Mostrando entradas con la etiqueta Jenofonte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jenofonte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de noviembre de 2018

THE WARRIORS (1979) O ANÁBASIS EN NUEVA YORK.



Pandilleros en territorio hostil. Tribus urbanas ochenteras, capitanes y soldados, territoriales y violentas, coloridas y siniestras, caras pintadas y crestas, chupas de cuero y bates de beisbol, chalecos brillantes y pantalones vaqueros. Ocho jóvenes Warriors han perdido a su líder y deben regresar a casa a través de una ciudad decadente y amenazadora, sucios callejones, barrios dejados de la mano de Dios, matones de medio pelo y chicas fatales. 
 

Los enemigos se multiplican y el peligro adopta múltiples formas, un obstáculo en cada calle, una trampa en cada esquina. Una epopeya contemporánea, aventura atemporal inspirada en la Anábasis de Jenofonte, la expedición de los diez mil, un ejército griego que sufrió todo tipo de penalidades para regresar a su hogar y abrazar a sus esposas. 
 

Warriors elegidos para la gloria. 
 

 
Los miembros de los Baseball Furies se preparan para la guerra. Las calles de Nueva York son un despiadado campo de batalla nocturno. 
 

 
La dureza de las leyes de la calle. 
 
 
 
Los Boppers pretendían ser los más elegantes de toda la ciudad.  
 

The TurnBull AC's patrullan la ciudad nocturna siguiendo el rastro de los fugitivos Warriors. ¿Lograrán darles caza?. Hubo un tiempo en que era una necesidad vital formar parte de una tribu callejera, de una pandilla urbana. El luchador solitario estaba condenado a un errar continuo.
 


El baile de The Lizzies, una banda de chicas que utilizan la seducción, el amor pasajero y las armas blancas para defenderse de los peligros de la ciudad nocturna. 
 
 

Pero siempre amanece y el mar vuelve a convertirse en el último destino. El Océano dispuesto a sosegar el alma. 

sábado, 30 de diciembre de 2017

LOS DIEZ MIL A TRAVÉS DE LA NIEVE.



“Al día siguiente determinaron que había que marchar por donde pudieran hacerlo muy rápido, antes que el ejército armenio se reagrupara y otra vez ocupase los desfiladeros. Tras recoger los bagajes, sin dilación emprendieron la marcha con muchos guías por entre gran cantidad de nieve, y en el mismo día pasaron por la cima en la que Tiribazo pensaba atacar, acampando luego. Desde ese lugar recorrieron, en tres etapas por el desierto, quince parasangas hasta el río Éufrates, y lo cruzaron mojándose hasta el ombligo. Se decía que sus fuentes no estaban lejos de allí. Avanzaron desde el río, a través de una llanura con abundante nieve, en tres etapas, quince parasangas. La tercera etapa fue dura: un viento del norte soplaba en sus caras, quemándolo absolutamente todo de frío y helando a los hombres".


Jenofonte. Anábasis. IV, 5.

viernes, 5 de febrero de 2016

RECORDANDO A SÓCRATES.



Patente de Corso. Columna de Arturo Pérez Reverte en XL Semanal. Publicada el 08/12/2014

Lo hermoso de las bibliotecas, de los libros, es que éstos son como las cerezas. Tiras de uno, y éste arrastra a otros, a los que acaba por llevarte de modo inevitable. Se tejen así maravillosas relaciones, a veces en apariencia imposibles; vínculos entre situaciones o cosas cuyo principal hilo conductor eres tú mismo. A veces, sin embargo, esa asociación es fácil. Lógica. De las que saltan a la vista y de pronto te abruman porque, pese a ser evidentes, no habías sido capaz de verlas hasta ese momento. Eso me ocurrió el otro día, cuando pasaba las páginas de los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte, el que también contó -porque estuvo en ella- la retirada de los 10.000 mercenarios griegos de Persia cuya epopeya conocemos por Anábasis. Desde que lo traduje en el cole vuelvo a Jenofonte de vez en cuando, pues la historia que aquellos hombres avanzando por territorio hostil, buscando el mar para volver a casa, rodeados de enemigos y sabiendo que la palabra derrota significaba exterminio, la he tenido presente muchas veces, y creo que es un estupendo símbolo, o útil vademécum, para muchos de los territorios inciertos por los que transita el hombre moderno.

