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lunes, 27 de mayo de 2019

SCHLIEMAN, EL SOÑADOR QUE ENCONTRÓ TROYA.




El mejor modo de pagar a nuestro contemporáneo Heinrich Schliemann los enormes servicios que nos ha prestado reconstruyendo la civilización clásica, creo que es incluirle entre sus protagonistas, como él mismo mostró desear ardientemente, eligiendo, en pleno siglo XIX, a Zeus como dios, elevando a él sus oraciones, poniendo de nombre Agamenón a su hijo, Andrómeca a su hija, Pélope y Telamón a sus servidores, dedicando a Homero toda su vida y su dinero.

Era un loco, pero alemán, o sea organizadísimo en su vesania, que la buena fortuna quiso recompensar. La primera historia que, cuando tenía cinco o seis años, le contó su padre no fue la de Caperucita Roja, sino la de Ulises, Aquiles y Menelao. Tenía ocho cuando anunció solemnemente en familia que se proponía redescubrir Troya y demostrar, a los profesores de Historia que lo negaban, que esa ciudad había existido realmente. Tenía diez cuando escribió en latín un ensayo sobre este tema. Y dieciséis cuando pareció que toda esta infatuación se le había pasado del todo. Efectivamente, se colocó de dependiente en una droguería, donde con seguridad no había descubrimientos arqueológicos que realizar, y a poco embarcó no hacia la Hélade, sino hacia América, en busca de fortuna. Tras pocos días de viaje, el buque se fue a pique y el náufrago fue salvado en las costas de Holanda. Quedóse allí, viendo en aquel episodio una señal del destino, y dedicóse al comercio. A los veinticuatro años era ya un comerciante acomodado, y a los treinta y seis un rico capitalista, del cual nadie había sospechado jamás que entre un negocio y otro hubiese seguido estudiando a Homero. Debido a su profesión se había visto precisado a viajar mucho. Y había aprendido la lengua de todos los países donde estuvo. Sabía, además del alemán y el holandés, francés, inglés, italiano, ruso, español, portugués, polaco y árabe. Su Diario está redactado, efectivamente, en la lengua del país donde sucesivamente está fechado. Pero en la que siempre seguía pensando era el griego antiguo. De improviso cerró Banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Heinrich se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto.


En 1870 se encontraba en aquel asolado y sediento rincón noroeste del Asia Menor donde Homero afirmaba, y todos los arqueólogos negaban, que Troya se hallaba sepultada. Necesitó un año para obtener del Gobierno turco permiso para iniciar las excavaciones en una ladera de la colina de Hisarlik. Pasó el invierno, con un frío siberiano, practicando hoyos con su mujer y sus excavadores. Tras doce meses de esfuerzos inútiles y de gastos delirantes, como para desanimar a cualquier apóstol, un buen día un pico chocó con algo que no era la piedra de costumbre, sino una caja de cobre que, al ser abierta, reveló a los ojos exaltados de aquel fanático lo que él llamó en seguida «el tesoro de Príamo»: miles y miles de objetos de oro y plata. El loco Schliemann despidió a los excavadores, llevó toda aquella fortuna a su barraca, encerróse en ella, adornó a su mujer con los collares, los confrontó con la descripción de Homero, convencióse de que eran aquellos con que se habían pavoneado Helena y Andrómaca, y telegrafió la noticia a todo el mundo. No le creyeron. Dijeron que fue él quien llevó allí toda aquella mercancía, tras haberla acopiado en los bazares de Atenas. Tan sólo el Gobierno turco le dio crédito, pero al objeto de procesarlo por apropiación indebida. Sin embargo, algunas lumbreras más escrupulosas que las demás, como Doerpfeld, Virchow y Burnouf, antes de negar, quisieron investigar sobre el terreno. Y, por muy escépticos que fuesen, tuvieron que rendirse a la evidencia. Continuaron las excavaciones por cuenta propia y descubrieron los restos, no de una, sino de nueve ciudades. La única duda que permaneció en sus mentes no era si Troya había existido, sino cuál de las nueve era aquella que el pico había desenterrado.

Mientras tanto, el loco estaba devanando con su habitual lucidez el lío jurídico en que se había enzarzado con el Gobierno turco. Convencido de que en Constantinopla iban a malograr sus preciosos descubrimientos, mandó a escondidas el tesoro al Museo del Estado de Berlín, que era el más calificado para custodiarlo debidamente. Pagó daños y perjuicios al Gobierno turco, que tenía más interés por el dinero que por aquella quincalla. Después, armado del más antiguo de todos los Baedeker, el Periégesis, de Pausanias, quiso demostrar al mundo que Homero no sólo había dicho la verdad acerca de Troya y de la guerra que en ella se había desarrollado, sino sobre sus protagonistas. Y con gran entusiasmo se puso a buscar, entre las ruinas de Micenas, la tumba y el cadáver de Agamenón. Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados. Después, seguro ya de su camino, quiso dar el golpe de gracia a los escépticos del mundo entero y, sobre las indicaciones de Pausanias, fuese a Tirinto, donde desenterró las murallas ciplópeas del palacio de Proteo, de Perseo y de Andrómeda.

Schliemann murió casi setentón en 1890, tras haber trastornado desde los fundamentos todas las tesis e hipótesis sobre las que hasta entonces se había basado la reconstrucción de la prehistoria griega, inclinada a exiliar a Homero y a Pausanias en los cielos de la pura fantasía. En el hervor de su entusiasmo, acaso demasiado apresuradamente, atribuyó a Príamo el tesoro descubierto en la colina de Hisarlik y a Agamenón el esqueleto hallado en el sarcófago de Micenas. Sus últimos años los pasó polemizando con los que dudaban de ello, y en estos litigios aportó más violencia que fuerza persuasiva. Pero el hecho es que él se consideraba contemporáneo de Agamenón y trataba a los arqueólogos de su tiempo desde la altura de tres milenios. Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás. Y nadie podrá negarle el mérito de haber aportado la luz en la oscuridad que envolvía la historia griega antes de Licurgo.
Indro Montanelli. Historia de los Griegos.

viernes, 11 de enero de 2019

EL DESTRONAMIENTO DE CRONO.



Crono se casó con su hermana Rea, a quien está consagrado el roble. Pero la Madre Tierra y su moribundo padre Urano profetizaron que uno de sus hijos lo destronaría. En consecuencia, cada año devoraba a los hijos que le daba Rea: primeramente a Hestia, luego a Deméter y Hera, y más tarde a Hades y Posidón. 


