martes, 5 de mayo de 2026

SAN VITAL DE RÁVENA, EL CRISOL DE UNA ÉPOCA.

 



San Vital en Rávena, un crisol donde Oriente se mezcló con Occidente, y la Antigüedad comenzó poco a poco a transformarse en Edad Media. 

 


Y sigue habiendo quien se empeña en hablar de Edad Oscura o Época de Tinieblas para referirse a la Edad Media Occidental. 

 


La iglesia de San Vital de Rávena es la simbiosis perfecta entre Oriente y Occidente, la Hélade y el mundo latino, la fusión de los espíritus romano, germano y paleocristiano, y el punto geográfico exacto donde la Antigüedad se transforma en Edad Media. Los Césares de Roma, olvidados los laureles del triunfo y abandonada la Caput Mundi, se bajaron del trono. Llegaba el turno de los godos, bajo la atenta mirada de los basileus bizantinos.

 


La construcción de San Vital, y también la de San Apolinar in Classe, fueron iniciadas durante el reinado de Teodorico (493 - 526), con los fondos monetarios donados por un banquero local. Ambas fueron concluidas después del 540. 

 


Consagrada por el obispo de la ciudad, Maximiano, en el año 547, reproduce el modelo preferido de la arquitectura bizantina de planta centralizada y gran cúpula central sostenida por pilares y columnas.

 




San Vital se relaciona con la iglesia de San Sergio y San Baco de Constantinopla, que forman parte del ambicioso proyecto constructivo de Justiniano, con su planta octogonal (de evidente sentido simbólico), exedras de dos pisos con columnas, cubierta por una cúpula ligera, y rodeada por una nave. Posee además un ábside y un nártex. Es posible que el obispo Ecclesius, que viajó a Constantinopla al frente de una embajada, regresara a Rávena con los planos de San Vitale. E incluso pudo llegar acompañado por un maestro de obras o un arquitecto. Un monumento bizantino en su concepción pero occidental en su ejecución. Se aleja de la influencia romana, pero no abandona cierta concepción occidental, como la articulación racional de los espacios y las proporciones esbeltas con altísimos pilares que acentúan la verticalidad. 

 



Cada uno de los niveles de exedras está formado por tríos de arcos separados entre sí por dos pares de columnas. Columnas y exedras dinamizan el conjunto, creando un gran dinamismo de entrantes y salientes.  

 



 

La cúpula central no conserva los mosaicos originales, sino una decoración pictórica barroca del siglo XVIII. 
 

 


Este modelo arquitectónico fue adoptado por el arte carolingio para erigir la fastuosa capilla palatina de Aquisgrán, consagrada en el 805. 

 



"El octógono central con tribunas en el piso superior (destinadas a las mujeres) tal vez derivara de la capilla del palacio imperial de Constantinopla. Sea como fuere, la sencilla claridad de la basílica y de las plantas circulares o cruciformes de los cristianos primitivos había sido sacrificada a un diseño que, por medio de un juego sutil de llenos y vacíos, entre espacios brillantemente iluminados o en penumbra, confiere a San Vitale una sensación de suspense y maravilla. Sus afinidades con los edificios contemporáneos de Constantinopla son tan manifiestas que puede considerársela bizantina. Ello refleja un cambio en la situación política, ya que, tras su reconquista por los ejércitos de Justiniano, Italia pasó a ser una mera provincia de un imperio cuyo jerarca residía en Constantinopla y no hablaba latín". (Historia del Arte. H. Honour y J. Fleming). 

 


Las obras de San Vital las comenzó el obispo Eclesio durante los últimos años del reinado de Teodorico, y fue precisamente este prelado el responsable de la insólita planta octogonal del templo. (Y no era templario. El que quiera entender que entienda).  Antes de fallecer, Eclesio se aseguró de ser inmortalizado junto a Cristo en el mosaico del ábside, identificado con su nombre. Eclesio es representado como ideólogo del tempo y sostiene entre las manos una maqueta de su iglesia octogonal.  ¿De dónde sacó Eclesio la inspiración para unas características tan novedosas?. 
 


Cuenta la tradición que la inspiración de Eclesio fue la visita a Constantinopla en el 525 como miembro de una embajada enviada por el rey Teodorico. Los miembros de la embajada pudieron admirar las principales iglesias de la ciudad; la de los Santos Apóstoles (con el mausoleo anexo), y la basílica de Santa Sofía, que aún no tenía el aspecto que conocemos en la actualidad. Ninguno de estos edificios tenía planta octogonal. Sin embargo esa disposición se encuentra en varios edificios paleocristianos en Jerusalén, como las iglesias de la Anástasis y de la Ascensión, cuyas cúpulas se reprodujeron en muchos de los edificios con cúpula de la cristiandad primitiva, incluyendo, por supuesto, San Vital. La innovadora planta de San Vital, como la de la contemporánea de los Santos Sergio y Baco en Constantinopla, probablemente deriven de la práctica constructiva oriental que circulaba por el mundo mediterráneo en el siglo VI.   

