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miércoles, 23 de octubre de 2019

ULISES 31. CÍCLOPE O LA MALDICIÓN DE LOS DIOSES.



Ulises, el héroe homérico, vive su particular Odisea en el espacio. Las cálidas islas del Mar Mediterráneo, se han convertido en planetas, asteroides y planetoides. Para salvar la vida de su querido hijo Telémaco, desata la Ira del terrible dios Poseidón. 

lunes, 27 de mayo de 2019

SCHLIEMAN, EL SOÑADOR QUE ENCONTRÓ TROYA.




El mejor modo de pagar a nuestro contemporáneo Heinrich Schliemann los enormes servicios que nos ha prestado reconstruyendo la civilización clásica, creo que es incluirle entre sus protagonistas, como él mismo mostró desear ardientemente, eligiendo, en pleno siglo XIX, a Zeus como dios, elevando a él sus oraciones, poniendo de nombre Agamenón a su hijo, Andrómeca a su hija, Pélope y Telamón a sus servidores, dedicando a Homero toda su vida y su dinero.

Era un loco, pero alemán, o sea organizadísimo en su vesania, que la buena fortuna quiso recompensar. La primera historia que, cuando tenía cinco o seis años, le contó su padre no fue la de Caperucita Roja, sino la de Ulises, Aquiles y Menelao. Tenía ocho cuando anunció solemnemente en familia que se proponía redescubrir Troya y demostrar, a los profesores de Historia que lo negaban, que esa ciudad había existido realmente. Tenía diez cuando escribió en latín un ensayo sobre este tema. Y dieciséis cuando pareció que toda esta infatuación se le había pasado del todo. Efectivamente, se colocó de dependiente en una droguería, donde con seguridad no había descubrimientos arqueológicos que realizar, y a poco embarcó no hacia la Hélade, sino hacia América, en busca de fortuna. Tras pocos días de viaje, el buque se fue a pique y el náufrago fue salvado en las costas de Holanda. Quedóse allí, viendo en aquel episodio una señal del destino, y dedicóse al comercio. A los veinticuatro años era ya un comerciante acomodado, y a los treinta y seis un rico capitalista, del cual nadie había sospechado jamás que entre un negocio y otro hubiese seguido estudiando a Homero. Debido a su profesión se había visto precisado a viajar mucho. Y había aprendido la lengua de todos los países donde estuvo. Sabía, además del alemán y el holandés, francés, inglés, italiano, ruso, español, portugués, polaco y árabe. Su Diario está redactado, efectivamente, en la lengua del país donde sucesivamente está fechado. Pero en la que siempre seguía pensando era el griego antiguo. De improviso cerró Banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Heinrich se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto.


En 1870 se encontraba en aquel asolado y sediento rincón noroeste del Asia Menor donde Homero afirmaba, y todos los arqueólogos negaban, que Troya se hallaba sepultada. Necesitó un año para obtener del Gobierno turco permiso para iniciar las excavaciones en una ladera de la colina de Hisarlik. Pasó el invierno, con un frío siberiano, practicando hoyos con su mujer y sus excavadores. Tras doce meses de esfuerzos inútiles y de gastos delirantes, como para desanimar a cualquier apóstol, un buen día un pico chocó con algo que no era la piedra de costumbre, sino una caja de cobre que, al ser abierta, reveló a los ojos exaltados de aquel fanático lo que él llamó en seguida «el tesoro de Príamo»: miles y miles de objetos de oro y plata. El loco Schliemann despidió a los excavadores, llevó toda aquella fortuna a su barraca, encerróse en ella, adornó a su mujer con los collares, los confrontó con la descripción de Homero, convencióse de que eran aquellos con que se habían pavoneado Helena y Andrómaca, y telegrafió la noticia a todo el mundo. No le creyeron. Dijeron que fue él quien llevó allí toda aquella mercancía, tras haberla acopiado en los bazares de Atenas. Tan sólo el Gobierno turco le dio crédito, pero al objeto de procesarlo por apropiación indebida. Sin embargo, algunas lumbreras más escrupulosas que las demás, como Doerpfeld, Virchow y Burnouf, antes de negar, quisieron investigar sobre el terreno. Y, por muy escépticos que fuesen, tuvieron que rendirse a la evidencia. Continuaron las excavaciones por cuenta propia y descubrieron los restos, no de una, sino de nueve ciudades. La única duda que permaneció en sus mentes no era si Troya había existido, sino cuál de las nueve era aquella que el pico había desenterrado.

Mientras tanto, el loco estaba devanando con su habitual lucidez el lío jurídico en que se había enzarzado con el Gobierno turco. Convencido de que en Constantinopla iban a malograr sus preciosos descubrimientos, mandó a escondidas el tesoro al Museo del Estado de Berlín, que era el más calificado para custodiarlo debidamente. Pagó daños y perjuicios al Gobierno turco, que tenía más interés por el dinero que por aquella quincalla. Después, armado del más antiguo de todos los Baedeker, el Periégesis, de Pausanias, quiso demostrar al mundo que Homero no sólo había dicho la verdad acerca de Troya y de la guerra que en ella se había desarrollado, sino sobre sus protagonistas. Y con gran entusiasmo se puso a buscar, entre las ruinas de Micenas, la tumba y el cadáver de Agamenón. Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados. Después, seguro ya de su camino, quiso dar el golpe de gracia a los escépticos del mundo entero y, sobre las indicaciones de Pausanias, fuese a Tirinto, donde desenterró las murallas ciplópeas del palacio de Proteo, de Perseo y de Andrómeda.