Rea estaba furiosa. Dio a luz a Zeus, su tercer hijo, en plena noche en el monte Liqueo de Arcadia, donde ninguna criatura proyecta su sombra y, después de bañarlo en el río Neda, lo entregó a la Madre Tierra, quien lo llevó a Licto en Creta y lo ocultó en la cueva de Dicte en el monte Egeo. La Madre Tierra lo dejó allí para que lo criaran Adrastea, una ninfa del Fresno, su hermana Io, hijas ambas de Meliseo, y la ninfa-cabra Amaltea. Se alimentaba de miel y bebía la leche de Amaltea, con el chivo Pan, su hermano adoptivo. Zeus estaba agradecido a las tres ninfas por su bondad y cuando llegó a ser el Señor del Universo puso la imagen de Amaltea entre las estrellas, como Capricornio y también tomó uno de sus cuernos, que parecía el de una vaca, y se lo dio a las hijas de Meliseo; se convirtió en la famosa Cornucopia, o cuerno de la abundancia, que está siempre lleno de todos los alimentos o bebidas que su poseedor pueda desear. Pero algunos dicen que Zeus fue amamantado por una cerda y cabalgaba montado en su lomo, y que perdió su cordón umbilical en Onfalión, cerca de Cnosos. 

Alrededor de la cuna dorada del niño Zeus, la cual colgaba de un árbol (para que Cronos no lo pudiera encontrar ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mar) se hallaban los Cúreles armados, hijos de Rea. Golpeaban sus lanzas contra los escudos y gritaban para ahogar el llanto del niño, por temor a que Crono pudiera oírlo desde lejos. Rea había envuelto una piedra en pañales y la había entregado a Crono en el monte Taumacio de Arcadia y él la había devorado, creyendo que devoraba al niño Zeus. Sin embargo, Crono descubrió lo que había sucedido y persiguió a Zeus, quien se transformó a sí mismo en una serpiente y a sus nodrizas en osos: de aquí las constelaciones de la Serpiente y las Osas. 

Zeus llegó a la virilidad entre los pastores del Ida, ocupando otra cueva; luego buscó por todos lados a Metis y la Titánide, quien vivía junto a la corriente del Océano. Por consejo de ella visitó a su madre Rea y le pidió que le nombrara copero de Crono. Rea le ayudó de buena gana en su venganza; le proporcionó la pócima emética que Metis le había encargado mezclar con la bebida dulce de Crono. Cuando Crono hubo bebido en abundancia vomitó primeramente la piedra y luego a los hermanos y hermanas mayores de Zeus. Salieron ilesos y, en agradecimiento, le pidieron que los encabezara en una guerra contra los Titanes, quienes eligieron al gigante Atlante como jefe, pues Crono había pasado ya de la flor de la vida. 


La guerra duró diez años, pero al final la Madre Tierra profetizó la victoria para su nieto Zeus si éste tomaba como aliados a aquellos a quienes Crono había confinado en el Tártaro; en consecuencia, se acercó secretamente a Campe, la vieja carcelera del Tártaro, la mató, le quitó las llaves y después de poner en libertad a los Cíclopes y a los gigantes de las cien manos, los fortaleció con comida y bebida divinas. En consecuencia los Cíclopes le dieron a Zeus el rayo como arma ofensiva, a Hades un yelmo que la hacía invisible, y a Posidón un tridente. Después de celebrar los tres hermanos un consejo de guerra. Hades se presentó invisible ante Crono para robarle sus armas; y mientras Posidón le amenazaba con el tridente, desviando de este modo su atención, Zeus lo derribó con el rayo. Los tres gigantes de las cien manos alzaron rocas y las arrojaron contra los demás Titanes y un grito súbito de la Cabra-Pan los puso en fuga. Los dioses los persiguieron. Crono y todos los Titanes vencidos, excepto Atlante, fueron desterrados a una isla británica del lejano oeste (o, según algunos, confinados en el Tártaro), bajo la guardia de los gigantes de las cien manos. No volvieron a perturbar la Hélade. A Atlante pese a ser su jefe de guerra, se le impuso un castigo ejemplar, ordenándole sostener el firmamento sobre sus espaldas; pero se perdonó a las Titánides, en atención a Metis y Rea. 

Zeus mismo instaló en Belfos la piedra que había vomitado Crono. Está todavía allí, se la unta constantemente con aceite y se ofrecen sobre ella hebras de lana destejida. 

Algunos dicen que Posidón no fue devorado ni vomitado, sino que Rea dio a Crono en lugar de él un potro, y lo ocultó entre las manadas de caballos. Y los cretenses, que son mentirosos, refieren que Zeus nace cada año en la misma cueva con un fuego centelleante y un chorro de sangre, y que cada año muere y lo entierran. 

Los Mitos Griegos. Robert Graves. 

martes, 1 de enero de 2019

LOS MITOS HOMÉRICO Y ÓRFICO DE LA CREACIÓN



Algunos dicen que todos los dioses y todas las criaturas vivientes  surgieron del Océano que circunda al mundo y que Tetis  fue la madre de todos sus hijos. Pero los órficos dicen que la Noche de alas negras, diosa por la que incluso Zeus sentía un temor reverente, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad; y que Eros, a quien algunos llaman Fanes, salió de ese huevo y puso el Universo en movimiento. Eros tenía doble sexo y alas doradas y, como poseía cuatro cabezas, a veces mugía como un toro o rugía como un león, y otras veces silbaba como una serpiente o balaba como un carnero. La Noche, que le dio el nombre de Ericepayo y Protógeno Faetón vivía en una cueva con él y se manifestaba en forma de tríada: la Noche, el Orden y la Justicia. Delante de esa cueva se sentaba la ineludible madre Rea, tocando un tambor de latón para captar la atención de los hombres sobre los oráculos de la diosa. Panes creó la tierra, el cielo, el sol y la luna, pero la diosa triple gobernó el universo hasta que su cetro pasó a Urano. 

Robert Graves. Los Mitos Griegos. 


martes, 25 de diciembre de 2018

LAS CINCO EDADES DEL HOMBRE.




Algunos niegan que Prometeo creara a los hombres, o que algún hombre brotara de los dientes de una serpiente. Dicen que la Tierra los produjo espontáneamente, como el mejor de sus frutos, especialmente en la región del Ática, y que Alalcomeneo fue el primer hombre que apareció, junto al lago Copáis en Beocia, incluso antes que existiera la Luna. Actuó como consejero de Zeus, con ocasión de su querella con Hera, y como tutor de Atenea cuando ésta era todavía una muchacha.

Estos hombres constituían la llamada raza de oro; eran súbditos de Crono, vivían sin preocupaciones ni trabajo, comían solamente bellotas, frutos silvestres y la miel que destilaban los árboles, bebían leche de oveja y cabra, nunca envejecían, bailaban y reían mucho; para ellos la muerte no era más terrible que el sueño. Todos ellos han desaparecido, pero sus espíritus sobreviven como genios de los felices lugares de retiro rústicos, donantes de buena fortuna y mantenedores de la justicia.

Luego vino una raza de plata, comedora de pan, también de creación divina. Los hombres estaban completamente sometidos a sus madres y no se atrevían a desobedecerlas, aunque podían vivir hasta los cien años de edad. Eran pendencieros e ignorantes y nunca ofrecían sacrificios a los dioses, pero al menos no se hacían mutuamente la guerra. Zeus los destruyó a todos.

