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sábado, 16 de enero de 2021

MARÍA PACHECO, LA LEONA DE CASTILLA.

 


El 23 de abril de 1521, las tropas del rey Carlos I derrotaron a los Comuneros en la batalla de Villalar. Sus líderes fueron ejecutados. La viuda de Juan de Padilla, María Pacheco, atrincherada en Toledo mantuvo la causa comunera durante varios meses. Por las venas de María corría la sangre de Juan Pacheco, orgulloso Marqués de Villena y valido del rey castellano Enrique IV. Su abuelo se opuso a Isabel de Castilla, y siguiendo la tradición familiar María hizo lo mismo con Carlos. De casta le viene al galgo.

María era hija de Íñigo López de Mendoza “el Gran Tendilla” y de Francisca Pacheco, hija del Marqués de Villena, y tomó el apellido materno para diferenciarse de sus hermanas. María era una mujer culta, dominaba el latín y el griego, y tenía conocimientos de matemáticas, letras e historia. Casada muy joven con Juan de Padilla, juntos tomaron parte activa en la revuelta de las Comunidades contra el joven rey, y aspirante a emperador, Carlos. Mientras Juan combatía por los campos vallisoletanos, María gobernaba la ciudad de Toledo. Tras las derrota de Villalar, María desplegó una frenética actividad par mantener viva la causa y la resistencia misma de la plaza; pasaba revista a las tropas, las arengaba y les pagaba el sueldo.

Nueve meses aguantó el asedio, hasta que con la ciudad rendida por las tropas realistas, la Leona de Castilla consiguió huir y llegar a Portugal. Desde su exilio, convertida en una figura simbólica del espíritu comunero, María mantuvo siempre el sueño de una España que no pudo ser, una monarquía alternativa con Juana, la desdichada hija de Isabel, al frente de la misma.


domingo, 21 de julio de 2019

ARGAMASILLA DE ALBA, EL LUGAR DE LA MANCHA.



¿Es este el lugar de la Mancha cuyo nombre fue olvidado deliberadamente por el autor?. La tradición popular local y (parte de) la erudita así lo cree. O así quiere creerlo. Otra tradición, convertida desde hace mucho tiempo, en reclamo turístico, considera que en este lugar de la Mancha, el mismo que vió echar los dientes y partir en busca de aventuras al ingenioso hidalgo, en una vieja bodega reconvertida en improvisada prisión, comenzó Cervantes a escribir su inmortal obra.



Esta es la villa de Argamasilla de Alba, hoy insigne entre todas las de La Mancha. ¿No es natural que todas estas causas y concausas de locura, de exasperación, que flotan en el ambiente hayan convergido en un momento supremo de la historia y hayan creado la figura de este simpar hidalgo, que ahora en este punto nosotros, acercándonos con cautela, vemos leyendo absorto en los anchos infolios y lanzando de rato en rato súbitas y relampagueantes miradas hacia la vieja espada llena de herrumbre?. Azorín.



Paseando por sus calles quedamos atrapados por recuerdos de un tiempo, no tan lejano, que va cayendo en el olvido.



La primera mención de la villa está documentada en 1214, dos años después de la celebérrima batalla de las Navas de Tolosa. Aparece como donación a la Orden de San Juan del castillo de Argamasiella. Según se desprende de las Relaciones Topográficas de Felipe II, Argamasilla de Alba, fue fundada como tal en 1531 – 1532 por Don Juan de Zúñiga, el alcaide del cercano castillo de Peñarroya, y por Don Diego de Toledo, prior de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Lo lógico hubiese sido que la población se hubiese llamado Argamasill de San Juan en honor a su fundador. Esta nueva Argamasilla, que había quedado bajo la jurisdicción de la bailía de Alcázar, se puebla en principio con habitantes de otras villas y aldeas vecinas como la Moraleja y Santa María del Guadiana.



