viernes, 25 de septiembre de 2026

PRÓLOGO EN TRANSILVANIA



Un auténtico espectáculo de sonido e imágenes. Francis Ford Coppola en el año 1992 fusionó para la eternidad, por los siglos de los siglos, al conde vampiro y al voivoda de Valaquia. 

 


La introducción en tierras rumanas es uno de los grandes aciertos de la película de Coppola. Roy Thomas, Mike Mignola y John Nyberg realizaron una cuidada adaptación al cómic. 

 


Los otomanos han desembarcado en Europa. Maritsa (1371), Savra (1385), Kosovo (1389), Nicópolis (1396), Varna (1444), Constantinopla (1453). Su avance es imparable. Occidente mira para otro lado. Tiembla la Cristiandad. 

 



Vlad III Drácula, hijo de Dracul, nieto del gran voivoda Mircea cel Batrán, valiente y reputado caballero de la Orden del Dragón, fundada por el emperador Segismundo, está dispuesto a detener su avance y expulsarlos más allá del Bósforo. Acero contra acero, sangre llama a sangre. 

 


Vlad comanda una hueste brutal, dispuesta a todo para defender a sus familias y hogares. Derrota a cada tropa invasora que pisa su tierra. Los cuerpos sin vida de los soldados otomanos yacen sobre el campo de batalla. Huele a muerte por todos lados. 

 



A los supervivientes les aguardaba un destino peor, morir empalados, una tremenda agonía que podía prolongarse durante horas. Vlad Drácula, conocido como Vlad Tepes, el Empalador, nunca conoció el significado de la palabra piedad. Quién a hierro mata, a hierro muere.

 


Pero en este mundo de guerras y ambiciones, violento y miserable, ninguna victoria es definitiva. Las Moiras son las que deciden cuando cortar el hilo que nos vincula a este valle de lágrimas. El Todopoderoso no puede nada contra el destino. 

 



Elisabeta, su esposa, el amor de su vida, la razón de su existir, la sonrisa de la mañana, yace en el frío suelo del castillo en medio de un enorme charco de sangre que aún está caliente. No hay palabras en este idioma, ni en ningún otro, que puedan describir el dolor. 

 


 

La falsa noticia de la muerte de Vlad impulsó a la desconsolada Elisabeta a saltar desde la ventana del castillo. Una desventurada historia contada mil veces, el suicidio al conocer la muerte de la persona amada. Corazón roto y desesperación absoluta. Desde Verona hasta Teruel.

 


 

 La ley de Dios es inflexible, la condena eterna como castigo para el peor de los pecados, el cometido contra uno mismo.  No habrá paz para los suicidas.

 



Furia, frustración, ira, indignación. ¿Así me paga Dios mis sacrificios? ¿Esta es la recompensa por defender la Iglesia Cristiana del infiel invasor?. ¿Para qué sirve la fe?.

 


 

El dolor nos lleva a renunciar a todos nuestros principios, escupir sobre nuestras creencias, y rebelarnos ante el que antes protegíamos. Repudiar el Cielo y abrazar las Tinieblas. 

 


 

 La sangre es la vida. La sangre es depositaria del alma. Arrebataré la vida de los seres humanos y me alimentaré de sus almas. Las condenaré a los infiernos, y se las robaré al Dios que me ha traicionado.

 


 

 Rojo carmesí. Nos veremos en el Infierno.

 




El Caballero del Dragón lloró sangre y renunció a su Dios. Dramatismo y sangre. Coppola trabajó con Stoker mano a mano. Igual que hizo con Mario Puzo. Y transformó la última novela gótica en un fantástico y envolvente delirio barroco. 

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