Schliemann murió casi setentón en 1890, tras haber trastornado desde los fundamentos todas las tesis e hipótesis sobre las que hasta entonces se había basado la reconstrucción de la prehistoria griega, inclinada a exiliar a Homero y a Pausanias en los cielos de la pura fantasía. En el hervor de su entusiasmo, acaso demasiado apresuradamente, atribuyó a Príamo el tesoro descubierto en la colina de Hisarlik y a Agamenón el esqueleto hallado en el sarcófago de Micenas. Sus últimos años los pasó polemizando con los que dudaban de ello, y en estos litigios aportó más violencia que fuerza persuasiva. Pero el hecho es que él se consideraba contemporáneo de Agamenón y trataba a los arqueólogos de su tiempo desde la altura de tres milenios. Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás. Y nadie podrá negarle el mérito de haber aportado la luz en la oscuridad que envolvía la historia griega antes de Licurgo.
Indro Montanelli. Historia de los Griegos.

martes, 25 de diciembre de 2018

LAS CINCO EDADES DEL HOMBRE.




Algunos niegan que Prometeo creara a los hombres, o que algún hombre brotara de los dientes de una serpiente. Dicen que la Tierra los produjo espontáneamente, como el mejor de sus frutos, especialmente en la región del Ática, y que Alalcomeneo fue el primer hombre que apareció, junto al lago Copáis en Beocia, incluso antes que existiera la Luna. Actuó como consejero de Zeus, con ocasión de su querella con Hera, y como tutor de Atenea cuando ésta era todavía una muchacha.

Estos hombres constituían la llamada raza de oro; eran súbditos de Crono, vivían sin preocupaciones ni trabajo, comían solamente bellotas, frutos silvestres y la miel que destilaban los árboles, bebían leche de oveja y cabra, nunca envejecían, bailaban y reían mucho; para ellos la muerte no era más terrible que el sueño. Todos ellos han desaparecido, pero sus espíritus sobreviven como genios de los felices lugares de retiro rústicos, donantes de buena fortuna y mantenedores de la justicia.

Luego vino una raza de plata, comedora de pan, también de creación divina. Los hombres estaban completamente sometidos a sus madres y no se atrevían a desobedecerlas, aunque podían vivir hasta los cien años de edad. Eran pendencieros e ignorantes y nunca ofrecían sacrificios a los dioses, pero al menos no se hacían mutuamente la guerra. Zeus los destruyó a todos.

A continuación vino una raza de bronce, hombres que cayeron como frutos de los fresnos y estaban armados con armas de bronce. Comían carne y pan, y les complacía la guerra, pues eran insolentes y crueles. La peste terminó con todos.

La cuarta raza de hombres era también de bronce, pero más noble y generosa, pues la engendraron los dioses en madres mortales. Pelearon gloriosamente en el sitio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y habitan en los Campos Elíseos.

La quinta raza es la actual de hierro, indignos descendientes de la cuarta. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, libidinosos, malos hijos y traicioneros.

Robert Graves. Los Mitos Griegos.





miércoles, 9 de mayo de 2018

ZEUS Y HERA.




Sólo Zeus, el Padre del Cielo, podía manejar el rayo y con la amenaza de su fulguración fatal dominaba a su familia pendenciera y rebelde del monte Olimpo. También ordenaba los cuerpos celestes, dictaba leyes, hacía cumplir los juramentos y pronunciaba oráculos. Cuando su madre Rea, previendo la perturbación que iba a causar su lujuria, le prohibió que se casara, el ,e amenazó airadamente con violarla. Aunque ella se convirtió inmediatamente en una serpiente amenazadora, eso no atemorizó a Zeus, quien se convirtió en una serpiente macho, se enroscó alrededor de Rea formando un lazo indisoluble y cumplió su amenaza. Fue entonces cuando inició su larga serie de aventuras amorosas. Engendró a las Estaciones y a las Tres Parcas en Temis, a las Carites en Eurínome; a las tres Musas en Mnemósine, con quien estuvo acostado durante nueve noches; y, según dicen algunos, a Perséfone, la Reina del mundo subterráneo, con quien se casó forzosamente su hermano Hades, en la ninfa Éstige. Por lo tanto, no carecía de poder ni sobre la tierra ni debajo de ella, y su esposa Hera sólo le igualaba en una cosa: en que todavía podía otorgar el don de la profecía a cualquier hombre o animal que desease.

Zeus y Hera altercaban constantemente. Ofendida por sus infidelidades, Hera humillaba a Zeus frecuentemente con sus intrigas. Aunque él le comunicaba sus secretos y a veces aceptaba sus consejos, nunca confiaba plenamente en Hera y ésta sabía que si le ofendía más allá de cierto punto él la azotaría y hasta descargaría un rayo sobre ella. Por lo tanto recurría a intrigas despiadadas, como en el caso, del nacimiento de Heracles, y a veces tomaba prestado el ceñidor de Afrodita para excitar su pasión y debilitar así su voluntad. Él afirmaba ahora ser el primogénito de Crono.

Llegó un tiempo en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera, Posidón, Apolo y todos los demás olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto cuando dormía en su lecho y lo ataron con correas de cuero crudo, enlazadas en cien nudos, de modo que no pudiera moverse. Él les amenazó con matarlos al instante, pero ellos habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante. Mientras los dioses celebraban su victoria y discutían celosamente quién iba a ser su sucesor, la Nereída Tetis, previendo uña guerra civil en el Olimpo, corrió en busca del gigante de cien manos Briareo, quien rápidamente desató las correas empleando todas sus manos al mismo tiempo, y liberó a su señor. Ya que Hera había encabezado la conspiración contra él, Zeus la colgó del firmamento con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque atado a cada tobillo. Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a liberarla a pesar de sus gritos lastimeros. Al final Zeus se decidió a ponerla en libertad si ellos juraban que no volverían a rebelarse contra él, cosa que hicieron todos ellos por turno y a regañadientes. Zeus, castigó a Posidón y Apolo enviándolos como siervos al rey Laomedonte, para quien construyeron la ciudad de Troya, pero perdonó a los demás por, haber actuado bajo coacción.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

martes, 23 de enero de 2018

GANÍMEDES, EL COPERO DE LOS DIOSES.



Ganímedes, el hijo del rey Tros que dio su nombre a Troya, era el joven más bello de los vivientes y en consecuencia lo eligieron los dioses para que fuera el copero de Zeus. Se dice que Zeus, quien deseaba a Ganimedes también como compañero de lecho, se disfrazó con plumas de águila y lo raptó en la llanura troyana.

