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viernes, 11 de enero de 2019

EL DESTRONAMIENTO DE CRONO.



Crono se casó con su hermana Rea, a quien está consagrado el roble. Pero la Madre Tierra y su moribundo padre Urano profetizaron que uno de sus hijos lo destronaría. En consecuencia, cada año devoraba a los hijos que le daba Rea: primeramente a Hestia, luego a Deméter y Hera, y más tarde a Hades y Posidón. 


Rea estaba furiosa. Dio a luz a Zeus, su tercer hijo, en plena noche en el monte Liqueo de Arcadia, donde ninguna criatura proyecta su sombra y, después de bañarlo en el río Neda, lo entregó a la Madre Tierra, quien lo llevó a Licto en Creta y lo ocultó en la cueva de Dicte en el monte Egeo. La Madre Tierra lo dejó allí para que lo criaran Adrastea, una ninfa del Fresno, su hermana Io, hijas ambas de Meliseo, y la ninfa-cabra Amaltea. Se alimentaba de miel y bebía la leche de Amaltea, con el chivo Pan, su hermano adoptivo. Zeus estaba agradecido a las tres ninfas por su bondad y cuando llegó a ser el Señor del Universo puso la imagen de Amaltea entre las estrellas, como Capricornio y también tomó uno de sus cuernos, que parecía el de una vaca, y se lo dio a las hijas de Meliseo; se convirtió en la famosa Cornucopia, o cuerno de la abundancia, que está siempre lleno de todos los alimentos o bebidas que su poseedor pueda desear. Pero algunos dicen que Zeus fue amamantado por una cerda y cabalgaba montado en su lomo, y que perdió su cordón umbilical en Onfalión, cerca de Cnosos. 

Alrededor de la cuna dorada del niño Zeus, la cual colgaba de un árbol (para que Cronos no lo pudiera encontrar ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mar) se hallaban los Cúreles armados, hijos de Rea. Golpeaban sus lanzas contra los escudos y gritaban para ahogar el llanto del niño, por temor a que Crono pudiera oírlo desde lejos. Rea había envuelto una piedra en pañales y la había entregado a Crono en el monte Taumacio de Arcadia y él la había devorado, creyendo que devoraba al niño Zeus. Sin embargo, Crono descubrió lo que había sucedido y persiguió a Zeus, quien se transformó a sí mismo en una serpiente y a sus nodrizas en osos: de aquí las constelaciones de la Serpiente y las Osas. 

Zeus llegó a la virilidad entre los pastores del Ida, ocupando otra cueva; luego buscó por todos lados a Metis y la Titánide, quien vivía junto a la corriente del Océano. Por consejo de ella visitó a su madre Rea y le pidió que le nombrara copero de Crono. Rea le ayudó de buena gana en su venganza; le proporcionó la pócima emética que Metis le había encargado mezclar con la bebida dulce de Crono. Cuando Crono hubo bebido en abundancia vomitó primeramente la piedra y luego a los hermanos y hermanas mayores de Zeus. Salieron ilesos y, en agradecimiento, le pidieron que los encabezara en una guerra contra los Titanes, quienes eligieron al gigante Atlante como jefe, pues Crono había pasado ya de la flor de la vida. 


La guerra duró diez años, pero al final la Madre Tierra profetizó la victoria para su nieto Zeus si éste tomaba como aliados a aquellos a quienes Crono había confinado en el Tártaro; en consecuencia, se acercó secretamente a Campe, la vieja carcelera del Tártaro, la mató, le quitó las llaves y después de poner en libertad a los Cíclopes y a los gigantes de las cien manos, los fortaleció con comida y bebida divinas. En consecuencia los Cíclopes le dieron a Zeus el rayo como arma ofensiva, a Hades un yelmo que la hacía invisible, y a Posidón un tridente. Después de celebrar los tres hermanos un consejo de guerra. Hades se presentó invisible ante Crono para robarle sus armas; y mientras Posidón le amenazaba con el tridente, desviando de este modo su atención, Zeus lo derribó con el rayo. Los tres gigantes de las cien manos alzaron rocas y las arrojaron contra los demás Titanes y un grito súbito de la Cabra-Pan los puso en fuga. Los dioses los persiguieron. Crono y todos los Titanes vencidos, excepto Atlante, fueron desterrados a una isla británica del lejano oeste (o, según algunos, confinados en el Tártaro), bajo la guardia de los gigantes de las cien manos. No volvieron a perturbar la Hélade. A Atlante pese a ser su jefe de guerra, se le impuso un castigo ejemplar, ordenándole sostener el firmamento sobre sus espaldas; pero se perdonó a las Titánides, en atención a Metis y Rea. 