  
La construcción de San Vital se prolongó en el tiempo, durante los obispados de Ursicino, Víctor y Maximiano, que terminó y consagró la iglesia. Las obras se realizaron durante unas décadas convulsas, la regencia de Amalasunta, las guerras góticas y la conquista bizantina. El sucesor de Eclesio, Ursicino fundó la basílica de San Apolinar en Classe. Sería Víctor quién se hizo cargo de continuar la construcción de San Vital, probablemente tras la conquista de la ciudad por los bizantinos.
 


   

Un personaje notablemente rico, Juliano el Argentario, cuyo nombre aparece en varias inscripciones, fue uno de los principales donantes de la iglesia. Invirtió gran parte de su fortuna para sufragar los proyectos arquitectónicos del obispo Víctor. Aportó veintiséis mil sólidos para la construcción de San Vital. También apoyó la construcción de San Apolinar en Classe. El término argentario se utilizaba para referirse a los cambistas, personas que proporcionaban calderilla a quienes deseaban transformar sus sólidos de oro en monedas de bronce que se utilizaban para las compras.  Argentario era cambista, banquero y prestamista. 
 


 Se accede al presbiterio a través de un arco triunfal en cuyo intradós aparecen medallones en los que se representan apóstoles y santos. Como Protasio, uno de los hijos de San Vital. 



No pueden faltar las representaciones de los evangelistas, los portadores de la buena nueva, cada uno de ellos con sus símbolos. 

 


Un tema relacionado con el sacrificio, Abel, vestido como pastor, ofrece un cordero, del otro lado, Melquisedec, sale del templo y ofrece el pan. Entre los dos se dispone una mesa y sobre la mesa el cáliz que contiene el vino. Por encima de ellos la mano de Dios que ofrece la bendición.  

 


Los artistas bizantinos (mitad romanos, mitad griegos) utilizaron con maestría la técnica del mosaico para embellecer el interior de los edificios. A la técnica usada por los romanos sumaron la delicadeza, el lujo y la sofisticación de Oriente. La luz que se filtra por vanos y ventanas reverbera sobre los brillantes mosaicos creando una atmósfera mística y por momentos, sobrenatural. Al que los contempla se le llenan los ojos de belleza. En este templo de San Vital se conservan algunos de los mosaicos bizantinos más apreciados por su ejecución y excelencia artística. En el interior de la iglesia los mosaicos se distribuyen siguiendo una disposición jerárquica. En zócalos, paredes y pechinas se representa el ámbito terrenal y humano. Los techos, cúpulas y la bóveda del ábside, constituyen la esfera celestial, y como tal quedan reservados para la divinidad.

 


Si elevamos la vista hacia el firmamento, mirando al frente, en la concha del ábside, se materializa el Cosmocrátor, gobernador del mundo, de todo lo que existe, entronizado sobre un Orbe, el Cosmos, finito y abarcable, flanqueado por dos ángeles. Un Cristo imberbe, de límpido rostro, vestido con la púrpura imperial, ofrece a San Vital la corona del martirio. En el lado opuesto el obispo Ecclesius, fundador del templo, sostiene la maqueta del edificio. La escena se ubica en los floridos prados del Edén, regados por las aguas puras y cristalinas de los cuatro ríos. Sobre el ábside dos ángeles sostienen un medallón, con la letra alfa grabada (más bien crismón). A un lado Belén, y al otro Jerusalén, los puntos que marcan el inicio y el final de la vida terrena de Jesús. 

 


El interior de la iglesia nos transporta a la caverna, al templo primigenio, al lugar en que se fusionan las dos esferas de la existencia. Pasamos en un abrir y cerrar de ojos de Altamira o Lascaux a San Vital. En la parte inferior de las paredes del ábside nos trasladamos de la Corte Celeste a la Corte terrenal del emperador Justiniano y su esposa Teodora. Un espacio para la mística, pero también para la exaltación del poder de la pareja imperial, que de esta manera busca (y consigue) acercarse a la eternidad.

 


Emperador y emperatriz se sirvieron de estas imágenes para reafirmar su poder. Ambas figuras ocupan un lugar central en sus respectivos paneles, y sus aureolas reflejan su especial relevancia en el ámbito espiritual y en el humano. Justiniano deseaba ser visto como el décimo tercer apóstol, destinado a conseguir el triunfo definitivo del Reino de Cristo sobre la Tierra. Intención de los mosaicos imperiales, glorificar a Justiniano y a Teodora, y la institución de la autocracia imperial. Y sin embargo, Teodora y Justiniano, nunca estuvieron en Rávena. 

 


Un cortejo imperial se dirige en procesión, con solemnidad y boato, desde el presbiterio hacia el altar, al encuentro con el Creador, fusionarse en la Jerusalén Celeste, alcanzando una especie de nirvana cristiano. Las personas que integran ambos mosaicos dan forma a una procesión imaginaria, pues nunca estuvieron juntas. Emperador y emperatriz hacen ostentación de su poder terrenal y (casi) divino, y realizan una ofrenda para celebrar la inauguración de la iglesia de San Vital, comenzada durante el dominio ostrogodo y finalizada ya en periodo bizantino. El naturalismo propio del arte clásico cede paso a una representación hierática y solemne de los personajes, en consonancia con la tradición oriental. Podíamos estar mirando a un soberano persa de la dinastía aqueménida. El creyente se arrodilla ante la divinidad, y por extensión, también a los pies del emperador. Figuras que resaltan sobre un fondo dorado, triple símbolo de riqueza, pureza y realeza, la perspectiva es inexistente y los personajes parecen flotar, creando una atmósfera etérea e irreal de atemporalidad. La constante búsqueda humana de la inmortalidad.  

