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jueves, 2 de agosto de 2018

PLIOCENO.




El Plioceno es el último período anterior al Cuaternario y sus límites cronológicos van de 5,2 millones de años a 1,6 millones de años (geológicamente antes de ayer). En el oeste de América del Norte, la subducción de la placa tectónica del Pacífico, contribuyó a elevar Sierra Nevada. En Europa, los Alpes continuaron sus ascensión apoyados por el movimiento de la tectónica de placas que empujaba y combaba la corteza en una amplia región de este continente. Al final del Mioceno, la colisión de las placas africana e ibérica había formado el Sistema Bético-Rifeño, cortó la comunicación entre Mediterráneo y Atlántico y se produjo la desecación del mar Mediterráneo, en cuya cuenca se instaló un clima árido, depositándose ingentes cantidades de sal. Al iniciarse el Plioceno se volvió a abrir el paso y el Mediterráno se llenó de nuevo.


El clima, en general, se hizo frío y seco. Los mamíferos se habían establecido desde hacía mucho tiempo como la forma de vida dominante en el planeta, y es a lo largo del Plioceno cuando se produce la evolución de un grupo de primates, los homínidos, con diversas especies; desde los Australopithecus al Homo habilis y Homo erectus, considerados antepasados (más o menos directos) de Homo sapiens.


lunes, 14 de septiembre de 2015

HOMO NALEDI, UN NUEVO ANTEPASADO PARA EL HOMBRE.



Cada cierto tiempo la ciencia paleoantropológica desentierra una nueva pista que ayuda a desentrañar un poco más el gran misterio; el origen y la evolución del Ser Humano. El último de estos hallazgos ha sido el Homo naledi, un nuevo antepasado para hombre.

La nueva especie fue descubierta en la cueva Rising Star, cerca de Johannesburgo (Sudáfrica) en 2013 y publicada en septiembre de 2015. Los restos de al menos quince individuos han permitido describir con bastante detalle los rasgos de este individuo.


Homo naledi presenta rasgos semejantes a Australopithecus, y podría tratarse del ejemplo más antiguo del género humano. Tiene un cráneo pequeño, con un cerebro del tamaño de una naranja, que recuerda a los primeros representantes del género homo, el hábilis y el erectus.

La morfología de Homo naledi lo situa justo en el límite de las dos estirpes, Australopithecus y Homo. El tronco en forma de embudo recuerda a los grandes simios actuales, pero las extremidades son prácticamente iguales a las de los humanos actuales. Teniendo en cuenta la anatomía de las manos, podrían utilizar perfectamente herramientas, aunque sus dedos y falanges curvos, significan que estarían adaptados a un hábitat arbóreo.

Con 150 centímetros de altura y una masa de 50 kilogramos, algunas de sus características, como hemos visto, son muy semejantes al hombre moderno Aunque su escasa capacidad craneana y la parte superior del tronco están más próximas a los prehumanos.

Uno de los enigmas que presenta esta especie es el de su antigüedad, pues los investigadores no han logrado establecer una cronología. En ese sentido, las voces críticas mantienen que sin fechas para los fósiles no es posible situar al Homo nadeli en ninguna rama del árbol humano.


Por supuesto, Juan Luis Arsuaga también ha dado su opinión con sobre este descubrimiento, El umbral de la conciencia.

sábado, 8 de agosto de 2015

PICAPEDRERO, CARNICERO, CARROÑERO, CAZADOR.



Los primeros australopitécidos tienen que haber utilizado las piedras de la misma forma cuando menos que los chimpancés actuales: como proyectiles para repeler a los intrusos y como martillos para partir nueces. Utilizándolas así se desprenderían de ellas ocasionalmente fragmentos con bordes lo bastante afilados como para atravesar pieles. Pero estos incidentes se producían en el contexto de actividades cuya eficacia no podía aumentarse por utilizar instrumentos afilados y, consiguientemente, no se aprovechaban sus posibilidades. Las lascas afiladas que se creaban por el rebote de las piedras lanzadas para ahuyentar a buitres y chacales, tenían más posibilidades de ser reconocidas como formas de cortar pieles duras, y trocear y deshuesar carne. El paso siguiente consistió en coger una piedra y estrellarla contra el suelo, y después buscar entre los restos las lascas más afiladas. Al final, se tomaba una piedra en cada mano y se golpeaba con cuidadosa precisión el borde de una de ellas, utilizando la otra como percutor. La percusión continuada no sólo producía lascas útiles; además, el propio núcleo del que se desprendían empezaba a adquirir bordes útiles para cortar y ser utilizado como hacha.

Las primeras herramientas de piedra -las encontradas en Gona y el Omo (Etiopía)- revelan ya una diestra facilidad para seleccionar los materiales disponibles que mejor valiesen como núcleos y percutores, y para dar golpes precisos que soltasen lascas afiladas como cuchillas. Las experiencias llevadas a cabo por arqueólogos que han aprendido por sí mismos a fabricar réplicas de estas primeras herramientas de piedra demuestran que núcleos y lascas eran igualmente valiosos. Los golpes percutantes sobre una cara del extremo de un núcleo daban lugar a una gruesa herramienta de corte [chopping tool] capaz de cortar tendones y nervios y separar articulaciones. Las lascas sirven mejor para cortar pieles y trocear carne. Los núcleos gruesos sirven para machacar huesos y llegar al tuétano, y para partir cráneos y llegar a los sesos. Nicholas Toth, de la Universidad de Indiana, ha reproducido estas sencillas herramientas y las ha utilizado para cortar carne de elefantes y de otros animales grandes de piel dura. Sin lugar a dudas, los australopitécidos emplearon sus herramientas líticas en otras ocupaciones aparte de la de cortar carne de animales muertos. Toth descubrió que con un núcleo grueso se podían cortar las ramas rectas de los árboles y que con lascas pequeñas se podía tallar la punta de los palos de escarbar y convertirlos en lanzas. Otras lascas servían para raspar la carne, la grasa y el pelo de las pieles.