Zeus mismo instaló en Belfos la piedra que había vomitado Crono. Está todavía allí, se la unta constantemente con aceite y se ofrecen sobre ella hebras de lana destejida. 

Algunos dicen que Posidón no fue devorado ni vomitado, sino que Rea dio a Crono en lugar de él un potro, y lo ocultó entre las manadas de caballos. Y los cretenses, que son mentirosos, refieren que Zeus nace cada año en la misma cueva con un fuego centelleante y un chorro de sangre, y que cada año muere y lo entierran. 

Los Mitos Griegos. Robert Graves. 

lunes, 20 de agosto de 2018

ALCIONE Y CEICE



Alcíone era hija de Éolo, guardián de los vientos, y Egialea. Se casó con Ceice de Traquis, hijo del Lucero del Alba, y fueron tan felices con su mutua compañía que ella se atrevió a llamarse a sí misma Hera y a su esposo, Zeus. Esto, como es natural, molestó a los olímpicos Zeus y Hera, quienes desencadenaron una tormenta sobre el barco en el que viajaba Ceice para consultar con un oráculo y le ahogaron. Su ánima se apareció a Alcione, quien, muy contra su voluntad, se había quedado en Traquis y en consecuencia, enloquecida por la pena, se arrojó al mar. Algún dios compasivo los transformó a ambos en martín pescador.

Ahora, cada invierno, la martín pescadora lleva a su macho muerto con grandes lamentos a su entierro y luego construye un nido muy compacto con las espinas de la ortiga de mar, lo lanza al mar, pone sus huevos en él y empolla sus polluelos. Hace todo eso en los Días del Alción, o sea, los siete que preceden al solsticio invernal y los siete que le siguen, mientras Éolo prohibe a sus vientos que agiten las aguas.

Pero algunos dicen que Ceice se transformó en una gaviota.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.


lunes, 25 de junio de 2018

HERA Y SUS HIJOS.




Hera, hija de Crono y Rea, nació en la isla de Samos o, según algunos, en Argos, y la crió en Arcadia Temeno, hijo de Pelasgo. Las Estaciones fueron sus nodrizas. Después de desterrar a su padre Crono, el hermano gemelo de Hera, Zeus, fue a verla en Cnosos, Creta, o según dicen algunos, en el monte Tórnax (llamado ahora Montaña del Cuco) en Argólide, donde la cortejó, al principio sin éxito. Ella se compadeció del dios solamente cuando éste se disfrazó de cuco enlodado, y le calentó cariñosamente en su seno. Allí él reasumió inmediatamente su verdadera forma y la violó, y ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses asistieron a la boda con regalos, entre los que destacó el de la Madre Tierra, quien le regaló a Hera un árbol con manzanas de oro, que luego guardaron las Hespérides en el jardín que Hera poseía en el monte Atlas. Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, y esa noche duró trescientos años. Hera se baña regularmente en la fuente de Canatos, cerca de Argos, y así renueva su virginidad.

De Hera y Zeus nacieron los dioses Ares, Hefesto y Hebe, aunque algunos dicen que Ares y su hermana gemela Eris fueron concebidos cuando Hera tocó cierta flor, y Hebe cuando tocó una lechuga, y que Hefesto también era su hijo partenogénito, prodigio que él no quiso creer hasta que la aprisionó en una silla mecánica con brazos que se cerraban alrededor del que se sentaba en ella, y así le obligó a jurar por el río Estigia que no mentía. Otros dicen que Hefesto era hijo suyo con Talos, el sobrino de Dédalo.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.


miércoles, 9 de mayo de 2018

ZEUS Y HERA.




