viernes, 8 de marzo de 2013

SOBRE IBERIA DE APIANO (XVIII)


34 Sedición en el ejército de Escipión. 
Después de estos sucesos, Escipión cayó enfermo y Marcio asumió el mando del ejército. Pero todos aquellos soldados que habían gastado sus ganancias a causa de su vida disipada, juzgando que, por no tener nada, nada digno de sus fatigas habían conseguido y que Escipión los despojaba de su fama y sus hechos gloriosos de armas, hicieron defección de Marcio y acamparon por su cuenta. Se unieron a ellos muchos otros procedentes de las guarniciones, y algunos, llevando dinero de parte de Magón, intentaban persuadirlos para que se pasaran a su lado. Los amotinados tomaron el dinero, eligieron generales y centuriones entre ellos, dispusieron a su manera los demás asuntos y se pusieron a sí mismos bajo disciplina militar tomándose mutuos juramentos. Cuando Escipión se enteró, mandó decir a los sublevados que, debido a su enfermedad, no les había podido recompensar y, de otro lado, a los demás les apremió a que hicieran deponer su actitud a sus compañeros amotinados, y en común a todos les envió otra carta, como si ya estuvieran reconciliados, diciéndoles que les iba a recompensar de inmediato. Y les dio la orden de que marcharan, al punto, a Cartago Nova en busca de provisiones.

35 Escipión toma medidas para sofocar la sedición. 
Cuando fuero leídas estas cartas, algunos sospechaban, otros, en cambio, les daban crédito, de modo que llegaron a un acuerdo y todos a la vez se pusieron en camino hacia Cartago Nova. Al aproximarse éstos, Escipión dio la orden a los senadores que le acompañaban de que cada uno de ellos tomase como compañero a uno de los cabecillas de la sedición, cuando se acercaran, y lo recibiese como huésped, como si fuera a aconsejarle en tono amigable, y lo retuviera a ocultas prisionero. Ordenó también a los tribunos militares que cada uno tuviera dispuestos con sus armas a los hombres más fieles al rayar el alba sin ser vistos y que, ocupando los lugares estratégicos de la asamblea a intervalos, en el caso de que alguien se pusiera de pie con idea de causar algún disturbio, lo asaetearan y mataran inmediatamente sin orden previa. Él en persona, poco después de despuntar el día, se hizo llevar a la tribuna y envió por los alrededores a los heraldos para convocar a la asamblea. La proclama los cogió de improviso y, sintiendo vergüenza de que su general, todavía enfermo, estuviera aguardándoles y creyendo que eran convocados para el asunto de las recompensas, se precipitaron corriendo en tropel desde todos los lugares, unos sin ceñirse las espadas, otros vestidos sólo con la túnica, sin haber tenido lugar de ponerse toda su indumentaria. 
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