Luego, en nombre de Zeus, Hermes regaló a Tros una vid de oro, obra de Hefestos, y dos hermosos caballos en compensación por la pérdida de su hijo, asegurándole al mismo tiempo que Ganimedes se había hecho inmortal, estaba exento de las miserias de la vejez y sonreía, con la jarra de oro en la mano, mientras escanciaba el brillante néctar al Padre del Cielo.

Algunos dicen que Eos fue la primera que raptó a Ganimedes para que fuera su amante y que Zeus se lo quitó. Fuera como fuese, lo cierto es que Hera lamentó el insulto de que habían sido objeto ella y su hija Hebe, hasta entonces copera de los dioses, pero lo único que consiguió fue irritar a Zeus, quien puso la imagen de Ganimedes entre las estrellas como Acuario, el portador de agua.

Robert Graves
Los Mitos Griegos.



lunes, 8 de enero de 2018

NATURALEZA Y HECHOS DE ATENEA





Atenea inventó la flauta, la trompeta, la olla de barro, el arado, el rastrillo, el yugo para bueyes, la brida de caballo, el carro y el barco. Fue la primera en enseñar la ciencia de los números y todas las artes femeninas, como la de la cocina, el tejido y el hilado. Aunque es una diosa de la guerra, no le agrada la batalla, como les agrada a Ares y Eris, sino más bien el arreglo de las disputas y la defensa de la ley por medios pacíficos. No lleva armas en tiempo de paz y, si alguna vez las necesita, se las pide habitualmente a Zeus. Su misericordia es grande: cuando los votos de los jueces se igualan en un juicio criminal en el Areópago, siempre da el voto decisivo en favor de la absolución del acusado. Sin embargo, una vez que interviene en la batalla nunca es derrotada, ni siquiera cuando lucha contra Ares mismo, pues domina mejor que él la táctica y la estrategia, y los capitanes prudentes acuden siempre a ella en busca de consejo.

Muchos dioses, Titanes y gigantes se habrían casado de buena gana con ella, pero ella rechazaba siempre todos los requerimientos amorosos. En una ocasión, durante la guerra de Troya, como no quería pedir a Zeus que le prestase sus armas porque éste se había declarado neutral, pidió a Hefesto que le hiciese un equipo especial para ella. Hefesto no quiso que le pagara y dijo tímidamente que haría el trabajo por amor; cuando, sin sospechar el significado de esas palabras, Atenea entró en la fragua para ver cómo el dios golpeaba el metal candente, Hefesto de pronto se dio media vuelta y trató de violarla. Hefesto, que no siempre se comportaba tan groseramente, había sido víctima de una broma maliciosa: Posidón acababa de infórmale de que Atenea se dirigía a la fragua, con el consentimiento de Zeus, llevada por la esperanza de que le hiciese el amor violentamente. Al apartarse Atenea precipitadamente, Hefesto eyaculó contra su muslo, un poco por encima de la rodilla. Ella se limpió el semen con un puñado de lana, que luego arrojó con asco; éste cayó al suelo en las cercanías de Atenas y fertilizó accidentalmente a la Madre Tierra que estaba allí de visita. Asqueada ante la idea de dar a luz un hijo que Hefesto había tratado de engendrar con Atenea, la Madre Tierra declaró que no aceptaría responsabilidad alguna de su crianza.

«Muy bien —dijo Atenea— yo mismo me encargaré de ello». En consecuencia se hizo cargo de la criatura tan pronto como nació, le llamó Erictonio y, como no quería que Posidón se riese del buen éxito de su chanza, lo ocultó en un cesto sagrado que entregó a Agaluro, la hija mayor del rey ateniense Cécrope, con la orden de guardarlo cuidadosamente.

Cécrope, un hijo de la Madre Tierra y, como Erictonio — quien según algunos era su padre—, en parte hombre y en parte serpiente, fue el primer rey que reconoció la paternidad. Se casó con una hija de Acteo, el primer rey del Ática. También instituyó la monogamia, dividió el país de Ática en doce comunidades, construyó templos dedicados a Atenea y abolió ciertos sacrificios de sangre en favor de modestas ofrendas de tortas de cebada. Su esposa se llamaba Agraulo; sus tres hijas, Aglauro, Herse y Pándroso, vivían en una casa de tres habitaciones en la Acrópolis. Un anochecer, cuando las jóvenes volvieron de un festival llevando en la cabeza los cestos sagrados de Atenea, Hermes sobornó a Aglauro para que le diera acceso a Herse, la más joven de las tres, de la que se había enamorado locamente. Aglauro se quedó con el oro de Hermes, pero nada hizo para ganarlo, porque Atenea hizo que sintiera celos de la buena suerte de Herse; en consecuencia, Hermes se introdujo airadamente en la casa, convirtió a Aglauro en piedra e hizo lo que deseaba con Herse. Después de haberle dado Herse dos hijos a Hermes, Céfalo, el amado de Eos, y Cerice, el primer heraldo de los Misterios Eleusinos, ella, Pándroso y su madre Agraulo sintieron la curiosidad de atisbar debajo de la tapa del cesto que había llevado Aglauro. Al ver un niño con cola de serpiente en vez de piernas, lanzaron gritos de terror y, precedidas por Aglauro, se precipitaron desde lo alto de la Acrópolis.

Cuando se enteró de esta fatalidad, Atenea se afligió de tal modo que dejó caer la enorme roca que había estado transportando a la Acrópolis como fortificación adicional y se convirtió en el monte Licabeto. Y al cuervo que le había llevado la noticia le cambió el color de blanco a negro y prohibió a todos los cuervos que volvieran a visitar la Acrópolis. Erictonio se refugió entonces en la égida de Atenea, donde ella le crió tan tiernamente que algunos la tomaron equivocadamente por su madre. Más tarde llegó a ser rey de Atenas, donde instituyó el culto de Atenea y enseñó a sus conciudadanos el uso de la plata. Su imagen fue puesta entre las estrellas como la constelación del Auriga, puesto que había introducido el carro tirado por cuatro caballos.