Pero me desvío. Estaba con el amigo Jenofonte, como digo, y hojeándolo me fui a unas líneas que, a su vez, me hicieron levantarme y buscar en los estantes otro libro, y otro al fin, y al cabo terminé con cuatro o cinco de ellos abiertos alrededor, comparando citas y usando como llave maestra para todos ellos Una profesión peligrosa, de mi querido amigo el profesor Luciano Canfora. Y sucedió que al rato encendí la tele para ver un rato el telediario, y allí -son los azares maravillosos de la vida- salió un político de ésos con los que no terminas de tener claro si son unos sinvergüenzas o unos cantamañanas, aunque sospechas que navegan a remo y a vela, diciendo literalmente: «En una verdadera democracia, la voz del pueblo está por encima de cualquier ley». Y oyéndolo, fui y me dije anda tú, lo bien que suena y lo redondo que me lo habría tragado, a lo mejor, de no haberme pasado tres horas antes con Sócrates, Jenofonte, Canfora y alguno más, leyendo callado y con mucho respeto, no fueran a decir ellos de mí lo que Sócrates dijo que diría Eutidemo: «Nunca me preocupé de tener un maestro sabio, sino que me he pasado la vida procurando no sólo no aprender nada de nadie, sino también alardeando de ello».

Y es que eso es lo bueno de leer cosas. De saber por dónde te andas, o al menos intentarlo. Que cuando vives en una verdadera democracia y te llega un político sinvergüenza o un cantamañanas, o un híbrido de ambos, y te dice que la voz del pueblo -llámese Eutidemo o llámese como se llame- está por encima de la ley, te acuerdas de Sócrates. Y de pronto, lo que sonaba tan bien resulta que ya no suena tanto. Y te da la risa; o a lo mejor, si eres español y a estas alturas te quedan pocas ganas de reír, detalle comprensible, vas y te ciscas en su pastelera madre. Porque te acuerdas, por ejemplo, de la batalla de las islas Arginusas (año 406 a.C.), tras la que unos generales atenienses fueron juzgados y condenados por una asamblea popular que se pasó las formalidades legales por el forro de las túnicas. «Es intolerable que se impida al pueblo hacer su voluntad», argumentaron, proclamando la superioridad de esa voluntad del pueblo frente a la ley que, aplicada con rigor, habría exculpado a los generales. Y lo que es más significativo, amenazaron a los jueces, si se oponían al deseo del pueblo soberano, con ser declarados culpables junto a los generales. Por supuesto, los jueces se curaron en salud y se plegaron a la voluntad popular. Y los generales fueron ejecutados. Sólo Sócrates, que era uno de los jueces, se negó. Con un par. Ni voluntad popular ni pepinillos en vinagre, dijo. Él no reconocía otra autoridad que la ley. Y fue el único.

El pueblo ateniense nunca olvidó aquello. La opinión pública no perdonó que Sócrates se negara a aprobar que la vulneración de la ley, cuando se hace en nombre de una real o supuesta voluntad popular, pueda tolerarse por un Estado sólido, adulto, seguro de sí mismo y de sus instituciones. Y eso influyó más tarde en su proceso, cuando fue sentenciado a suicidarse bebiendo veneno. También allí, llegado el caso, Sócrates fue fiel a sí mismo. En vez de huir, como habría podido hacerlo, permaneció en Atenas, acató la ley que lo condenaba, y pagó con su vida aquella digna coherencia.

Ahora, por simple curiosidad, pregúntense ustedes cuántos políticos españoles saben quién fue Sócrates. Y lo que les importa.

sábado, 10 de octubre de 2015

JENOFONTE.



Caballero ateniense, corresponsal de guerra, soldado en campaña y reportero de viajes. Jenofonte, compañero de los Diez Mil, relató las andanzas, aventuras y desventuras, de un ejército de mercenario griegos en tierras extrañas y hostiles en su maravillosa obra: Anábasis.

sábado, 9 de mayo de 2015

LICAONIOS



"... los licaonios y los cilicios que habitan la Cilicia Traquea"                                                                                  Estrabón, XII, 1, 1

Los licaonios habitaban Licaonia, una histórica región de Asia Menor, que lindaba con otras regiones no menos históricas, Galacia, Capadocia, Cilicia, Pisidia y Frigia.

