miércoles, 24 de junio de 2026

ITALIA'90. BRASIL 0 - ARGENTINA 1.

 


24 de Julio en delle Alpi, bajo un calor sofocante, el genio de la lámpara volvió a sacar su varita, para asistir de forma magistral al hijo del viento. Genial asistencia de Maradona y gol de Claudio Caniggia. Un gol grabado en la retina de los buenos aficionados al fútbol.

 



Argentina contra Brasil, Maradona y Careca, compañeros ayer, rivales hoy, la samba contra el tango, en juego, el reinado de América. Pocos enfrentamientos levantan tantas pasiones como un Brasil-Argentina en una copa del mundo. 

 


Brasil se presenta un poco menos defensivo, se desmelena un poco y estrella el balón hasta tres veces en los postes de Goycochea. Pero Argentina cuenta con el genio de Maradona y aprovecha una de las raras oportunidades en el minuto 80: Diego deja atrás a una serie de rivales y asiste a Caniggia, dejándolo solo frente a Taffarel. El astuto Bilardo encontró la manera de bloquear las subidas de los laterales brasileños cerrando los espacios por las bandas. Lazaroni, en cambio, no aprovechó la oportunidad de cambiar su esquema de juego introduciendo de inmediato a otro hombre en el mediocampo o en el ataque, dado que los albicelestes tenían solo un delantero en el campo.

 


Bilardo contra Lazaroni, dos estrategas que ven el fútbol más allá del balón. Dos generales que distribuyen sus tropas, dan órdenes sin parar y reparten misiones a sus soldados. La Canarinha y la Albiceleste se miran en un espejo, Galvao, Rocha y Ricardo de un lado, Simón, Ruggeri y Monzón del otro, y un centro del campo minado de soldados, y algunos guerrilleros sueltos, como Maradona, Caniggia, Valdo y Careca. 

 


Un Argentina - Brasil siempre es mucho más que un partido de fútbol, un duelo de pasiones. Nadie celebra tanto la victoria, ni llora tanto una derrota.  

 


Carlos Dunga, comandante del cuerpo de operaciones especiales. Misión, vigilar de cerca al Diego y colaborar con los compañeros de la línea defensiva.  

 




Ricardo Rocha y Diego Maradona dándolo todo en el campo.  

 


Luis Muller y el Vasco Olarticoechea, velocidad frente a orden y colocación.  

 


Monzón y Careca, pareja de baile. El atacante no tuvo la suerte de cara. 

 


Troglio y Valdo, choque de volantes. Mucho mediocampismo en Delle Alpi.  

 


Óscar Ruggeri, campeón en el '86 y de nuevo un pilar defensivo, muy difícil de sustituir. Y aún le quedaron fuerzas para ser titular en el mundial del '94.  

 


Sergio Goyocoechea encontró en los palos y el larguero a unos valiosos aliados.  

 


Un muro amarillo para frenar a Maradona.  

 


Claudio Caniggia, imparable.  

 




Dunga, Careca (con la ayuda de Goycoechea) y Alemao, antes del gol argentino los jugadores brasileños estrellaron tres balones en los palos. Los partidos como este se definen en los pequeños detalles.  

 


Desaparecido durante todo el partido, unos segundos de magia son suficientes para derrotar a una desconcertada Brasil. 

 


El hijo del viento, magistralmente asistido por Diego Maradona, marca un gol, que aún hoy, varias décadas después, aún se celebra en Argentina.  

 


"Han intentado drogarnos". Esta es la denuncia que días después del partido realizó el defensa brasileño Branco.  "En el primer tiempo tenía la boca seca, me encontraba cerca del banquillo de los argentinos y pedí algo de beber. Me pasaron una botella: la etiqueta era de Gatorade. La bebida estaba fresca, pero con un sabor extraño; ciertamente el contenido no era el indicado. Poco después, sentí una gran pesadez en la cabeza. Luego se lesionó Maradona; casi había terminado el primer tiempo. El masajista de los argentinos estaba en el campo con el botiquín de primeros auxilios y las botellas. Uno de los nuestros se acercó para saciar su sed y él le advirtió que no tomara de la que yo había bebido; le indicó la otra": la destinada a los futbolistas.»

