13 de junio de 1990. Argentina 2 - Unión Soviética 0. Grupo B. En el estadio San Paolo, la "casa italiana" de Diego Maradona, Argentina no podía volver a fallar. En un partido que tuvo de todo, la albiceleste derrotaba a un combinado soviético al que no le salía nada.
A los doce minutos de juego Argentina sufre un duro mazazo, el arquero titular, el campeón del mundo en México '86, el bético Nery Pumpido sufría una gravísima lesión.
Desde el banquillo, sin tiempo para calentar, saltó un semidesconocido Sergio Goycoechea que jugaba la liga colombiana con Millonarios. Poco podía imaginar en aquellos momentos en que acabaría convertido en uno de los grandes protagonistas de la cita mundialista.
Los sustos no acaban para Argentina. Minutos después de la lesión de Pumpido, Diego Maradona salva con la mano una ocasión de gol con cero - cero en el marcador. Con el reglamento actual, penalti y expulsión. La Mano de Dios volvió a salvar a Argentina.
Otra vez la mano de Dios. La prensa italiana no estaba dispuesta a dejar pasar ni una al Pelusa.
La prensa internacional se hizo eco de la polémica.
Bilardo frente a Lobanovski, un duelo de experimentados estrategas. En esa ocasión el duelo se lo llevó el argentino.
Bilardo revolucionó el once. Ruggeri y Fabbri salieron para que entraran Monzón y Serrizuela. Olarticoechea por Sensini, Troglio por Lorenzo y Caniggia por Balbo. Lobanovski sentó a Dassaev, reforzó la retaguardia con Zygmantovich y puso arriba toda la dinamita que tenía. Monzón y Serrizuela apuntalaron la defensa y controlaron a Protasov y compañía. Pedro Troglio aportó trabajo y un magnífico gol de cabeza. Y Caniggia dotó al equipo de una punta de velocidad que carece con Balbo.
Los jugadores soviéticos, con Alexander Uvarov a la cabeza, saltan al terreno de juego. Argentina espera.
Gorlukovic sigue de cerca de Claudio Caniggia, un joven y rápido delantero, capaz de crear peligro en décimas de segundo.
Sergei Aleinikov intentando parar a Maradona. Cuando se juega contra tipos como Diego es necesario que todo el equipo se sacrifique en labores defensivas.
El rápido Igor Shalimov frente al experimentado Vasco Olarticoechea.
Zygmantovich el encargado de marcar a Maradona. Poco a poco el marcaje al hombre comenzaba a desaparecer como fórmula defensiva.
Potente testarazo de Pedro Troglio.
Definitivamente, la Unión Soviética le fue esquiva la fortuna en su última Copa del Mundo. La mano de Maradona que Fredriksson no vió (o no quiso ver), la expulsión de Bessonov (minuto 48) y el desafortunado pase atrás de Kuznetsov que asistió a Burruchaga para anotar el segundo gol.
El problema de la URSS quizá es Gorbachov . . . por Arrigo Sacchi.
Al final de la segunda «jornada», aún no es posible redactar juicios definitivos. Excepto Alemania Occidental, todos los equipos han alternado actuaciones buenas con otras apenas suficientes. Tedeschi uber alles, por tanto, y para el resto la situación parece fluida. He aquí que: sinceramente, no me esperaba un inicio diferente. Es difícil explicar el motivo, pero lo mejor —en las competiciones mundiales— comienza cuando los partidos son de eliminación directa y las ganas de ganar prevalecen —por razones obvias— sobre el miedo a perder. Desde el punto de vista táctico, he visto formaciones bien organizadas pero todavía un poco contraídas.
Y precisamente por esto, Camerún ha merecido el honor de los titulares a nueve columnas. N'Kono y compañía han saltado al campo sin temores reverenciales y han sabido suplir las carencias técnicas con mucha sana competitividad. A propósito de Camerún (y de Egipto: menos espectacular pero igualmente encomiable): me parece que el fútbol africano está mereciendo —a base de resultados— una mayor consideración y, en el futuro, sería deseable una ampliación de la participación de representantes africanos en la Copa del Mundo. Esperas a los ases italianos, brasileños o holandeses y, en cambio, te ves «obligado» a aplaudir a Omam-Biyik y otros simpáticos desconocidos que de repente —incluso por culpas ajenas— se convierten en reyes por una noche.
Pero la mayor decepción la ha proporcionado la URSS. ¿Qué ha sido del equipo que habíamos admirado en la Eurocopa del '88? La que puso en campo en los días pasados Lobanovski era lenta, previsible, poco agresiva, disgregada. Para explicar un colapso semejante, quizá es necesario sacar a colación factores extra deportivos. Me pregunto, por ejemplo, cuánto ha influido el proceso de democracia querido por Gorbachov en el modo de vivir (y por tanto de entender el fútbol) de los soviéticos. Quién sabe, quizá esta es una pista equivocada: pero a mí, si me permiten, la duda me queda...













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