A continuación vino una raza de bronce, hombres que cayeron como frutos de los fresnos y estaban armados con armas de bronce. Comían carne y pan, y les complacía la guerra, pues eran insolentes y crueles. La peste terminó con todos.

La cuarta raza de hombres era también de bronce, pero más noble y generosa, pues la engendraron los dioses en madres mortales. Pelearon gloriosamente en el sitio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y habitan en los Campos Elíseos.

La quinta raza es la actual de hierro, indignos descendientes de la cuarta. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, libidinosos, malos hijos y traicioneros.

Robert Graves. Los Mitos Griegos.





miércoles, 5 de septiembre de 2018

CUANDO EL HÍGADO ERA LA CASA DEL ALMA.



En otros tiempos, mucho antes de que nacieran los cardiólogos y los  letristas de boleros, las revistas del corazón bien pudieron llamarse revistas del  hígado. 

El hígado era el centro de todo. 

Según la tradición china, el hígado era el lugar donde el alma dormía y  soñaba.  En Egipto, la custodia del hígado estaba a cargo de Amset, hijo del dios  Horus, y en Roma quien se ocupaba de cuidarlo era nada menos que Júpiter, el  padre de los dioses.  Los etruscos leían el destino en el hígado de los animales que sacrificaban. 

Según la tradición griega, Prometeo robó para nosotros, los humanos, el  fuego de los dioses. Y Zeus, el mandamás del Olimpo, lo castigó encadenándolo  a una roca, donde un buitre le comía el hígado cada día.  No el corazón: el hígado. Pero cada día el hígado de Prometeo renacía, y  ésa era la prueba de su inmortalidad. 
Eduardo Galeano. 
Espejos. 


lunes, 20 de agosto de 2018

ALCIONE Y CEICE



Alcíone era hija de Éolo, guardián de los vientos, y Egialea. Se casó con Ceice de Traquis, hijo del Lucero del Alba, y fueron tan felices con su mutua compañía que ella se atrevió a llamarse a sí misma Hera y a su esposo, Zeus. Esto, como es natural, molestó a los olímpicos Zeus y Hera, quienes desencadenaron una tormenta sobre el barco en el que viajaba Ceice para consultar con un oráculo y le ahogaron. Su ánima se apareció a Alcione, quien, muy contra su voluntad, se había quedado en Traquis y en consecuencia, enloquecida por la pena, se arrojó al mar. Algún dios compasivo los transformó a ambos en martín pescador.

Ahora, cada invierno, la martín pescadora lleva a su macho muerto con grandes lamentos a su entierro y luego construye un nido muy compacto con las espinas de la ortiga de mar, lo lanza al mar, pone sus huevos en él y empolla sus polluelos. Hace todo eso en los Días del Alción, o sea, los siete que preceden al solsticio invernal y los siete que le siguen, mientras Éolo prohibe a sus vientos que agiten las aguas.

Pero algunos dicen que Ceice se transformó en una gaviota.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.


lunes, 25 de junio de 2018

HERA Y SUS HIJOS.




Hera, hija de Crono y Rea, nació en la isla de Samos o, según algunos, en Argos, y la crió en Arcadia Temeno, hijo de Pelasgo. Las Estaciones fueron sus nodrizas. Después de desterrar a su padre Crono, el hermano gemelo de Hera, Zeus, fue a verla en Cnosos, Creta, o según dicen algunos, en el monte Tórnax (llamado ahora Montaña del Cuco) en Argólide, donde la cortejó, al principio sin éxito. Ella se compadeció del dios solamente cuando éste se disfrazó de cuco enlodado, y le calentó cariñosamente en su seno. Allí él reasumió inmediatamente su verdadera forma y la violó, y ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses asistieron a la boda con regalos, entre los que destacó el de la Madre Tierra, quien le regaló a Hera un árbol con manzanas de oro, que luego guardaron las Hespérides en el jardín que Hera poseía en el monte Atlas. Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, y esa noche duró trescientos años. Hera se baña regularmente en la fuente de Canatos, cerca de Argos, y así renueva su virginidad.

De Hera y Zeus nacieron los dioses Ares, Hefesto y Hebe, aunque algunos dicen que Ares y su hermana gemela Eris fueron concebidos cuando Hera tocó cierta flor, y Hebe cuando tocó una lechuga, y que Hefesto también era su hijo partenogénito, prodigio que él no quiso creer hasta que la aprisionó en una silla mecánica con brazos que se cerraban alrededor del que se sentaba en ella, y así le obligó a jurar por el río Estigia que no mentía. Otros dicen que Hefesto era hijo suyo con Talos, el sobrino de Dédalo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


miércoles, 9 de mayo de 2018

ZEUS Y HERA.




Sólo Zeus, el Padre del Cielo, podía manejar el rayo y con la amenaza de su fulguración fatal dominaba a su familia pendenciera y rebelde del monte Olimpo. También ordenaba los cuerpos celestes, dictaba leyes, hacía cumplir los juramentos y pronunciaba oráculos. Cuando su madre Rea, previendo la perturbación que iba a causar su lujuria, le prohibió que se casara, el ,e amenazó airadamente con violarla. Aunque ella se convirtió inmediatamente en una serpiente amenazadora, eso no atemorizó a Zeus, quien se convirtió en una serpiente macho, se enroscó alrededor de Rea formando un lazo indisoluble y cumplió su amenaza. Fue entonces cuando inició su larga serie de aventuras amorosas. Engendró a las Estaciones y a las Tres Parcas en Temis, a las Carites en Eurínome; a las tres Musas en Mnemósine, con quien estuvo acostado durante nueve noches; y, según dicen algunos, a Perséfone, la Reina del mundo subterráneo, con quien se casó forzosamente su hermano Hades, en la ninfa Éstige. Por lo tanto, no carecía de poder ni sobre la tierra ni debajo de ella, y su esposa Hera sólo le igualaba en una cosa: en que todavía podía otorgar el don de la profecía a cualquier hombre o animal que desease.

Zeus y Hera altercaban constantemente. Ofendida por sus infidelidades, Hera humillaba a Zeus frecuentemente con sus intrigas. Aunque él le comunicaba sus secretos y a veces aceptaba sus consejos, nunca confiaba plenamente en Hera y ésta sabía que si le ofendía más allá de cierto punto él la azotaría y hasta descargaría un rayo sobre ella. Por lo tanto recurría a intrigas despiadadas, como en el caso, del nacimiento de Heracles, y a veces tomaba prestado el ceñidor de Afrodita para excitar su pasión y debilitar así su voluntad. Él afirmaba ahora ser el primogénito de Crono.

