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lunes, 25 de noviembre de 2019

CAPILLA DE SAN MIGUEL DE AIGUILHE.




Sobre un cono volcánico se levanta la capilla de San Miguel hasta una altura que le permite escudriñar cada rincón de la villa medieval de Le Puy en Velay. A mediados del siglo X el obispo de Le Puy, Gotescalco, se convirtió en el primer peregrino en realizar el Camino de Santiago. Cuando regresó decidió la construcción de este santuario.


Los dioses se sustituyen unos a otros, y los espacios religiosos se reutilizan una y otra vez. Cuentan que en este mismo lugar existió un templo consagrado al dios Mercurio (Hermes griego), protector de los caminos y patrón del comercio. En la Edad Media, San Miguel Arcángel se adueñó de la roca de Aiguilhe.




Los seres fantásticos, imposibles, quedan fuera del espacio sagrado. Al igual que los cuadrúpedos.



Sobre una formación volcánica, obra de los Titanes, la diminuta iglesia de San Miguel Arcángel es un recuerdo vivo de los ancestrales rituales celebrados en este ónfalo sagrado desde la noche de los tiempos.



El tremendo esfuerzo de llegar hasta aquí, 268 escalones a pleno sol, te pone en contacto con tu ser más profundo y auténtico, te comunica con los chamanes primigenios y las sacerdotisas que vieron en cuevas y cavernas los más antiguos templos que conoció la Humanidad.


Las pequeñas columnas son nervios que penetran en el mismo seno de la tierra y sustentan las bóvedas, el cielo iniciático sobre nuestras cabezas. Aquí el fatigado caminante encuentra reposo y regocijo.



Los artistas del románico continuaron la obra que comenzaron las mujeres del Paleolítico Superior en las cavernas del sur de Europa.



miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ALFABETO.



Las tres Parcas o, según dicen algunos, Io, la hermana de Foroneo, inventaron las cinco vocales del primer alfabeto y las consonantes B y T; Palamedes, hijo de Nauplio, inventó las otras once consonantes, y Hermes redujo los sonidos a caracteres, utilizando formas cuneiformes porque, las grullas vuelan formando cuña, y llevó el sistema de Grecia a Egipto. Éste era el alfabeto pelasgo, que más tarde Cadmo llevó de vuelta a Beocia y que Evandro de Arcadia, un pelasgo, introdujo en Italia, donde su madre Carmenta formó los quince caracteres familiares del alfabeto latino.

Desde entonces agregaron otras consonantes al alfabeto griego Simónides de Sarrios y Epicarmo de Sicilia, y dos vocales, la O larga y la E breve, los sacerdotes de Apolo, de modo que la lira sagrada de éste tiene ahora una vocal para cada una de sus siete cuerdas.

Alfa era la primera de las dieciocho letras, porque alphe significa honor y alphainein es inventar, y porque el Alfeo es el más notable de los ríos. Además Cadmo, aunque cambió el orden de las letras, conservó a alfa en su lugar, porque aleph, en idioma fenicio, significa buey y Beocia es la región de los bueyes.
Robert Graves.

Los Mitos Griegos.

martes, 27 de febrero de 2018

HERMES, EL MENSAJERO DE LOS DIOSES. NATURALEZA Y HECHOS.



Cuando Hermes nació en el monte Cilene su madre Maya lo dejó envuelto en pañales en un bieldo, pero desarrollándose con una rapidez asombrosa se convirtió en un muchacho, y tan pronto como Maya volvió la espalda se escapó y fue en busca de aventuras. Llegó a Pieria, donde Apolo guardaba un hermoso rebaño de vacas, y decidió robarlas. Pero temiendo que lo descubrieran sus huellas, confeccionó rápidamente herraduras con la corteza de un roble caído y las ató con hierbas trenzadas a las pezuñas de las vacas, a las que luego condujo de noche por el camino. Apolo descubrió la pérdida, pero la treta de Hermes le engañó, y aunque fue hasta Pilos en su búsqueda hacia el oeste, y hasta Onquesto hacia el este, al final se vio obligado a ofrecer una recompensa por la captura del ladrón. Sueno y sus sátiros, ansiosos por obtener la recompensa, se diseminaron en diferentes direcciones para descubrirlo, durante largo tiempo sin conseguirlo. Finalmente, un grupo de ellos pasó por Arcadia y oyó el sonido sordo de una música como la que nunca habían oído hasta entonces, y la ninfa Cilene, desde la entrada de una cueva, les dijo que un niño de extraordinario talento había nacido allí recientemente y que ella le hacía de niñera. El niño había construido un ingenioso instrumento musical con la concha de una tortuga y algunas tripas de vaca, y con ese instrumento había arrullado a su madre para que se durmiera.

