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domingo, 10 de mayo de 2015

PANFILIOS



Panfilia es el nombre de una región que estaba situada en la costa meridional de Asia Menor, entre Licia y Cilicia, en la Turquía actual. Sus habitantes, llamados panfilios, eran una especie de mezcla sociocultural (Pamphylia en griego significa "todas las razas") de poblaciones nativas, cilicios y colonos griegos, y fueron sometidos por Creso, el último rey de Lidia. En el año 133 a.C. fue convertira en provincia romana. Los panfilios rendían culto a una deidad femenina conocida como Señora de Perge, asimilada con Ártemis.

Según Heródoto portan elementos materiales griegos.
"Los panfilios, equipados con armas helénicas, aportaban treinta naves. Los mencionados panfilios son descendientes de los que, partiendo de Troya, fueron dispersados en compañía de Anfíloco y de Calcante"
Heródoto VII, 91.

Y según Estrabón tienen costumbres cilicias.
"Los panfilios, en cambio, que tienen mucho en común con el pueblo cilicio, no acaban de abandonar sus acciones de pillaje ni dejan vivir a sus vecinos en paz aunque habitan a los pies del Tauro en su vertiente sur"
Geografía XII, 7.2

En su libro XIV de Geografía, en el capítulo cuarto, el geógrafo Estrabón describe Panfilia con más detalle.


PANFILIA.

1. Entre Fasélide y Atalea.
Después de Fasélide está Olbia, una gran fortaleza donde empieza Panfilia, y tras ella el llamado Catarractes, un río muy copioso y torrencial que cae con tal fuerza desde una alta roca que el ruido se oye desde lejos. Luego está la ciudad de Atalea, epónima de Filadelfo, que la había fundado estabelciendo en la pequeña ciudad de Córico un asentamiento colindante de colonos reodeándola con una muralla mayor. Dicen que entre Fasélide y Atalea pueden verse Tebas y Lirneso, siendo de la llanura de Tebas de donde salieron desterrados a Panfilia parte de los cilicios troyanos, según dijo Calístenes.

2 . Desde el río Cestro hasta la frontera con Cilicia Traquea.
Luego está el río Cestro y subiendo por éste, a sesenta estadios, la ciudad de Perge. Cerca de allí en un lugar elevado está el santuario de Ártemis Pergea, en el que se celebra una fiesta anual. Después, a unos cuarenta estadios sobre el mar, está la ciudad de Silio sobre una elevación, visible desde Perge. Luego viene la laguna Capria, de gran tamaño, y después el río Eurimedonte, subiendo por el cual, a sesenta estadios, está la ciudad de Aspendo, fundación de los argivos y muy poblada, y hacia el interio de ésta Petneliso. Luego hay otro río y muchas islas enfrente; luego Side, colonia de los cimeos que tiene un templo de Atenea, y muy cerca la costa de las Cibiratas menores; luego el río Melas y un fondeadero; luego la ciudad de Ptolemaide y después las fronteras de Panfilia y Coracesio, el comienzo de la Cilicia Traquea. Toda la travesía costera panfilia tiene seiscientos cuarenta estadios.

3. Los Panfilios.
Heródoto dice que los panfilios pertenecen a las huestes de Anfiloco y Calcante, una mezcla de gentes que los acompañaron desde Troya; que la mayoría se quedaron a vivir allí, pero algunos se esparcieron por muchos lugares de la tierra. Calino dice que Calcante terminó su vida en Claros, pero que las huestes de Mopso cruzaron el Tauro y unos se quederon en Panfilia mientras que otros se dispersaron por Cilicia y Siria e incluso hasta Fenicia.


sábado, 9 de mayo de 2015

LICAONIOS



"... los licaonios y los cilicios que habitan la Cilicia Traquea"                                                                                  Estrabón, XII, 1, 1

Los licaonios habitaban Licaonia, una histórica región de Asia Menor, que lindaba con otras regiones no menos históricas, Galacia, Capadocia, Cilicia, Pisidia y Frigia.

"Las mesetas de los licaonios son frías, sin árboles, pero con pastos de onagros, el agua es en ellas muy escasa"
Estrabón XII, 6, 1.



Jenofonte, formando parte de la Expedición de los Diez Mil, atravesó Licaonia.

"Desde allí avanzó a través de Licaonia en cinto etapas...."
Jenofonte, 
Anábasis I, 2, 19.