Llegó un tiempo en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera, Posidón, Apolo y todos los demás olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto cuando dormía en su lecho y lo ataron con correas de cuero crudo, enlazadas en cien nudos, de modo que no pudiera moverse. Él les amenazó con matarlos al instante, pero ellos habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante. Mientras los dioses celebraban su victoria y discutían celosamente quién iba a ser su sucesor, la Nereída Tetis, previendo uña guerra civil en el Olimpo, corrió en busca del gigante de cien manos Briareo, quien rápidamente desató las correas empleando todas sus manos al mismo tiempo, y liberó a su señor. Ya que Hera había encabezado la conspiración contra él, Zeus la colgó del firmamento con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque atado a cada tobillo. Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a liberarla a pesar de sus gritos lastimeros. Al final Zeus se decidió a ponerla en libertad si ellos juraban que no volverían a rebelarse contra él, cosa que hicieron todos ellos por turno y a regañadientes. Zeus, castigó a Posidón y Apolo enviándolos como siervos al rey Laomedonte, para quien construyeron la ciudad de Troya, pero perdonó a los demás por, haber actuado bajo coacción.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

jueves, 22 de marzo de 2018

REY MIDAS.




a. Midas, hijo de la Gran Diosa del Ida y de un sátiro cuyo nombre no se recuerda, era un rey amante de los placeres de Bromio, en la Macedonia, donde gobernaba a los brigios (llamados también mosquios) y tenía sus célebres jardines de rosas. En su infancia se observó una procesión de hormigas que transportaban granos de trigo por el costado de su cuna y los ponían entre sus labios mientras dormía, prodigio que los adivinos interpretaron como un presagio de la gran riqueza que acumularía; y cuando creció le instruyó Orfeo.

b. Un día, el libertino y viejo sátiro Sueno, que había sido pedagogo de Dioniso, se extravió del cuerpo principal del bullicioso ejército de Dioniso cuando éste pasaba de Tracia a Beocia y lo encontraron durmiendo su borrachera en los jardines de rosas. Los jardineros lo ataron con guirnaldas de flores y lo llevaron ante Midas, a quien hizo un relato maravilloso de un continente inmenso situado más allá del océano —completamente separado de la masa conjunta de Europa, Asia y África— y en el que abundaban las ciudades magníficas, pobladas por habitantes gigantes, felices y de larga vida y que gozaban de un notable sistema legal. Una gran expedición —de por lo menos diez millones de personas— se puso en otro tiempo en camino desde allí a través del océano para hacer una visita a los Hiperbóreos; pero al ver que el suyo era el mejor país que podía ofrecer el viejo mundo, se retiraron, asqueados. Entre otras maravillas. Sueno mencionó un remolino espantoso más allá del cual no puede pasar ningún viajero. Dos arroyos corren por las cercanías y los árboles que se alzan en las orillas del primero dan el fruto que hace llorar, gemir y desfallecer a quienes lo comen. Pero el fruto que dan los árboles que se alzan junto al otro arroyo renuevan la juventud incluso de los muy ancianos; en realidad, después de pasar hacia atrás por la edad madura, la juventud y la adolescencia, vuelven a ser niños y luego infantes, ¡y por fin desaparecen! Midas, encantado con las fábulas de Sueno, le agasajó durante cinco días y sus noches y luego ordenó que un guía le acompañara hasta la residencia de Dioniso.

c. Dioniso, que había estado preocupado por la suerte de Sueno, mandó que preguntaran a Midas cómo deseaba que se le recompensase. Midas contestó sin vacilar: «Te ruego me concedas que todo lo que toque se convierta en oro.» Pero no sólo las piedras, las flores y los muebles de su casa se convertían en oro, sino también, cuando se sentaba a la mesa, los alimentos que comía y el agua que bebía. Midas no tardó en suplicar que le eximiesen de su deseo porque se moría de hambre y de sed; Dioniso, muy divertido, le dijo que visitara la fuente del río Pactólo, cerca del monte Tmolo, y se lavase en ella. Midas obedeció e inmediatamente quedó libre del tacto de oro, pero las arenas del Pactólo siguen siendo doradas y brillantes aún en nuestros días.

d. Midas entró así en Asia con su séquito de brigios y le adoptó el rey frigio Gordias quien no tenía hijos. Cuando sólo era un campesino pobre, Gordias se sorprendió un día al ver a un águila real posarse en la vara de su carro de bueyes. Como parecía dispuesta a permanecer allí todo el día, condujo la yunta hacia Telmiso, en Frigia, ahora parte de Galacia, donde había un oráculo, digno de confianza, pero en la puerta de la ciudad se encontró con una joven profetisa que, cuando vio al águila todavía posada en la vara, insistió en que él ofreciera inmediatamente sacrificios a Zeus Rey.
—Déjame que vaya contigo, campesino —dijo ella— para estar segura de que eliges las víctimas apropiadas.
—No faltaba más —contestó Gordias—. Pareces ser una joven juiciosa y considerada. ¿Estás dispuesta a casarte conmigo?
—Tan pronto como hayas ofrecido los sacrificios —replicó ella.

e. Entretanto, el rey de Frigia había muerto repentinamente, sin sucesión, y un oráculo anunció: «Frigios, vuestro nuevo rey se acerca con su novia, sentado en un carro de bueyes.» Cuando el carro entró en la plaza del mercado de Telmisa, el águila llamó inmediatamente la atención popular y Gordias fue aclamado unánimemente rey. En agradecimiento, dedicó el carro a Zeus, juntamente con su yugo, que había atado a la vara de una manera peculiar. Un oráculo declaró que quien descubriera cómo se podía desatar el nudo se convertiría en el señor de toda Asia. En consecuencia, el yugo y la vara fueron depositados en la acrópolis de Gordión, ciudad que había fundado Gordias, donde los sacerdotes de Zeus los guardaron celosamente durante siglos hasta que Alejandro de Macedonia cortó petulantemente el nudo con su espada.

f. Cuando murió Gordias, le sucedió en el trono Midas, quien promovió el culto de Dioniso y fundó la ciudad de Ancira. Los brigios que habían venido con él se llamaron en adelante frigios y los reyes de Frigia se han llamado alternativamente Midas y Gordias hasta el presente; por lo que al primer Midas se le ha llamado equivocadamente hijo de Gordias.

g. Midas asistió al famoso certamen musical entre Apolo y Marsias, arbitrado por el dios fluvial Tmolo. Tmolo concedió el premio a Apolo, quien, al ver que Midas discrepaba del veredicto, lo castigó con un par de orejas de asno. Durante largo tiempo Midas se las arregló para ocultar esas orejas bajo un gorro frigio, pero a su barbero, que se enteró de la deformidad, le fue imposible mantener el secreto vergonzoso, como le había ordenado Midas bajo pena de muerte. En consecuencia, cavó un hoyo en la orilla del río y, asegurándose antes de que no había nadie en los alrededores, murmuró: «¡El rey Midas tiene orejas de asno!». Luego llenó el hoyo y se alejó, en paz consigo mismo, hasta que brotó de la orilla una caña que susurraba el secreto a todos los que pasaban. Cuando Midas se enteró de que su desgracia era de conocimiento público, condenó a muerte al barbero, bebió sangre de toro y pereció miserablemente.
Robert Graves.
Los mitos griegos.


lunes, 12 de marzo de 2018

NATURALEZA Y HECHOS DE HESTIA



La gloria de Hestia consiste en que es la única de los grandes olímpicos que nunca interviene en guerras o disputas. Además, como Artemis y Atenea, ha resistido siempre todas las invitaciones amorosas de los dioses, Titanes y otros, pues después del destronamiento de Crono, cuando Posidón y Apolo surgieron como pretendientes rivales, juró por la cabeza de Zeus permanecer siempre virgen. Por ello Zeus, agradecido, le concedió la primera víctima en todos los sacrificios públicos80, pues había mantenido la paz del Olimpo.