«¿Y quién le dio las tripas de vaca?», preguntaron los vigilantes sátiros al ver dos cueros extendidos fuera de la cueva. «¿Acusáis de robo al pobre niño?», preguntó a su vez Cilene, y cambiaron palabras duras.

En aquel momento se presentó Apolo, quien había descubierto la identidad del ladrón observando el comportamiento sospechoso de una ave de largas alas. Entró en la cueva, despertó a Maya y le dijo severamente que Hermes debía devolver las vacas robadas. Maya señaló al niño, todavía envuelto en sus pañales y que fingía dormir. «¡Qué acusación absurda!», exclamó. Pero Apolo había reconocido los cueros. Tomó a Hermes, lo llevó al Olimpo y allí le acusó formalmente del robo, mostrando los cueros como prueba. Zeus, poco dispuesto a creer que su hijo recién nacido era ladrón, le instó a que se declarase inocente, pero Apolo no estaba dispuesto a ceder y al final Hermes flaqueó y confesó.
—Muy bien, ven conmigo —dijo— y tendrás tu rebaño. He matados sólo dos y las he dividido en doce partes iguales como sacrificio a los doce dioses.
—¿Doce dioses? —preguntó Apolo—. ¿Y quién es el duodécimo?
—Tu servidor, señor —contestó Hermes modestamente—. No comí más que mi parte, aunque tenia mucha hambre, y lo demás lo quemé debidamente. Ahora bien, éste fue el primer sacrificio de carne que se había hecho hasta entonces.

Los dos dioses volvieron al monte Cilene. donde Hermes saludó a su madre y recuperó algo que había dejado oculto bajo una piel de oveja.
—¿Qué tienes ahí? —le preguntó Apolo.
En respuesta, Hermes le mostró la lira de concha de tortuga recién inventada por él, y utilizando el plectro, que también había inventado, tocó con ella una tonada tan arrebatadora, al mismo tiempo que cantaba en elogio de la nobleza, la inteligencia y la generosidad de Apolo, que éste le perdonó inmediatamente. Condujo al sorprendido y complacido Apolo a Pilos, tocando durante todo el camino, y allí le entregó lo que quedaba del ganado, que había ocultado en una caverna.
—¡Hagamos un trato! —exclamó Apolo—. Tú te quedas con las vacas y yo con la lira.
—De acuerdo —contestó Hermes, y se estrecharon las manos.

Mientras las vacas hambrientas pacían, Hermes cortó unas cañas, hizo con ellas una zampoña y tocó otra tonada. Apolo, complacido de nuevo, propuso:
—Hagamos otro trato. Si me das esa zampoña yo te daré este cayado de oro con el que reúno mi ganado, y en el futuro serás el dios de todos los vaqueros y pastores.
—Mi zampoña vale más que tu cayado —replicó Hermes—, pero haré el trueque si además me enseñas el augurio, porque parece ser un arte muy útil.
—No puedo hacer eso —dijo Apolo—, pero si vas a ver a mis viejas nodrizas, las Trías que viven en el Parnaso, ellas te enseñarán a adivinar por medio de guijarros.

Volvieron a estrecharse las manos y Apolo llevó al niño nuevamente al Olimpo y le refirió a Zeus todo lo que había sucedido. Zeus advirtió a Hermes que en adelante debía respetar los derechos de propiedad y abstenerse de decir mentiras completas, pero no pudo por menos de sentirse divertido.
—Pareces un diosecillo muy ingenioso, elocuente y persuasivo —le dijo.
—Entonces, hazme tu heraldo, Padre —contestó Hermes— y yo me haré responsable de la seguridad de toda la propiedad divina y nunca diré mentiras, aunque no puedo prometer que diré siempre toda la verdad.
—No te exigiría tanto —dijo Zeus, sonriendo—. Pero tus deberes incluirán la conclusión de tratados, la promoción del comercio y el mantenimiento de la libertad de tránsito de los viajeros por todos los caminos del mundo.
Cuando Hermes aceptó esas condiciones, Zeus le dio un báculo de heraldo con cintas blancas que todos debían respetar, un sombrero redondo para que se resguardara de la lluvia y sandalias de oro aladas que lo llevaban de un lado a otro con la rapidez del viento. Fue recibido inmediatamente en la familia olímpica, a la que enseñó el arte de hacer fuego haciendo girar rápidamente una varilla.

