Varias jornadas tragando polvo y
caminando durante horas bajo el Sol o bajo la lluvia, a veces solo, a
veces en compañía, y sin darnos cuenta, entramos de lleno en la
Ruta de las Estrellas, la Vía Láctea, en la que se entremezclan
(sin que sepamos exactamente como) la peregrinación y la alquimia.
La transformación en oro, en metal precioso, una vívida metáfora
de la iniciación y de la maduración personal. Las novelas, el cine
y los relatos enfatizan todo el misticismo que rodea al milenario
Camino de Santiago. Armengoud, Dragó, Fulcanelli, Carpenter y muchos
otros, caminaron letras antes que yo.
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jueves, 25 de julio de 2019
lunes, 12 de noviembre de 2018
CATEDRAL DE CHARTRES.
La magnificencia de la arquitectura, la quintasencia soñada del arte gótico, livianos muros que soportan una estructura etérea, infinitas torres que sustenan el paraíso, inmensas vidrieras que inundan de luz y color la oscuridad de la iglesia en la Edad Media, enormes rosetones convertidos en los inquisidores ojos de Dios mismo.
La sublimación de la arquitectura gótica, una de las catedrales más bellas de la Vieja Europa.
Vidrieras mágias que han traspasado siglos para llegar a nosotros y convertirse en documento imprescindible de una decisiva etapa de la historia.
Un variado programa escultórico enriquecen cada una de las fachadas del templo.
Fulcanelli quiso ver aquí un templo de alquimistas, obra magna de los canteros masones, las luces y las sombras nos indican el camino que va desde el interior de la Catedral (simulando la propia Madre Tierra) hasta conseguir ascender a los cielos, de la misma manera que María la Virgen preside el altar.
Una catedral de esta magnitud es una metáfora del camino, del esfuerzo que debemos realizar para alcanzar la morada celeste, una vez seamos capaces de romper las cadenas de nuestra existencia terrena . . . la música, el olor a incienso y los juegos de luz nos encaminan a ello....
La catedral se convierte en un auténtico laberinto hacia nuestro propio yo.
Notre Dame de Chartres tiene como objetivo estremecer el alma humana, la del hombre sensible y la del hombre temeroso de Dios.
Desde el corazón de Francia el gótico irradió su luz por todo el continente, León y Burgos son claros ejemplos.
Ocho siglos después de su construcción aún emociona a quienes la visitan.
lunes, 25 de diciembre de 2017
EL LABORATORIO LEGENDARIO.
Con su
cortejo de misterio y de desconocido, bajo su velo de iluminismo y de
maravilloso, la alquimia evoca todo un
pasado de historias lejanas, de narraciones miríficas y de
testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus extrañas
recetas, la secular nombradía de sus grandes maestros, las
apasionadas controversias que suscitó, el favor de que
gozó en la Edad Media y su literatura oscura, enigmática y
paradójica nos parecen desprender hoy el tufo del moho y
del aire rarificado que adquieren, al correr de los años, los
sepulcros vacíos, las flores marchitas, las viviendas
abandonadas y los pergaminos amarillentos.
¿El
alquimista? Un anciano meditabundo, de frente grave y coronada de
cabellos blancos, de silueta pálida y achacosa,
personaje original de una Humanidad desaparecida y de un mundo
olvidado; un recluso testarudo, encorvado
por el estudio, las vigilias, la investigación perseverante y el
desciframiento obstinado de los enigmas de la alta
ciencia. Tal es el filósofo a quien la imaginación del poeta y el
pincel del artista se han complacido en presentarnos.
Su
laboratorio - sótano, celda o cripta antigua - apenas se ilumina con
una luz triste que ayuda a difundir las múltiples
telarañas polvorientas. Sin embargo, ahí, en medio del silencio, se
consuma el prodigio poco a poco. La infatigable
Naturaleza, mejor que en sus abismos rocosos. se afana bajo la
prudente vigilancia del hombre, con el socorro
de los astros y por la gracia de Dios. ¡Labor oculta, tarea ingrata
y ciclópea, de una amplitud de pesadilla! En
el centro de este in
pace, un ser, un
sabio para quien ninguna otra cosa existe ya, vigila, atento y
paciente, las fases
sucesivas de la Gran Obra...
A medida
que nuestros ojos se habitúan mil cosas salen de la penumbra, nacen
y se precisan. ¿Dónde estamos, Señor?
¿Tal vez en el antro de Polifemo o acaso en la caverna de Vulcano?
Cerca de
nosotros hay una fragua apagada cubierta de polvo y de virutas de
forja, y la bigornia, el martillo, las
pinzas,
las tijeras y las tenazas; moldes oxidados y los útiles rudos y
poderosos del metalúrgico han ido a caer allá.