Sólo Zeus, el Padre del Cielo, podía manejar el rayo y con la amenaza de su fulguración fatal dominaba a su familia pendenciera y rebelde del monte Olimpo. También ordenaba los cuerpos celestes, dictaba leyes, hacía cumplir los juramentos y pronunciaba oráculos. Cuando su madre Rea, previendo la perturbación que iba a causar su lujuria, le prohibió que se casara, el ,e amenazó airadamente con violarla. Aunque ella se convirtió inmediatamente en una serpiente amenazadora, eso no atemorizó a Zeus, quien se convirtió en una serpiente macho, se enroscó alrededor de Rea formando un lazo indisoluble y cumplió su amenaza. Fue entonces cuando inició su larga serie de aventuras amorosas. Engendró a las Estaciones y a las Tres Parcas en Temis, a las Carites en Eurínome; a las tres Musas en Mnemósine, con quien estuvo acostado durante nueve noches; y, según dicen algunos, a Perséfone, la Reina del mundo subterráneo, con quien se casó forzosamente su hermano Hades, en la ninfa Éstige. Por lo tanto, no carecía de poder ni sobre la tierra ni debajo de ella, y su esposa Hera sólo le igualaba en una cosa: en que todavía podía otorgar el don de la profecía a cualquier hombre o animal que desease.

Zeus y Hera altercaban constantemente. Ofendida por sus infidelidades, Hera humillaba a Zeus frecuentemente con sus intrigas. Aunque él le comunicaba sus secretos y a veces aceptaba sus consejos, nunca confiaba plenamente en Hera y ésta sabía que si le ofendía más allá de cierto punto él la azotaría y hasta descargaría un rayo sobre ella. Por lo tanto recurría a intrigas despiadadas, como en el caso, del nacimiento de Heracles, y a veces tomaba prestado el ceñidor de Afrodita para excitar su pasión y debilitar así su voluntad. Él afirmaba ahora ser el primogénito de Crono.

Llegó un tiempo en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera, Posidón, Apolo y todos los demás olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto cuando dormía en su lecho y lo ataron con correas de cuero crudo, enlazadas en cien nudos, de modo que no pudiera moverse. Él les amenazó con matarlos al instante, pero ellos habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante. Mientras los dioses celebraban su victoria y discutían celosamente quién iba a ser su sucesor, la Nereída Tetis, previendo uña guerra civil en el Olimpo, corrió en busca del gigante de cien manos Briareo, quien rápidamente desató las correas empleando todas sus manos al mismo tiempo, y liberó a su señor. Ya que Hera había encabezado la conspiración contra él, Zeus la colgó del firmamento con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque atado a cada tobillo. Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a liberarla a pesar de sus gritos lastimeros. Al final Zeus se decidió a ponerla en libertad si ellos juraban que no volverían a rebelarse contra él, cosa que hicieron todos ellos por turno y a regañadientes. Zeus, castigó a Posidón y Apolo enviándolos como siervos al rey Laomedonte, para quien construyeron la ciudad de Troya, pero perdonó a los demás por, haber actuado bajo coacción.
Robert Graves. Los Mitos Griegos.

sábado, 3 de marzo de 2018

LAMIA.



Belo tenía una hermosa hija llamada Lamia que gobernó en Libia y a la que Zeus, agradecido por sus favores, otorgó la facultad singular de quitarse los ojos y volver a ponérselos a su voluntad. Le dio varios hijos, pero todo ellos, menos Escila, fueron muertos por Hera en un arrebato de celos. Lamia se vengó matando a los hijos de otros y obró con tanta crueldad que su rostro se convirtió en una máscara espantosa. Posteriormente se agregó al grupo de las Empusas yaciendo con jóvenes y chupándoles la sangre mientras dormían.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.

martes, 27 de febrero de 2018

HERMES, EL MENSAJERO DE LOS DIOSES. NATURALEZA Y HECHOS.