"Las mesetas de los licaonios son frías, sin árboles, pero con pastos de onagros, el agua es en ellas muy escasa"
Estrabón XII, 6, 1.



Jenofonte, formando parte de la Expedición de los Diez Mil, atravesó Licaonia.

"Desde allí avanzó a través de Licaonia en cinto etapas...."
Jenofonte, 
Anábasis I, 2, 19.


El topónimo Licaonia y el etnónimo Licaonios habría que ponerlo en relación con la palabra "lycos", lobo en griego. Podemos imaginar a los jóvenes licaonios participando de primaveras sagradas y agrupándose en fratrías guerreras en las que el lobo sería el animal totémico. 

lunes, 11 de agosto de 2014

VIENA IMITA A ATENAS.



El Parlamento neoclásico de Viena, intenta captar el espíritu de la arquitectura griega, para a através de la piedra, alcanzar el ideal democrático ateniense. Y por momentos, lo consigue.


La inmensa (en tamaño y sabiduría) diosa Palas Atenea preside el edificio, al igual que durante siglos recibió a los devotos en el interior del Partenón.

Ocho grandes historiadores de la Antigüedad, cuatro griegos y cuatro latinos, flanquean las escaleras, que nos llevan al edificio principal.


Tucídides.


Heródoto.


Jenofonte.


Polibio.


Tácito.


Julio César.


Tito Livio.


Salustio.



La Historia del Arte es un continuo mirar hacia atrás, para rápidamente volver a mirar al frente. En muchas de las grandes obras arquitectónicas el pasado es el vehículo para llegar al futuro, desde un fugar presente. 


...............tras las huellas de Heródoto...........

domingo, 6 de abril de 2014

CÁLIBES



Los cálibes, también escrito chalibes, eran un pueblo que habitaba la zona del Ponto, muy famosos por trabajar el hierro. Y de todos es conocida la gran utilidad de este metal, que permitió al ser humano comenzar su dominio sobre la naturaleza, y al poseedor de armas de este material, someter a sus vecinos. 

De raza escita se especializaron en trabajar el hierro y el acero. A este último metal los griegos llamaban calibs. Por tanto el nombre de la tribu sería "acero". Según el lingüista Archibald Sayce el nombre girego, Chalybe, procedería del hitita, otro pueblo muy vinculado a la metalurgia del hierro. 

Según Plinio (VII, 197) se les considera los inventores del trabajo del bronce. 

Probablemente la tradición griega los relacione con el hierro, y no con otros metales, a pesar de la riqueza minera de su territorio, basándose en la importancia del hierro cultural y socialmente. 

La mayoría de los autores antiguos los ubica en una zona al este del río Halis, entre Paflagonia y la Cólquide. Más o menos en la Armenia histórica. 

Un pueblo con esta habilidad para trabajar el metal era un bocado apetecible para reinos y pueblos más poderosos. Tal fue el caso de Creso, el rey de Lidia, que los sometió junto a otros en su intento de crear un gran imperio.

"Transcurrió el tiempo, y quedaron sometidos casi todos los que viven al oeste del río Halis, pues descontando a los cilicios y a los licios, Creso tenía sometidos a todos los restantes, a saber, a los lidios, frigios, misios, mariandinos, cálibes, paflagonios, tracios, tinos y bitinios, carios, jonios, dorios, eolios y pánfilos"
Heródoto I, 28 

La famosa expedición de los Diez Mil, cuya maravillosa crónica escrita por Jenofonte sigue siendo una de las obras maestras de la literatura universal, también atravesó el territorio donde habitaban los cálibes.

"Los griegos fueron avanzando a través de este país, a veces amigo, a veces enemigo, durante ocho etapas, hasta que llegaron al territorio de los cálibes. Éstos eran pocos y estaban sometidos a los mosinecos, y su medio de vida, para la mayoría de ellos, procedía de la siderurgia.
Jenofonte. Anábasis. V 5,1.

Como ocurre con muchos pueblos de la Antigüedad es Estrabón el que más detallada información nos transmite de ellos. 

Da noticia de que los armenios Artaxias y Zariadris, en la expansión que protagonizaron arrebataron territorios a los cálibes que vivían en vecindad con la Armenia histórica (XI, 14, 5).