Es corriente otro relato, muy distinto, de la muerte de Aglauro, a saber, que en una ocasión en que se lanzó un ataque contra Atenas se arrojó desde la Acrópolis obedeciendo a un oráculo, consiguiendo de este modo la victoria. Esta versión se propone explicar por qué todos los jóvenes atenienses, al tomar por primera vez las armas, visitan el templo de Aglauro y allí dedican su vida a la ciudad.

Atenea, aunque tan modesta como Artemis, es mucho más generosa. Cuando Tiresias la sorprendió un día accidentalmente en el baño, le puso sus manos sobre los ojos y le cegó, pero manera de compensación le dio la linterna.

No queda constancia de que le irritaran los celos más que en una sola ocasión. He aquí la fábula: Aracne, ¿princesa de Colofón en Lidia —famosa por su tinte purpúreo— era tan hábil en el arte del tejido que ni siquiera Atenea podía competir con ella. Cuando le mostraron un paño en el que Aracne había tejido ilustraciones de tos amoríos olímpicos, la diosa lo examinó atentamente para encontrarle un defecto, pero como no pudo hallarlo, desgarró el paño con una ira fría y vengativa. Cuando Aracne, aterrorizada, se colgó de una viga, Atenea la transformó a ella en una araña —el insecto que más odia— y la cuerda en una telaraña, por la que trepó Aracne para ponerse a salvo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


martes, 19 de julio de 2016

GANÍMEDES



Promiscuo y enamoradizo, igual da doncella que mancebo, el todopoderoso Zeus quedó prendado de la belleza juvenil de Ganímedes. El señor del rayo se transformó en aguila, secuestró a Ganímedes y lo llevó consigo al Olimpo. Allí el joven príncipe Troyano acabó convertido en amante de Zeus y copero de los dioses.  

miércoles, 24 de febrero de 2016

MIRMIDONES



Valientes y laboriosos como las hormigas, el nombre de este linaje hace referencia a tan disciplinada criatura. Para el rapsoda Homero, eran la estirpe del reu Mirmidón, descendiente de Zeus y de Eurimedusa. Cuenta la leyenda que el señor supremo del Olimpo se metamorfoseó en hormiga para copular con la princesa Eurimedusa. Según la pluma de Ovidio, los mitos beben de muchas fuentes, Zeus transformó en hombres a las hormigas que vivían en el interior del tronco hueco de un árbol, para repoblar la isla de Egina, después de que una terrible epidemia de peste diezmara la población. Si hacemos caso al geógrafo Estrabón, los mirmidones imitaban a las hormigas, formando largas filas para limpiar de rocas sus pedregosas tierras y proceder a cultivarlas. Incluso hay quien pretende que los mirmidores se llaman así porque moraban bajo tierra, y excavaban túneles y galerias para almacenar el grano. A pesar de su fama de hombres belicosos, el origen de los mirmidones no es el de un pueblo sanguinario, sino por el contrario, de gentes tenaces, trabajadoras y obstinadas como las hormigas. Para nuestra memoria colectiva, una raza valiente y arrojada en el combate, uno de cuyos reyes fue Peleo, el padre de Aquiles. Y junto al héroe de los pies ligeros, los mirmidores acudieron a Troya en busca de fama. Aquellas hazañas no se han olvidado, tres milenios después aún siguen siendo narradas.....

domingo, 29 de noviembre de 2015

ULISES



Musa, dime del hábil varón que en su largo extravio,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.
Muchos males pasó por las rutas marinas luchando
por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres,

pero a estos no pudo salvarlos con todo su empeño,
que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos!
Devoraron las vacas del Sol Hiperión e, irritada
la deidad, los privó de la luz del regreso. Principio
da a contar donde quieras, ¡oh diosa nacida de Zeus!

Cuantos antes habían esquivado la abrupta ruina,
en sus casas estaban a salvo del mar y la guerra;
sólo a él, que añoraba en dolor su mujer y sus lares,
reteniale la augusta Calipso, divina entre diosas,
en sus cóncavas grutas, ansiosa de hacerlo su esposo.

Vino al cabo, al rodar de los años, aquel en que habían
decretado los dioses que el héroe volviese a sus casas
en las tierras de Itaca. En vano seguía con sus penas
y sin ver a los suyos. Dolidas las otras deidades,
disentía Posidón de continuo, enconado en su ira
contra Ulises divino, que erraba de vuelta a su patria.

Homero. Odiesa. Canto I.

miércoles, 10 de junio de 2015

LOS CUATRO CICLOS.



Cuatro son las historias, una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. Los defensores saben que la ciudad será entregada al hierro y al fuego y que su batalla es inútil; el más famoso de los agresores, Aquiles, sabe que su destino es morir antes de la victoria. Los siglos fueron agregando elementos de magia. Se dijo que Helena de Troya, por la cual los ejércitos murieron, era una hermosa nube, una sombra; se dijo que el gran caballo griego en el que se ocultaron los griegos, era también una apariencia. Homero no habrá sido el primer poeta que refirió la fábula; alguien, en el siglo catorce, dejó esta línea que anda por mi memoria: The borgh brittened and brent to brontes and ashes. Dante Daniel Rosetti, imaginaría que la suerte de Troya quedó sellada en aquel instante en que Paris arde en amor de Helena; Yeats elegirá el instante en que se confunden Leda y el cisne que era un dios.

Otra, que se vincula a la primera, es la del regreso. El de Ulises, que, al cabo de diez años de errar por mares peligrosos y de demorarse en islas de encantamiento, vuelve a su Itaca; el de las 
divinidades del Norte que, una vez destruida la tierra, la ven surgir del mar, verde y lúcida, y hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron.

La tercera historia es la de una busca. Podemos ver en ella una variación de la forma anterior. Jasón y el Vellocino; los treinta pájaros del persa, que cruzan mares y montañas y ven la cara de su Dios, el Simurgh, que es cada uno de ellos y todos. En el pasado toda empresa era venturosa. Alguien robaba, al fin, las prohibidas manzanas de oro; alguien, al fin, merecía la conquista de Grial, Ahora, la busca está condenada al fracaso. El capitán Ahab da con la ballena y la ballena lo deshace; los héroes de James o de Kafka sólo pueden esperar la derrota. Somos tan pobres de valor y de fe, que ya el happy- ending no es otra cosa que un halago industrial. No podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno.