Cuando Hermes nació en el monte Cilene su madre Maya lo dejó envuelto en pañales en un bieldo, pero desarrollándose con una rapidez asombrosa se convirtió en un muchacho, y tan pronto como Maya volvió la espalda se escapó y fue en busca de aventuras. Llegó a Pieria, donde Apolo guardaba un hermoso rebaño de vacas, y decidió robarlas. Pero temiendo que lo descubrieran sus huellas, confeccionó rápidamente herraduras con la corteza de un roble caído y las ató con hierbas trenzadas a las pezuñas de las vacas, a las que luego condujo de noche por el camino. Apolo descubrió la pérdida, pero la treta de Hermes le engañó, y aunque fue hasta Pilos en su búsqueda hacia el oeste, y hasta Onquesto hacia el este, al final se vio obligado a ofrecer una recompensa por la captura del ladrón. Sueno y sus sátiros, ansiosos por obtener la recompensa, se diseminaron en diferentes direcciones para descubrirlo, durante largo tiempo sin conseguirlo. Finalmente, un grupo de ellos pasó por Arcadia y oyó el sonido sordo de una música como la que nunca habían oído hasta entonces, y la ninfa Cilene, desde la entrada de una cueva, les dijo que un niño de extraordinario talento había nacido allí recientemente y que ella le hacía de niñera. El niño había construido un ingenioso instrumento musical con la concha de una tortuga y algunas tripas de vaca, y con ese instrumento había arrullado a su madre para que se durmiera.

«¿Y quién le dio las tripas de vaca?», preguntaron los vigilantes sátiros al ver dos cueros extendidos fuera de la cueva. «¿Acusáis de robo al pobre niño?», preguntó a su vez Cilene, y cambiaron palabras duras.

En aquel momento se presentó Apolo, quien había descubierto la identidad del ladrón observando el comportamiento sospechoso de una ave de largas alas. Entró en la cueva, despertó a Maya y le dijo severamente que Hermes debía devolver las vacas robadas. Maya señaló al niño, todavía envuelto en sus pañales y que fingía dormir. «¡Qué acusación absurda!», exclamó. Pero Apolo había reconocido los cueros. Tomó a Hermes, lo llevó al Olimpo y allí le acusó formalmente del robo, mostrando los cueros como prueba. Zeus, poco dispuesto a creer que su hijo recién nacido era ladrón, le instó a que se declarase inocente, pero Apolo no estaba dispuesto a ceder y al final Hermes flaqueó y confesó.
Muy bien, ven conmigo —dijo— y tendrás tu rebaño. He matados sólo dos y las he dividido en doce partes iguales como sacrificio a los doce dioses.
¿Doce dioses? —preguntó Apolo—. ¿Y quién es el duodécimo?
Tu servidor, señor —contestó Hermes modestamente—. No comí más que mi parte, aunque tenia mucha hambre, y lo demás lo quemé debidamente. Ahora bien, éste fue el primer sacrificio de carne que se había hecho hasta entonces.

Los dos dioses volvieron al monte Cilene. donde Hermes saludó a su madre y recuperó algo que había dejado oculto bajo una piel de oveja.
¿Qué tienes ahí? —le preguntó Apolo.
En respuesta, Hermes le mostró la lira de concha de tortuga recién inventada por él, y utilizando el plectro, que también había inventado, tocó con ella una tonada tan arrebatadora, al mismo tiempo que cantaba en elogio de la nobleza, la inteligencia y la generosidad de Apolo, que éste le perdonó inmediatamente. Condujo al sorprendido y complacido Apolo a Pilos, tocando durante todo el camino, y allí le entregó lo que quedaba del ganado, que había ocultado en una caverna.
¡Hagamos un trato! —exclamó Apolo—. Tú te quedas con las vacas y yo con la lira.
De acuerdo —contestó Hermes, y se estrecharon las manos.

Mientras las vacas hambrientas pacían, Hermes cortó unas cañas, hizo con ellas una zampoña y tocó otra tonada. Apolo, complacido de nuevo, propuso:
Hagamos otro trato. Si me das esa zampoña yo te daré este cayado de oro con el que reúno mi ganado, y en el futuro serás el dios de todos los vaqueros y pastores.
Mi zampoña vale más que tu cayado —replicó Hermes—, pero haré el trueque si además me enseñas el augurio, porque parece ser un arte muy útil.
No puedo hacer eso —dijo Apolo—, pero si vas a ver a mis viejas nodrizas, las Trías que viven en el Parnaso, ellas te enseñarán a adivinar por medio de guijarros.