Los comienzos fueron difíciles e inciertos, y en el año 1545 sobrevino la tragedia. Una gran riada inundó el asentamiento, arruinando completamente la antigua iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción y obligando a cambiar la ubicación de Argamasilla al emplazamiento actual.



La población alcanzó su apogeo a finales del siglo XVI, culminando con la concesión del título de villa por parte del rey Felipe III en 1612. En el siglo XVII la villa vivió otro momento de crecimiento con el establecimiento de numersosas familias moriscas, que se habían visto obligadas a emigrar tras la rebelión de las Alpujarras. Los nuevos vecinos aportaron todo su saber y conocimiento en técnicas de riego, de construcción y de cultivo.



El infante Gabriel, hijo del rey Carlos III, y prior de San Juan encargó la construcción del Gran Canal del Priorato de San Juan al prestigioso arquitecto Juan de Villanueva, que discurre por el centro de la ciudad, vivificándola y refrescándola. En los inicios del siglo XXI aún sigue funcionando dicho canal. Hasta no hace demasiado tiempo, su cauce estaba jalonado por numerosos molinos de agua.




En la actualidad la población cuenta con unos 7000 habitantes, que basan su economía en la agricultura y la ganadería, y en menor medida en la industria y el turismo.



Argamasilla se ubica cerca de las lagunas de Ruidera, cuyas aguas alimentan la presa y discurren canalizadas por el centro urbano de la villa. Próximo a la villa se levanta la vieja fortaleza medieval, el castillo de Peñarroya y el Pantano del mismo nombre.


La población también rinde homenaje a Alonso Fernández de Avellaneda, el enigmático y desconocido autor de la apócrifa segunda parte del Quijote.



En 1905 Azorín visitó la villa en el contexto del tercer centenario de la publicación de la novela. El resultado fue su obra La Ruta de Don Quijote. Aquí vino buscando el lugar de la Mancha de nombre olvidado y esto es lo que encontró.




Penetremos en la sencilla estancia; acércate, lector; que la emoción no sacuda tus nervios; que tus pies no tropiecen con el astrágalo del umbral; que tus manos no dejen caer el bastón en que se apoyan; que tus ojos, bien abiertos, bien vigilantes, bien escudriñadores, recojan y envíen al cerebro todos los detalles, todos los matices, todos los más insignificantes gestos y los movimientos más ligeros. Don Alonso Quijano el Bueno está sentado ante una recia y oscura mesa de nogal; sus codos puntiagudos, huesudos, se apoyan con energía sobre el duro tablero; sus miradas ávidas se clavan en los blancos folios, llenos de letras pequeñitas, de un inmenso volumen. Y de cuando en cuando el busto amojamado de don Alonso se yergue; suspira hondamente el caballero; se remueve nervioso y afanoso en el ancho asiento. Y sus miradas, de las blancas hojas del libro pasan súbitas y llameantes a la vieja y mohosa espada que pende en la pared. Estamos, lector, en Argamasilla de Alba y en 1570, en 1572 o en 1575. ¿Cómo es esta ciudad hoy ilustre en la historia literaria española? ¿Quién habita en sus casas? ¿Cómo se llaman estos nobles hidalgos que arrastran sus tizonas por sus calles claras y largas? Y ¿por qué este buen don Alonso, que ahora hemos visto suspirando de anhelos inefables sobre sus libros malhadados, ha venido a este trance? ¿Qué hay en el ambiente de este pueblo que haya hecho posible el nacimiento y desarrollo, precisamente aquí, de esta extraña, amada y dolorosa figura? ¿De qué suerte Argamasilla de Alba, y no otra cualquier villa manchega, ha podido ser la cuna del más ilustre, del más grande de los caballeros andantes?.

Todas las cosas son fatales, lógicas, necesarias; todas las cosas tienen su razón poderosa y profunda. Don Quijote de la Mancha había de ser forzosamente de Argamasilla de Alba. Oídlo bien; no lo olvidéis jamás: el pueblo entero de Argamasilla es lo que se llama un pueblo andante.