Después de empezar a utilizar herramientas, en el modo de vida de los australopitécidos probablemente resultaba también esencial algún tipo de recipiente. Los análisis de artefactos líticos encontrados en yacimientos de Tanzania, datados en unos dos millones de años, revelan que hay más lascas de las que pueden explicar las marcas que aparecen en los núcleos encontrados junto a ellas. Lo que sugiere que quien picase la piedra transportaba de un lugar de cortar carne a otro una provisión de lascas fabricadas previamente y quizá un núcleo pequeño y uno o dos percutores. Una bolsita de piel curtida, sujeta al pecho o al hombro con trozos de nervio, habría constituido un recipiente adecuado.

Con la fabricación de núcleos y lascas, palos de escarbar afilados, correas y bolsas de cuero, y el transporte y almacenamiento de herramientas materiales, se alcanzaron los límites del cerebro de los simios. Aunque, aislado, ninguno de estos artefactos o comportamientos hubiera estado fuera del alcance de las capacidadesde un chimpancé, su utilización en el marco de un sistema de producción cada vez más complejo basado en el carroñeo, la caza, la recolección y el escarbo requería capacidades cognoscitivas que sobrepasaban las de los primeros australopitécidos. La selección natural favoreció a los individuos que aprendieron antes a fabricar las mejores herramientas, que tomaron las decisiones más inteligentes sobre cuándo usarlas y que podían optimizar la producción con arreglo a los cambios diarios o estacionales de la cantidad o disponibilidad de los alimentos de origen animal y de origen vegetal. La selección de estas aptitudes puede explicar que el tamaño del cerebro del hábilis sea un 40 ó 50 por ciento mayor que el de los australopitécidos.

Pero, a pesar de contar con herramientas más complejas y un cerebro mayor, no existen pruebas de que el hábilis estuviese más dotado para la caza mayor. Su diminuta estatura y sus dedos curvos en pies y manos -que indican todavía que trepaba a los árboles para librarse de los depredadores- no sugieren intrepidez en la caza, y sus herramientas, por útiles que fuesen para el despiece de animales de gran tamaño, no tienen viso alguno de ser útiles para cazarlos.

Seguramente, nuestros antepasados siguieron siendo principalmente carroñeros hasta que apareció el primer erectus, hace 1,6 millones de años. Todo lo relacionado con el erectus sugiere la ocupación de un nicho ecológico basado en un nuevo estilo de subsistencia. Se trataba de una especie, considerablemente más alta que el hábilis, cuyos dedos de pies y manos habían perdido cualquier vestigio de agilidad arbórea. Sus herramientas consistían en lascas afiladas, nuevos tipos de núcleos trabajados por los dos lados y con forma de grandes hachas de mano oblongas y apuntadas, cuchillos y puntas. Los experimentos realizados con estos «bifaces» demuestran su utilidad como instrumentos para cortar carne de grandes animales. Además, las estrías microscópicas, consideradas como «marcas de corte», que presentan los huesos de animales asociados a herramientas del erectus proporcionan pruebas directas de que éstas se utilizaban para desmembrar animales y sacarles la carne. El erectus estaba probablemente capacitado también para utilizar las lascas y los núcleos con el fin de tallar, cepillar y afilar lanzas de madera.

Sin embargo, los carniceros no tienen por qué ser cazadores. Además, se echa algo de menos en la bolsa de herramientas del erectus (y en las herramientas del hábilis también). Ninguno de los núcleos o lascas tiene la característica de poderse insertar como punta en lanzas u otros proyectiles. Tal vez los erectus arrojasen certeramente sus lanzas de madera contra animales pequeños, pero sin puntas de piedra o de hueso resultaba improbable que perforasen a distancia las pieles de presas mayores y alcanzasen sus órganos vitales. La ausencia de puntas de piedra proyectiles refuerza la opinión de que el erectus era simplemente un carroñero más eficaz que los primeros homínidos, y que si alguno de ellos cazaba alguna vez, se trataba sólo de animales pequeños.

Personalmente, tengo dudas de que el erectus se contentase con ser principalmente carroñero y después cazador. Las manadas de animales grandes, visibles rápidamente, actuarían como una tentación constante de intervenir directamente para garantizar el suministro de su alimento preferido. Después de todo, el desarrollo de la tecnología lítica era en buena medida consecuencia del intento de los australopitécidos de explotar las ventajas nutritivas de la carne. Tras haber inventado cuchillos, martillos, hachas y recipientes con el fin primordial de facilitar sus actividades carniceras, el fracaso a la hora de inventar proyectiles con punta de piedra no indica necesariamente que el erectus no cazase de forma habitual. Antes al contrario, quizá indique sólo que no cazaban arrojando las lanzas desde lejos, sino clavándolas de cerca en su presa. La arqueología no proporciona pruebas para este razonamiento. Debemos volver empero a ciertas particularidades de la forma humana: nuestra falta de pelo en la piel, nuestras pieles con glándulas sudoríparas y nuestra capacidad para correr maratones. 
Marvin Harris "Nuestra especie".

miércoles, 6 de mayo de 2015

EL NIÑO DE LA GRAN DOLINA



¿Es el "Niño de la Gran Dolina" , con un millón de años de antigüedad, el auténtico primer europeo?. Hallado en el yacimiento de la Sierra de Atapuerca, en la Gran Dolina, la combinación de rasgos modernos y primitivos, culminó en la definición de una nueva especie Homo antecessor, último ancestro común entre el linaje que en África condujo a los Sapiens modernos y en Europa a Neandertal. No todos los paleoantropólogos están de acuerdo con esta hipótesis, y niegan la existencia de la especie Homo antecessor.