Luego las Trías enseñaron a Hermes a predecir el futuro mediante la danza de guijarros en una vasija de agua; él mismo inventó el juego de la taba y el arte de adivinar por medio de ella. Hades le tomó también como su heraldo, para llamar a los moribundos con suavidad y elocuencia, poniendo el báculo de oro sobre sus ojos.

Luego ayudó a las tres Parcas a componer el Alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del pugilato y la gimnasia, los pesos y medidas (que algunos atribuyen a Palamedes) y el cultivo del olivo.

Algunos sostienen que la lira inventada por. Hermes tenía siete cuerdas; otros que sólo tenía tres, de acuerdo con las estaciones, o cuatro, de acuerdo con los trimestres del año, y que Apolo aumentó el número a siete.

Hermes tuvo numerosos hijos, entre ellos Equión, el heraldo de los argonautas; Autólico, el ladrón; y Dafnis, el inventor de la poesía bucólica. Este Dafnis era un bello joven siciliano al que su madre, una ninfa, abandonó en un bosquecillo de laureles de la Montaña de Hera; de aquí el nombre que le dieron los pastores, sus padres adoptivos. Pan le enseñó a tocar la zampoña, Apolo le adoraba y solía cazar con Ártemis, a quien complacía su música. Prodigaba su cuidado de los numerosos rebaños de vacas, que eran de la misma raza que los de Helio. Una ninfa llamada Momia le hijo jurar que nunca le sería infiel bajo pena de quedar ciego, pero su rival, Quimera, se las ingenió para seducirle cuando estaba borracho y Momia le cegó en cumplimiento de su amenaza. Dafnis se consoló durante un tiempo con tristes canciones acerca de la pérdida de la vista, pero no vivió mucho tiempo. Hermes lo convirtió en una piedra, que se ve todavía en la ciudad de Cefalenitano, e hizo que brotara una fuente llamada Dafnis en Siracusa, donde se ofrecen sacrificios anuales.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.





miércoles, 31 de enero de 2018

TIFÓN.



En venganza por la destrucción de los gigantes, la Madre Tierra yació con Tártaro y poco tiempo después, en la Cueva Coriciana de Cilicia, dio a luz a su hijo menor, Tifón, el monstruo más grande que jamás haya existido. Desde los muslos para abajo no era más que serpientes enroscadas, y sus brazos, cuando los extendía, llegaban a centenares de leguas de distancia en cada dirección, y en vez de manos tenía innumerables cabezas de serpientes. Su cabeza de asno bestial tocaba las estrellas, sus enormes alas oscurecían el sol, arrojaba fuego por los ojos y de su boca salían rocas inflamadas. Cuando echó a correr hacia el Olimpo, los dioses huyeron aterrados a Egipto, donde se transformaron en animales: Zeus en un macho cabrío, Apolo en un cuervo, Dioniso en una cabra, Hera en una vaca blanca, Artemis en un gato, Afrodita en un pez, Ares en un oso, Hermes en un ibis, etc.

Sólo Atenea se mantuvo en su puesto y se mofó de la cobardía de Zeus, hasta que éste, reasumiendo su verdadera forma, lanzó contra Tifón un rayo seguido de un golpe con la misma hoz de pedernal que le había servido para castrar a su padre Urano. Herido y gritando, Tifón huyó al monte Casio que se alza sobre Siria por el norte, y allí los dos se trabaron en lucha. Tifón envolvió a Zeus en sus millares de enroscamientos, le despojó de la hoz y, después de cortarle los tendones de las manos y pies con ella, lo arrastró a la Cueva Coriciana. Zeus es inmortal, pero no podía mover ni un dedo, y Tifón había escondido los tendones en una piel de oso que vigilaba Delfine, una hermana monstruo con cola de serpiente.

La noticia de la derrota de Zeus sembró la consternación entre los dioses, pero Hermes y Pan fueron secretamente a la cueva, donde Pan asustó a Delfine con un grito súbito y horrible, mientras Hermes sustraía hábilmente los tendones y volvía a colocarlos en los miembros de Zeus.

Pero algunos dicen que fue Cadmo quien engatusó a Delfine para que le entregara los tendones, alegando que los necesitaba para hacer con ellos las cuerdas para una lira con la que iba a tocarle una música deliciosa.