La Xantipa fue la anfitriona de Azorín. Las palabras que escribió el periodista sobre ella la han sentado en el sillón de la inmortalidad al lado de don Alonso Quijano.



La Xantipa tiene unos ojos grandes, unos labios abultados y una barbilla aguda, puntiaguda; la Xantipa va vestida de negro y se apoya, toda encorvada, en un diminuto bastón blanco con una enorme vuelta. La casa es de techos bajitos, de puertas chiquitas y de estancias hondas. La Xantipa camina de una en otra estancia, de uno en otro patizuelo, lentamente, arrastrando los pies, agachada sobre su palo. La Xantipa de cuando en cuando se detiene un momento en el zaguán, en la cocina o en una sala; entonces ella pone su pequeño bastón arrimado a la pared, junta sus manos pálidas, levanta los ojos al cielo y dice dando un profundo suspiro: -¡Ay, Jesús!


Y en la rebotica del señor licenciado don Carlos Gómez, se reunían los insignes Académicos de Argamasillas, aquellos sabios con los que conversó Azorín, fuerzas vivas del pueblo, depositarios de la historia y la veraz tradición oral de la villa.



Los miembros de Los Académicos de Argamasilla, que aquí celebraban sus veladas cervantinas, emulan a aquellos otros que ideó Cervantes, y que aparecen como autores de varios sonetos y epitafios con los que concluye la primera parte del Quijote; Monicongo, Paniagudo, Caprichoso, Burlador, Cachidiablo y Tiquitoc. Sus nombres indican la intención burlesca del autor.



Yo no he conocido jamás hombres más discretos, más amables, más sencillos que estos buenos hidalgos don Cándido, don Luis, don Francisco, don Juan Alfonso y don Carlos”. Azorín. La ruta de don Quijote CAP. V. Los Académicos de Argamasilla.



El Pósito de la Tercia fue creado en el siglo XVII por voluntad testamentaria de la vecina doña Ana Mondéjar, que dispuso fuera dotado con 800 fanegas de trigo. El edificio fue regentado por una Junta Administrativa que se encargaba de regular la recogida y entrega de los cereales que los campesinos traían hasta este edificio.




Sencilla en sus formas, la iglesia de San Juan Bautista, con el curioso descubierto, es el templo más destacado de Argamasilla.



Rubén Darío, el genial poeta nicaragüense visitó Argamasilla poco antes que Azorín, y como el periodista español también se hospedó en casa de la Xantipa. Darío escribió la crónica de su visita para el diario La Nación: Llevaba carta de presentación para un señor hidalgo que me resultó bachiller y letrado. Fue excelente y eficaz. Me condujo por la villa, y gracias a él conocí todas las calles y rincones del lugar que inmortalizó Cervantes por quererlo olvidar. Conocí al cura y al barbero. Conocí la casa en que habitó el bachiller Sansón, hoy propiedad de la vieja Ventura Gómez Carrasco y su primo Polonio, sus descendientes. Conocí también a descendientes del perilustre cura, que por más señas se llamaba Pérez. Y en la iglesia del lugar, que tiene honores de catedral, vi algo que verdaderamente merece atención muy especial. Es un retablo que no tiene el nombre del pintor. Representa una virgen entre dos santos, y abajo hay dos figuras, las de D. Rodrigo de Pacheco y su sobrina Marcela. La cabeza de él sobre la crespa golilla es del más puro s. XVI; tiene un poco de Cervantes, de un Cervantes joven y meditativo y un poco del Caballero de la Triste Figura. En cuanto a su sobrina, diré que es del más lindo rostro que poeta pudiera cantar y pintor iluminar de frescos colores. Debajo del cuadro está escrita la leyenda siguiente en anticuadas mayúsculas: «Apareció nuestra Señora á este Caballlero estando malo de una enfermedad gravísima, desamparado de los médicos, víspera de San Mateo de 1600. Y, encomendándose a esta Señora y prometiéndole una lámpara de plata, llamándola de día y de noche, de gran dolor que tenía en el cerebro de una gran frialdad que se le ovaló dentro». Hay que recordar que este D. Rodrigo Pacheco es el mismo que hizo encarcelar a Cervantes, por la razón de que el pobre ingenio vino a cobrarle una suma que debía. Parece que a lo del cobro se agregó el haberse enamorado D. Miguel de la Marcela maravillosa, de cuyo nombre quizá se acordó cuando pintó la figura de aquella pastora tan linda que describe en la novela de las novelas. Con la frialdad que tenía ovalada en el cerebro aquel tío celoso mandó encadenar a Cervantes, que bien pudo tomar algo de él para la creación de su personaje.