Volvieron a estrecharse las manos y Apolo llevó al niño nuevamente al Olimpo y le refirió a Zeus todo lo que había sucedido. Zeus advirtió a Hermes que en adelante debía respetar los derechos de propiedad y abstenerse de decir mentiras completas, pero no pudo por menos de sentirse divertido.
Pareces un diosecillo muy ingenioso, elocuente y persuasivo —le dijo.
Entonces, hazme tu heraldo, Padre —contestó Hermes— y yo me haré responsable de la seguridad de toda la propiedad divina y nunca diré mentiras, aunque no puedo prometer que diré siempre toda la verdad.
No te exigiría tanto —dijo Zeus, sonriendo—. Pero tus deberes incluirán la conclusión de tratados, la promoción del comercio y el mantenimiento de la libertad de tránsito de los viajeros por todos los caminos del mundo.
Cuando Hermes aceptó esas condiciones, Zeus le dio un báculo de heraldo con cintas blancas que todos debían respetar, un sombrero redondo para que se resguardara de la lluvia y sandalias de oro aladas que lo llevaban de un lado a otro con la rapidez del viento. Fue recibido inmediatamente en la familia olímpica, a la que enseñó el arte de hacer fuego haciendo girar rápidamente una varilla.

Luego las Trías enseñaron a Hermes a predecir el futuro mediante la danza de guijarros en una vasija de agua; él mismo inventó el juego de la taba y el arte de adivinar por medio de ella. Hades le tomó también como su heraldo, para llamar a los moribundos con suavidad y elocuencia, poniendo el báculo de oro sobre sus ojos.

Luego ayudó a las tres Parcas a componer el Alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del pugilato y la gimnasia, los pesos y medidas (que algunos atribuyen a Palamedes) y el cultivo del olivo.

Algunos sostienen que la lira inventada por. Hermes tenía siete cuerdas; otros que sólo tenía tres, de acuerdo con las estaciones, o cuatro, de acuerdo con los trimestres del año, y que Apolo aumentó el número a siete.

Hermes tuvo numerosos hijos, entre ellos Equión, el heraldo de los argonautas; Autólico, el ladrón; y Dafnis, el inventor de la poesía bucólica. Este Dafnis era un bello joven siciliano al que su madre, una ninfa, abandonó en un bosquecillo de laureles de la Montaña de Hera; de aquí el nombre que le dieron los pastores, sus padres adoptivos. Pan le enseñó a tocar la zampoña, Apolo le adoraba y solía cazar con Ártemis, a quien complacía su música. Prodigaba su cuidado de los numerosos rebaños de vacas, que eran de la misma raza que los de Helio. Una ninfa llamada Momia le hijo jurar que nunca le sería infiel bajo pena de quedar ciego, pero su rival, Quimera, se las ingenió para seducirle cuando estaba borracho y Momia le cegó en cumplimiento de su amenaza. Dafnis se consoló durante un tiempo con tristes canciones acerca de la pérdida de la vista, pero no vivió mucho tiempo. Hermes lo convirtió en una piedra, que se ve todavía en la ciudad de Cefalenitano, e hizo que brotara una fuente llamada Dafnis en Siracusa, donde se ofrecen sacrificios anuales.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos.





jueves, 15 de febrero de 2018

MELAMPO.




El minia Melampo, nieto de Creteo, vivía en Pilos, Mesenia, y fue el primer mortal al que se concedieron los dones proféticos, el primero que practicó la medicina, el primero que edificó templos a Dioniso en Grecia y el primero que mezcló el vino con agua.

Su hermano Biante, por quien sentía gran afecto, se enamoró de su prima Pero, y eran tantos los pretendientes a su mano que su padre Neleo la prometió al hombre que pudiera ahuyentar de Milacas el ganado del rey Fílaco. Éste apreciaba ese ganado más que cualquier otra cosa del mundo, con excepción de su hijo único Ificlo, y lo guardaba personalmente con la ayuda de un perro que nunca dormía y al que nadie se podía acercar.