"La cara del Niño de la Gran Dolina es increíblemente moderna. En el Homo habilis, el Homo ergaster y, por lo que se sabe, también en el Homo erectus, el esqueleto de la cada es todavía bastante plano. Sin embargo, nuestra cara tiene relieves, porque la abertura nasal se encuentra en una posición más adelantada que el resto, y los huesos de las mejillas (el maxilar y el malar) están excavados por debajo de los pómulos, que forman así un saliente marcado. Es esta combinación de un frontal primitivo con una cara moderna lo que hace que el Niño de la Gran Dolina no sea un fósil más, sino un espécimen muy importante para el conocimiento de nuestros orígenes".
Juan Luis Arsuaga, 
"La Especie Elegida".


jueves, 5 de marzo de 2015

UN NUEVO HUMANO MÁS ANTIGUO.


La historia de la paleoantropología, la prehistoria y en cierto aspecto también la arqueología, es la historia (interminable) de la búsqueda del primer ser humano. Cada cierto tiempo hace su aparición un nuevo resto, más antiguo que lo anterior, de tal forma,que retrasa un poco (o un mucho) más nuestra aparición en la tierra (si de verdad aparecimos aquí y no en otro lugar). El último eslabón de esta larga cadena es un fragmento de mandíbula, atribuida al género homo, hallado en 2013 en la región de Afar (Etiopía), que hace a nuestra estirpe medio millón de años más antigua.

El fragmento óseo hallado en Etiopía, mantiene incrustadas cinco piezas dentales, mide ocho centímetros, presenta rasgos primitivos similares a Australopithecus afarensis. Hace un par de días, aparecieron sendos artículos publicados en las revistas "Science" y "Nature" y le atribuyen una antigüedad de 2'8 millones de años. Hasta ahora las fechas de la aparición de los primeros homos se deteníá hace 2'3 millones de años. Periodistas y científicos ya la han catalogado como el resto humano más antiguo. 

El estudio de Nature sostiene que este individuo fue ancestro de Homo hábilis, y probablemente la pieza pueda arrojar algo de luz a la comprensión de la transición entre Australopithecus y Homos. No obstante, y como ocurre (casi) siempre aparecen voces discordantes. Sin ir más lejos, José Luis Arsuaga, duda que se trate efectivamente de un individuo perteneciente al género homo. 

Cada vez que aparecen noticias como éstas, científicos y divulgadores de diversos pelajes, hablan de que las nuevas evidencias lo pueden cambiar todo, que puede ser el hallazgo definitivo. Pero en realidad nunca lo son. Únicamente son pequeñas piezas de un enorme puzzle del que solo conocemos una ínfima parte y del que tenemos más dudas que certezas. No quiero decir con esto que el hallazgo, y el trabajo que realizan los integrantes de los equipos multidisciplinares que escudriñan las pruebas sobre el pasado humano, carezcan de importancia, pero tal y como está estructurado el estudio y la investigación cientifica, cada descubrimiento es únicamente un pequeño paso, en pos de alcanzar el conocimiento absoluto. 

domingo, 27 de abril de 2014

EL BÍPEDO MISTERIOSO



Así pues, teniendo en cuenta que hay poco que puedas decir sobre la prehistoria humana que no haya alguien en algún sitio que lo discuta, aparte del hecho de que es seguro que tuvimos una, lo que creemos saber sobre quiénes somos y de dónde venimos es más o menos esto. Durante el primer 99,999 % de nuestra historia como organismos, estuvimos en la misma línea ancestral que los chimpancés." No se sabe prácticamente nada de la prehistoria de los chimpancés, pero, fuesen lo que fuesen, lo éramos nosotros. Luego, hace unos siete millones de años sucedió algo importante. Un grupo de nuevos seres salió de los bosques tropicales de África y empezó a moverse por la sabana.

Se trataba de los australopitecinos y, durante los cinco millones de años siguientes, serían la especie de homínidos dominante en el mundo. (Austral significa en latín «del sur» y no tiene ninguna relación en este contexto con Australia.) Había diversas variedades de australopitecinos, unos esbeltos y gráciles, como el niño de Taung de Raymond Dart, otros más fornidos y corpulentos, pero todos eran capaces de caminar erguidos. Algunas de estas especies vivieron durante más de un millón de años, otras durante un periodo más modesto de unos pocos cientos de miles, pero conviene no olvidar que hasta los que tuvieron menos éxito, contaron con historias mucho más prolongadas de la que hemos tenido nosotros hasta ahora. 