Zeus volvió al Olimpo y, montado en un carro tirado por caballos alados, persiguió una vez más a Tifón con sus rayos. Tifón había ido al monte Nisa, donde las tres Parcas le ofrecieron frutos efímeros, alegando que con ellos recobraría su vigor, aunque, en realidad, le condenaron a una muerte cierta. Llegó al monte Hemo en Tracia y, levantando montañas enteras, las lanzó contra Zeus, quien interpuso sus rayos, de modo que rebotaban contra el monstruo causándole espantosas heridas. Los chorros de la sangre de Tifón dieron su nombre al monte Hemo. El monstruo huyó a Sicilia, donde Zeus puso fin a la lucha en retirada arrojando sobre él el monte Etna, cuyo cráter vomita fuego hasta nuestros días.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.

martes, 23 de enero de 2018

GANÍMEDES, EL COPERO DE LOS DIOSES.



Ganímedes, el hijo del rey Tros que dio su nombre a Troya, era el joven más bello de los vivientes y en consecuencia lo eligieron los dioses para que fuera el copero de Zeus. Se dice que Zeus, quien deseaba a Ganimedes también como compañero de lecho, se disfrazó con plumas de águila y lo raptó en la llanura troyana.

Luego, en nombre de Zeus, Hermes regaló a Tros una vid de oro, obra de Hefestos, y dos hermosos caballos en compensación por la pérdida de su hijo, asegurándole al mismo tiempo que Ganimedes se había hecho inmortal, estaba exento de las miserias de la vejez y sonreía, con la jarra de oro en la mano, mientras escanciaba el brillante néctar al Padre del Cielo.

Algunos dicen que Eos fue la primera que raptó a Ganimedes para que fuera su amante y que Zeus se lo quitó. Fuera como fuese, lo cierto es que Hera lamentó el insulto de que habían sido objeto ella y su hija Hebe, hasta entonces copera de los dioses, pero lo único que consiguió fue irritar a Zeus, quien puso la imagen de Ganimedes entre las estrellas como Acuario, el portador de agua.

Robert Graves
Los Mitos Griegos.



lunes, 8 de enero de 2018

NATURALEZA Y HECHOS DE ATENEA





Atenea inventó la flauta, la trompeta, la olla de barro, el arado, el rastrillo, el yugo para bueyes, la brida de caballo, el carro y el barco. Fue la primera en enseñar la ciencia de los números y todas las artes femeninas, como la de la cocina, el tejido y el hilado. Aunque es una diosa de la guerra, no le agrada la batalla, como les agrada a Ares y Eris, sino más bien el arreglo de las disputas y la defensa de la ley por medios pacíficos. No lleva armas en tiempo de paz y, si alguna vez las necesita, se las pide habitualmente a Zeus. Su misericordia es grande: cuando los votos de los jueces se igualan en un juicio criminal en el Areópago, siempre da el voto decisivo en favor de la absolución del acusado. Sin embargo, una vez que interviene en la batalla nunca es derrotada, ni siquiera cuando lucha contra Ares mismo, pues domina mejor que él la táctica y la estrategia, y los capitanes prudentes acuden siempre a ella en busca de consejo.

Muchos dioses, Titanes y gigantes se habrían casado de buena gana con ella, pero ella rechazaba siempre todos los requerimientos amorosos. En una ocasión, durante la guerra de Troya, como no quería pedir a Zeus que le prestase sus armas porque éste se había declarado neutral, pidió a Hefesto que le hiciese un equipo especial para ella. Hefesto no quiso que le pagara y dijo tímidamente que haría el trabajo por amor; cuando, sin sospechar el significado de esas palabras, Atenea entró en la fragua para ver cómo el dios golpeaba el metal candente, Hefesto de pronto se dio media vuelta y trató de violarla. Hefesto, que no siempre se comportaba tan groseramente, había sido víctima de una broma maliciosa: Posidón acababa de infórmale de que Atenea se dirigía a la fragua, con el consentimiento de Zeus, llevada por la esperanza de que le hiciese el amor violentamente. Al apartarse Atenea precipitadamente, Hefesto eyaculó contra su muslo, un poco por encima de la rodilla. Ella se limpió el semen con un puñado de lana, que luego arrojó con asco; éste cayó al suelo en las cercanías de Atenas y fertilizó accidentalmente a la Madre Tierra que estaba allí de visita. Asqueada ante la idea de dar a luz un hijo que Hefesto había tratado de engendrar con Atenea, la Madre Tierra declaró que no aceptaría responsabilidad alguna de su crianza.