Príapo, borracho, trató en una ocasión de violarla en una fiesta campestre a la que asistían los dioses, cuando todos se habían quedado dormidos por hallarse ahítos; pero un asno rebuznó fuertemente, Hestia se despertó, gritó al ver que Príapo estaba a punto de echarse sobre ella y le hizo huir corriendo presa de un terror cómico.

Es la diosa del Hogar y en todas las viviendas particulares y casas municipales protege a los suplicantes que acuden a ella en busca de protección. Hestia es objeto de una veneración universal, no sólo por ser la deidad más benigna, recta y caritativa de todas las olímpicas, sino también por haber inventado el arte de la construcción de casas; su fuego es tan sagrado que si se enfría un hogar, ya sea por accidente o en señal de duelo, se reavivan las llamas con la ayuda de una rueda de encender. Robert Graves. Los Mitos Griegos.


sábado, 3 de marzo de 2018

LAMIA.



Belo tenía una hermosa hija llamada Lamia que gobernó en Libia y a la que Zeus, agradecido por sus favores, otorgó la facultad singular de quitarse los ojos y volver a ponérselos a su voluntad. Le dio varios hijos, pero todo ellos, menos Escila, fueron muertos por Hera en un arrebato de celos. Lamia se vengó matando a los hijos de otros y obró con tanta crueldad que su rostro se convirtió en una máscara espantosa. Posteriormente se agregó al grupo de las Empusas yaciendo con jóvenes y chupándoles la sangre mientras dormían.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.

martes, 27 de febrero de 2018

HERMES, EL MENSAJERO DE LOS DIOSES. NATURALEZA Y HECHOS.



Cuando Hermes nació en el monte Cilene su madre Maya lo dejó envuelto en pañales en un bieldo, pero desarrollándose con una rapidez asombrosa se convirtió en un muchacho, y tan pronto como Maya volvió la espalda se escapó y fue en busca de aventuras. Llegó a Pieria, donde Apolo guardaba un hermoso rebaño de vacas, y decidió robarlas. Pero temiendo que lo descubrieran sus huellas, confeccionó rápidamente herraduras con la corteza de un roble caído y las ató con hierbas trenzadas a las pezuñas de las vacas, a las que luego condujo de noche por el camino. Apolo descubrió la pérdida, pero la treta de Hermes le engañó, y aunque fue hasta Pilos en su búsqueda hacia el oeste, y hasta Onquesto hacia el este, al final se vio obligado a ofrecer una recompensa por la captura del ladrón. Sueno y sus sátiros, ansiosos por obtener la recompensa, se diseminaron en diferentes direcciones para descubrirlo, durante largo tiempo sin conseguirlo. Finalmente, un grupo de ellos pasó por Arcadia y oyó el sonido sordo de una música como la que nunca habían oído hasta entonces, y la ninfa Cilene, desde la entrada de una cueva, les dijo que un niño de extraordinario talento había nacido allí recientemente y que ella le hacía de niñera. El niño había construido un ingenioso instrumento musical con la concha de una tortuga y algunas tripas de vaca, y con ese instrumento había arrullado a su madre para que se durmiera.

«¿Y quién le dio las tripas de vaca?», preguntaron los vigilantes sátiros al ver dos cueros extendidos fuera de la cueva. «¿Acusáis de robo al pobre niño?», preguntó a su vez Cilene, y cambiaron palabras duras.

En aquel momento se presentó Apolo, quien había descubierto la identidad del ladrón observando el comportamiento sospechoso de una ave de largas alas. Entró en la cueva, despertó a Maya y le dijo severamente que Hermes debía devolver las vacas robadas. Maya señaló al niño, todavía envuelto en sus pañales y que fingía dormir. «¡Qué acusación absurda!», exclamó. Pero Apolo había reconocido los cueros. Tomó a Hermes, lo llevó al Olimpo y allí le acusó formalmente del robo, mostrando los cueros como prueba. Zeus, poco dispuesto a creer que su hijo recién nacido era ladrón, le instó a que se declarase inocente, pero Apolo no estaba dispuesto a ceder y al final Hermes flaqueó y confesó.
—Muy bien, ven conmigo —dijo— y tendrás tu rebaño. He matados sólo dos y las he dividido en doce partes iguales como sacrificio a los doce dioses.
—¿Doce dioses? —preguntó Apolo—. ¿Y quién es el duodécimo?
—Tu servidor, señor —contestó Hermes modestamente—. No comí más que mi parte, aunque tenia mucha hambre, y lo demás lo quemé debidamente. Ahora bien, éste fue el primer sacrificio de carne que se había hecho hasta entonces.

Los dos dioses volvieron al monte Cilene. donde Hermes saludó a su madre y recuperó algo que había dejado oculto bajo una piel de oveja.
—¿Qué tienes ahí? —le preguntó Apolo.
En respuesta, Hermes le mostró la lira de concha de tortuga recién inventada por él, y utilizando el plectro, que también había inventado, tocó con ella una tonada tan arrebatadora, al mismo tiempo que cantaba en elogio de la nobleza, la inteligencia y la generosidad de Apolo, que éste le perdonó inmediatamente. Condujo al sorprendido y complacido Apolo a Pilos, tocando durante todo el camino, y allí le entregó lo que quedaba del ganado, que había ocultado en una caverna.
—¡Hagamos un trato! —exclamó Apolo—. Tú te quedas con las vacas y yo con la lira.
—De acuerdo —contestó Hermes, y se estrecharon las manos.

Mientras las vacas hambrientas pacían, Hermes cortó unas cañas, hizo con ellas una zampoña y tocó otra tonada. Apolo, complacido de nuevo, propuso:
—Hagamos otro trato. Si me das esa zampoña yo te daré este cayado de oro con el que reúno mi ganado, y en el futuro serás el dios de todos los vaqueros y pastores.
—Mi zampoña vale más que tu cayado —replicó Hermes—, pero haré el trueque si además me enseñas el augurio, porque parece ser un arte muy útil.
—No puedo hacer eso —dijo Apolo—, pero si vas a ver a mis viejas nodrizas, las Trías que viven en el Parnaso, ellas te enseñarán a adivinar por medio de guijarros.

