Elíseos, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero”
Plutarco. Sertorio, 8.

Aparecen tópicos literarios atribuidos a lugares lejanos, exóticos y en su mayor parte desconocidos para los romanos. En su continua huída, Quinto Sertorio llegó a este archipiélago tan distante de la propia Roma.

Puedes leer el artículo completo en http://www.claseshistoria.com/revista/2013/articulos/candon-sertorio.pdf

sábado, 27 de octubre de 2012

GERMANIA DE TÁCITO (XIII)



37   Los cimbrios, próximos al Océano, ocupan justamente el saliente de la Germania. Pequeña nación en la actualidad, aunque de pasado glorioso. Subsisten amplios vestigios de su antigua fama: espacios destinados a campamentos en ambas orillas, por cuya extensión se puede calcular aún hoy la magnitud y fortaleza de aquel pueblo y dar credibilidad a un éxodo tan grande. 

Corría el año 640 de nuestra Ciudad cuando por ver primera se oyeron los hechos de armas de los cimbrios, durante el consulado de Cecilio Metelo y Papirio Carbón. Si contamos desde entonces hasta el segundo consulado del emperador Trajano, tenemos un total de casi doscientos años: ¡tanto va tardando Germania en ser sometida!. En un período tan extenso se han producido mutuos y abundantes reveses. Ni el Samnio, ni los cartagineses, ni Hispania o las Galias, ni siquiera los partos, nos han suministrado tantas lecciones. Sin duda, la libertad de los germanos nos cuesta más cara que el despotismo de Arsaces. En efecto, ¿qué otro trastorno, a no ser la muerte de Craso, nos ha causado el Oriente, sometido por Ventidio y que perdió por su parte, a Pacorro?. Los germanos, en cambio, además de derrotar o capturar a Carbón, Casio, Escauro Aurelio, Servilio Cepión y Máximo Manlio, arrebataron al tiempo cinco ejércitos consulares al pueblo romano; incluso lo mismo sucedió al César y a Varo y sus tres legiones. Si bien los derrotó Cayo Mario en Italia, el divino Julio en la Galia y Druso, Nerón y Germánico en su propio territorio, no fue sin sufrir, a su vez, pérdidas. Posteriormente, las grandes amenazas de Cayo César cayeron en el ridículo. Hubo después paz, hasta que, con ocasión de nuestras disenciones y guerras civiles, tras asaltar los cuarteles de invierno de las legiones, trataron también de invadir las Galias y de nuevo fueron rechazados. En los últimos tiempos, más que victorias nos han dado excusas para que celebremos triunfos.

38    Debo hablar ahora sobre los suevos, que no son un solo pueblo, como ocurre con los catos y tencteros. Ocupan la parte más extensa de Germania y se diferencian por sus respectivos nombres nacionales, aunque se les llama comúnmente suevos. Es típico de esta raza peinarse el pelo hacia un lado y sujetárselo por debajo con un moño; de esta manera, los suevos se diferencian de los restantes germanos y los suevos libres de los esclavos. En otros pueblos se da también, aunque raramente y durante la edad juvenil, ya por algún parentesco con los suevos, o, lo que sucede con más frecuencia, por mimetismo. Los suevos, hasta que encanecen, cardan sus hirsutos cabellos y es frecuente que los lleven atados en lo alto de la cabeza. Los próceres llevan el pelo de forma más rebuscada. Tal es su preocupación por la estética; aunque inofensiva, por cuanto no se adornan para amar o ser amados, sino para aparentar una mayor estatura a los ojos de los enemigos e infundir así el terror al entrar en combate. 
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