La última historia es la del sacrificio de un dios. Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificando a Odín, Él mismo a Sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos.

Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.
El oro de los tigres
Jorge Luis Borges.

domingo, 10 de mayo de 2015

PANFILIOS



Panfilia es el nombre de una región que estaba situada en la costa meridional de Asia Menor, entre Licia y Cilicia, en la Turquía actual. Sus habitantes, llamados panfilios, eran una especie de mezcla sociocultural (Pamphylia en griego significa "todas las razas") de poblaciones nativas, cilicios y colonos griegos, y fueron sometidos por Creso, el último rey de Lidia. En el año 133 a.C. fue convertira en provincia romana. Los panfilios rendían culto a una deidad femenina conocida como Señora de Perge, asimilada con Ártemis.

Según Heródoto portan elementos materiales griegos.
"Los panfilios, equipados con armas helénicas, aportaban treinta naves. Los mencionados panfilios son descendientes de los que, partiendo de Troya, fueron dispersados en compañía de Anfíloco y de Calcante"
Heródoto VII, 91.

Y según Estrabón tienen costumbres cilicias.
"Los panfilios, en cambio, que tienen mucho en común con el pueblo cilicio, no acaban de abandonar sus acciones de pillaje ni dejan vivir a sus vecinos en paz aunque habitan a los pies del Tauro en su vertiente sur"
Geografía XII, 7.2

En su libro XIV de Geografía, en el capítulo cuarto, el geógrafo Estrabón describe Panfilia con más detalle.


PANFILIA.

1. Entre Fasélide y Atalea.
Después de Fasélide está Olbia, una gran fortaleza donde empieza Panfilia, y tras ella el llamado Catarractes, un río muy copioso y torrencial que cae con tal fuerza desde una alta roca que el ruido se oye desde lejos. Luego está la ciudad de Atalea, epónima de Filadelfo, que la había fundado estabelciendo en la pequeña ciudad de Córico un asentamiento colindante de colonos reodeándola con una muralla mayor. Dicen que entre Fasélide y Atalea pueden verse Tebas y Lirneso, siendo de la llanura de Tebas de donde salieron desterrados a Panfilia parte de los cilicios troyanos, según dijo Calístenes.

2 . Desde el río Cestro hasta la frontera con Cilicia Traquea.
Luego está el río Cestro y subiendo por éste, a sesenta estadios, la ciudad de Perge. Cerca de allí en un lugar elevado está el santuario de Ártemis Pergea, en el que se celebra una fiesta anual. Después, a unos cuarenta estadios sobre el mar, está la ciudad de Silio sobre una elevación, visible desde Perge. Luego viene la laguna Capria, de gran tamaño, y después el río Eurimedonte, subiendo por el cual, a sesenta estadios, está la ciudad de Aspendo, fundación de los argivos y muy poblada, y hacia el interio de ésta Petneliso. Luego hay otro río y muchas islas enfrente; luego Side, colonia de los cimeos que tiene un templo de Atenea, y muy cerca la costa de las Cibiratas menores; luego el río Melas y un fondeadero; luego la ciudad de Ptolemaide y después las fronteras de Panfilia y Coracesio, el comienzo de la Cilicia Traquea. Toda la travesía costera panfilia tiene seiscientos cuarenta estadios.

3. Los Panfilios.
Heródoto dice que los panfilios pertenecen a las huestes de Anfiloco y Calcante, una mezcla de gentes que los acompañaron desde Troya; que la mayoría se quedaron a vivir allí, pero algunos se esparcieron por muchos lugares de la tierra. Calino dice que Calcante terminó su vida en Claros, pero que las huestes de Mopso cruzaron el Tauro y unos se quederon en Panfilia mientras que otros se dispersaron por Cilicia y Siria e incluso hasta Fenicia.


jueves, 29 de enero de 2015

ILIONEO



En feroz combate durante la guerra de Troya se enfrentó Ilioneo a Peneleo, la epopeya a uno lo hizo héroe, al otro víctima. 

"Así dijo. Sus jactanciosas frases apesadumbraron a los argivos y conmovieron el corazón del aguerrido Penéleo, que arremetió contra Acamante; el cual no aguardó la acometida del rey Penéleo. Éste hirió a Ilioneo, hijo único que a Forbante -hombre rico en ovejas y amado sobre todos los troyanos por Hermes, que le dio muchos bienes- su esposa le había parido: la lanza, penetrando por debajo de una ceja, le arrancó la pupila, le atravesó el ojo y salió por la nuca, y el guerrero vino al suelo con los brazos abiertos. Penéleo, desnudando la aguda espada, le cercenó la cabeza, que cayó a tierra con el casco; y, como la fornida lanza seguía clavada en el ojo, cogióla, levantó la cabeza cual

si fuese una flor de adormidera, la mostró a los troyanos y, blasonando del triunfo, dijo:

-¡Teucros! Decid en mi nombre a los padres del ilustre Ilioneo que le lloren en su palacio; ya que tampoco la esposa de Prómaco Alegenórida recibirá con alegre rostro a su marido cuando, embarcándonos, nos vayamos de Troya los aqueos."
Homero. Ilíada.


jueves, 22 de enero de 2015

LÉLEGES



Las fuentes clásicas y la arqueología nos sirven para arrojar luz, uno haces al menos, sobre los tiempos oscuros prehelénicos, un periodo en que se fueron poniendo las bases de la brillante cultura griega. Aunque a veces únicamente nos quedan los nombres.

Los léleges son uno de esos grupos humanos prehelénicos que habitaban en Asia Menor, en las costas de Jonia y Caria, y al parecer emparentados con los mismos carios.

"[...] los carios, entonces llamados léleges [...]"
Estrabón XIV, 2, 27.

El rapsoda Homero los cita como aliados de los troyanos en la celebérrima guerra narrada en sus poemas.