En la descripción de las tierras del Ponto, Estrabón se detiene para escribir sobre los cálibes, que basaban su economía en dos actividades: las minas de hierro y plata, y la pesca de pelamydes, que son atunes de un año y de delfines. 

"Los que hoy día se llaman caldeos eran llamados cálibes en la antigüedad. Justo a la altura de su territorio se encuentra Farnacia, que tiene las ventajas naturales de la pesca de pelamídes en el mar, pues ocupa el primer lugar en la captura de este pez, y de la explotación de minas en la tierra, actualmente sólo de hierro pero antiguamente también de plata. La costa es toda ella muy estrecha en estos lugares, pues muy cerca se elevan las montañas llenas de minas y bosques, pero poco cultivadas. Como forma de ganarse la vida les queda por tanto a los mineros las minas y a los marineros la pesca, especialmente de pelamydes y delfines, pues estos últimos se ponen gordos persiguiendo a los bancos de peces, tanto de jóvenes atunes y atunes hembras como de los propios pelamydes, y se vuelven fáciles de capturar porque se acercan muy imprudentemente a la tierra, poniéndose ellos solos el cebo. Así matan estas gentes a los delfines y usan su gran cantidad de grasa para todo". 

Estrabón. XII, 3, 19.

Conocidos, y muy bien, por los griegos, los romanos también tuvieron el placer de saber de su existencia. Los cálibes apoyaron a Mitrídates del Ponto, un auténtico grano en el culo de Roma, en sus enconadas luchas contras las Águilas del Lazio. 

"Aparte de sus fuerzas anteriores, se le unieron como aliados los cálibes,..."
Apiano. Sobre Mitrídates 69.

martes, 23 de abril de 2013

ENIALIO



Enialio es un dios guerrero prehelénico, anterior a la configuración de la Hélade, atestiguado en tablillas micénicas del siglo XIV a.C., y que con posterioridad terminaría asimilándose al más apuesto, famoso y popular, dios del Olimpo, Ares.

Jenofonte, en su relato sobre la "Expedición de los Diez Mil" lo cito en un par de ocasiones, con motivo de las arengas, cántivos e invocaciones previas al combate.

"[...] todos prorrumpieron el grito de guerra, como profieren el alarido guerrero en honor de Enialio, y todos su pusieron a correr".
Jenofonte. Anábasis I, 8, 18.

jueves, 24 de enero de 2013

LOS DIEZ MIL, PROTAGONISTAS DE ANÁBASIS




Los protagonistas, todos aquellos que formaron parte de la legendaria Anábasis, o "Expedicion de los Diez Mil", cuyo sufrido periplo, fue narrado de forma magistral por Jenofonte, y que se reunieron por vez primera en Celenas, son los siguientes. 


Jenias de Parrasia, de la región de Arcadia, estaba al frente de 4000 hoplitas, la temible infantería pesada griega.

" De este modo, Jenias compareció en Sardes con los hombres de las ciudades, alrededor de cuatro mil hoplitas"

Próxeno el Beocio, comandaba un ejército formado por 1.500 hoplitas y 500 gimnetas, literalmente soldados desnudos, carecían de ningún tipo de protección y utilizaban armas arrojadizas, como hondas, flechas y jabalinas.

"Próxeno acudió  con mil quinientos hoplitas y quinientos gimnetas"




Clearco el Espartano, además de convocar a 1000 aguerridos hoplitas, sumó 800 peltastas tracios y 200 arqueros cretenses.

"[..] llegó Clearco, el exiliado lacedemonio, con mil hoplitas, ochocientos peltastas tracios y doscientos arqueros cretenses" 

Menón de Tesalia, dirigia a 1000 de sus hoplitas y 500 peltastas, infantería ligera,  reclutados entre los dólopes, los enianos y los olintios.

"[...] y llegón Menón de Tesalia con mil hoplitas y quinientos peltastas, dólopes, enianos y olintios".

Soféneto de Estinfalia, también de Arcadia, guiaba a 1000 hoplitas, Sócrates de Acaya a 500,  y Pasión de Mégara a 300 hoplitas y 300 peltastas. 