Parece clara la inspiración del blasón.





Y este es el lugar, del lugar, la Cueva Medrano. En el interior de esta cueva, que fue cárcel y bodega, sufrió presidio don Miguel de Cervantes Saavedra. En el pueblo no duda nadie que fue aquí donde alumbró el ingenioso hidalgo Alonso Quijano.



La cueva está conservada como si Cervantes fuera volver en cualquier momento. Julio Llamazares. El Viaje de Don Quijote.



Esta que véis de rostro amondongado, alta de pecho y además brioso, es Dulcinea, reina del Toboso, de quien fue el gran Quijote aficionado.



Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías.



Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico, pero grande en valor, ¡milagro extraño!. Escudero el más simple y sin engaño que tuvo el mundo, os juro y certifico.


El bachiller Sansón Carrasco, vecino y amigo del hidalgo caballero, cobra protagonismo conforme se va acercando el final de la novela. Si Quijote vivió en Argamasilla, es lógico suponer que también el Bachiller fuese también vecino de la villa.



El labrador lleva siglos trabajando esta tierra mano a mano con Deméter, Cibeles y Perséfone.



En Argamasilla de Alba y alrededores podemos apreciar y aproximarnos a la esencia del paisaje manchego. Un ubicación geográfica muy interesante, entre el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y el Parque Natural de las lagunas de Ruidera, los humedales manchegos, tan ricos en vistosa avifauna. En definitiva un enclave ideal para comenzar la ruta del Quijote. Yo hice la mía. Si coincide, coincide.



Este es ese lugar de la Mancha de nombre olvidado. Por las calles de Argamasilla quedaron impresas las huellas literarias de Cervantes, de Azorín, y espero que las mías. Cada rincón de esta pequeña y hermosa localidad manchega huele a Siglo de oro. Dulcinea, Sansón Carrasco, Teresa Panza y la Sobrina te acompañan mientras paseas por su rectas callas. No me esperaba encontrar un pueblo tan bonito y pintoresco en esta tierra ocre, de poblaciones anodinas y con un punto de melancolía y tristeza. Argamasilla rebosa vida. ¿Es esta la patria chica, olvidada por Alonso Quijano en una de sus enfebrecidas ensoñaciones?.



Esta región manchega tiene algo difícil de explicar (y si me apuran, de comprender) y de definir, que sin saber como te atrapa. El paisaje monótono de infinitas tonalidades de marrón, el viento incesante de cada día, el inmaculado cielo azul, inabarcable. Esos atardeceres interminables en los que el Sol baña los últimos destellos del día de la ondulada planicie y el ritmo ancestral de los hombres y de las mujeres del campo. Pueblos que parecen dormitar entre el medio día y las dos horas previas al ocaso, casas blancas y sencillas, más prácticas que coquetas, más recias que elegantes. Los inmensos campos de ceral y de vides, y la alargada figura de Alonso Quijano, y de todos los que le siguieron, Cervantes, Azorín, Orson Welles o más recientemente Terry Gillian. La inocente sonrisa de la Señora del Toboso o la honestidad bruta, cruda y honesta del fiel escudero. Una bodega, cueva o prisión, húmeda y aislada, ¿seguro que fue Don Quijote el que perdió la razón?. No, no ocurrió así. En realidad hasta la Cueva de Medrano llegó Alonso Quijano para contar sus aventuras al Príncipe de los Ingenios.