"[...] les animaba a matar léleges y troyanos "

De todas fomas los estudiosos del tema no se ponen de acuerdo en cuanto al origen y a la filiación de este pueblo. Aunque lo más aceptado es que los léleges eran un pueblo no griego, asentado en Asia Menor, de los que no es posible conocer su verdadero papel histórico y su área de dispersión geográfica, y que para los autores clásicos ya eran simplemente un nombre. Se supone que procedían de los Balcanes, y que junto a los pelasgos formaron parte de una serie de oleadas migratorias que los condujo hasta Asia Menor. 

"[...] léleges, y ya se ha dicho que antiguamente habían estado errando por muchos lugares de Europa.."
Estrabón XII, 8, 4.

jueves, 15 de enero de 2015

DIOMEDES.



Guerrero indomable natural de Argos, que forjó su leyenda durante la Guerra de Troya, tras haber participado anteriormente en la Conquista de Tebas.



Diomedes sostenía en su mano izquierda la estatua de culto de Atenea como diosa patrona de Troya que había robado junto con Odiseo. Se trata de una escultura romana, copia de una obra griega del 430 a.C. atribuida a Cresilas. La escultura en cuestión preside y da nombre a una de las salas de la Gliptoteca de Munich. 

domingo, 13 de enero de 2013

. . . Y EL HOMBRE DESCUBRIÓ EL ORO . . .

Aproximación al origen de la orfebrería.
El Oro, ese vil metal capaz de corromper a los más inocentes corazones, forma parte de la vida del hombre desde hace unos 7000 años. Fascinado por su belleza el hombre lo ha utilizado para confeccionar objetos diversos, que han servido para indicar la pertenencia a un estatus social superior; siempre ha sido un elemento de diferenciación social. 
Sepultura 43 de la necrópolis de Varna con numerosos objetos de oro.
El oro que se recogía mediante lavado en el lecho de los ríos o se extraía de filones rocosos, no parece haber sido el primer metal que se modeló. A orillas del mar Negro, donde el Danubio vierte sus aguas, en la región búlgara de Varna, encontramos el primer centro importante del trabajo del oro. 

Elementos suntuosos y ornamentales de oro, tales como cuentas, colgantes, adornos en forma de toro e ídolos femeninos, se documentan entre los milenios V y III a.C. en Europa Oriental y Anatolia (Alaça, Hüyük, Sardes, Troya).

Nubia, (parece que en egipcio Nub significa oro), el desierto de Arabia, y Anatolia (valle del río Pactol, famoso por la abundancia de pepitas) eran los lugares en los que se solía recoger el oro.

La fusión, el martilleo, el repujado, la estampación, el granulado, la soldadura o la fabricación de hilos, fueron las técnicas que el hombre fue descubriendo y aprendiendo para poder trabajar y modelar este imperecedero metal.

En Egipto las primeras cuentas de oro, sin una elaboración muy compleja datan del IV milenio a.C. A partir del milenio siguiente las técnicas orfebres se van perfeccionando, como muestran las joyas del rey Dyer, enterrado en Abydos. El oro, con este brillo inalterable que posee, se conviritó en el símbolo perfecto del poder ya la grandiosidad del farón. Por tanto, su importancia era más simbólica que económica. 

En la península de Anatolia destacan vasijas, figurillas y otras piezas de decoración procedentes de Troya y Alaça Hüyük. La cordillera del Cáucaso, el oro y la plata eran también dos metales muy apreciados. 

En Susa, situada en territorio elamita, apreciamos una gran variedad de brazales, anillos, pendientes y adornos para la cabeza y el pecho. Una figurilla de principios del II milenio, "el dios de la mano de oro" pone de manifiesto el contexto de la orfebrería, íntimante relacionada con la monarquía y la divinidad. 

Otro claro ejemplo de esta relación es la tumba del rey Abi Shemu (siglo XVIII a.C.) en Biblos. El cuerpo del monarca fallecido fue depositado en una tumba excavada a unos diez metros de profundidad, dentro de un sarcófago esculpido en piedra y sobre el pecho se le colocó un pectoral de oro que representaba la figura de un halcón con las alas desplegadas. Este pectoral es de clara inspiración egipcia, lo que vuelve a demostrar una vez más los fluidos contactos con el país del Nilo. Además la corona del rey y su cetro eran de bronce y oro, lo que atestiguan las influencias de Mesopotamia. 

Estas piezas de oro sirvieron de inspiración a los diferentes monarcas y territorios de la época, como fueron los casos de las Islas Cícladas y más tarde el resto de Grecia. Vasijas de oro y plata de Eubea, Peloponeso y Creta presentan grandes semejanzas con las de Troya; y las minoicas recuerdan a las Egipcias. 

Oro, metal de reyes y poderosos, tanta importancia se le otorgó, que ni cuando morían, estaban dispuestos a deshacerse de tan preciadas pertenencias.

jueves, 13 de diciembre de 2012

LAOCOONTE

. . . el inocente Laoconte, cometió tres terribles
errores que sellaron su destino;
pasar por el sitio equivocado;
estar allí en un momento inapropiado
y decir lo que nadie era capaz de ver. . .

Laocoonte y sus hijos son castigados por Apolo, que envía dos serpientes, de nombre, Porces y Caribea, para que los asfixie y los sepulte bajo el mar. El desdichado sacerdote Laocoonte trataba de advertir a los incautos troyanos de los peligros que conllevaba el aceptar un presente de unos griegos, que hasta hacía unas horas, intentaban por todos los medios tomar al asalto los altos muros de la ciudad.

¡Necios, no os fieis de los griegos ni siquiera cuando os traigan regalos!
Virgilio, Eneida
Apolo destruyó a Laocoonte y a sus vástagos, Antifante y Timbreo (al que algunos llaman Melanto) , para que no evitaran el éxito del ardid de los griegos.