"Soféneto de Estinfalia, con mil hoplitas; Sócrates de Acaya, con cerca de quinientos hoplitas; Pasión de Mégara se presentó con trescientos hoplitas y trescientos peltastas"



Sosias de Siracusa aportó 300 hoplitas.

"Al mismo tiempo se presentó también Sosias de Siracusa con trescientos hoplitas" 

Más tarde, en Iso, se unió a esta fuerza, un grupo de 700 hoplitas lacedemonios, a las órdenas de Quirísofo de Esparta y 400 mercenarios griegos, abandonaron a Abrócomas, uno de los generales del rey Persa, y se unieron a los "Diez Mil". 

"el espartano Quirísofo, hecho venir por Ciro, con 700 hoplitas. [...] En Iso también los griegos mercenarios de Abrócomas, cuatrocientos hoplitas, lo abandonaron y se pasaron al bando de Ciro"




En total, 10700 hoplitas y 2300 auxiliares de infantería ligera,de diferentes procedencias, a cambio de dinero, tomaron parte de una expedición militar, que terminó convirtiéndose en una auténtica Epopeya.

sábado, 13 de octubre de 2012

MOSINECOS CONSTRUCTORES DE TORRES





En las ribereñas e inhóspitas tierras aledañas al Ponto Euxino - mar Negro - habitaban los mosinecos, vecinos de cálibes, tibarenos y macrones. Jenofonte, "el de la expedición de los Diez Mil", cuenta que no encontró a gente más incivilizada y salvaje en todo su interminable camino de vuelta a casa. Se alimentaban, además de la caza, de un áspero pan de castañas, manjares para los bárbaros, pero auténtica pestilencia para los civilizados, y estirados, helenos. 

"los que tomaron parte en la expedición decían que éstos eran los más bárbaros que habían encontrado en su recorrido y los más diferentes de las costumbres griegas"
                                                             Jenofonte. Anábasis V, 4,34 

Su nombre parece que procedía de las torres de madera que construían, desde las que hostigaban a los forasteros, y donde paraban la mayor parte de sus vidas. 

La más alta de todas las torres era la del rey, cuyo cargo era electivo, pero si faltaba a sus obligaciones, se le condenaba a morir de hambre. 

"Su rey, por otro lado, está sentado en las más alta
mosina,
y dicta allí rectas sentencias a un grupo de gente 
numeroso:
¡infeliz! pues si acaso se equivoca alguna vez
dictando su sentencia, 
aquel día lo mantienen encerrado castigándolo con
hambre". 
                                           Apolonio de Rodas.   Argonáuticas


"Algunos viven sobre los árboles o en pequeñas torres, y por eso los antiguos los llamaron mosinecos, pues llamaban a las torres mosines. Viven de la caza y de frutos de cáscara dura, y atacan a los caminantes saltando desde sus armazones de madera".
Estrabón, XII, 3. 18.

A los mosinecos también los cita Heródoto formando parte del numerosos contingente de tropas, que al mando del rey persa Jerjes, intentaron conquistar Grecia.

"Los tibarenos, los macrones y los mosinecos iban equipados como los moscos. He ahí, por orden, sus comandantes: Ariomardo, hijo de Darío y de Pamis, la hija de Esmerdis (el hijo de Ciro), lo era de los moscos y de los tibarenos; de los macrones y los mosinecos lo era Ataictes, hijo de Querasmis, el gobernador de Sesto, en el Helesponto"
Heródoto VII, 78.  

Según nos cuenta Jenofonte, los mosinecos utilizaban la carne de delfín salada y un pan, a base de castañas, como principales alimentos.

"Los griegos, al saquear las plazas fuertes, encontraban en las casas depósitos de panes amontonados que se transmitían de padres a hijos, según contaban los mosinecos, y trigo nuevo guardado con la paja. La mayor parte era espelta. También encontraban en las ánforas lonchas de delfín en salazón y, en vasos, grasa de delfín, que los mosinecos utilizaban como los griegos el aceite de oliva.  En los graneros había muchas nueces lisas, sin ninguna hendidura (castañas). Éste era su alimento principal, que hervían y cocían como pan. Se encontraba también vino que, sin mezclar, parecía agrio por su aspereza, pero mezclado, resultaba aromático y dulce".
                                                       Jenofonte. Anábasis V, 4, 27-29 

  
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...