El topónimo Licaonia y el etnónimo Licaonios habría que ponerlo en relación con la palabra "lycos", lobo en griego. Podemos imaginar a los jóvenes licaonios participando de primaveras sagradas y agrupándose en fratrías guerreras en las que el lobo sería el animal totémico. 

sábado, 23 de febrero de 2013

SERTORIO Vidas Paralelas - Primera Parte


I. No es maravilla quizá que en un tiempo indeterminado, inclinándose ora a una parte y ora a otra la fortuna, los acontecimientos vuelvan a repetirse muchas veces con las mismas circunstancias. Porque si hay una muchedumbre infinita de accidentes, la fortuna tiene un poderoso artífice de la semejanza de los sucesos en lo indefinido de la materia, y si los acontecimientos están contraídos a un número prefijado, es necesario también que muchas veces los mismos efectos sean producidos por las mismas causas. Hay algunos, por tanto, que, complaciéndose en cotejar lo que han leído u oído de esta clase de accidentes, forman una colección de los que parecen hechos de intento y con meditado discurso, como, por ejemplo, que habiendo habido dos Atis, personajes ilustres, el uno Siro y el otro Arcade, ambos fueron muertos por jabalíes. De dos Acteones, el uno fue despedazado por sus perros, y el otro, por sus amadores. De dos Escipiones, por el uno fueron primero vencidos los Cartagineses, y por el otro fueron después arruinados del todo. Troya fue tomada por Heracles, a causa de los caballos de Laomedonte; por Agamenón, mediante el caballo llamado de madera, y tercera vez, por Caridemo, a causa del accidente de haberse caído un caballo en las puertas y no haber podido los Troyanos cerrarlos prontamente. De dos ciudades que tienen nombres de dos plantas de suavísimo olor, Ío y Esmirna, en la una se dice haber nacido el poeta Homero y haber muerto en la otra. Ea, pues, añadamos a estos acasos el que entre los grandes generales, los más guerreros y que más grandes cosas acabaron por la astucia y la sagacidad todos fueron tuertos: Filipo, Antígono, Aníbal y éste de quien ahora escribimos, Sertorio; el cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos, más humano que Aníbal con los contrarios, y, no habiendo sido inferior a ninguno en la prudencia, fue muy inferior a todos en la fortuna, la que siempre le fue más adversa que sus más poderosos enemigos, y, sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado caudillo de unos bárbaros, fue digno competidor de la pericia de Metelo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de Sila y de todo el poder de los Romanos. A éste, el que encontramos más semejante entre los Griegos es el Cardiano Éumenes: ambos eran nacidos para mandar ejércitos; ambos eran fecundos en estratagemas; ambos, arrojados de su país, fueron caudillos de gentes extrañas, y a ambos, finalmente, fue en su muerte muy dura y violenta la fortuna, porque perecieron traidoramente a manos de aquellos mismos con quienes habían vencido a los enemigos.

II.- Nació Quinto Sertorio en la ciudad de Nursia, país de los Sabinos, de oscuro linaje. Criado con esmero por su madre, viuda, habiendo quedado huérfano de padre, parece que fue con extremo amante de aquella, de la cual se dice haber tenido por nombre el de Rea. Ejercitóse en las causas con bastante aplauso, y siendo aún joven llegó, según es fama, a adquirir cierto poder en Roma por su elegancia en el decir; pero su sobresaliente mérito y sus hazañas en la milicia llamaron hacia esta parte su ambición.

