19 de Junio de 1990. Olímpico de Roma. Italia 2 - Checoslovaquia 0. Grupo A. Tres de tres. La selección anfitriona, sin terminar de convencer, termina la primera fase con tres victorias, cuatro goles a favor y cero en contra.
Italia estrena delantera. Schillaci que ya había disputado minutos en los dos encuentros anteriores, marcando un gol providencial frente a Austria, y Roberto Baggio, que se estrenaba por la puerta grande en un mundial.
Carnevale desapareció del once y no volvió a disputar ningún minuto. Vialli regresó al once en la semifinal frente a Argentina. La dupla Carnevale-Vialli no llegó a funcionar en ningún momento.
Vialli, la gran esperanza de Italia, no fue capaz de seducir a la diosa Fortuna. Su falta de puntería frente a Austria y ese penalti estrellado contra el poste de Meola, lastraron a Luca. Campeón de todo a nivel de clubes, no pudo levantar ningún título con la Azzurra. Su errática actuación en Italia '90 y la no clasificación para la Euro'92 le cerraron definitivamente las puertas de la selección. Y eso que prolongó su carrera brillantemente durante casi una década más.
Los veintidós gladiadores prestos para el combate. Las gradas enfervorecidas vibran con cada acción. En la capital del Mundo Antiguo el fútbol ocupa el lugar de los combates de gladiadores. Del Coliseo al Olímpico de Roma.
Un apasionante encuentro con el primera plaza del grupo A en juego. El poderoso centro del campo checoslovaco contra el poder ofensivo del triángulo Donadoni-Baggio-Schillaci. Vicini lanza su caballería ligera al asalto de la fortaleza checoslovaca.
Ambos equipos disponían de un contundente entramado defensivo. Miroslav Kadlec y Franco Baresi ejercían de comandantes supremos desde la línea de fondo. Y en la punta de ataque duelo de goleadores, Schillaci vs Skuhravy.
Walter Zenga se emplea a fondo. El arquero interista mantuvo un gran nivel a lo largo de todo el campeonato.
Zenga, Maldini, De Napoli, Berti, Ferri y Bérgomi.
Agachados Schillaci, Roberto Baggio, Gianini, Donadoni y Franco Baresi.
Nicola Berti, el armador de juego italiano.
1 - 0. Salvatore Schillaci.
La cabeza de Schillaci es un poderoso martillo percutor, especialista en perforar redes contrarias.
Roberto Baggio, un espectador de lujo.
Contratiempo. Roberto Donadoni se retira lesionado tras un encontronazo con el portero checoslovaco. Salta al campo Luigi de Agostini.
Baggio, Schillaci, De Agostini, conexión juventina.
2 - 0. Roberto Baggio. Un slalom eterno, fue la carta de presentación de Baggio ante el mundo fútbol. Gianini cede al mago . . . .
. . . sortea adversarios y corre hacia la gloria.
Una definición que forma parte de la leyenda de la Copa del Mundo.
"Pero a este punto, como en las novelas por entregas, será oportuno dar un paso atrás. Habíamos dejado a Italia entre los primeros silbidos del Olímpico, al término de la no muy emocionante victoria sobre los Estados Unidos, con la perspectiva concreta de perder el liderato del grupo y verse obligada a un arduo peregrinaje por las sedes periféricas. En aquel clima de incipiente protesta había madurado la revolución silenciosa de Azeglio Vicini: el estreno de la pareja Baggio-Schillaci, la arrolladora cabalgada sobre Checoslovaquia, azotada por la velocidad de los "fantasistas" azzurri. Un partido de intensa y conmovedora belleza, capaz de hacer florecer de nuevo los entusiasmos apenas adormecidos. Italia se proyectó a una clasificación con puntuación completa, igualada en esto solo por Brasil; totalmente exclusivo, en cambio, el récord de imbatibilidad conservado por Zenga tras tres partidos". Adalberto Bortolotti en Guerin Sportivo.
Totó me caes mal. La opinión de Gianni de Felice.