Los restos de homínidos más famosos del mundo son los de un australopitecino de hace 3,18 millones de años hallados en Hadar, Etiopía, en 1974, por un equipo dirigido por Donald Johanson. El esqueleto, conocido oficialmente como A. L. (Localidad de Afar) 288-1, pasó a conocerse más familiarmente como Lucy, por la canción de los Beatles «Lucy in the Sky with Diamonds». Johanson nunca ha dudado de su importancia. «Es nuestro ancestro más antiguo, el eslabón perdido entre simios y humanos »,se ha dicho. 

Lucy era pequeña, de sólo 1,05 metros de estatura. Podía caminar, aunque es motivo de cierta polémica lo bien que podía hacerlo. Es evidente que era también buena trepadora. No sabemos mucho más. No tenemos casi nada del cráneo, por lo que se puede decir poco con seguridad del tamaño de su cerebro, aunque los escasos fragmentos de que disponemos parecen indicar que era pequeño. La mayoría de los libros dicen que disponemos de un 40 % del esqueleto, pero algunos hablan de casi la mitad y uno publicado por el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York dice que disponemos de dos tercios de él. La serie de televisión de la BBC Ape Man llega a decir que se trata de «un esqueleto completo», aunque mostraba que no era así ni mucho menos. 

El cuerpo humano tiene 206 huesos, pero muchos de ellos están repetidos. Si tienes el fémur izquierdo de un espécimen, no necesitas el derecho para conocer sus dimensiones. Si prescindes de todos los huesos superfluos, el total son 122, que es lo que se llama medio esqueleto. Incluso con este criterio bastante acomodaticio, considerando el más pequeño fragmento como un hueso completo, Lucy constituye sólo el 28 % de medio esqueleto (y sólo aproximadamente el 20 % de uno entero). 

Alan Walker cuenta, en The Wisdom of the Bones [La sabiduría de los huesos], que le preguntó una vez a Johanson de dónde había sacado la cifra del 40 % y éste replicó tranquilamente que había descontado los 106 huesos de las manos y de los pies... más de la mitad del total del cuerpo, y una mitad bastante importante, además, sin lugar a dudas, ya que el principal atributo definitorio de Lucy era el uso de manos y pies para lidiar con un mundo cambiante. Lo cierto es que se sabe de Lucy bastante menos de lo que generalmente se supone. Ni siquiera se sabe en realidad si era una hembra. Su sexo es una suposición basada en su diminuto tamaño. 

Dos años después del descubrimiento de Lucy, Mary Leakey encontró en Laetoli, Tanzania, las huellas dejadas por dos individuos de (se supone) la misma familia de homínidos. Las huellas las habían dejado dos australopitecinos que habían caminado sobre ceniza cenagosa tras una erupción volcánica. La ceniza se había endurecido más tarde, conservando las impresiones de sus pies a lo largo de unos 2.3 metros. 

El Museo Americano de Historia Natural de Nueva York tiene un fascinante diorama que reseña el momento del paso de las dos criaturas por la ceniza cenagosa. Aparecen en él reproducciones de tamaño natural de un macho y una hembra caminando, uno al lado del otro, por la antigua llanura africana. Son peludos, parecidos a chimpancés en las dimensiones, pero tienen un porte y un paso que sugieren la condición humana. El rasgo más sorprendente es que el macho tiene echado el brazo izquierdo protectoramente sobre los hombros de la hembra. Es un gesto tierno y afectuoso, que sugiere un estrecho vínculo. 

Este cuadro vivo se representa con tal convicción que es fácil no acordarse de que prácticamente todo lo que hay por encima de las pisadas es imaginario. Casi todos los aspectos externos de los dos personajes, la densidad del vello, los apéndices faciales (si tenían narices humanas o de chimpancés), las expresiones, el color de la piel, el tamaño y la forma de los pechos de la hembra, son inevitablemente hipotéticos. Ni siquiera podemos saber si eran una pareja. El personaje femenino podría haber sido, en realidad, un niño. Tampoco podemos estar seguros de que fuesen australopitecinos. Se supone que lo son porque no hay ningún otro candidato conocido. Me habían dicho que se les representó así porque, durante la elaboración del diorama, el personaje femenino no hacía más que caerse, pero Ian Tattersall insistió con una carcajada en que esa historia es falsa. 

Es evidente que no sabemos si el macho le tenía el brazo echado por encima del hombro a la hembra o no, pero sabemos, por las mediciones del paso, que caminaban uno al lado del otro y muy juntos... lo suficiente para que estuvieran tocándose. Era una zona bastante expuesta, así que es probable que se sintieran vulnerables. Por eso procuramos que tuvieran expresiones que reflejasen cierta preocupación. 

Le pregunté si le preocupaba a él lo de que se hubiesen tomado tantas libertades en la reconstrucción de los personajes. Hacer reproducciones es siempre un problema —aceptó sin reparos—. No te haces idea de lo que hay que discutir para llegar a decidir detalles como si los neandertales tenían cejas o no las tenían. Y lo mismo pasó con las imágenes de Laetoli. La cuestión es que no podemos conocer los detalles de su apariencia, pero podemos transmitir su talla y su porte. Si tuviese que hacerlo otra vez, creo que tal vez los habría hecho un poquito más simios y menos humanos. Esas criaturas no eran humanas. Eran simios bípedos. 