Ahora bien, Melampo entendía el lenguaje de las aves, pues le había limpiado los oídos, lamiéndoselos, una carnada agradecida de serpientes jóvenes a las que había librado de la muerte a manos de sus sirvientes y los cadáveres de cuyos padres había enterrado piadosamente. Además, Apolo, con quien se encontró un día en las orillas del río Alfeo, le enseñó a profetizar examinando las entrañas de las víctimas sacrificadas. Así fue cómo supo que quienquiera que tratase de robar el ganado de Fílaco lo recibiría como obsequio, pero sólo después de haber estado encarcelado durante exactamente un año. Como Biante estaba desesperado, Melampo decidió ir al establo de Fílaco en plena noche, pero tan pronto como intentó tocar una vaca el perro le mordió en la pierna y Fílaco, levantándose de un salto de la paja en que dormía, lo hizo encarcelar. Eso era, por supuesto, lo que esperaba Melampo.

En la tarde del día en que terminaba su año de encarcelamiento oyó Melampo a dos carcomas que hablaban en el extremo de la viga que se introducía en la pared sobre su cabeza. Una de ellas preguntó con un suspiro de cansancio:
¿Cuántos días de roer nos quedan todavía, hermana?
La otra, con la boca llena de polvo de madera, contestó:
Estamos progresando mucho. La viga caerá mañana al amanecer si no perdemos el tiempo en conversaciones inútiles.
Melampo gritó al oír eso:
¡Fílaco, Fílaco, te ruego que me traslades a otra celda! Aunque Fílaco se rió de las razones de Melampo, le trasladó a otra celda. Cuando la viga cayó en la hora predicha y mató a una de las mujeres que ayudaban a sacar la cama, la presciencia de Melampo dejó asombrado a Fílaco.
Te concederé la libertad y el ganado —le dijo— si curas de
la impotencia a mi hijo Ificlo.

Melampo accedió. Comenzó la tarea sacrificando dos toros a Apolo, y después de haber quemado los fémures con la grasa, dejó las reses muertas junto al altar. Poco después descendieron dos buitres y uno de ellos le dijo al otro:
Deben haber pasado varios años desde que estuvimos aquí la última vez. Fue cuando Fílaco castraba carneros y nosotros tuvimos nuestros gajes.
Lo recuerdo —dijo el otro— Ificlo que entonces era todavía un niño, vio que se le acercaba su padre con un cuchillo manchado con sangre y se asustó. Al parecer temía que le castrara también a él, porque se puso a gritar con todas sus fuerzas. Fílaco clavó el cuchillo en el peral sagrado que se alzaba aquí, para no perderlo, mientras corría a consolar a Ificlo. Ese susto explica la impotencia. ¡Pero Fílaco se olvidó de recoger el cuchillo! Allí está todavía, clavado en el árbol, pero la corteza ha cubierto su hoja y sólo se ve el extremo del mango.
En ese caso —observó el primer buitre— el remedio de la impotencia de Ificlo sería extraer el cuchillo, raspar el orín dejado por la sangre de carnero y administrárselo, mezclado con agua, durante diez días seguidos.
Estoy de acuerdo —declaró el otro buitre—. ¿Pero quién aún con menos inteligencia que nosotros, sería lo suficientemente sensato como para prescribir semejante medicina?

Así pudo Melampo curar a Ificlo, quien no tardó en engendrar un hijo llamado Podarces; y, habiendo reclamado primeramente el ganado y luego a Pero, entregó ésta, todavía virgen, a su agradecido hermano Biante.

Ahora bien, Preto, hijo de Abante, que reinaba en Argólide juntamente con Acrisio, se había casado con Estenebea, quien le dio tres hijas llamadas Lisipe, Ifínoe e Ifianasa, aunque algunos llaman a las dos menores Hipónoe y Cirianasa. Bien porque habían ofendido a Dioniso, o bien porque habían ofendido a Hera por haber incurrido excesivamente en amoríos, o robando el oro de su imagen en Tirinto, la capital de su padre, los dioses enloquecieron a las tres, que recorrían furiosas las montañas como vacas picadas por el tábano, conduciéndose de la manera más desordenada y atacando a los viajeros.