 


El emperador preside el primer mosaico, con un halo dorado sobre la cabeza, viste clámide púrpura, sujeto con una enorme fíbula de oro y joyas y entre sus manos porta su ofrenda, un recipiente de oro. Aparece rodeado por los dos pilares en que se apoya su poder, la Iglesia y el Ejército. Justiniano representado como emperador y también (y eso no podemos obviarlo) como cabeza visible de la iglesia ortodoxa. 
 

 

A su izquierda aparece el obispo Maximiano, identificado con su nombre, y otros dos miembros del clero. Uno porta un libro encuadernado en oro y gemas, y otro un incensario.     Maximiano, identificado con su propio nombre y colocado junto al emperador, indican su posición predominante y tal vez la intención de elevar la categoría de Rávena como patriarcado por detrás de Constantinopla. Un cuarto personaje podría ser Juliano Argentario, banquero que financió la construcción antes de la época de dominio bizantino. A la derecha de Justianiano la representación burocrática y militar, dos personas de alto rango y una facción del ejército. Hay quien ha interpretado que el oficial barbado podría ser Belisario, general que conquistió la ciudad, para mayor gloria del emperador. Un soldado sostiene un escudo con el crismón del Salvador, emblema de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. El marco en que se sitúa la escena está delimitado por elementos arquitectónicos, dos columnas corintias situadas en los extremos, que sirven para vincular la Grecia Clásica con los Imperios (el de Oriente y el de Occidente).  

 



 El séquito de Teodora está formado por damas y eunucos en el momento de la ofrenda. La pedrería que exhibe sin pudor la emperatriz, los anillos y brazaletes de los acompañantes, las cortinas y las bellas túnicas nos dan una idea aproximada de la suntuosidad y magnificencia de la corte oriental. La emperatriz, engalanada con joyas transporta un cáliz de gran tamaño. Las damas se han identificado como Antonia, esposa de Belisario y amiga de la emperatriz, y su sobrina Joannina. Unas identificaciones muy difíciles de corroborar. Circunstancia insólita, una mujer, y además laica, representada en el altar. 


    El extraordinario grado de detalle, el escenario y la autoridad de estos dos retratos de cuerpo entero del emperador y la emperatriz con sus séquitos en San Vital han desempeñado desde entonces, aunque solo sea por su supervivencia en un lugar tan emblemático, un papel clave en la imaginación del poder. Aquí podemos ver el despliegue completo de la vestimenta y las joyas imperiales oficiales, que se remonta a la adopción por parte de Diocleciano de las insignias reales y las túnicas púrpuras de los persas. Las coronas, los orbes y los cetros asociados a este estilo de vestimenta ceremonial han llegado hasta nuestros días en los rituales de las cortes de todo el mundo y en el atuendo oficial de sumos sacerdotes, papas y obispos. (Judith Herrin).


 Estos magníficos mosaicos contribuyen a hacer palpable la sensación de espacio sagrado, lleno de significación religiosa donde la intensidad del color, el brillo del oro y la luz, que llega suave y tamizada, diseñan un efecto sobrenatural. 

 



Los bizantinos utilizaron los mosaicos con un sentido aristocrático, intelectualista y docente, al tiempo que heredaron la tendencia oriental de llenar totalmente las superficies. El resultado es una brillantez abrumadora. El mosaico como el reflejo misterioso de un mundo sobrenatural en el que ocupaba un lugar destacado el emperador como representante de Dios en la Tierra. 
 



La profusa decoración del interior de San Vital se complementa con hermosos ornamentos, como los cimacios que aparecen sobre los capiteles hábilmente labrados, en forma de pirámide invertida y truncada.  

 




Durante cientos de años, en todo el territorio del Imperio Romano se confeccionaban mosaicos, sin embargo, los de Rávena se emplean de forma singular y novedosa, en lugar de decorar el pavimento de las prósperas villas romanas, pasarán a dar luz, brillo y gran vistosidad a muros y ábsides de las iglesias, que se convirtieron en el centro de atención. El otro cambio, sustituir los fondos blancos por el suntuoso dorado. El mosaico romano concebido para la vida civil, el bizantino forma parte intrínseca de su propio ritual religioso. Desde la época de Constantino y por supuesto de su madre, Santa Helena, el oro se asoció al culto cristiano.  

 



Al atravesar el portal, penetrar en el interior de San Vital y contemplar los mosaicos mi ser es tocado por el mismo espíritu que sorprendió a Stendhal y a Fulcanelli, la belleza sublime nos llena de dicha.  Prodigiosos mosaicos que datan de casi mil años antes que las celebradas obras de arte del Renacimiento italiano. 

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