En un
rincón, gruesos libros pesadamente herrados -como antifonarios - con
cintas selladas con plomos vetustos; manuscritos
cenizosos y grimorios amontonados mezclados unos con otros; volúmenes
cubiertos de notas y de fórmulas,
maculados desde el incipit
al explicit.
Redomas ventrudas corno buenos monjes y repletas de emulsiones opalescentes,
de líquidos glaucos herrumbrosos o encarnadinos exhalan esos
relentes ácidos cuya aspereza anuda la garganta
y pica en la nariz.
En la
campana del horno se alinean curiosas vasijas oblongas, de cuello
corto, selladas y encapuchadas con cera; matraces
de esferas irisadas por los depósitos metálicos estiran sus cuellos
unas veces delgados y cilíndricos, y otras abocinados
o hinchados; las cucúrbitas verdosas, y las retortas de cerámica
aparecen junto a los crisoles de tierra roja y
llameada. Al fondo, colocados en sus montones de paja a lo largo de
una cornisa de piedra, unos huevos filosóficos
hialinos y e elegantes contrastan con la maciza y abultada calabaza,
praegnans cucurbita.
¡Condenación!
He aquí ahora piezas anatómicas, fragmentos esqueléticos: cráneos
ennegrecidos, desdentados y repugnantes
en su rictus de ultratumba; fetos humanos suspendidos, desecados y
encogidos, miserables desechos que
ofrecen a la mirada su cuerpo minúsculo, su cabeza apergaminada,
desdeñable y lastimosa. Esos ojos redondos, vidriosos
y dorados son los de una lechuza de plumaje marchito, que tiene por
vecino a un cocodrilo, salamandra gigante,
otro símbolo importante de la práctica. El espantoso reptil emerge
de un rincón oscuro, tiende la cadena de sus
vértebras sobre sus patas rechonchas y dirige hacia las arcadas la
sima ósea de sus temibles maxilares. Esparcidos
sin orden, al azar de las necesidades, en la placa del horno, se ven
botes vitrificados, alúdeles o sublimatorios;
pelicanos de paredes espesas; infiernos semejantes a grandes huevos
de los que se viera una de las chalazas;
recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena, contra el
atanor de humaredas ligeras que ascienden hacia
la bóveda ojival. Aquí está el alambique de cobre -homo
galeatus-, maculado
de babas verdes; allá, los descensores
y los dos hermanos o gemelos de la cohobación; recipientes con
serpentines; pesados morteros de fundición
o de mármol; un ancho fuelle de flancos de cuero raído junto a un
montón de garruchas, de tejas, de copelas,
de evaporatorios...
¡Amasijo
caótico de instrumentos arcaicos, de materiales extraños y de
utensilios caducos, almoneda de todas las ciencias,
batiburrillo de faunas impresionantes! Y planeando sobre ese
desorden, fijo en la clave de bóveda, como pendiente
con las alas desplegadas, el gran cuervo, jeroglífico de la muerte
material y de sus descomposiciones, emblema
misterioso de misteriosas operaciones.
Curiosa
también la muralla o, al menos, lo que de ella queda. Inscripciones
de sentido místico llenan los vacíos: Hic
lapis est subtus te, supra te, erga te et circa te;
versos mnemónicos se hacen un lío, grabados al capricho del estilete
en la piedra blanda; predomina uno de ellos, trazado en cursiva
gótica: Azoth et
ignis tibi sufficiunt, caracteres
hebraicos; círculos cortados por triángulos, entremezclados con
cuadriláteros a la manera de las signaturas
gnósticas. Aquí, un pensamiento, fundado sobre el dogma de la
unidad, resume toda una filosofía: Omnia ab
uno et in unum omnia.
Aparte, la imagen de la hoz, emblema del decimotercer arcano y de la
casa natural; la estrella
de Salomón; el símbolo del Cangrejo, obsecración del mal espíritu;
algunos pasajes de Zoroastro, testimonios
de la alta antigüedad de las ciencias malditas. Finalmente, situado
en el campo luminoso del tragaluz, y más
legible en ese dédalo de imprevisiones, el ternario hermético: Sal,
Sulphur, Mercurius...
Tal es
el cuadro legendario del alquimista y de su laboratorio. Visión
fantástica, desprovista de veracidad, salida de la
imaginación popular y reproducida en los viejos almanaques, tesoros
del cotilleo.
¿Sopladores,
magistas, brujos, astrólogos, nigromantes?
-¡Anatema
y maldición!.
Fulcanelli, Las Moradas Filosofales.
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