«Muy bien —dijo Atenea— yo mismo me encargaré de ello». En consecuencia se hizo cargo de la criatura tan pronto como nació, le llamó Erictonio y, como no quería que Posidón se riese del buen éxito de su chanza, lo ocultó en un cesto sagrado que entregó a Agaluro, la hija mayor del rey ateniense Cécrope, con la orden de guardarlo cuidadosamente.

Cécrope, un hijo de la Madre Tierra y, como Erictonio — quien según algunos era su padre—, en parte hombre y en parte serpiente, fue el primer rey que reconoció la paternidad. Se casó con una hija de Acteo, el primer rey del Ática. También instituyó la monogamia, dividió el país de Ática en doce comunidades, construyó templos dedicados a Atenea y abolió ciertos sacrificios de sangre en favor de modestas ofrendas de tortas de cebada. Su esposa se llamaba Agraulo; sus tres hijas, Aglauro, Herse y Pándroso, vivían en una casa de tres habitaciones en la Acrópolis. Un anochecer, cuando las jóvenes volvieron de un festival llevando en la cabeza los cestos sagrados de Atenea, Hermes sobornó a Aglauro para que le diera acceso a Herse, la más joven de las tres, de la que se había enamorado locamente. Aglauro se quedó con el oro de Hermes, pero nada hizo para ganarlo, porque Atenea hizo que sintiera celos de la buena suerte de Herse; en consecuencia, Hermes se introdujo airadamente en la casa, convirtió a Aglauro en piedra e hizo lo que deseaba con Herse. Después de haberle dado Herse dos hijos a Hermes, Céfalo, el amado de Eos, y Cerice, el primer heraldo de los Misterios Eleusinos, ella, Pándroso y su madre Agraulo sintieron la curiosidad de atisbar debajo de la tapa del cesto que había llevado Aglauro. Al ver un niño con cola de serpiente en vez de piernas, lanzaron gritos de terror y, precedidas por Aglauro, se precipitaron desde lo alto de la Acrópolis.

Cuando se enteró de esta fatalidad, Atenea se afligió de tal modo que dejó caer la enorme roca que había estado transportando a la Acrópolis como fortificación adicional y se convirtió en el monte Licabeto. Y al cuervo que le había llevado la noticia le cambió el color de blanco a negro y prohibió a todos los cuervos que volvieran a visitar la Acrópolis. Erictonio se refugió entonces en la égida de Atenea, donde ella le crió tan tiernamente que algunos la tomaron equivocadamente por su madre. Más tarde llegó a ser rey de Atenas, donde instituyó el culto de Atenea y enseñó a sus conciudadanos el uso de la plata. Su imagen fue puesta entre las estrellas como la constelación del Auriga, puesto que había introducido el carro tirado por cuatro caballos.

Es corriente otro relato, muy distinto, de la muerte de Aglauro, a saber, que en una ocasión en que se lanzó un ataque contra Atenas se arrojó desde la Acrópolis obedeciendo a un oráculo, consiguiendo de este modo la victoria. Esta versión se propone explicar por qué todos los jóvenes atenienses, al tomar por primera vez las armas, visitan el templo de Aglauro y allí dedican su vida a la ciudad.

Atenea, aunque tan modesta como Artemis, es mucho más generosa. Cuando Tiresias la sorprendió un día accidentalmente en el baño, le puso sus manos sobre los ojos y le cegó, pero manera de compensación le dio la linterna.

No queda constancia de que le irritaran los celos más que en una sola ocasión. He aquí la fábula: Aracne, ¿princesa de Colofón en Lidia —famosa por su tinte purpúreo— era tan hábil en el arte del tejido que ni siquiera Atenea podía competir con ella. Cuando le mostraron un paño en el que Aracne había tejido ilustraciones de tos amoríos olímpicos, la diosa lo examinó atentamente para encontrarle un defecto, pero como no pudo hallarlo, desgarró el paño con una ira fría y vengativa. Cuando Aracne, aterrorizada, se colgó de una viga, Atenea la transformó a ella en una araña —el insecto que más odia— y la cuerda en una telaraña, por la que trepó Aracne para ponerse a salvo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


miércoles, 5 de agosto de 2015

ESTATUA DE HERMES.



Mensajero de los dioses, vigilante de los caminos y protector de los comerciantes, Hermes, bautizado Mercurio por los romanos, es uno de los Olímpicos. Esta escultura descabezada se conserva en la Gliptoteca de Munich y es una copia romana de una obra griega del 370.  
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