III.- En primer lugar, cuando los Cimbros y los Teutones invadieron la Galia, militó con Cepión, y habiendo los Romanos peleado débilmente y entregádose a la fuga, no obstante haber perdido su caballo y hallarse herido, pasó el Ródano a nado, costándole mucho el vencer, embarazado con la coraza y el escudo, la contraria corriente: ¡tan fuerte y robusto era su cuerpo, y tan sufridor del trabajo en fuerza del ejercicio! En segundo lugar, cargando aquellos con numerosísimo ejército y terribles amenazas, de manera que se reputaba por cosa extraordinaria que un Romano se mantuviera en formación y obedeciera al general, fue enviado por Mario en observación de los enemigos. Vistióse el traje de los Galos, y, aprendiendo lo más común del idioma para poder contestar oportunamente, se metió entre los bárbaros; de donde, habiendo visto por sí unas cosas y preguntado otras a los que tenía a mano, regresó al campamento. Concediósele entonces el prez del valor, y habiendo dado durante toda la expedición muchas pruebas de prudencia y de arrojo, adquirió fama y se ganó la confianza del general. Después de esta guerra de los Cimbros y Teutones fue enviado a España de tribuno con el pretor Didio, y se hallaba en cuarteles de invierno en Cazlona, ciudad de los Celtíberos. Sucedió que, insolentes los soldados con la abundancia, y dados a la embriaguez, incurrieron en el desprecio de los bárbaros, los cuales enviaron a llamar a sus vecinos de Orisia; éstos, yendo de casa en casa, acabaron con ellos; pudo, sin embargo, Sertorio evadirse con unos pocos, y recogiendo a otros que también huían dio la vuelta en rededor a la ciudad, y hallando abierta la puerta por donde los bárbaros habían entrado secretamente, no cayó en el error de éstos, sino que, poniendo guardias y tomando todas las avenidas, dio muerte a todos los que estaban en edad de llevar armas. Ejecutado esto, mandó a todos los soldados que dejaran sus propias armas y vestidos y adornándose con los de los bárbaros le siguieran a otra ciudad, de donde salieron los que en la noche los habían sorprendido. Con la vista de las armas logró que estos otros se engañaran, y hallando abierta la puerta se le vinieron a las manos gran número de habitantes, que creían salir a recibir a sus amigos y conciudadanos, que volvían después de conseguido su intento; así fue que muchos recibieron la muerte en la misma puerta, y otros que se entregaron fueron vendidos como esclavos.

IV.- Hízose con esto Sertorio muy celebrado en España; apenas volvió a Roma, fue nombrado cuestor de la Galia Cispadana, en ocasión de urgencia; amenazando, en efecto, la Guerra Mársica, se le dio el encargo de levantar tropas y de reunir armas, y como hubiese puesto mano a la obra con una diligencia y prontitud muy diferente de la pesadez y delicadeza de los demás jóvenes, adquirió fama de hombre activo y eficaz. Mas no por haber sido promovido a la dignidad de caudillo aflojó en el denuedo militar, sino que, ejecutando brillantes hazañas, y arrojándose sin tener cuenta de su persona a los peligros, quedó privado de un ojo, habiéndoselo sacado en un encuentro. De esta pérdida hizo después vanidad toda la vida, diciendo que los demás no llevaban siempre consigo el testimonio de los premios alcanzados, siéndoles forzoso dejar los collares, las lanzas y las coronas, cuando él tenía siempre consigo las señales de su valor; y los que eran espectadores de su infortunio lo eran al mismo tiempo de su virtud. Tributóle también el pueblo el honor que le era debido: porque al verle entrar en el teatro le recibieron con aplausos y con expresiones de elogio, distinción de que con dificultad gozaban aun los más provectos en edad y más recomendados por sus méritos. Pidió el tribunado de la plebe; pero, oponiéndosele la facción de Sila, quedó desairado; por lo que parece fue desde entonces enemigo de éste. Después, cuando Mario, vencido por Sila, tuvo que huir, y éste se ausentó para hacer la guerra a Mitridates, como uno de los cónsules, Octavio, mantuviese el partido de Sila, y Cina, que aspiraba a cosas nuevas, tratase de suscitar la facción vencida de Mario, arrimóse a éste Sertorio; y más viendo que el mismo Octavio estaba fluctuante y solo no se atrevía a fiarse de los amigos de Mario. Trabóse una acción reñida en la plaza entre ambos cónsules, en la que quedó vencedor Octavio, y Cina y Sertorio, que habían perdido poco menos de diez mil hombres, huyeron; pero como hubiesen podido reunir con sus persuasiones la mayor parte de las tropas esparcidas por la Italia, volvieron muy pronto en estado de poder medir las armas con Octavio.