Ellas, con marcha firme, se lanzan hacia Laocoonte; primero se enroscan en los tiernos cuerpos de sus dos hijos, y rasgan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre que, esgrimiendo un dardo, iba en auxilio de ellos, y lo sujetan con sus enormes anillos: ya ceñidas con dos vueltas alrededor de su cuerpo, y dos veces rodeado al cuello el escamoso lomo, todavía exceden por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. Pugna con ambas manos Laocoonte por desatar aquellos nudos, mientras chorrea de sus vendas baba y negro veneno, y al propio tiempo eleva hasta los astros espantables clamores...
Virgilio, Eneida
Agesandro, y sus hijos, Poludoro y Ahenodoro, de la escuela de Rodas, fueron los artífices de este grupo escultórico realizado en mármol, que sirvió para decorar la Domus Aurea de Nerón y en la actualidad podemos disfrutar en el Museo del Vaticano.

La escultura “Laocoonte y sus hijos” fue descubierta en 1506, y los hombres del Renacimiento vieron en su dramatismo el ideal de la Antigüedad. El mismo Plinio el Viejo en su Historia Natural escribe que esta “obra debe ser situada por delante de todas, no sólo las de arte de la estatuaria, sino también de las de la pintura”.

La escultura muestra una composición piramidal, con la cabeza de Laocoonte como vértice superior. Los artistas rodios insuflaron dramatismo al rostro de Laocoonte, dolor físico por su sufrimiento y dolor humano al contemplar el fatal destino al que había conducido a sus propios hijos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

OLISIPO



Cuenta una leyenda que Lisboa fue fundada por el astuto e intrépido Ulises, una vez finalizada la guerra de Troya y antes de regresar a Ítaca. La ciudad tomó el nombre de Odiseo, en este caso Olisipo. El héroe de la Odisea bien pudo desembarcar en una de la arenosas orillas del río Tajo en su interminable periplo marítimo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

GEOGRAFÍA DE IBERIA ESTRABÓN (XI)




13 Griegos y troyanos en Iberia. Comparación con el Elisio.
Por lo que respecta a los mejores testimonios, puede juzgarse a partir de los siguiente: pues la expedición de Heracles, que se prolongó hasta aquí, y la de los fenicios le pintaron la riqueza y despreocupación de sus gentes: éstas llegaron a estar tan completamente sometidas a los fenicios que la mayor parte de las ciudades de Turdetania y de los lugares cercanos están hoy habitadas por aquéllos. Y me parece que la expedición de Odiseo, que llegó hasta estos parajes y fue conocida por Homero, le dio un pretexto para, a partir de lo ocurrido, transformar tanto la Odisea como la Ilíada en poesía y en la fabulación habitual en los poetas.

Pues no solamente presentan vestigios de estos acontecimientos lugares de Italia y Sicilia y algunos otros, sino que también en Iberia aparece una ciudad Odisea, un santuario de Atenea y otros miles indicios de sus andanzas y las de otros supervivientes de la Guerra de Troya, que perjudicó por igual a los que sufrieron la agresión y a los que tomaron Troya (pues éstos obtuvieron una victoria cadmea), al ser aniquiladas sus casas y no corresponder sino un escaso botín a cada uno; y sucedió que los que se salvaron, cuando estuvieron lejos de los peligros, se dedicaban a la piratería, inlcuidos los griegos, los unos por haber sido expoliados y los otros por vergüenza, pensando cada cual de antemano que es 

en verdad deshonroso estar tanto tiempo [sin los suyos] y volver de vacío

junto a ellos de nuevo. Han sido transmitidas las andanzas de Eneas, Antenor y las de los henetos; también las de Diomedes, Menelao, Menesteo y otros más. El Póeta, que tenía efectivamente información sobre tantas expediciones a los confines de Iberia y sabía de su riqueza y demás excelencias por haberlas revelado los fenicios, ubicó allí la morada de los hombres piadosos y el Campo Elisio, donde dice Proteo que morará Menelao:

Pero a ti el Campo Elisio y al confín de la tierra
te enviarán los Inmortales, donde el rubio Radamantis.
Muy fácil es la vida allí para los hombres:
ni nevada, ni crudo invierno, ni lluvia nunca,
sino que siempre Océano envía brisas de Céfiro
que soplan suaves para aliviar a los hombres

Pues la pureza del aire y el soplo suave del Céfiro son característicos de esta región, por ser occidental y cálida y encontrarse en el extremo de la Tierra, donde según el mito decimos que se sitúa el Hades. En cuanto a Radamantis, mencionado más arriba, evoca la proximidad de Minos, acerca del cual dice Homero:

Allí ví a Minos, hijo ilustre de Zeus,
con cetro de oro, impartiendo justicia a los muertos.

Y los poetas posteriores no cesan de referir cosas en el mismo sentido, la expedición a por las vacas de Gerión y la de las manzanas de oro de las Hespérides, denominando incluso Islas de los Bienaventurados algunas que hoy sabemos que se ven no muy lejos de los promontorios de Maurusia que están frente a Gádira.

viernes, 23 de noviembre de 2012

LOS PUEBLOS GRIEGOS


 Gentes de diversas procedencias frecuentaban el Egeo, y después del cambio de milenio, hacia el 2.000 a.C., el grupo indoeuropeo alcanza los Balcanes, se establecen en Grecia y en las Islas Cícladas. Los diversos grupos colonizadores se suelen dividir en tres grandes ramas: Eolios, Jonios y Dorios.