Hasta hace muy poco se consideraba que éramos descendientes de Lucy y de las criaturas de Laetoli, pero ahora muchas autoridades en la materia no están tan seguras. Aunque ciertos rasgos físicos (por ejemplo, los dientes) sugieran un posible vínculo entre nosotros, otras partes de la anatomía de los australopitecinos son más problemáticas. Tattersall y Schwartz señalan en su libro Extinct Humans [Humanos extintos] que la porción superior del fémur humano es muy parecida a la de los monos, pero no es como la de los australopitecinos; así que, si está en una línea directa entre los monos y los humanos modernos, eso significa que debemos de haber adoptado un fémur de australopitecino durante un millón de años o así y que, luego, volvimos a un fémur de simio al pasar a la fase siguiente de nuestro desarrollo. No sólo creen que Lucy no fue antepasada nuestra, sino que ni siquiera caminaba demasiado bien. —Lucy y su género no tenían una locomoción que se pareciese en nada a la forma humana moderna —insiste Tattersall—. Esos homínidos sólo caminaban como bípedos cuando tenían que desplazarse entre un hábitat arbóreo y otro, viéndose «forzados» a hacerlo por su propia anatomía.

Johanson no acepta esto. «Las caderas de Lucy y la disposición de los músculos de su pelvis —ha escrito— le habrían hecho tan difícil trepar a los árboles como lo es para los humanos modernos.» La confusión aumentó aún más en los años 2.001 y 2002 en que se hallaron unos especímenes nuevos y excepcionales. Uno de ellos, descubierto por Meave Leakey, de la famosa familia de buscadores de fósiles, en el lago Turkana, en Kenia, recibió el nombre de Kenyanthropus platyops («hombre de Kenia de rostro-plano» ), es aproximadamente de la misma época que Lucy y se plantea la posibilidad de que fuese ancestro nuestro y Lucy sólo una rama lateral fallida. También se encontraron en 2001 Ardipithecus ramidus kadabba, al que se atribuye una antigüedad de entre 5,2 y 5,8 millones de años y Onorin turegensis, al que se le atribuyeron 6 millones de años, con lo que se convirtió en el homínido más antiguo... aunque lo sería por poco tiempo. En el verano de 2002, un equipo francés que trabajaba en el desierto de Djurab, en el Chad (una zona que no había proporcionado nunca huesos antiguos), halló un homínido de casi siete millones de años de antigüedad, al que llamaron Sahelanthropus tchadensis. (Algunos críticos creen que no era humano sino un mono primitivo y, que por ello, debería llamarse Sahelpithecus.) Se trataba, en todos los casos, de criaturas antiguas y muy primitivas, pero caminaban erguidas y lo hacían mucho antes de lo que anteriormente se pensaba. 

El bipedalismo es una estrategia exigente y arriesgada. Significa modificar la pelvis, convirtiéndola en un instrumento capaz de soportar toda la carga. Para preservar la fuerza necesaria, el canal del nacimiento de la hembra ha de ser relativamente estrecho. Eso tiene dos consecuencias inmediatas, muy importantes, y otra a largo plazo. Significa en primer lugar mucho dolor para cualquier madre que dé a luz y un peligro mucho mayor de muerte, tanto para la madre como para el niño. Además, para que la cabeza del bebé pueda pasar por un espacio tan pequeño, tiene que nacer cuando el cerebro es aún pequeño y, por tanto, mientras el bebé es aún un ser desvalido. Eso significa que hay que cuidarlo durante mucho tiempo, lo que exige a su vez un sólido vínculo varón-hembra. Todo esto resulta bastante problemático cuando eres el dueño intelectual del planeta, pero, cuando eres un a ustralopitecino pequeño y vulnerable, con un cerebro del tamaño de una naranja, el riesgo debe de haber sido enorme. 

¿Por qué, pues, Lucy y los de su género bajaron de los árboles y salieron del bosque? Probablemente no tuviesen otra elección. El lento afloramiento del istmo de Panamá había cortado el flujo de las aguas del Pacífico al Atlántico, desviando las corrientes cálidas del Ártico y haciendo que se iniciase un periodo glacial extremadamente intenso en las latitudes septentrionales. Esto habría producido en África una sequía y un frío estacionales que habría ido convirtiendo gradualmente la selva en sabana. «No se trató tanto de que Lucy y los suyos quisieran abandonar los bosques —ha escrito John Gribbin—, como de que los bosques los abandonaron a ellos.» 

Pero salir a la sabana despejada de árboles dejó también claramente mucho más expuestos a los homínidos. Un homínido en posición erguida podía ver mejor, pero también se le podía ver mejor a él. Ahora, incluso, somos una especie casi ridículamente vulnerable en campo abierto. Casi todos los animales grandes que puedas mencionar son más fuertes, más rápidos y tienen mejores dientes que nosotros. El hombre moderno sólo tiene dos ventajas en caso de ataque. Un buen cerebro, con el que podemos idear estrategias, y las manos, con las que podemos tirar o blandir objetos que hagan daño. Somos la única criatura capaz de hacer daño a distancia. Podemos permitirnos por ello ser físicamente vulnerables. 

Da la impresión de que todos los elementos hubiesen estado dispuestos para la rápida evolución de un cerebro potente y, sin embargo, no parece haber sucedido así. Durante más de tres millones de años, Lucy y sus compañeros australopitecinos apenas cambiaron. Su cerebro no aumentó de tamaño y no hay indicio alguno de que se valiesen ni siquiera de los útiles más simples. Y lo que resulta más extraño aún es que sabemos ahora que, durante aproximadamente un millón de años, vivieron a su lado otros homínidos primitivos que utilizaban herramientas, pero los australopitecinos nunca sacaron provecho de esa tecnología tan útil que estaba presente en su medio.