V.- Habiendo regresado Mario del África, y puéstose a las órdenes de Cina, como correspondía lo hiciese un particular respecto de un cónsul, los demás eran de opinión de que convenía recibirle; pero Sertorio se opuso, bien fuera por creer que Cina le atendería menos luego que tuviese cerca de sí a un militar de más nombre, o bien por la dureza de Mario, no fuera que lo echara todo a perder, abandonándose a una ira que pasaba todos los términos de lo justo cuando quedaba superior. Decía, pues, que era muy poco lo que les quedaba que hacer hallándose ya vencedores, y que si recibían a Mario éste se arrogaría toda la gloria y todo el poder, siendo hombre desabrido y muy poco de fiar para la comunión de mando. Respondiále Cina que discurría con acierto; pero que él estaba entre avergonzado y dudoso para alejar a Mario, a quien él mismo había llamado a tener parte en la empresa; a lo que le repuso Sertorio: “Pues yo, en el concepto de que Mario había venido a Italia por impulso propio, reflexionaba sobre el partido que convendría tomar; pero tú no has debido conferenciar sobre este negocio cuando llega el que tú deseabas que viniese, sino admitirle y valerte de él, pues que la palabra empeñada no debe dejar lugar a reflexiones”. Resolvióse, por tanto, Cina a llamar a Mario, y, habiendo repartido las tropas en tres divisiones, las mandaron los tres. Terminóse la guerra; y entregados Cina y Mario a toda crueldad e injusticia, tanto que a los Romanos les parecían ya oro los males de la guerra, se dice que sólo Sertorio no quitó a nadie la vida, por aversión, ni se ensoberbeció con la victoria, sino que antes se mostró irritado de la conducta de Mario; y hablando a solas a Cina e intercediendo con él logró ablandarlo. Finalmente, como a los esclavos que tuvo Mario por camaradas en la guerra, y de quienes se valió después como ministros de tiranía, les hubiese dado éste más soltura y poder de lo que convenía, concediéndoles o mandándoles unas cosas, y propasándose ellos a otras con la mayor injusticia, dando muerte a sus amos, solicitando a sus amas y usando de toda violencia con los hijos, no pudo Sertorio llevarlo en paciencia, y hallándose reunidos en un mismo campamento los hizo asaetar a todos, que no bajaban de cuatro mil.

VI.- Falleció luego Mario; Cina fue muerto de allí a poco, y Mario el joven se arrogó, contra la voluntad de Sertorio y con quebrantamiento de las leyes, el consulado; los Carbones, los Norbanos y los Escipiones hacían tibiamente la guerra a Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por cobardía y desidia de los generales y otras por traición se malograban. En este estado era inútil su presencia para unos negocios enteramente desesperados, por el poco tino de los que tenían en sus manos el poder. Por colmo de desorden, Sila, que tenía su campo al frente del de Escipión y hacía correr la voz de que se gozaría de paz, corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno y advirtió a Escipión, no pudo hacérselo entender. Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para España, con la mira de anticiparse a ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, a costa de subsidios y remuneraciones, que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos y le decían no ser digno de un procónsul romano pagar tributo a unos bárbaros despreciables; mas él, no poniendo atención en lo que a éstos les parecía una vergüenza, “Lo que compro - les respondio- es la ocasión, que es lo que más suele escasear a los que intentan cosas grandes”; así continuó ganando a los bárbaros con dádivas, y apresurándose ocupó, la España. Halló en ella una juventud floreciente en el número y en la edad; pero como la viese mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando, a causa de la codicia y malos tratamientos de los Pretores que les habían cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales, y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo que principalmente se hizo estimar fue con librarlos de las molestias de los alojamientos. Obligó, en efecto, a los soldados a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Sin embargo, no se debió todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo armado de los Romanos allí domiciliados a los que estaban en edad de tomar las armas, y habiendo construído naves y máquinas de todas especies, de este modo tuvo sujetas a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo temible a los enemigos con sus prevenciones de guerra.

VII.- Habiéndole llegado noticia de que Sila dominaba en Roma, y la facción de Mario y Carbón había sido arruinada, al punto receló que el ejército vencedor iba a venir contra él con algunos de los caudillos, y se propuso cerrar el paso de los montes Pirineos por medio de Julio Salinátor, que mandaba seis mil infantes. Fue, en efecto, enviado de allí a poco por Sila Gayo Anio, el cual, viendo que la posición de Julio era inexpugnable, se quedó en la falda, sin saber qué hacerse; pero habiendo muerto a traición a Julio un tal Calpurnio, dicho por sobrenombre Lanario, y abandonando los soldados las cumbres del Pirineo, seguía su marcha Anio con grandes fuerzas, arrollando los obstáculos. Considerábase Sertorio muy desigual, y retirándose con tres mil hombres a Cartagena, allí se embarcó, y atravesando el Mediterráneo aportó al África por la parte de la Mauritania. Sorprendieron los bárbaros a sus soldados, mientras, sin haber puesto centinelas, se proveían de agua, y habiendo perdido bastante gente se dirigía otra vez a España; vióse, no obstante, apartado de ella, por haber tenido la desgracia de dar con unos piratas de Cilicia, y arribó a la isla Pitiusa, donde desembarcó, habiendo desalojado la guarnición que allí tenía Anio. Acudió este bien pronto con gran número de naves y cinco mil hombres de infanteria; Sertorio se preparaba a pelear con él en combate naval, aunque sus buques eran de poca resistencia, y dispuestos más bien para la ligereza que para la fuerza; pero, alborotado el mar con un violento céfiro, perdió la mayor parte de ellos, estrellados en las rocas por su falta de peso, y con sólo unos pocos, arrojado del mar por la tempestad y de la tierra por los enemigos, anduvo fluctuando por espacio de diez días; y luchando contra las olas y contra tan deshecha borrasca se vio en mil apuros para no perecer.