Todos los viajeros que llegan a Argamasilla de Alba, lo hacen siguiendo las huellas del Caballero de la Triste Figura. . .




viernes, 7 de junio de 2019

EL VENTERO.




La venta y el ventero son, tal vez, la cosa y la persona que no han sufrido la más mínima alteración, la modificación más imperceptible desde el tiempo de Cervantes hasta nuestros días. Pues las ventas de ahora son tales cuales las describió su pluma inmortal, aunque hayan servido alguna vez de casa fuerte, ya en la guerra de la Independencia, ya en la guerra civil, ya en los benditos pronunciamientos. Y los venteros que hoy viven, aunque hayan sido alcaldes constitucionales, y hoy sean milicianos y electores y elegibles, son idénticos a los que alojaron al célebre Don Quijote de la Mancha.

[…]

El ventero, aunque habitador del campo, no ha pasado, generalmente, sus primeros años en él, ni ha sido gañán u hortelano, ni ayudado de un modo o de otro al cultivo de la tierra. Por lo regular, fue en su juventud soldado o contrabandista, esto es, hombre de armas, y si no nació con temperamento belicoso y bajo la influencia del planeta Marte, fue, sin duda, en sus años mozos, calesero, arriero o corredor de bestias, que el vulgo suele llamar «chalán». No quita esto el que el ventero haya podido ejercer antes alguna otra profesión. El que escribe estas líneas encontró años atrás, en lo más recóndito de Sierra Morena, un ventero que había sido piloto y que hablaba en términos marineros y náuticos, que sonaban extravagantísimos en aquel paraje tan lejano del mar. Y topó con otro en los montes de León que había sido ermitaño. Pero éstas son excepciones. Y al cabo, sea cuál sea la anterior profesión del ventero, en llegando a ventero, ya toma una fisonomía particular.

Más de cuarenta años de edad. Traje según el del país en que está la venta, pero un poco exagerado, y siempre con algún fililí o ribete del de otra provincia. Aspecto grave, pocas palabras, ojos observadores, aire desconfiado o de superioridad, según son los huéspedes que llegan a su casa, son condiciones que debería tener presentes todo pintor que quisiese hacer el retrato de un ventero.

Su vida, que parece debía ser monótona y sedentaria, es, por lo contrario, variada y activa: en los ratos de ocio se ocupa en aguar el vino, en poner algunos granos de pimienta en los frascos del fementido aguardiente, en picar carne de alguna muerta caballería o en adobar una albarda. Cuando tiene huéspedes, no sosiega del fogón a la cuadra, de ésta al pajar, de allí al mostrador, luego al corralillo por leña, luego a la despensa por aceite; anda hecho un azacán. Si tiene huéspedes, parece que de noche no duerme: los vigila; si está solo, tiene el oído alerta al menor ruido; muchos días pasa en el monte; otros, en la ciudad vecina. Conoce a todos los arrieros que transitan aquella tierra, y sabe sus gustos y sus condiciones, y a dó van y de dó vienen, y bebe con ellos, y come también con ellos, y a unos les habla mucho y a otros poco; pero a todos les pregunta algo al oído; conoce también a todos los labradores y propietarios de la redonda. Y como si fueran suyas todas las reses que pastan en aquellos contornos y todas las caballerías de la provincia.

VENTA.-La casa establecida en los caminos y despoblados para hospedaje de los pasajeros. El sitio desamparado y expuesto a las injurias del tiempo como lo suelen estar las ventas.
VENTERO.-El que tiene a su cuidado y cargo la Venta y el hospedaje de los pasajeros.
(Diccionario de la Academia.)

