domingo, 3 de marzo de 2024

ATLANTIDE, ADOLESCENCIA EN LA LAGUNA VENECIANA.



 


Amanece en San Erasmo, el sol y el tedio, invitan a bañarse en el mar y a deleitarse con la pereza. Un baño en el paraíso, en una pequeña isla, donde aún es posible sentir la tierra en los pies. Los jóvenes de las islas de la Laguna, viven como anfibios, en la periferia de la República de las Maravillas, en los márgenes desconocidos de una ciudad que los desprecia. Yuri Ancarani, director de la cinta, nos invita a sumergirnos en un paraíso en el que los días soleados dan paso a noches de desenfreno y madrugadas de desasosiego, el descenso mental y físico a los infiernos de neón. Un viaje hipnótico y psicodélico que termina desdibujando los límites que separan lo real de lo imaginario.





Desenfreno, olor a diesel y a sal, juventud rebelde, alma adolescente incomprendida, eternas noches mediterráneas. Chonismo como respuesta al lujo y al glamour, lancha contra góndola, música electrónica para dejar mudos los violines de Vivaldi. Drogas, sexo y velocidad, vivir la noche como si nunca fuese a amanecer. Una ensoñación febril que te agita cuerpo y mente. Venecia ofrece un espacio para escapar de la realidad íntima de cada uno. Una historia de amor sin amor. Violencia sin violencia. Es más lo que calla, que lo que muestra.





Venecia lleva tantos siglos hundiéndose que se ha convertido en un sugerente tópico literario y por supuesto, también cinematográfico. Pero un tópico que admite revisiones y reinterpretaciones constantes, sin que por ello termine de agotarse. Ancarani nos muestra su propia visión un hundimiento que sucede paralelamente con nuestra visita a los abismos (la individual, la social y la colectiva). Una juventud atrapada, que se niega a sí misma , que ha perdido la capacidad de soñar con una vida mejor (y feliz). El agua es incontrolable, una desmesurada fuerza de la naturaleza.





Yuri Ancarani, para quién “Venecia es un mundo en sí mismo, el universo es la laguna y las islas son los planetas” , conduce al espectador de isla en isla, navegando a toda velocidad por las aguas de la Laguna. Atlantide muestra un rostro diferente, poco conocido, de una ciudad, por otro lado, multifacética. Las islas de la Laguna conforman un interesante microcosmos que orbita alrededor de un poderoso centro de atracción, la ciudad de Venecia.





Imaginé mi adolescencia en Atlántide, un rebelde sin causa, al más puro estilo James Dean. Los soleados días en San Erasmo y los juegos cromáticos en la noche veneciana. No se diferenciaría mucho de la de sus protagonistas. Vivir ajeno a la realidad, en un delirio constante, en una temeraria huida hacia adelante.





En los canales e islas de la laguna, el barchino sustituye a la Harley Davidson como símbolo de rebeldía, y al cadillac como el nido donde desfogar todo el amor físico de la juventud. Los diálogos, como el propio argumento, quedan en un segundo plano, concediendo todo el protagonismo a la imagen, la música y el movimiento. En Atlantide no hay que entender ni reflexionar, solamente dejarse llevar. No es Mahler, ni Visconti, pero tiene ese aire inevitable de Muerte en Venecia. Venecia es una metáfora de la vida, y el agua amenaza con engullirlo todo. Un laberinto dentro de otro laberinto, y a su vez se inserta en un laberinto más grande y complejo que te amenaza con no dejarte escapar. Pero siempre hay un nuevo amanecer.


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