 


 

Una auténtica bofetada al fútbol fue, en cambio, el éxito de Argentina sobre Brasil. Yo no le haría reproches a Lazaroni, porque su equipo tuvo al menos ocho posibilidades de pasar y no las aprovechó, cómplices también tres postes. Lamentablemente, ganó el "no-juego" de los hombres de Bilardo y el habitual Maradona, al cual le bastó una invención para mandar a gol a Caniggia y resolver el encuentro. No sé si estos argentinos tendrán vida larga en el Mundial: ciertamente hasta ahora han cosechado más de lo que han sembrado. (Gigi Maifredi) 

 



¿Por qué no me entienden? (Perché non mi capite?).  

 Italia la tiene tomada conmigo y yo sufro por ello. (L'Italia ce l'ha con me e io ne soffro)
 

Es mi último Mundial: esperaba vivirlo de una manera diferente. (È il mio ultimo Mondiale: speravo di viverlo in maniera diversa)

    ¿Las manos? En el fútbol siempre han existido. A quienes mi critican les pido que sean más realistas. (Le mani? Nel calcio sono sempre esistite. A chi mi critica chiedo di essere più realista)
 

No soy arrogante: sino simple y frágil. (Non sono arrogante: ma semplice e fragile)
 

¿Los mejores de Italia 90? Matthäus y Donadoni. ¿El «10» ideal? Baggio. (I migliori di Italia 90? Matthäus e Donadoni. Il «10» ideale? Baggio).

 

Una entrevista realizada por Francesca Sanipoli para Guerin Sportivo.  

 

 Al verlo así, con la barba descuidada, el tobillo vendado en una antiestética armadura de gasas, pomadas y bolsas de agua caliente, las chanclas de plástico blanco con su nombre escrito a bolígrafo, «Diego 10», tiene el aire de alguien que acaba de estar en Lourdes pero se lo ha encontrado cerrado. Un guerrero insatisfecho, un Don Quijote en perenne lucha contra algún molino de viento. En el último Mundial de su vida, Diego Armando Maradona se transforma en «maradona» y se deja llevar por un desahogo al cianuro contra los tópicos itálicos y la no menos itálica (y atávica) aversión por los ganadores. Porque él es un ganador a pesar de todo, a pesar de ese aspecto suyo de «terrateniente adinerado» y de su aire de «aquí está lo que queda de mí».

Un día cualquiera, en el gimnasio de Trigoria, a horcajadas sobre un banco: «Lo siento», dice, «pero no puedo ofrecer nada más cómodo». Ha llegado hasta allí cojeando, hacia ese banco. Arrastrándose, casi, con esas chanclas de dos duros. Después de haber escuchado por enésima vez, casi como un tormento, la agitada crónica de la radio argentina del gol de Caniggia propiciado por él contra Brasil.

 

Entonces sí que las puertas de Lourdes se habrían abierto de par en par ante Diego Armando y ante esta Argentina suya, un poco desvencijada como él. La camiseta azul «perfectamente ajustada», el pendiente «de descanso» (nada de brillantes: solo un pequeño aro de oro, el mínimo indispensable), las muñecas cargadas de amuletos, las manos (sí, sus manos...) pesadas por anillos vistosos. Aquí está el futbolista más famoso del mundo: en el silencio del gimnasio, el hombre pequeño recupera poco a poco todo su carisma, mientras el vacío de la gran sala le devuelve, cada vez, su última palabra.

Maradona, usted está en su último Mundial...


«Sí, lo confirmo: este es mi último Mundial. Un Mundial vivido de una manera muy particular».


— ¿Por qué?
«Porque Italia la tiene conmigo y esto me hace sufrir. Lo siento, pero no puedo devolverle el 'scudetto' al Milan. Ni lo quiero. Porque este segundo 'scudetto' ha hecho feliz a mi equipo, a la gente de Nápoles y a mi presidente, que me paga para ganar. Respeto a los italianos cuando aplauden su bandera, pero desprecio a los italianos cuando abuchean mi himno».

 

— Quienes abuchearon su himno, sin embargo, no son todos los italianos.
«Ustedes tienen a Italia dividida en pedazos, no sé cómo lo hacen. Yo no creo que un país pueda ser despedazado, aunque viviendo en Nápoles me he dado cuenta de que es una ciudad diferente a las demás, dejada un poco de lado...».

— Tiene un aire muy amargado: ¿por qué?
«Me había preparado muy bien para este Mundial. Luego tuve fiebre de 40 durante diez días, me tuvieron que inflar a inyecciones, tuve que pasar días en la cama. Puma tuvo que prepararme 40 pares de botas,  porque he tenido problemas tanto en el pie izquierdo como en el derecho, no he podido entrenarme como habría debido. No obstante, en el campo no me ha ido mal, porque he aprovechado todo el trabajo que había hecho antes, durante el campeonato. Pero luego llegó enseguida Camerún y no pude hacer nada. Si la fórmula hubiera sido diferente, de este Mundial habríamos salido en la primera ronda».