En un momento concreto situado entre hace tres y dos millones de años, parece haber habido hasta seis tipos de homínidos coexistiendo en África. Pero sólo uno estaba destinado a perdurar: Homo, que emergió de las brumas hace unos dos millones de años. Nadie sabe exactamente qué relaciones había entre los australopitecinos y Homo, pero lo que sí se sabe es que coexistieron algo más de un millón de años, hasta que todos los australopitecinos, los robustos y los gráciles, se esfumaron misteriosa y puede que bruscamente hace más de un millón de años. Nadie sabe por qué desaparecieron. «Tal vez nos los comiésemos», sugiere Matt Ridley.

La línea Homo se inicia convencionalmente con Homo habilis, una criatura sobre la que no sabemos casi nada, y concluye con nosotros, Homo sapiens (literalmente «hombre que sabe»). En medio, y dependiendo de las opiniones que tengas en cuenta, ha habido media docena de otras especies de Homo: ergaster, neanderthalensis, rudolfensis, heidelbergensis, erectus y antecessor. Homo habilis («hombre hábil») es una denominación que introdujeron Louis Leakey y sus colegas en 1964, por tratarse del primer homínido que utilizaba herramientas, aunque muy simples. Era una criatura bastante primitiva, con mucho más de chimpancé que de humano, pero con un cerebro un 5o % mayor que el de Lucy en términos absolutos y no mucho menos grande proporcionalmente, por lo que era el Einstein de su época. Aún no se ha aducido ninguna razón persuasiva que explique por qué los cerebros humanos empezaron a crecer hace dos millones de años. Se consideró durante mucho tiempo que había una relación directa entre los grandes cerebros y el bipedalismo (que el abandono de los bosques exigía astutas y nuevas estrategias que alimentaron o estimularon el desarrollo cerebral), así que constituyó toda una sorpresa, después de los repetidos descubrimientos de tantos zoquetes bípedos, comprobar que no había absolutamente ninguna conexión apreciable entre ambas cosas. —No hay sencillamente, que sepamos, ninguna razón convincente que explique por qué los cerebros humanos se hicieron grandes —dice Tattersall. 

Un cerebro enorme es un órgano exigente: constituye sólo el 2 % de la masa corporal, pero devora el 20 % de su energía." Si no volvieses a comer nunca otro bocado de grasa, tu cerebro no se quejaría porque no toca la grasa. Lo que quiere es glucosa, y en grandes cantidades, aunque eso signifique una injusticia para otros órganos. Como dice Guy Brown: «El cuerpo corre constantemente el peligro de que lo consuma un cerebro ávido» pero no puede permitirse dejar que el cerebro pase hambre porque eso lleva enseguida a la muerte». Un cerebro grande necesita más alimento y más alimento significa un mayor peligro. Tattersall cree que la aparición de un cerebro grande puede haber sido simplemente un accidente evolutivo. Piensa, como Stephen Jay Gould, que si hicieses volver atrás la cinta de la vida (incluso si la hicieses retroceder sólo un poco, hasta la aparición de los homínidos) hay «muy pocas» posibilidades de que hubiese aquí y ahora humanos modernos ni nada que se les pareciese. 

«Una de las ideas que más les cuesta aceptar a los seres humanos —dice Jay Gould— es que no seamos la culminación de algo. No hay nada inevitable en el hecho de que estemos aquí. Es parte de nuestra vanidad como humanos que tendamos a concebir la evolución como un proceso que estaba, en realidad, programado para producirnos. Hasta los antropólogos tendían a pensar así hasta la década de 1970.» De hecho, en una fecha tan reciente como 1991, C. Loring Brace se aferraba tozudamente en el texto divulgativo Los estadios de la evolución humana a la concepción lineal, aceptando sólo un callejón sin salida evolutivo, los australopitecinos robustos. Todo lo demás constituía una progresión en línea recta, en la que cada especie de homínido iba portando el testigo de la evolución un trecho y se lo pasaba luego a un corredor más joven y fresco. Ahora, sin embargo, parece seguro que muchas de esas primeras formas siguieron senderos laterales que no llevaban a ningún sitio. 

Por suerte para nosotros, una acertó, un grupo de usuarios de herramientas que pareció surgir de la nada y coincidió con el impreciso y muy discutido Homo habilis. Se trata de Homo erectus, la especie que descubrió Eugéne Dubois en Java en 1891. Vivió, según la fuente que se consulte, entre hace aproximadamente 1,8 millones de años y una fecha tan reciente como 20.000 años atrás. 

Según los autores de Java Man, Homo erectus es la línea divisoria: todo lo que llegó antes que él era de carácter simiesco; todo lo que llegó después de él era de carácter humano. Homo erectus fue el primero que cazó, el primero que utilizó el fuego, el primero que fabricó utensilios complejos, el primero que dejó pruebas de campamentos, el primero que se cuidó de los débiles y frágiles. Comparado con todos los que lo habían precedido, esa especie era extremadamente humana tanto en la forma como en el comportamiento, sus miembros tenían largas extremidades y eran delgados, muy fuertes (mucho más que los humanos modernos) y poseían el empuje y la inteligencia necesarios para expandirse con éxito por regiones enormes. Debían de parecer a los otros homínidos aterradoramente grandes, vigorosos, veloces y dotados. Su cerebro era muchísimo más refinado que todo lo que el mundo había visto hasta entonces. 