Volvieron a estrecharse las manos y Apolo llevó al niño nuevamente al Olimpo y le refirió a Zeus todo lo que había sucedido. Zeus advirtió a Hermes que en adelante debía respetar los derechos de propiedad y abstenerse de decir mentiras completas, pero no pudo por menos de sentirse divertido.
—Pareces un diosecillo muy ingenioso, elocuente y persuasivo —le dijo.
—Entonces, hazme tu heraldo, Padre —contestó Hermes— y yo me haré responsable de la seguridad de toda la propiedad divina y nunca diré mentiras, aunque no puedo prometer que diré siempre toda la verdad.
—No te exigiría tanto —dijo Zeus, sonriendo—. Pero tus deberes incluirán la conclusión de tratados, la promoción del comercio y el mantenimiento de la libertad de tránsito de los viajeros por todos los caminos del mundo.
Cuando Hermes aceptó esas condiciones, Zeus le dio un báculo de heraldo con cintas blancas que todos debían respetar, un sombrero redondo para que se resguardara de la lluvia y sandalias de oro aladas que lo llevaban de un lado a otro con la rapidez del viento. Fue recibido inmediatamente en la familia olímpica, a la que enseñó el arte de hacer fuego haciendo girar rápidamente una varilla.

Luego las Trías enseñaron a Hermes a predecir el futuro mediante la danza de guijarros en una vasija de agua; él mismo inventó el juego de la taba y el arte de adivinar por medio de ella. Hades le tomó también como su heraldo, para llamar a los moribundos con suavidad y elocuencia, poniendo el báculo de oro sobre sus ojos.

Luego ayudó a las tres Parcas a componer el Alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del pugilato y la gimnasia, los pesos y medidas (que algunos atribuyen a Palamedes) y el cultivo del olivo.

Algunos sostienen que la lira inventada por. Hermes tenía siete cuerdas; otros que sólo tenía tres, de acuerdo con las estaciones, o cuatro, de acuerdo con los trimestres del año, y que Apolo aumentó el número a siete.

Hermes tuvo numerosos hijos, entre ellos Equión, el heraldo de los argonautas; Autólico, el ladrón; y Dafnis, el inventor de la poesía bucólica. Este Dafnis era un bello joven siciliano al que su madre, una ninfa, abandonó en un bosquecillo de laureles de la Montaña de Hera; de aquí el nombre que le dieron los pastores, sus padres adoptivos. Pan le enseñó a tocar la zampoña, Apolo le adoraba y solía cazar con Ártemis, a quien complacía su música. Prodigaba su cuidado de los numerosos rebaños de vacas, que eran de la misma raza que los de Helio. Una ninfa llamada Momia le hijo jurar que nunca le sería infiel bajo pena de quedar ciego, pero su rival, Quimera, se las ingenió para seducirle cuando estaba borracho y Momia le cegó en cumplimiento de su amenaza. Dafnis se consoló durante un tiempo con tristes canciones acerca de la pérdida de la vista, pero no vivió mucho tiempo. Hermes lo convirtió en una piedra, que se ve todavía en la ciudad de Cefalenitano, e hizo que brotara una fuente llamada Dafnis en Siracusa, donde se ofrecen sacrificios anuales.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.





sábado, 10 de febrero de 2018

IXIÓN



Ixión, hijo de Flegias, el rey lapita, convino en casarse con Día, hija de Deyoneo, le prometió ricos regalos de boda e invitó a Deyoneo a un banquete, pero preparó delante del palacio una trampa con un gran fuego de carbón vegetal debajo, y el confiando Deyoneo cayó en ella y se quemó.

Aunque los dioses menos importantes lo consideraron una acción nefanda y se negaron a purificar a Ixión, Zeus, que obraba igualmente mal cuando se enamoraba, no sólo le purificó, sino que además lo llevó a comer en su mesa.

Ixión era desagradecido y se propuso seducir a Hera, a quien, según suponía, le agradaría tener la oportunidad de vengarse de Zeus por sus frecuentes infidelidades. Pero Zeus adivinó las intenciones de Ixión y dio a una nube la forma de una falsa Hera con la que Ixión, que había bebido demasiado para descubrir el engaño, satisfizo su deseo. Zeus le sorprendió in fragranti y ordenó a Hermes que lo azotase sin piedad hasta que repitiese las palabras: «Los benefactores merecen ser honrados», y luego lo ató a una rueda ardiente que gira sin cesar por el firmamento.

La falsa Hera, llamada luego Neféle, dio a Ixión como hijo el proscrito niño Centauro, del que se dice que cuando llegó a la edad viril engendró caballos-centauros con yeguas magnesias, de los cuales el más célebre fue el docto Quirón.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.

miércoles, 31 de enero de 2018

TIFÓN.



En venganza por la destrucción de los gigantes, la Madre Tierra yació con Tártaro y poco tiempo después, en la Cueva Coriciana de Cilicia, dio a luz a su hijo menor, Tifón, el monstruo más grande que jamás haya existido. Desde los muslos para abajo no era más que serpientes enroscadas, y sus brazos, cuando los extendía, llegaban a centenares de leguas de distancia en cada dirección, y en vez de manos tenía innumerables cabezas de serpientes. Su cabeza de asno bestial tocaba las estrellas, sus enormes alas oscurecían el sol, arrojaba fuego por los ojos y de su boca salían rocas inflamadas. Cuando echó a correr hacia el Olimpo, los dioses huyeron aterrados a Egipto, donde se transformaron en animales: Zeus en un macho cabrío, Apolo en un cuervo, Dioniso en una cabra, Hera en una vaca blanca, Artemis en un gato, Afrodita en un pez, Ares en un oso, Hermes en un ibis, etc.

Sólo Atenea se mantuvo en su puesto y se mofó de la cobardía de Zeus, hasta que éste, reasumiendo su verdadera forma, lanzó contra Tifón un rayo seguido de un golpe con la misma hoz de pedernal que le había servido para castrar a su padre Urano. Herido y gritando, Tifón huyó al monte Casio que se alza sobre Siria por el norte, y allí los dos se trabaron en lucha. Tifón envolvió a Zeus en sus millares de enroscamientos, le despojó de la hoz y, después de cortarle los tendones de las manos y pies con ella, lo arrastró a la Cueva Coriciana. Zeus es inmortal, pero no podía mover ni un dedo, y Tifón había escondido los tendones en una piel de oso que vigilaba Delfine, una hermana monstruo con cola de serpiente.

La noticia de la derrota de Zeus sembró la consternación entre los dioses, pero Hermes y Pan fueron secretamente a la cueva, donde Pan asustó a Delfine con un grito súbito y horrible, mientras Hermes sustraía hábilmente los tendones y volvía a colocarlos en los miembros de Zeus.

Pero algunos dicen que fue Cadmo quien engatusó a Delfine para que le entregara los tendones, alegando que los necesitaba para hacer con ellos las cuerdas para una lira con la que iba a tocarle una música deliciosa.