Ángel de Savedra. Duque de Rivas.


miércoles, 5 de junio de 2019

DON QUIJOTE POR EDUARDO GALEANO.




Marco Polo había dictado su libro de las maravillas en la cárcel de Génova.
Exactamente tres siglos después, Miguel de Cervantes, preso por deudas, engendró a don Quijote de La Mancha en la cárcel de Sevilla.
Y ésa fue otra aventura de la libertad, nacida en prisión.
Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parecía destinado al perpetuo ridículo. Este loquito se creía personaje de novela de caballería y creía que las novelas de caballería eran libros de historia.
Pero los lectores, que desde hace siglos nos reímos de él, nos reímos con él.
Una escoba es un caballo para el niño que juega, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura compartimos las estrafalarias desventuras de don Quijote y las hacemos nuestras. Tan nuestras las hacemos que convertimos en héroe al antihéroe, y hasta le atribuimos lo que no es suyo. Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo.
El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos y medio de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió la última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx. Escribió: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo.
Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.

Eduardo Galeano Espejos.
Una historia casi universal


jueves, 16 de mayo de 2019

VENCIDOS.




León Felipe puso letra, Joan Manuel Serrat la música, el escenario la Mancha, el alma el caballero Don Quijote, y el lector, el sentimiento. Sólo, derrotado, atrapado por la nostalgia, el poeta anhela sin esperanza partir en busca de aventuras improbables con el caballero de la triste figura, la sombra de un Quijote que regresa fracasado, derrotado sin compasión en la lucha por sus ideales. Juntos caminan hacia el exilio definitivo . . .

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo,
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
León Felipe, Versos y oraciones de caminante

lunes, 29 de abril de 2019

DON QUIJOTE EN CIUDAD REAL.




A pesar de que el Quijote no es un libro de viajes propiamente dicho, el Caballero de la Triste figura y su leal escudero, corren aventuras y desventuras (más de las segundas que de las primeras) por buena parte de la piel de toro, mayormente por tierras manchegas. Son muchas las menciones geográficas las que aparecen en la novela cervantina, entre ellas, Ciudad Real.


-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa?

-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad. (Segunda Parte de don Quijote de la Mancha. Capítulo 13).



La Mancha es Don Quijote, y Don Quijote es la Mancha, y es rara la ciudad que no rinde su homenaje al caballero andante que perdió el jucio por gracia de la lectura de libros de caballería, aventuras y fantasía. Ciudad Real recuerda tanto al creador como a la criatura.



miércoles, 24 de abril de 2019

VALDEPEÑAS, TIERRA DE VINOS.




En la Mancha soleada maduran las vides que acaban envejeciendo pacientemente en las barricas que cuidan con mimo en las bodegas de Valdepeñas, una pequeña localidad conocida mundialmente gracias a sus caldos. Una ciudad que vincula su existencia al vino y su origen, y desarrollo, a la Orden militar de Calatrava.


El edificio más destacado de la población es la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, en la que destaca la Puerta del Sol, de estilo gótico isabelino. Se trata de la antigua fortificación de los caballeros calatravos. Alrededor de este edificio fue creciendo la villa fundada por la reina Berenguela de Castilla, después de la celebrada victoria de las Navas de Tolosa. Para dar forma a la nueva villa, se agrupó aquí a los pobladores de varias aldeas cercanas.



lunes, 6 de noviembre de 2017

DOÑA JUANA "LA LOCA".



Ida la mirada, consumida por el dolor, perdida la razón, la reina Juana protagonizó la más lúgubre procesión de Burgos a Granada. Francisco Pradilla supo captar todo el patetismo de la escena. Los páramos castellanos fueron más tristes que nunca. En la muerte no consintió separarse de aquel que la enloqueció en vida. Celos, inseguridades, amor mal entendido. Negros nubarrones oscurecen el futuro de un mujer que quiso nunca ser reina.  
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