VIII.- Habiendo por fin cedido el viento, aportó a unas islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que hubo de partir; y pasando por el Estrecho Gaditano, dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de España, poco más arriba de la embocadura del Betis, que desagua en el mar Atlántico, dando nombre a la parte que baña de esta región. Diéronle allí noticia unos marineros, con quienes habló de ciertas islas del Atlántico, de las que entonces venían. Éstas son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan del África diez mil estadios, y se llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones, sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde vienen en un vasto espacio van decayendo y pierden su fuerza; y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores de lluvias suaves y escasas, por lo común, con una serenidad humectante es con la que refrigeran y con la que mantienen las plantas, de manera que hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy válida, haber estado allí los Campos Elisios, aquella mansión de los bienaventurados que tanto celebró Homero.

IX.- Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis, hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra, y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros, a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que, muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles, y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron muchas gentes del África, por tener a sus órdenes un ejército griego, compuesto de los que fueron allí trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había menester, y aun esto por pura dádiva.

Plutarco

lunes, 5 de noviembre de 2012

CIETAS


Indomable pueblo de Capadocia que se rebeló siempre que pudo contra los dominadores romanos. La piratería en Cilicia era endémica y proverbial, y los cietas, si bien no eran marinos, si que aprovechaban las zonas montañosas para dedicarse a sus actividades depredatorias.


En cierta ocasión,  un grupo de cietas que se negaban a pagar tributo al rey Arquelao de Capadocia, se retiró a la cima del Tauro, lugar propicio para lanzar rápidos ataques contra las indolentes tropas del rey. El legado, Marco Trebelio, enviado por el gobernador de Siria, al frente de cuatro mil legionarios, cercó a los cietas y convirtió sus colinas en una auténtica ratonera de la que pocos pudieron escapar. 

"Por aquel entonces, el pueblo de los cietas, sometido a Arquelao de Capadocia, como se les exigía, según el sistema romano, declarar su patrimonio y pagar los tributos, se retiró a las cimas del monte Tauro, donde la naturaleza del lugar lo protegía contra las tropas poco belicosas del rey, hasta que el legado Marco Trebelio, enviado por Vitelio, gobernador de Siria, con cuatro mil legionarios y tropas auxiliares escogidas rodeó de fortificaciones las dos colinas en las que los bárbaros se habían establecido - la menor se llama Cadra, y la otra Davara -. Contra los que se atrevían a salir empleó la fuerza de las armas, contra los restantes la sed, para obligarlos a la rendición"
Tácito. Anales VI, 41


Durante el imperio de Claudio, Troxoboro se puso al frente de los cietas y se dedicó a cometer actos de rapiña sobre las tranquilas poblaciones enclavadas en los valles y en la costa, para posteriormente huir hacia los riscos montañosos. Mas como todo rebaño se dispersó tras la muerte de su pastor.

"No mucho después, los pueblos salvajes de Cilicia llamados cietas, que se habían sublevado en diversas ocasiones, al mando de Troxoboro acamparon sobre unas arriscadas montañas; desde allí bajaban a la costa o a las ciudades y osaban atacar a campesinos y ciudadanos, y las más veces a mercaderes y barqueros. Pusieron sitio a la ciudad de Anemurio (actual Anemur, en la costa, frente a Chipre), y la caballería enviada desde Siria en su ayuda con el prefecto Curcio Severo fue desbaratada, pues los ásperos lugares circundantes, apropiados para un combate de infantería, no se prestaban a una batalla ecuestre. A continuación, Antíoco, rey de aquella región costera, empleando halagos con la plebe y el engaño con su jefe, consiguió dispersar las tropas de los bárbaros; y, tras haber dado muerte a Troxoboro y a algunos otros, aplacó a los demás con la clemencia."
Tácito. Anales XII, 55


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