Ha habido muchos presagios negativos para Argentina en vísperas de este Mundial: ¿quién sabe si, debido a estas cosas, usted lo ha considerado un campeonato de alguna manera maldito?

 

«Creo en estas cosas: pero, cuando puedo, trato de... no creer en ellas y mirar los hechos. Los hechos dicen que en este Mundial no hemos tenido la misma suerte que en México, donde no hubo tantas lesiones como aquí. Primero Valdano, luego Pumpido. Son cosas que solo ahora se pueden contar, porque antes habrían parecido excusas, coartadas. En el 86, por ejemplo, teníamos a Carmando, que resolvía muchísimos problemas físicos, como el de mi tobillo. Esta vez tuve que ir a visitarlo a Marino para que me aplicara una pomada y una bolsa de agua caliente. Pero Carmando no habría podido, de todos modos, resolver el problema de Pumpido, por poner solo un ejemplo».

— ¿Esta dependencia suya de Carmando no podría resultar ofensiva para los médicos que lo han tratado?

«Nadie debe ofenderse: todos saben cuánto aprecio a Carmando y cuánto me ayudó durante el Mundial del 86».

— ¿Qué ha cambiado dentro de usted desde entonces?

«Que soy cuatro años mayor. Y me siento cuatro años mayor. He acumulado cuatro años más de amarguras. Pero tenía en mente un gran Mundial, a pesar de que Argentina no ha tenido el recambio necesario para formar una gran Selección. Con ganas y con el corazón, de todos modos, hemos jugado un buen Mundial, aunque haya equipos netamente más fuertes que nosotros en circulación».

— Entre ellos usted había puesto a Brasil, al que luego vencieron...

«Brasil demostró que yo no me equivocaba: nos tuvo contra las cuerdas durante 80 minutos, jugando durante todo el partido frente a nuestra portería. Argentina supo golpear cuando Brasil estaba cansado, pero esto no le quita nada a su superioridad».

Se siente un poco culpable por cómo ganó el Nápoles el scudetto y por cómo su mano salvó a Argentina contra la Unión Soviética?

«En lo que respecta al scudetto, no fui yo quien metió las manos, sino más bien Alemao el que metió la cabeza».

— ¿Y usted considera que «vale» lo mismo que el de 1987?

«Absolutamente sí, porque nosotros tuvimos el episodio de la moneda, pero el Milan no supo ganar en Verona de todas formas. Y además, el Nápoles en Bérgamo no había perdido, sino empatado, por lo que habríamos ganado igualmente por un punto».

— ¿Qué efecto le produce jugar con los pies pero oír hablar siempre de sus manos?
«Las manos, en el fútbol, han existido siempre. En esto no busco excusas, pero pido que seamos realistas y honestos. Todos pueden equivocarse, incluso Piola lo hizo. Pero, no sé por qué, cuando está de por medio Maradona se arma el fin del mundo. Quizás porque le caigo antipático a la gente...».

— No se haga la víctima.
«No es victimismo lo mío, sino una constatación de la realidad. Meter la mano en el balón es un acto instintivo, pero también es un truco que se aprende desde los equipos juveniles. La única diferencia es que allí no hay cámaras ni un estadio lleno. Pero si Maradona mete la mano es un deshonesto. Esto no lo acepto: ser pícaro forma parte del juego. Hay muchísimas faltas que se le pueden escapar a un árbitro, y no me parece una razón válida para mandarlo a la cárcel. O para acusar a un jugador de deshonestidad. Y además, no me parece justo castigar solo a los árbitros que le caen antipáticos a la FIFA. O todos o ninguno. Agnolin, por ejemplo: no es precisamente un gran amigo mío, con él he tenido varias polémicas. Sin embargo, no es justo lo que le han hecho».

— En resumen, ¿según usted qué debería decir la gente ante un gol salvado con la mano?

«Si el árbitro no se ha dado cuenta, se debería decir que el jugador ha sido pillo. El fútbol, por lo demás, no es una ciencia exacta. Por Maradona todos se desatan. Cuando fui a recibir un premio de la "Gazzetta dello Sport", por ejemplo, estaban otros jugadores, como Passarella. Bueno, de los demás la Rai volvió a emitir los goles más bonitos del Mundial de México; de mí emitieron las imágenes del gol de mano y de la amonestación que recibí durante la final. No digo que la culpa sea de la "Gazzetta". Habrá sido culpa de la Rai...».