Erectus era «el velocirraptor de su época », según Alan Walker, de la Universidad de Penn State, una de las primeras autoridades del mundo en este campo. Si le mirase a uno a los ojos, podría parecer superficialmente humano, pero «no conectarías: serías una presa ». Según Walker, tenía el cuerpo de un humano adulto pero el cerebro de un bebé. 

Aunque Homo erectus ya era conocido desde hace casi un siglo lo era sólo por fragmentos dispersos, insuficientes para aproximarse siquiera a poder construir un esqueleto entero. Así que su importancia (o su posible importancia al menos) como precursor de los humanos modernos no pudo apreciarse hasta que no se efectuó un descubrimiento extraordinario en África en los años ochenta. El remoto valle del lago Turkana (antiguamente lago Rodolfo) de Kenia es uno de los yacimientos de restos humanos primitivos más productivos del mundo, pero durante muchísimo tiempo nadie había pensado en mirar allí. Richard Leakey se dio cuenta de que podría ser un lugar más prometedor de lo que se había pensado, porque iba en un vuelo que se desvió y pasó por encima del valle. Se envió un equipo a investigar y al principio no encontró nada. Un buen día, al final de la tarde, Kamoya Kimeu, el buscador de fósiles más renombrado de Leakey, encontró una pequeña pieza de frente de homínido en una colina a bastante distancia del lago. No era probable que aquel lugar concreto proporcionase mucho, pero cavaron de todos modos por respeto a los instintos de Kimeu y se quedaron asombrados cuando encontraron un esqueleto casi completo de Homo erectus. Era de un niño de entre nueve y doce años que había muerto 1,54 millones de años atrás. El esqueleto tenía «una estructura corporal completamente moderna», dice Tattersall, lo que en cierto modo no tenía precedente. El niño de Turkana era «muy enfáticamente uno de nosotros».

Kimeu encontró también en el lago Turkana a KNM-EP, 8o8, una hembra de 1,7 millones de años de antigüedad, lo que dio a los científicos su primera clave de que Homo erectus era más interesante y complejo de lo que se había pensado anteriormente. Los huesos de la mujer estaban deformados y cubiertos de toscos bultos, consecuencia de un mal torturante llamado hipervitaminosis A, que sólo podía deberse a haber comido el hígado de un carnívoro. Esto nos indicaba, en primer lugar, que Homo erectus comía carne. Era aún más sorprendente el hecho de que la cantidad de bultos indicase que llevaba semanas o incluso meses viviendo con la enfermedad. Alguien había cuidado de ella. Era el primer indicio de ternura en la evolución homínida. 

Se descubrió también que en los cráneos de Homo erectus había (o, en opinión de algunos, posiblemente había) un área de Broca, una región del lóbulo frontal del cerebro relacionada con el lenguaje. Los chimpancés no tienen esa característica. Alan Walker considera que el canal espinal no tenía el tamaño y la complejidad necesarios para permitir el habla, lo más probable era que Homo erectus se hubiese comunicado más o menos del modo en que lo hacen los chimpancés modernos. Otros, especialmente Richard Leakey, están convencidos de que podían hablar. 

Parece ser que, durante un tiempo, Homo erectus fue la única especie homínida. Se trataba de unas criaturas con un espíritu aventurero sin precedentes que se esparcieron por el globo aparentemente con lo que parece haber sido una rapidez pasmosa. El testimonio fósil, si se interpreta literalmente, indica que algunos miembros de la especie llegaron a Java al mismo tiempo que dejaban África, o incluso un poco antes. Esto ha llevado a algunos científicos optimistas a decir que tal vez el hombre moderno no surgió ni mucho menos en África, sino en Asia... lo que sería notable, por no decir milagroso, pues nunca se ha hallado ninguna especie precursora posible nunca fuera de África. Los homínidos asiáticos habrían tenido que aparecer por generación espontánea, como si dijésemos. Y de todos modos, un inicio asiático no haría más que invertir el problema de su expansión; aún habría que explicar cómo la gente de Java llegó luego tan deprisa a África. 

Hay varias alternativas más plausibles para explicar cómo Homo erectus se las arregló para aparecer tan pronto en Asia después de su primera aparición en África. En primer lugar, hay sus más y sus menos en la datación de restos humanos primitivos. Si la antigüedad real de los huesos africanos es el extremo más elevado del ámbito de estimaciones o la de los de Java el extremo más bajo, habría habido tiempo de sobra para qué el Homo erectus africano pudiese llegar hasta Asia. Es también muy posible que aún puedan descubrirse huesos de Homo erectus más antiguos en África. Además, las fechas de Java podrían ser completamente erróneas. 

Lo que es seguro es que en un momento de hace bastante más de un millón de años, algunos seres nuevos, relativamente modernos y que caminaban erguidos abandonaron África y se esparcieron audazmente por gran parte del globo. Es posible que lo hiciesen muy deprisa, aumentando su ámbito de ocupación hasta 40 kilómetros al año como media, todo ello teniendo que salvar cadenas de montañas, ríos, desiertos y otros obstáculos y que adaptarse a diferencias de clima y de fuentes de alimentación. Es especialmente misterioso cómo pasaron por la orilla occidental del mar Rojo, una zona famosa por su terrible aridez hoy, pero aún más seca en el pasado. Es una curiosa ironía que las condiciones que les impulsaron a dejar África hiciesen que les resultase mucho más difícil hacerlo. Pero lo cierto es que consiguieron dar con una ruta que les permitió sortear todos los obstáculos y poder prosperar en las tierras que había más allá. Y me temo que es ahí donde se acaban las coincidencias. Lo que pasó después en la historia del desarrollo humano es tema de largo y rencoroso debate, como veremos en el capítulo siguiente. 

