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domingo, 24 de febrero de 2019

MIJAIL LOMONOSOV, EL HOMBRE UNIVERSAL.




Mijaíl Lomonosov es el estereotipo de hombre ilustrado, un polímata ruso del siglo XVIII que tocó (con éxito) muchas y variadas ramas del saber. Siendo joven abandonó su aldea natal, perdida en la inmensidad del territorio ruso, y se dirigió a Moscú para estudiar y formarse. Gracias a su inteligencia natural, a su trabajo y dedicación, consiguió medrar en la capital del imperio donde fundó la primera universidad del país (en la actualidad un mastodóntico edificio situado en la célebre colina de los gorriones).

Lomonosov cursó estudios de griego, latín, eslavo antiguo, historia, filosofía, química, física, mecánica, minería . . . unos conocimientos que le sirvieron para escribir (entre otras obras) una Gramática Rusa, convertirse en poeta de la corte de Elizabeta Petrovna (la hija de Pedro el Grande), trabajar en el Departamento de Geografía de la Academia de las Ciencias Rusas, publicar una Historia de Rusia, demostrar el origen orgánico del suelo, del petróleo, del ámbar y del carbón, desarrollar una técnica para elaborar vidrios de colores o enunciar la Ley de Conservación de la Materia antes que Lavoisier.

El poeta romántico Alexander Pushkin le dedicó unas emotivas palabras: “Lomonosov fue un grande. Entre Pedro I y Catalina II él es el único defensor auténtico de la educación. Creó la primera universidado mejor dicho, él mismo fue nuestra primera universidad”.


lunes, 7 de enero de 2019

LA POBLACIÓN EUROPEA EN EL SIGLO XVIII.




A lo largo del siglo XVIII (y en especial durante la segunda mitad) la población europea experimentó un rápido crecimiento demográfico, pasando aproximadamente de 115 a 190 millones de habitantes (un aumento del 65%). Este cambio de tendencia fue debido al descenso de la mortalidad a causa de la menor virulencia de las epidemias, la mejora de la dieta y la menor incidencia de la guerra sobre la población civil.

No obstante, este crecimiento de la población no fue uniforme. Mientras en Reino Unido, Prusia y Rusia el crecimiento fue muy alto, en Francia, España y la península Ibérica fue más modesto. En otras áreas, como las Provincias Unidas, se produjo un estancamiento.

Durante esta centuria el 90% de la población seguía viviendo en el campo, aunque la población urbana aumentó mucho su tamaño. Las principales ciudades europeas eran Londres (que alcanzó la cifra de 800.000 habitantes) y París (con 600.000), las dos metrópolis más destacadas de Europa Occidental. Otras urbes importantes eran Moscú, Nápoles, Viena, Madrid, Lisboa, Milán y Roma, que contaban con poblaciones entre 100.000 y 500.000 habitantes.

En el siglo XVIII se produjeron grandes oleadas migratorias. El flujo de emigrantes europeos hacia los imperios coloniales fue constante. Además de América y Asia, nuevos territorios comenzaron a incorporarse a este flujo, como Australia que comenzó a poblarse a finales del siglo XVIII con presos de las cárceles británicas. El tráfico de esclavos se intensificó y supuso el desplazamiento forzado de millones de africanos hacia el continente americano.


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