Cuando Melampo se enteró de eso fue a Tirinto y se ofreció a curarlas, con la condición de que Preto le recompesara con la tercera parte de su reino.
El precio es demasiado alto —replicó Preto bruscamente, y Melampo se retiró.
La locura se extendió a las mujeres argivas, muchas de las cuales mataban a sus hijos, abandonaban sus hogares y en su desvarío iban a unirse a las tres hijas de Preto, por lo que no había seguridad en los caminos y los rebaños de ovejas y el ganado vacuno sufrían fuertes pérdidas, porque las mujeres desenfrenadas descuartizaban a los animales y los devoraban crudos. Al ver eso Preto se apresuró a llamar a Melampo para decirle que aceptaba sus condiciones.
No, no —dijo Melampo—, así como ha aumentado la enfermedad, así también han aumentado mis honorarios. Dame a mí una tercera parte de tu reino y dale otra tercera parte a mi hermano Biante, y me comprometo a librarte de esa calamidad. Si te niegas, no quedará en su hogar una sola mujer argiva. Preto aceptó y Melampo le aconsejó:
Promete veinte bueyes rojos a Helio —yo te diré lo que debes decir— y todo andará bien.

En conformidad, Preto prometió los bueyes a Helio, con la condición de que sus hijas y las acompañantes de éstas se curasen, y Helio que lo ve todo, prometió inmediatamente a Artemis que le daría los nombres de ciertos reyes que no habían hecho sacrificios, con la condición de que convenciera a Hera para que anulara su maldición de las mujeres argivas. Ahora bien, Artemis había perseguido y dado muerte recientemente a la ninfa Calisto para complacer a Hera, por lo que no tuvo dificultad en ponerla de su lado en el asunto. Así es como se hacen las cosas tanto en el cielo como en la tierra: una mano lava a la otra.

Luego Melampo, ayudado por Biante y un grupo escogido de jóvenes fornidos condujeron a la desordenada multitud de mujeres de las montañas a Sición, donde se curaron de su locura, y luego las purificaron mediante la inmersión en un pozo sagrado. Como no encontraron a las hijas de Preto entre aquella chusma, Melampo y Biante fueron otra vez en su busca y persiguieron a las tres hasta Lusi en Arcadia, donde se refugiaron en una cueva que daba al río Estigia. Allí Lisipe e Ifianasa recuperaron su juicio y se purificaron, pero Ifínoe había muerto en el camino.

Melampo, se casó luego con Lisipe; Biante (cuya esposa Pero había muerto hacía poco) se casó con Ifianasa, y Preto recompensó a ambos de acuerdo con su promesa. Pero algunos dicen que el verdadero nombre de Preto era Anaxágoras.
Robert Graves.
Los Mitos Griegos. 


sábado, 10 de febrero de 2018

IXIÓN



Ixión, hijo de Flegias, el rey lapita, convino en casarse con Día, hija de Deyoneo, le prometió ricos regalos de boda e invitó a Deyoneo a un banquete, pero preparó delante del palacio una trampa con un gran fuego de carbón vegetal debajo, y el confiando Deyoneo cayó en ella y se quemó.

Aunque los dioses menos importantes lo consideraron una acción nefanda y se negaron a purificar a Ixión, Zeus, que obraba igualmente mal cuando se enamoraba, no sólo le purificó, sino que además lo llevó a comer en su mesa.

Ixión era desagradecido y se propuso seducir a Hera, a quien, según suponía, le agradaría tener la oportunidad de vengarse de Zeus por sus frecuentes infidelidades. Pero Zeus adivinó las intenciones de Ixión y dio a una nube la forma de una falsa Hera con la que Ixión, que había bebido demasiado para descubrir el engaño, satisfizo su deseo. Zeus le sorprendió in fragranti y ordenó a Hermes que lo azotase sin piedad hasta que repitiese las palabras: «Los benefactores merecen ser honrados», y luego lo ató a una rueda ardiente que gira sin cesar por el firmamento.

La falsa Hera, llamada luego Neféle, dio a Ixión como hijo el proscrito niño Centauro, del que se dice que cuando llegó a la edad viril engendró caballos-centauros con yeguas magnesias, de los cuales el más célebre fue el docto Quirón.

Robert Graves.
Los Mitos Griegos.

miércoles, 31 de enero de 2018

TIFÓN.