Pero, antes de continuar, conviene que recordemos que todos esos tejemanejes evolutivos, a lo largo de 5.000 millones de años, desde el lejano y desconcertado australopitecino al humano plenamente moderno, produjeron una criatura que aún es genéticamente indiferenciable en un 98,4 % del chimpancé moderno. Hay más diferencias entre una cebra y un caballo, o entre un delfín y una marsopa, que la que hay entre tú y las criaturas peludas que dejaron atrás tus lejanos ancestros cuando se disponían a apoderarse del mundo.
Bill Bryson
Una breve historia de casi todo

martes, 21 de enero de 2014

EVOLUCIÓN HUMANA EN COSMOCAIXA



COSMOCAIXA es el Museo de las Ciencias de Barcelona y es una auténtica aventura a través del conocimiento científico en todos sus ámbitos. Y por supuesto no podía faltar la Evolución Humana. 


Australopithecus, el bípedo. Del bosque a la sabana. Las pisadas de Laetoli son un complemento perfecto de otros restos. De todos los fósiles hallados hasta el día de hoy, el más famoso es el de Lucy. Lucy tiene una antigüedad de 3`4 millones de años y pertenecía a la especie Australopithecus afarensis, con una altura aproximada de 105 cm, un peso liviano de 30 kg, una capacidad craneana de 400 cc, muy similar a los chimpancés. Lucy y sus congéneres empezaron a abandonar el bosque para penetrar poco a poco en la sabana. A pesar de poseer locomoción bípeda, aún no había perdido la capacidad de subir a los árboles. 


Cráneo de Australopithecus africanus procedente de Taung (Sudáfrica) del Paleolítico inferior (3 - 2'5 millones de años). 


Las herramientas, prolongación de la mano. La aparición de las herramientas supuso otro paso decisivo en la evolución humana. Los útiles permiten aprovechar mejor la carne de los animales muertos y la dieta pasa a ser omnívora. El protagonista de este trascendental momento fue el Homo habilis, "el Hombre habilidoso", siendo las herramientas más antiguas, con 2'5 millones de años, las halladas Kada Goria (Etiopía) y Lokalelei (Kenya). De todas formas en la misma época también vivía otro homínido, el Australopithecus robustus, que también pudo ser el responsable de la fabricación de este instrumental lítico. 

                                          

El Homo hábilis fue el responsable de la "Primera Revolución Industrial" de la Historia de la Humanidad Aunque las primeras herramientas eran muy sencillas, para concebirlas (en la mente) y fabricarlas era necesario un importante grado de complejidad cerebral, un conocimiento, al menos intuitivo, de geometría tridimensional y la capacidad motora para su realización. 


Endocráneo de Homo habilis procedente del lago Turkana y una antigüedad de 1'9 millones de años. Habilis vivió en la sabanas del este de África. 


Homo erectus, el primero en salir del continente africano y en dominar completamente el fuego. El primer emigrante llegó a Asia hace 1'8 millones de años y a Europa hace 500.000 años. En el continente Europeo evolucionó hacia el Homo heidelbergensis (para algunos prehistoriadores erectus y heidelbergensis pertenecen a la misma especie de homínido). Su apariencia física era robusta y musculosa, con un dimorfismo sexual similar al nuestro. Su capacidad craneal ya era bastante considerable, entre 1.100 y 1.300 cc. El arpón que utiliza erectus tiene la punta endurecida al fuego y ya no se quiebra con facilidad. 



Cráneo del Homo heidelbergensis que vivió en Europa durante el Paleolítico Inferior (580.000 años). El cráneo es réplica del hallado en Cueva del Aragó en Francia. (vistas lateral y frontal). Heidelbergensis evolucionó en Europa hacia formas neandertales y por tanto (según opiniones) no estaría entre los ancestros de Homo sapiens. 


Homo neanderthalensis, "la otra humanidad". Pasados ya los tiempos, en que neandertal era sinónimo de bruto, salvaje y atrasado, ha quedado constatada su inteligencia y su capacidad para sentir compasión por sus congéneres. Pero aún quedan muchas dudas por resolver ¿porqué se extinguieron?, ¿queda ADN neandertal en la humanidad moderna?, ¿cómo fueron las relaciones neandertal-sapiens?. Quizás, sólo quizás, algún día conozcamos algunas respuestas. 


Cráneo de Homo neanderthalensis. Procedente de La Chapelle-aux-Saints (Francia), con una antigüedad de 60.000 años. 


Homo sapiens procedente de Cromagnon, en Francia. 30.000 años. A partir de aquí hemos evolucionado poco como especie. Ahora nuestros genes están prisioneros de la tecnología. 



. . y al ser humano se le ocurrió aparecer en la Tierra, se emparentó con Neandertales y Australopitecos, se obsesionó por buscar explicación a todo, a darle nombre y clasificar todo cuanto existía, y de esa manera el Caos se convirtió en Cosmos . . . . y como en lo más recóndito de la esencia humana se encuentra el gen de la insatisfacción, comenzó a explorar el Universo (que antes era un auténtico desorden), intentando hallar otras formas de vida, preferentemente inteligente, para preguntarle por el origen y el sentido de la vida ...
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