Zeus volvió al Olimpo y, montado en un carro tirado por caballos alados, persiguió una vez más a Tifón con sus rayos. Tifón había ido al monte Nisa, donde las tres Parcas le ofrecieron frutos efímeros, alegando que con ellos recobraría su vigor, aunque, en realidad, le condenaron a una muerte cierta. Llegó al monte Hemo en Tracia y, levantando montañas enteras, las lanzó contra Zeus, quien interpuso sus rayos, de modo que rebotaban contra el monstruo causándole espantosas heridas. Los chorros de la sangre de Tifón dieron su nombre al monte Hemo. El monstruo huyó a Sicilia, donde Zeus puso fin a la lucha en retirada arrojando sobre él el monte Etna, cuyo cráter vomita fuego hasta nuestros días.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.

martes, 23 de enero de 2018

GANÍMEDES, EL COPERO DE LOS DIOSES.



Ganímedes, el hijo del rey Tros que dio su nombre a Troya, era el joven más bello de los vivientes y en consecuencia lo eligieron los dioses para que fuera el copero de Zeus. Se dice que Zeus, quien deseaba a Ganimedes también como compañero de lecho, se disfrazó con plumas de águila y lo raptó en la llanura troyana.

Luego, en nombre de Zeus, Hermes regaló a Tros una vid de oro, obra de Hefestos, y dos hermosos caballos en compensación por la pérdida de su hijo, asegurándole al mismo tiempo que Ganimedes se había hecho inmortal, estaba exento de las miserias de la vejez y sonreía, con la jarra de oro en la mano, mientras escanciaba el brillante néctar al Padre del Cielo.

Algunos dicen que Eos fue la primera que raptó a Ganimedes para que fuera su amante y que Zeus se lo quitó. Fuera como fuese, lo cierto es que Hera lamentó el insulto de que habían sido objeto ella y su hija Hebe, hasta entonces copera de los dioses, pero lo único que consiguió fue irritar a Zeus, quien puso la imagen de Ganimedes entre las estrellas como Acuario, el portador de agua.

Robert Graves
Los Mitos Griegos.



lunes, 15 de enero de 2018

ORFEO, AVENTURAS Y DESVENTURAS.




Orfeo, hijo del rey tracio Eagro y la musa Calíope, fue el poeta y músico más famoso de todos los tiempos. Apolo le regaló una lira y las Musas le enseñaron a tocarla, de tal modo que no sólo encantaba a las fieras, sino que además hacía que los árboles y las rocas se movieran de sus lugares para seguir el sonido de su música. En Zona, Tracia, algunos de los antiguos robles de la montaña se alzan todavía en la posición de una de sus danzas, tal como él los dejó.

Después de una visita a Egipto, Orfeo se unió a los argonautas, con quienes se embarcó para Cólquide, y su música les ayudó a vencer muchas dificultades. A su regreso se casó con Eurídice, a quien algunos llaman Agríope, y se instaló entre los cicones salvajes de Tracia.

Un día, en las cercanías de Tempe, en el valle del río Peneo, Eurídice se encontró con Aristeo, quien trató de forzarla. Ella pisó una serpiente al huir y murió a causa de la mordedura, pero Orfeo descendió audazmente al Tártaro, con la esperanza de traerla de vuelta. Utilizó el pasaje que se abre en Aorno, en Tesprótide, y, a su llegada, no sólo encantó al barquero Caronte, el perro Cerbero y los tres Jueces de los Muertos con su música melancólica, sino que además suspendió por el momento las torturas de los condenados; de tal modo ablandó el cruel corazón de Hades que éste concedió su permiso para que Eurídice volviera al mundo superior. Hades puso una sola condición: que Orfeo no mirase hacia atrás hasta que ella estuviera de nuevo bajo la luz del sol. Eurídice siguió a Orfeo por el pasaje oscuro guiada por el son de su lira, y sólo cuando él llegó de nuevo a la luz del día se dio la vuelta para ver si ella lo seguía, con lo que la perdió para siempre.

Cuando Dioniso invadió Tracia, Orfeo no le rindió los honores debidos, sino que enseñó otros misterios sagrados y predicó a los hombres de Tracia, quienes le escucharon reverentemente, lo pernicioso que era el homicidio en los sacrificios. Todas las mañanas se levantaba para saludar a la aurora en la cumbre del monte Pangeo y predicaba que Helio, al que llamaba Apolo, era el más grande de todos los dioses. Ofendido por ello, Dioniso hizo que le atacaran las Ménades de Deyo, Macedonia. Esperaron a que los maridos entraran en el templo de Apolo, donde Orfeo oficiaba como sacerdote, y luego se apoderaron de las armas dejadas afuera, entraron, mataron a sus maridos y desmembraron a Orfeo. Arrojaron su cabeza al río Hébro, pero quedó flotando y siguió cantando hasta llegar al mar, que la condujo a la isla de Lesbos.

Las Musas, llorando, recogieron sus miembros y los enterraron en Liebetra, al pie del monte Olimpo, donde hoy día los ruiseñores cantan más armoniosamente que en ninguna otra parte del mundo. Las Ménades trataron de limpiarse de la sangre de Orfeo en el río Helicón, pero el dios fluvial se metió bajo tierra y desapareció a lo largo de casi cuatro millas, para volver a salir a la superficie con otro nombre, el Bafira. Así evitó ser cómplice del asesinato.

Se dice que Orfeo había censurado la promiscuidad de las Ménades y predicado el amor homosexual, por lo que Afrodita estaba no menos irritada que Dioniso. Sin embargo, sus colegas olímpicos no podían estar de acuerdo con que el asesinato tenía justificación y Dioniso salvó la vida de las Ménades transformándolas en encinas que quedaron arraigadas en la tierra. Los tracios que habían sobrevivido a la matanza decidieron tatuar a sus esposas como una advertencia contra el asesinato de sacerdotes, y la costumbre sobrevive al presente.

En cuanto a la cabeza de Orfeo, después de ser atacada por una serpiente lemniana celosa (a la que Apolo transformó inmediatamente en piedra), fue guardada en una cueva de Antisa, consagrada a Dioniso. Allí profetizaba día y noche, hasta que Apolo, viendo que sus oráculos de Delfos, Grineo y Claro habían sido abandonados, fue allá y se colocó sobre la cabeza y exclamó: «¡Deja de entrometerte en mis asuntos! ¡Ya he tenido bastante paciencia contigo y con tus cantos!» En adelante la cabeza guardó silencio. La lira de Orfeo había ido también a la deriva hasta Lesbos y había sido guardada en un templo de Apolo, por cuya intercesión y la de las Musas fue colocada en el cielo como una constelación.