Caro Totò, o mejor dicho, señor Schillaci, si se va mejor, quisiera decirle de inmediato, al abrir la columna, dos palabras. De elogio y de estima, naturalmente. Oh, no sonría con irónica y quizás irritada conmiseración, pensando que me estoy subiendo al carro del vencedor en el último momento. Quizás lo piensen, al comenzar a leer estas líneas, incluso mis veinticuatro lectores: por modestia me atribuyo al menos uno menos que Manzoni y seguramente un par más que Aldo Busi. Me gusta decepcionarlos. No estoy aquí para decirle —por último, a la llegada al andén diecinueve con el vagón de carga— que usted es un fenómeno, que ha salvado a Italia, que sin sus dos goles quién sabe dónde estaríamos, y que yo se lo había dicho a Vicini. No, huraño y anguloso joven de la Vucciria, "caruso" de mirada baja por astucia y orgullo. Confesando haberlas ya hecho —como todos— en tiempos, ¡ay!, no tan recientes, dejo estas desenvueltas marchas atrás a mis hermanos de la tribuna de prensa más jóvenes. Empiecen ellos a retorcerse en sus patéticas acrobacias dialécticas para demostrar, "disemmin insci", que donde habían escrito Negro querían decir Blanco. El de arriba, querido Totò, ya ha consumido tantos bancos de tribuna de prensa en cada rincón perdido y conocido del mundo, que ya puede permitirse decirle, con una franqueza que precisamente usted apreciará, que me caía mal antes y me sigue cayendo mal ahora que se ha vuelto grande, famoso, heroico, intercontinental. Un hombre de una sola pieza como usted, serio como usted, me concederá al menos el respeto que se le debe a quien no cambia de chaqueta. A cambio, le ofreceré una explicación sencilla. Al no tener el placer de conocerle personalmente, usted me cae mal solo por el hecho de que ha dado y sigue dando la tabarra con esa historia del hijo del Sur, de la sicilianidad respetada y ofendida, del meridional olvidado y oprimido. Y puesto que yo también soy hijo del Sur emigrado, pero no por ello me he sentido nunca ofendido, humillado, olvidado u oprimido, he sentido el deber de advertirle contra este lamento de retaguardia. De recordarle que en la ciudad que le acoge han jugado y dejado raíces ilustres hijos del Sur: le recomiendo, como ejemplo, a Beppe Furino, a quien he adorado como ejemplo de atleta y de profesional y a quien siempre vuelvo a ver con entusiasmo. En resumen, bendito muchacho, de Palermo a Turín se llega ya en una hora y veinte minutos de avión: ¿por qué quiere seguir imaginándose como el calabresito con el fardel enviado lacrimosamente por Edmondo De Amicis desde los Apeninos a los Andes?
Más allá de esto, querido Totò, no queda más que las dos palabras de elogio y estima. Me he declarado de acuerdo con Francesco Scoglio, quien le definía no como "un futbolista, sino un jugador de fútbol". No cambio de idea mientras no cambie de juego. Pero mientras tanto, me complace reconocerle que, mientras los "futbolistas" cuidaban con tanta atención el desarrollo racional de la maniobra hasta olvidar dónde está la portería y considerarse exentos de cualquier deber de gol, usted, de simple "jugador de fútbol", no ha deshojado tantas berzas y no se ha andado con rodeos, sino que se ha situado en el lugar adecuado en el momento adecuado y ha marcado goles decisivos para la historia azul. Bravo por esto. Usted, querido Totò, no es solo un jugador de fútbol: sino —y perdóneme la brutalidad de la expresión— un jugador con pelotas, en el sentido —¡cómo decir!— hormonal de la locución. (Aldo Busi que se tranquilice, no quiero hacerle la competencia. A estas alturas la lengua cotidiana ha llegado incluso a los diccionarios. La Editorial Le Monnier de Florencia me envía el nuevo diccionario Devoto-Oli, espléndido e indispensable para estar al día con el italiano moderno, y dentro encuentras pacíficamente catalogada la palabra "casino", que hace treinta años causaba algún embarazo incluso a los suboficiales mayores). He aquí que, Totò Schillaci, usted ha dado una lección admirable de concisión y concreción. En dos palabras ha dicho lo que ciertos finos oradores azules no conseguían decir en no sé cuántos partidos. Después de lo cual —otro mérito que le acredito con sincera admiración— usted no se ha ensañado y no ha transformado el éxito en venganza: al contrario, ha gestionado con insólita sobriedad las toneladas de gloria que le han caído encima. En definitiva, querido Totò, en estas semanas he comprendido que usted no es el quejumbroso que parecía, sino un verdadero hombre con redaños. Y esto, créame, ya le hace a mis ojos un tanto menos antipático.



























No hay comentarios:
Publicar un comentario