En venganza por la destrucción de los gigantes, la Madre Tierra yació con Tártaro y poco tiempo después, en la Cueva Coriciana de Cilicia, dio a luz a su hijo menor, Tifón, el monstruo más grande que jamás haya existido. Desde los muslos para abajo no era más que serpientes enroscadas, y sus brazos, cuando los extendía, llegaban a centenares de leguas de distancia en cada dirección, y en vez de manos tenía innumerables cabezas de serpientes. Su cabeza de asno bestial tocaba las estrellas, sus enormes alas oscurecían el sol, arrojaba fuego por los ojos y de su boca salían rocas inflamadas. Cuando echó a correr hacia el Olimpo, los dioses huyeron aterrados a Egipto, donde se transformaron en animales: Zeus en un macho cabrío, Apolo en un cuervo, Dioniso en una cabra, Hera en una vaca blanca, Artemis en un gato, Afrodita en un pez, Ares en un oso, Hermes en un ibis, etc.

Sólo Atenea se mantuvo en su puesto y se mofó de la cobardía de Zeus, hasta que éste, reasumiendo su verdadera forma, lanzó contra Tifón un rayo seguido de un golpe con la misma hoz de pedernal que le había servido para castrar a su padre Urano. Herido y gritando, Tifón huyó al monte Casio que se alza sobre Siria por el norte, y allí los dos se trabaron en lucha. Tifón envolvió a Zeus en sus millares de enroscamientos, le despojó de la hoz y, después de cortarle los tendones de las manos y pies con ella, lo arrastró a la Cueva Coriciana. Zeus es inmortal, pero no podía mover ni un dedo, y Tifón había escondido los tendones en una piel de oso que vigilaba Delfine, una hermana monstruo con cola de serpiente.

La noticia de la derrota de Zeus sembró la consternación entre los dioses, pero Hermes y Pan fueron secretamente a la cueva, donde Pan asustó a Delfine con un grito súbito y horrible, mientras Hermes sustraía hábilmente los tendones y volvía a colocarlos en los miembros de Zeus.

Pero algunos dicen que fue Cadmo quien engatusó a Delfine para que le entregara los tendones, alegando que los necesitaba para hacer con ellos las cuerdas para una lira con la que iba a tocarle una música deliciosa.

Zeus volvió al Olimpo y, montado en un carro tirado por caballos alados, persiguió una vez más a Tifón con sus rayos. Tifón había ido al monte Nisa, donde las tres Parcas le ofrecieron frutos efímeros, alegando que con ellos recobraría su vigor, aunque, en realidad, le condenaron a una muerte cierta. Llegó al monte Hemo en Tracia y, levantando montañas enteras, las lanzó contra Zeus, quien interpuso sus rayos, de modo que rebotaban contra el monstruo causándole espantosas heridas. Los chorros de la sangre de Tifón dieron su nombre al monte Hemo. El monstruo huyó a Sicilia, donde Zeus puso fin a la lucha en retirada arrojando sobre él el monte Etna, cuyo cráter vomita fuego hasta nuestros días.

Robert Graves. 
Los Mitos Griegos.

lunes, 6 de marzo de 2017

EL NACIMIENTO DE LA VÍA LÁCTEA



Junto a la sangre y al semen, la leche materna ha sido considerada a lo largo de toda la historia un líquido vital. De ellos brota la existencia. El invencible héroe Hércules fue fruto de los amoríos entre el todopoderoso Zeus y la mortal Alcmena. Siendo apenas un bebé Hércules fue colocado junto al pecho de Hera, esposa de Zeus y madrastra celosa del retoño, para a través de su leche materna, alcanzar la inmortalidad. La diosa despertó de súbito y apartó bruscamente al chiquillo, la leche que manaba de su seno se derramó por el Cosmos formando la Vía Láctea. Rubens imagino la escena y la plasmó en un maravilloso lienzo. Las artes plásticas siempre han encontrado una inagotable fuente de inspiración en la mitología clásica.  

sábado, 25 de octubre de 2014

SÁTIRO CUIDA A DIONISIOS NIÑO.



Dionisio, el dios del vino y del desenfreno, era hijo de Zeus y de la bella Semele, y por ser fruto de una (nueva) infidelidad, desencadenó los terribles celos de Hera, la eterna esposa de Zeus.


Para poner a salvo al pequeño, Hermes le buscó acomodo en Nisa, una pequeña ciudad de Asia Menor, donde un grupo de ninfas, ayudadas por Sileno y los sátiros del bosque, se encargaron de criar y proteger al pequeño. La escultura es una copia romana del original griego fechada hacia el 390 a.C. y conservada en la Gliptoteca de Munich.
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