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sábado, 8 de julio de 2017

GUY DE LUSIGNAN



Guy – o Guido – de Lusignan fue un cruzado de origen francés que llegó a Tierra Santa durante el transcurso de las Cruzadas. En Jerusalén destacó por encima de otros cruzados y se convirtió en vasallo de Inés de Courtenay, la madre del rey leproso Balduino IV. Las luchas palaciegas estaban a la orden del día y la reina madre estaba muy preocupada por el futuro de su hijo y del reino. Para fortalecer la posición de la familia Guy de Lusignan contrajo matrimonio con Sibila, hermana de Balduino. (Este es el contexto en que se desarrolla el argumento de la película “El Reino de los Cielos” de Ridley Scott).

Cuando finalmente la lepra puso fin a la vida (y sufrimiento) de Balduino IV, Sibila fue proclamada reina de Jerusalén y Guy se convirtió en su rey. Guy tenía rivales dentro del palacio y un formidable enemigo en el exterior, el poderoso sultán Saladino. Saladino lo derrotó en la batalla de Hattin – convirtiéndolo en prisionero – y Conrado de Montferrato se las apañó para arrebatarle la corona. Más tarde Guy entabló un fructífera relación con Ricardo I Corazón de León, que intercedió para que el francés acabase convertido en Rey de Chipre.


martes, 28 de febrero de 2017

BAYBARS, EL PRÍNCIPE TIGRE.



Baybars pasó de huérfano a poderoso sultán mameluco. Había nacido en el seno de alguna tribu esteparia y siendo muy joven fue hecho prisionero y vendido, a bajo precio, en el mercado de esclavos de El Cairo. Al parecer fue adoptado por una viuda rica que le llamó Baybars "Príncipe Tigre" y ahí comenzó su meteórica carrera. 

Ingresó en el cuerpo de los mamelucos y utilizó su astucia e inteligencia para encumbrarse él mismo como sultán de Egipto. Sus éxitos militares le convirtieron en el caudillo musulmán más grande y poderoso desde la muerte de Saladino. Contuvo a los incómodos mongoles y derrotó en repetidas ocasiones a los cruzados, a los que acabó expulsando de Siria. 

Baybars se convirtió en una figura legendaria y literaria. Su vida fue relatada por los narradores de el Libro de Baybars, que está compuesto por unos diez volúmenes. 

domingo, 10 de abril de 2016

BATALLA DE MONTGISARD.



En el otoño del año 1177 las tropas cristianas del reino de Jerusalén, con su rey Balduino IV el Leproso consiguieron contra todo pronóstico derrotar al sultán Saladino en la batalla de Montgisard. La santísima Vera Cruz en manos del obispo de Belén encabezaba el ejército hierosolimitano, con más de trescientos caballeros, ochenta de ellos de la orden del temple, entre los que se contaban Eudes de Saint Amand, Reinaldo de Chatillón y Jocelín III de Courtenay.



Balduino IV fue capaz de atrapar al ejército de Saladino totalmente desprevenido, pues se habían diseminado por un territorio demasiado vasto, incapacitándolo para presentar batalla con un frente compacto. Gracias a esta victoria el reino de Jerusalén pudo retrasar su caída y alargar la agonía diez años.  

lunes, 8 de febrero de 2016

BALDUINO IV, EL REY LEPROSO.



Los avatares históricos crean personajes más o menos creíbles, la literatura, y desde hace cien años también el cine, los populariza y los lanza al estrellato. El rey leproso de Jerusalén es uno de esos hombres. Balduino IV vivió un tiempo inestable, gobernó un reino fuera de lugar, un enclave sin sentido, un estado artificial (y por momentos absurdo), una isla católica en medio de un cercano oriente medieval que se debatía entre Bizancio y el Islam, una monarquía postiza que intentaba demostrar (sin conseguirlo) una pretendida superioridad del cristianismo occidental.


Balduino era el hijo de Amalarico I y su tutor (y maestro), el historiador Guillermo de Tiro, fue el primero en apreciar los síntomas de la lepra, durante la niñez de su pupilo. Cuando en 1174 muere su padre, Balduino solo tiene trece años, y por tanto queda sometido a la autoridad de Raimundo III de Trípoli y de Miles de Plaucy. En julio de 1176, convertido, a pesar de su enfermedad, en un enérgico quinceañero, propinó una patada en el culo a los regentes, y tomó para sí todo el poder.