AQUEOS
Pueblo antiguo de transición entre la leyenda y la historia, genéricamente Homero designa con este nombre a los griegos que se embarcaron en la legendaria expedición contra la ciudad de Troya. Según la mitología, eran descencientes de Aqueo. Habitarían en la región de Acaya, al note del Peloponeso. De todas formas, Aqueos, es más bien una licencia poética, más que una realidad etnográfica.
EOLIOS.
Descencientes, como su nombre parece indicarnos con cierta claridad, del dios Eolo, establecidos en la zona de Tesalia, Beocia y Etolia. Con la llegada de los dorios, una buena parte de ellos emigró a la costa de Asia Menor, donde fundaron varias ciudades y colonias. Además, el dialecto eolio, normalmente se considera una de las primeras formas de la lengua griega.
JONIOS.
Parece ser que estos descencientes de Ion, hermano de Aqueo, fueron uno de los primeros pueblos de habla griega, que alcanzaron las tierras de Grecia Central. Poblaron Ática y Eubea, la mayor parte de las islas del Egeo, fundaron numerosas colonias, y formaron en Asia Menor la Liga Jonia de 12 ciudades, como Éfeso, Samos, Mileto.....y que tenían como lugar común el templo llamado Panionio (Pan-Ionio =común a todos los jonios), en un promontorio en Mycala. Y es en las colonias jonias de la costa minorasiática donde verá la luz la filosofía griega.
DORIOS
Mucho se ha debatido, y aún se continuará debatiendo, sobre la llegada, a hierro y fuego, del pueblo dorio a Grecia, originarios tal vez del valle del Danubio, y cuyo héroe epónimo fue Doro, su conocimiento del hierro le otorgó una superioridad militar ante los otros pueblos de Grecia. Llegaron hacia el 1.200 a.C., siguiendo la estela de los Pueblos del Mar, parece que dieron el golpe de gracia a Micenas, ocuparon Creta, Argólida, Corinto, parte de Asia Menor y el sur de Italia, y en Esparta convirtieron a sus súbditos en Ilotas (esclavos, sin ningun tipo de derechos). Sin embargo, en otros lugares se produjo una fusión gradual con los conquistadores.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

CREUSA, DIDO Y LAVINIA, LOS AMORES DE ENEAS.


Eneas, héroe troyano y protagonista absoluto del poema de Virgilio, además de excelente guerrero y aventurero, fue un consumado seductor. Tres grandes mujeres, de tres lugares lejanos entre sí, sucumbieron a sus encantos y cayeron rendidas a sus pies. 
Troya, la de altos muros, está ardiendo, fortaleza quebrada, agoniza entre llamas, una larga enfermedad de diez años toca a su fin, y el valiente Eneas, hijo de la diosa Venus y el mortal Anquises, consigue escapar junto a su familia de la destrucción absoluta.
Durante la noche, iluminada por altas hogueras e inundada por los gritos apagados de los troyanos moribundos, Eneas huye de la masacre, en una mano lleva a su hijo Julo Ascanio, en la otra porta a los dioses penates, y sobre sus hombros a su anciano y enfermo padre. A escasa distancia, aturdida y herida, le sigue Creusa, su amante esposa, hija de los reyes troyanos Príamo y Hécuba. A partir de esta patética escena, tres mujeres, Creusa, Dido y Lavinia simbolizan la travesía vital del héroe (y de todos y cada uno de nosotros); el pasado, el presente y el futuro. 
CREUSA, EL PASADO QUE QUEDÓ ATRÁS.
Durante la confusión de la huida, la confundida Creusa perdió de vista a su marido, y desapareció entre la multitud que trataba de salvar su vida. Al descubrir su ausencia, Eneas volvió sobre sus pasos para buscarla, pero no hubo suerte. Vagaba apesadumbrado, cuando se le apareció la sombra tenebrosa de su esposa, para decirle al héroe, que ya había muerto, pero que no se entristeciese porque otra esposa le aguardaba hacia Occidente, a orillas del Tíber. 
La gentil Creusa, madre de Ascanio, simboliza el pasado, aquello que ya está muerto y no podemos recuperar, por eso, la muerte de Creusa, acontece la misma noche en que Troya es destruída.  
DIDO, EL PLACER DE DISFRUTAR EL PRESENTE. 
Una vez a salvo, Eneas y sus compañeros construyeron una flota y se hicieron a la mar. Navegaron por el mar Egeo y desde allí pusieron rumbo a Occidente. Eolo desató toda su furia, provocando una horrible tempestad que destruyó la escuadra y arrojó a Eneas a las playas ardientes del Norte de África.
Eneas llegó a Cartago, donde fue bien recibido, agasajado y colmado de atenciones, por parte de su reina. Dido entusiasmada, se enamora perdidamente de Eneas, al que entrega su corazón y su cuerpo; el troyano pierde la razón en los brazos de la voluptuosa reina. Ambos amantes convirtieron sus vidas en un disfrute continuo, abandonándose a los placeres de la carne y el espíritu.  
Pero Venus, diosa de la belleza y el amor, y madre de Eneas, recordó a su hijo el destino que le aguardaba y la importante misión para la que había nacido. Eneas, muy a su pesar, dejó a Dido, marchó de Cartago y puso rumbo a la península italiana. 
Dido herida de amor y desengañada lanzó una maldición sobre Eneas y todo su linaje, enloquecida y desesperada levantó una enorme pira a la que arrojó las ropas del héroe, acto seguido subió a la pira, hundió la espada de Eneas en su pecho y dejó que su cuerpo sirviese de alimento a las llamas. En este caso, el amor de Dido y Eneas simboliza lo efímero del presente, que siempre acaba muriendo.
LAVINIA, LA PROMESA DE UN FUTURO.  
     Eneas llegó a Sicilia, costeó el litoral italiano hasta la desembocadura del Tíber, y ascendió por el río hasta llegar al Lazio. En este punto, finaliza el periplo del troyano por el Mare Nostrum.
En el Lazio gobernaba el rey Latino, hombre honrado y de palabra, que tenía una hija llamada Lavinia. Una antigua profecía disponía que Lavinia se casaría con un caudillo extranjero, y que de su descendencia nacería un pueblo llamado a dominar el mundo entero.
Latino prometió su hija a Eneas, lo que provocó el enfado de Turno, el eterno pretendiente. Eneas y Turno dirimieron por las armas sus diferencias, y lucharon (como en una producción de Hollywood), por el amor de Lavinia. Tras una serie de duras batallas, la suerte de la guerra se decidió en singular combate; Eneas dio muerte a Turno y se casó con Lavinia, cumpliendo así lo dispuesto por el Destino.
"Eneas venciendo a Turno", Lucas Giordano
Al contraer matrimonio con Lavinia, Eneas había alcanzado su futuro, y el de sus descendientes; dos de ellos, Rómulo y Remo fundaron Roma.     
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