jueves, 9 de noviembre de 2017

DAMA DE ELCHE.



Joyas, tocados y perfume para significar su importancia social. Su mirada es tan enigmática (o más) que la sonrisa de la Mona Lisa. Desde un lejano más allá, la piedra trae su espíritu a nuestros días. ¿Qué pensará viendo desfilar, cada día, a cientos de personas por delante de ella?. Sin saberlo, seguimos adorándola.

Rostro inmortal de nombre desconocido. Trascendió la imagen, la figura, el recipiente, pero se perdió la referencia, olvidamos a quien represente realmente. Nada tan famoso carece de nombre. ¿Princesa?, ¿Diosa?, ¿Sacerdotisa?. ¿Las tres a la vez? ¿Ninguna?. ¿Nos encontramos ante una matriarca, la prueba definitiva del pretendido matriarcado estudiado y descrito por Marija Gimbutas?.

En el fondo de la cuestión, no importa quien fuese, lo verdaderamente significativo es que se trata de una mujer, y por el tratamiento que recibió, tuvo que ser miembro (que no miembra) importante para su grupo social. ¿En qué desgraciado momento apartó el hombre a la mujer?. Malditos cien veces los responsables de tal perversión.


La Venus de Willendorf, esta Dama de Elche, Isis, Astarté, la Pachamama, hablan a las claras de la preponderancia de la mujer en los albores de la Humanidad. Luego, llegó el judaísmo y sus perversiones (Cristianimos e Islam), y trataron de someterla, amordazarla y esclavizarla. Pero ahí sigue la Virgen María, cuyo culto es más profundo y arraigado que el del mismo Dios Padre. El que no quiera verlo, sigue estando muy ciego.  
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