Nadie en la corte esperaba que Balduino, afectado por la lepra viviese mucho tiempo, ni que fuese capaz de engrendrar ningún vástago. Las traiciones e intrigas se sucedían día a día, con la única intención de ejercer la influencia sobre los posibles herederos del reino, entre los que se contaba a su hermana Sibila. Ridley Scott, especializado en grandes produciones épicas, en el Reino de los Cielos, recrea el ambiente convulso y mezquino que se respiraba en Jerusalén, con continuos enfrentamientos entre las diferentes facciones, y donde únicamente Balduino es capaz de elevarse por encima de tanta podredumbre como ejemplo veraz de humildad, piedad y honestidad caballeresca. Virtudes que el resto de caballeros dejaron olvidada en sus reinos, condados y ducados de Occidente.


Apoyándose en Reinaldo de Chatillón, Balduino se enfrentó abiertamente al sultán Saladino que tenían entre sus objetivos apoderarse de Jerusalén. Enterado de que el ayubí se dirigía a la Ciudad Santa, el rey Leproso le salió al encuentro al frente de 350 caballeros, entre los que se contaban 80 templarios y unos 4000 infantes.


Antes de la batalla, Balduino se arrodilló y ante un trozo de la Vera Cruz, rogó a Dios, pidiéndole la victoria. Ese día, en Montgisard, el triunfo fue completo.


Para contrarrestar el poder y la ambición de Raimundo III, Balduino casó a su hermana Sibila con Guy de Lusiganan. Mas la ineptitud de su cuñado obligó a Balduino, prácticamente ciego con veinte años y la salud muy mermada, confiar la regencia a Raimundo.


Balduino IV ocultaba su decrepitud tras unas máscara de metal, vivió más de lo esperado y murió con honor. Le suceció su sobrino Balduino V (hijo del primer matrimonio de Sibila). Balduino demostró con su fortaleza mental y espiritual pudieron más que su debilidad física, pues a pesar de su dolorosa enfermedad reinó con la determinación de David y la sabiduria de Salomón.


lunes, 12 de octubre de 2015

MAMELUCOS, DE ESCLAVOS A SULTANES.



Aguerridos y disciplinados combatientes, un auténtico martillo que golpea con una fuerza terrible en el campo de batalla, los mamelucos, gente práctica, hombres acostumbrados a durísimas condiciones de vida, rompieron las cadenas de la esclavitud, para sentarse en el trono de sultán y dirigir un poderoso imperio.


Los “mamalik” esclavos, comprados, regalados o cautivos de guerra de diferente procedencia eran habituales en el mundo islámico (donde solían desempeñar funciones marciales) y a comienzos del siglo XIII un sultán egipcio, de la dinastía descendiente del gran Saladino, decidió organizar con ellos un auténtico cuerpo de élite, a imitación de los laureados jenízaros otomanos. A tal fin importó 1.200 esclavos, en su mayoría procedentes del Cáucaso, a los que transformó en su guardia personal. La idea del sultán egipcio era utilizarlos para hacer frente a los salvajes cruzados.

En poco tiempo los mamelucos se convirtieron en una élite guerrera y ya que decidieron rebelarse, tomar el poder, derrocar a los ayubíes y proclamarse sultanes. Trabajando unidos y manteniendo una férrea disciplina, los 1.200 mamelucos y sus descendientes dominaron Egipto durante más de dos centurias, conquistando también las vecinas Siria y Palestina. Además consiguieron conjurar las dos grandes amenazas que se cernían sobre el mundo islámico: los mongoles en Oriente y los cruzados desde el Poniente.

Para asegurarse la legitimidad religiosa contaron con la colaboración (más o menos voluntaria) de los califas abbasíes. Por otro lado patrocinaron las artes, aprovechando para ello el enorme legado cultural que les proporcionaba Egipto.


Durante su reinado los mamelucos convirtieron Egipto en una potencia regional, cuyas fronteras llegaban hasta los límites de otra potencia en ciernes; el estado otomano. En esta época El Cairo era el centro neurálgico y el motor del comercio asiático en el Mediterráneo, llegando a ser el modelo ideal para todas las ciudades del mundo islámico. El lujo y el boato reinaban en la corte mameluca. Hasta aquí llegaron artistas, eruditos y viajeros, como el famoso Ibn Batutta, o Ibn Jaldún, que extasiado ante la belleza cairota escribió:

“Quién no haya visto El Cairo no ha visto la magnitud del Islam, pues ella es la capital del mundo, el jardín del orbe, la asamblea de las naciones, el comienzo de la tierra, el origen del hombre, el iwan del Islam y el trono del reino”.


Pero todo tiene su fin, todo imperio sufre su declive, y el de este Imperio comenzó en 1450. Fueron otros musulmanes, los otomanos de Selim I los que sepultaron bajo las arenas del desierto el glorioso pasado mameluco. Era el año 1517 y tras ser derrotado en batalla, el poder mameluco dejó de existir. 
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