— ¿Pero no será que usted sufre un poco de manía persecutoria?
«No, yo miro los hechos. Sé que le caigo antipático a la mayoría de la gente que no me conoce en persona».

— ¿Por qué, según usted?
«Porque todos me ven fuerte, ganador, arrogante. Y no saben que en realidad soy una persona sencilla, sensible, vulnerable, en ciertos momentos incluso frágil. Pero en el fútbol no le regalo nada a nadie. En el fútbol yo quiero ganar, aunque del otro lado del campo esté uno de mis mejores amigos. Cuando derrotamos a Brasil lloré por Careca. El pensamiento por él fue lo primero que me asaltó tras la victoria. Pero cuando juego yo salgo siempre al campo para ganar. Si no fuera así, entonces sí que sería un deshonesto».

¿Cuál es la cosa más falsa que se ha dicho sobre usted?
«Podríamos escribir un libro».

— ¿Pero cuál es la que más le ha dolido?
«Que soy un buen jugador, pero que como hombre no valgo nada: es lo que en Italia se oye decir más a menudo y es un cliché que suelen poner en circulación personas de mala fe. ¿Cómo se permiten? Actrices, políticos, personalidades, abren la boca y hablan de mí sin haberme visto nunca si no es en televisión o en los periódicos. Yo que me siento parte del fútbol no le digo al alcalde cómo debe gobernar la ciudad o al ministro del interior qué decisiones tomar o a un actor cómo actuar. Y sin embargo, soy lo suficientemente famoso como para poder decir la mía, según vuestra costumbre, sobre cualquier tema. Cada vez que concedo una entrevista debo replicar, desmentir...».

— Es el precio que se paga por ser Maradona.
«Sí, pero ahora Maradona está harto. Jugaré tres años más, hasta que expire mi contrato con el Nápoles en el 93, y luego me iré. Basta de fútbol. Con este tipo de fútbol. No quiero que algún estúpido de mala fe le diga un día a Dalma que su padre es un canalla».

— ¿Existe, al menos, algo de verdad que se haya dicho sobre usted?
«Que cuando se me conoce de verdad no se puede evitar quererme. Desafío a cualquiera que haya tenido que ver conmigo de cerca durante dos, tres años, a hablar mal de Maradona».


Volviendo al fútbol jugado, ¿cuál es el equipo que más le ha impresionado en este Mundial?
«Si debo ser sincero, ninguno. He visto más bien realidades, confirmaciones. Pero nada nuevo. Decían que Brasil iba a jugar de un modo diferente respecto a los otros Mundiales, en cambio hacen siempre las mismas cosas».

— ¿El jugador que más le ha gustado?
«He visto las confirmaciones de Matthäus y Caniggia. Pero soy un gran admirador de Donadoni: para mí es el jugador italiano más fuerte, y es uno de los que pondría en mi Selección ideal».

— ¿A quiénes más pondría en su Selección ideal?
«No sería un equipo muy objetivo, porque pondría a mis mejores amigos».

— ¿Incluido Maradona?
«Yo soy el entrenador, debo quedarme en el banquillo».

— Y en su lugar, en el campo, ¿a quién pondría?
«A Gullit, Matthäus o Baggio. Baggio por las ganas que tiene de jugar. Creo que mi mayor virtud como entrenador sería la de lograr entender si y hasta qué punto un jugador tiene verdaderamente ganas de salir al campo».

— ¿Es su peor defecto, no solo como entrenador?
«Digo siempre lo que me dicta el corazón».

— ¿Aunque sea a costa de salir perjudicado?
«No me arrepiento de nada: todo lo que he dicho lo he sentido siempre».

— ¿Cómo ve su futuro?
«Querría tomarme un poco de vacaciones y luego volver a Nápoles para intentar ganar otra vez. En la Copa de Europa la otra vez jugué solo una ronda, luego nos echaron. Estoy en tratativas precisamente en estos días con el presidente Ferlaino para establecer el día y la hora exacta de mi regreso... Así esperamos evitar los líos del año pasado».

— ¿Qué sueña hoy?
«Una casa en el campo donde estar en paz con mi esposa y mis hijas. Finalmente lejos de este fútbol hecho de palabras, mentiras y malicia». 

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