Algunos relatan de una manera completamente distinta la muerte de Orfeo; dicen que Zeus lo mató con un rayo por divulgar los secretos divinos. En verdad, había instituido los Misterios de Apolo en Tracia, los de Hécate en Egina y los de Deméter Subterránea en Esparta.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


lunes, 8 de enero de 2018

NATURALEZA Y HECHOS DE ATENEA





Atenea inventó la flauta, la trompeta, la olla de barro, el arado, el rastrillo, el yugo para bueyes, la brida de caballo, el carro y el barco. Fue la primera en enseñar la ciencia de los números y todas las artes femeninas, como la de la cocina, el tejido y el hilado. Aunque es una diosa de la guerra, no le agrada la batalla, como les agrada a Ares y Eris, sino más bien el arreglo de las disputas y la defensa de la ley por medios pacíficos. No lleva armas en tiempo de paz y, si alguna vez las necesita, se las pide habitualmente a Zeus. Su misericordia es grande: cuando los votos de los jueces se igualan en un juicio criminal en el Areópago, siempre da el voto decisivo en favor de la absolución del acusado. Sin embargo, una vez que interviene en la batalla nunca es derrotada, ni siquiera cuando lucha contra Ares mismo, pues domina mejor que él la táctica y la estrategia, y los capitanes prudentes acuden siempre a ella en busca de consejo.

Muchos dioses, Titanes y gigantes se habrían casado de buena gana con ella, pero ella rechazaba siempre todos los requerimientos amorosos. En una ocasión, durante la guerra de Troya, como no quería pedir a Zeus que le prestase sus armas porque éste se había declarado neutral, pidió a Hefesto que le hiciese un equipo especial para ella. Hefesto no quiso que le pagara y dijo tímidamente que haría el trabajo por amor; cuando, sin sospechar el significado de esas palabras, Atenea entró en la fragua para ver cómo el dios golpeaba el metal candente, Hefesto de pronto se dio media vuelta y trató de violarla. Hefesto, que no siempre se comportaba tan groseramente, había sido víctima de una broma maliciosa: Posidón acababa de infórmale de que Atenea se dirigía a la fragua, con el consentimiento de Zeus, llevada por la esperanza de que le hiciese el amor violentamente. Al apartarse Atenea precipitadamente, Hefesto eyaculó contra su muslo, un poco por encima de la rodilla. Ella se limpió el semen con un puñado de lana, que luego arrojó con asco; éste cayó al suelo en las cercanías de Atenas y fertilizó accidentalmente a la Madre Tierra que estaba allí de visita. Asqueada ante la idea de dar a luz un hijo que Hefesto había tratado de engendrar con Atenea, la Madre Tierra declaró que no aceptaría responsabilidad alguna de su crianza.

«Muy bien —dijo Atenea— yo mismo me encargaré de ello». En consecuencia se hizo cargo de la criatura tan pronto como nació, le llamó Erictonio y, como no quería que Posidón se riese del buen éxito de su chanza, lo ocultó en un cesto sagrado que entregó a Agaluro, la hija mayor del rey ateniense Cécrope, con la orden de guardarlo cuidadosamente.

Cécrope, un hijo de la Madre Tierra y, como Erictonio — quien según algunos era su padre—, en parte hombre y en parte serpiente, fue el primer rey que reconoció la paternidad. Se casó con una hija de Acteo, el primer rey del Ática. También instituyó la monogamia, dividió el país de Ática en doce comunidades, construyó templos dedicados a Atenea y abolió ciertos sacrificios de sangre en favor de modestas ofrendas de tortas de cebada. Su esposa se llamaba Agraulo; sus tres hijas, Aglauro, Herse y Pándroso, vivían en una casa de tres habitaciones en la Acrópolis. Un anochecer, cuando las jóvenes volvieron de un festival llevando en la cabeza los cestos sagrados de Atenea, Hermes sobornó a Aglauro para que le diera acceso a Herse, la más joven de las tres, de la que se había enamorado locamente. Aglauro se quedó con el oro de Hermes, pero nada hizo para ganarlo, porque Atenea hizo que sintiera celos de la buena suerte de Herse; en consecuencia, Hermes se introdujo airadamente en la casa, convirtió a Aglauro en piedra e hizo lo que deseaba con Herse. Después de haberle dado Herse dos hijos a Hermes, Céfalo, el amado de Eos, y Cerice, el primer heraldo de los Misterios Eleusinos, ella, Pándroso y su madre Agraulo sintieron la curiosidad de atisbar debajo de la tapa del cesto que había llevado Aglauro. Al ver un niño con cola de serpiente en vez de piernas, lanzaron gritos de terror y, precedidas por Aglauro, se precipitaron desde lo alto de la Acrópolis.

Cuando se enteró de esta fatalidad, Atenea se afligió de tal modo que dejó caer la enorme roca que había estado transportando a la Acrópolis como fortificación adicional y se convirtió en el monte Licabeto. Y al cuervo que le había llevado la noticia le cambió el color de blanco a negro y prohibió a todos los cuervos que volvieran a visitar la Acrópolis. Erictonio se refugió entonces en la égida de Atenea, donde ella le crió tan tiernamente que algunos la tomaron equivocadamente por su madre. Más tarde llegó a ser rey de Atenas, donde instituyó el culto de Atenea y enseñó a sus conciudadanos el uso de la plata. Su imagen fue puesta entre las estrellas como la constelación del Auriga, puesto que había introducido el carro tirado por cuatro caballos.

Es corriente otro relato, muy distinto, de la muerte de Aglauro, a saber, que en una ocasión en que se lanzó un ataque contra Atenas se arrojó desde la Acrópolis obedeciendo a un oráculo, consiguiendo de este modo la victoria. Esta versión se propone explicar por qué todos los jóvenes atenienses, al tomar por primera vez las armas, visitan el templo de Aglauro y allí dedican su vida a la ciudad.

Atenea, aunque tan modesta como Artemis, es mucho más generosa. Cuando Tiresias la sorprendió un día accidentalmente en el baño, le puso sus manos sobre los ojos y le cegó, pero manera de compensación le dio la linterna.

No queda constancia de que le irritaran los celos más que en una sola ocasión. He aquí la fábula: Aracne, ¿princesa de Colofón en Lidia —famosa por su tinte purpúreo— era tan hábil en el arte del tejido que ni siquiera Atenea podía competir con ella. Cuando le mostraron un paño en el que Aracne había tejido ilustraciones de tos amoríos olímpicos, la diosa lo examinó atentamente para encontrarle un defecto, pero como no pudo hallarlo, desgarró el paño con una ira fría y vengativa. Cuando Aracne, aterrorizada, se colgó de una viga, Atenea la transformó a ella en una araña —el insecto que más odia— y la cuerda en una telaraña, por la que trepó Aracne para ponerse a salvo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


martes, 11 de abril de 2017

PERÚN.



El poderoso Perun, cuyo rugido rompe los cielos en las tempestades, es venerado por los príncipes eslavos y sus acólitos, y era invocado como garante de los juramentos. Dios supremo del cielo, del trueno y del rayo, auténtico señor de la guerra, presente en los primitivos templos paganos de Kiev y Novgorod.



Perún corresponde a un concepto de dios uranio extendido ampliamente por toda Europa; los griegos lo llamaron Zeus, los romanos Júpiter, los vikingos Thor y los cuasi hermanos baltos, Perkunas. Cuando Cristo llegó a tierras rusas, el propio príncipe Vladimir I, ordenó la destrucción de la talla de madera que representaba al dios. Los devotos paganos lloraron amargamente al contemplar el ocaso de sus dioses.  


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